7 de febrero de 2014

"Las hojas muertas".

            ―¿Quieres otra cerveza? ―dice Belinda.
            ―No, bella ―dice Fernando―. Todavía tengo.
            ―Ay, pero bébete eso. Se te va a calentar, nojoda.
            Belinda se levanta y sale de la piscina con movimientos ágiles y rápidos. Murmura algo ininteligible mientras Fernando mira al hombre mayor que recoge hojas secas en la parte más profunda de la piscina, dándoles la espalda. La mujer se entretiene junto a una mesa de mármol bajo una enorme sombrilla de lona oscura, manipula dentro de una cava y regresa con una cerveza y un paquete de cigarrillos.
            ―¿Cigarros tampoco? ―dice.
            Fernando sonríe.
            ―Cigarros, sí. ¿Y el coco?
            ―Aquí está ―dice Belinda.
            La mujer vuelve a entrar al agua, dejando la botella de cerveza en el borde, junto a los cigarrillos y el coco seco cortado por la mitad para echar las cenizas. Se sienta junto a Fernando y coloca la espalda contra las baldosas azules, evitando mojarse el cabello que lleva recogido en un moño alto. Enciende un cigarrillo y se lo pasa a Fernando. Después enciende otro para ella.
            ―Parece una raqueta de tenis ―dice él.
            ―¿Qué cosa, mi amor?
            ―Eso ―una mano de Fernando emerge del agua―, lo que tiene Chucho para recoger las hojas.
            ―Ah, sí. Hay una más grande ―dice ella, señalando otra parecida, aunque con el mango metalizado y mucho más largo―, pero se rompió. Con la grande es más rápido.
            ―Está tan relajado, ¿verdad? ―dice Fernando y sonríe.
            ―¿Mi esposito? Ése es feliz aquí metido, limpiando su piscina, recogiendo todas las hojas, echándole sus pastillas de cloro. Es lo que le gusta, pues.
            ―Se nota.
            Fernando agarra la botella de cerveza y bebe un trago largo, luego le da una calada al cigarrillo. Sus ojos se encuentran con los de Belinda.
            ―¿Qué piensas? ―dice ella.
            Él se encoge de hombros, cierra los ojos y levanta la cara hacia el sol.
            ―Me gustaría tener lo que tú tienes…
            ―¿Cómo así?
            ―Me refiero a la relación que tienes con tu marido. Todo esto.
            Fernando sigue con el rostro levantado, asoleándose; Belinda suelta un suspiro.
            ―No es fácil ―dice ella―. No ha sido fácil. Es un compromiso. Pero no cambio a mi esposito por nada del mundo. Está viejo y… Bueno, sé que nadie me va a querer como él. Allí no hay discusión.
            ―Sí. Debe ser maravilloso alcanzar ese nivel de empatía y comunicación. Por eso digo: me encantaría tener una relación así.
            Fernando abre los ojos y da otra calada al cigarrillo; Belinda suelta otro suspiro.
            ―Nada es perfecto, ¿sabes? ―dice ella―. A veces a una le provoca echarse una escapadita y, bueno, tú sabes; pero sé que independientemente de eso, ningún hombre me va a querer como Chucho. Lo que pasa es que el cuerpo tiene sus necesidades.
            Fernando alza las cejas y echa parte de la ceniza del cigarrillo en el coco.
            ―¿Y lo has hecho? ―dice él.
            Belinda exhibe una sonrisa amplia, generosa, y aparta la mirada para fijarse en lo que hace su marido. Chucho sigue entretenido con las hojas secas, recogiéndolas con calma y movimientos lentos y sistemáticos. Belinda da una calada al cigarrillo y bebe un sorbo de cerveza. Sus ojos quedan fijos sobre Fernando.
            ―Perdón ―dice él―. Es una pregunta tonta, discul…
            ―Sí. Lo he hecho.
            Fernando alza las cejas de nuevo. El humo del cigarrillo asciende en el silencio.
            ―No me mires así ―dice ella―. Chucho lo sabe, yo se lo dije. Fue el orgasmo más placentero que he tenido en mi vida.
            La sonrisa de Belinda se ensancha. Bebe otro trago de cerveza y se acerca todavía más a su amigo. Quedan muy juntos, hombro con hombro; ella sonríe.
            ―Fue en un viaje a Buenos Aires, hace años. Me encontré con este tipo que había sido mi novio. ¿Te imaginas las casualidades? Bueno, la vaina es que nos encontramos allá y estuvimos viéndonos mientras yo terminaba las asesorías con una empresa argentina con la que estaba trabajando. El punto es que hubo un corrientazo entre nosotros y no supe qué hacer. Pero lo hice. Me acosté con él. Además, los dos queríamos hacerlo. Somos adultos.
            ―¿Y Chucho lo supo?
            Fernando se aparta para hundir la colilla del cigarrillo en el fondo ennegrecido del coco. Bebe un trago de cerveza sin apartar los ojos de Belinda. Ella sigue sonriendo, expansiva. Dice que tuvo que hacerlo, todo, decírselo a su marido, acostarse con su antiguo novio. Repite que tuvo que hacerlo, sin dejar de sonreír.
            ―¿Y a Chucho no le importó?
            ―¡Claro! ¿Estás loco? Ése armó un peo inmenso, pero tuvo que tragarse la arrechera que sentía. No podía hacer nada. Pensó que lo iba a dejar.
            ―Tu marido te ama.
            ―Por supuesto ―dice ella y aplasta la colilla del cigarrillo―. Yo lo sé. Por eso estoy con él. Solamente mi esposito se aguanta esas vainas, pero es porque me ama. Lo sé.
            ―De pana que sí.
            ―Ya te lo dije: es un compromiso, pero no es fácil. No, no es fácil.
            Fernando aparta la mirada para fijarse en el hombre que recoge hojas en la parte más profunda de la piscina. Chucho voltea y se miran durante un par de segundos. Chucho sonríe y sigue sacando las hojas ennegrecidas del agua transparente. Fernando vuelve su atención hacia Belinda. Ella asiente con la cabeza, los ojos entornados.
            ―Mi marido me complace en muchas cosas, y me tiene paciencia. Me conoce. Sabe lo que me gusta y lo que quiero, y trata de satisfacerme como puede. Es un compromiso.
            ―Nunca he tenido una relación así ―dice él.
            ―¿Nunca has tenido un fetiche? ¿Un deseo reprimido por alguien?
            Fernando frunce el ceño. Sus pupilas pasean por la superficie líquida que lo rodea.
            ―No sé.
            ―Claro que sí ―dice ella―. Seguro que alguna vez te provocó hacer algo y no lo hiciste porque te dio pena. La vida es una sola, amorcito. Fíjate: cuando estaba estudiando en la universidad tenía un profesor que me volvía loca; me fascinaba cómo se vestía, su forma de hablar, de explicarnos, sus manos, sus ojos, ¡todo!; pero era gay el muy coño de su madre.
            Fernando alza las cejas y sonríe. Ella se acerca de nuevo, habla en un tono bajo, casi conspirativo, íntimo. La luz del sol muerde la superficie ondulante del agua.
            ―Me volvía loca, te lo juro; pero era marico, pues.
            Fernando deja de sonreír.
            ―¿No hay otra palabra? ―dice.
            ―Está bien, disculpa. El carajo era gay y, por supuesto, no me paraba ni media bola aunque yo hiciera lo que hiciera. Y él lo sabía, que era lo peor. Porque esa vaina se siente, eso se sabe. Pero nunca me paró bolas. Tú no sabes cómo quería yo tener algo con ese tipo.
            ―Un fetiche… ―dice Fernando.
            ―¡Exacto! Me quedé con las ganas.
            Belinda bebe lo que queda de su cerveza y sonríe. Fernando la mira sin verla.
            ―Es como si tú quisieras acostarte con una mujer que te guste y no puedas hacerlo.
            ―Nunca me ha pasado.
            ―Ay, chico ―ríe ella―, ¿nunca tuviste una noviecita en el liceo? ¿En la escuela?
            ―Sí, pero nada significativo… No.
            Belinda aprieta los labios y gruñe. Frunce el ceño y continúa:
            ―Sí eres reprimido, marico. Aflójate. Libérate. Vive.
            ―Yo lo hago ―dice Fernando apartando la mirada y concentrándose en la cerveza.
            ―No, marico triste, no lo haces. Vives encerrado en tu casa, sin pareja, sin salir con nadie, sin atreverte a nada. ¡Coño!, vive un poquito, nojoda. ―Belinda chasquea la lengua―. Déjame buscar otra cerveza. ¿Ahora sí quieres una?
            Fernando asiente. Ella sale con los mismos movimientos ágiles de antes. Regresa en poco tiempo con dos botellas en la mano derecha.
            ―Toma ―dice―. Al menos, emborráchate.
            Fernando muestra una sonrisa triste.
            ―Deberías arriesgarte más ―insiste ella―. Fíjate: desde que mi esposito está más abierto, más receptivo, nos llevamos mejor. El truco es alcanzar un punto medio, un punto donde los dos ganemos. Todavía lo hacemos, una vez al mes, más o menos; pero, coño, tú sabes que el cuerpo se calienta, y pide. ¿Cómo hacemos, ah? ¿Cómo hacemos? Entonces hay que buscar soluciones. Chucho lo sabe.
            Fernando saca la mano del agua y la sacude en el aire. Busca otro cigarrillo y lo enciende con calma, sin apuro, sin voltear a ver a su amiga o a su esposo. Respira profundo.
            ―Los caprichos ―dice Belinda― hay que satisfacerlos, mi amorcito. Si no te vas a arrugar como una pasa. Sanamente. Sin joder a nadie. Con las cartas boca arriba. ¿Tú crees que yo me enamoro de esos hombres con los que salgo de vez en cuando? ¡Jamás! ¿Por qué? Porque tú y yo sabemos que ninguno de ellos me va a dar lo que mi esposito me da. Pero eso no significa que no lo disfrute; que viva el momento, pues. Y tú deberías hacerlo también, Fer. La vida es una sola…
            Fernando busca a Chucho con la mirada. El hombre mayor recoge ya las últimas hojas secas y las tira sobre la grama. El sol de la tarde arranca reflejos fosforescentes de la parte profunda de la piscina. Chucho voltea a verlos y sonríe, sin dejar de agarrar las hojas. La cerveza en la mano de Fernando ya no está tan fría. La de Belinda va por la mitad.
            ―Tu marido es un santo ―dice Fernando.
            ―No. Mi marido es comprensivo, que es muy diferente. E inteligente.
            ―Sí. Todo es un equilibrio. Creo.
            Belinda se acerca a Fernando sin despegar la espalda de las baldosas. Quedan hombro con hombro. Ella sonríe. Baja la voz. La mano libre baila frente a la cara del otro.
            ―Tienes que arriesgarte, mi amorcito. La vida es una sola. Créeme.
            Fernando sonríe antes de apartar la vista de su amiga.
            ―Yo vengo de regreso ―dice.
            ―No me jodas. Ni que tuvieras un pie en la tumba. ¿Ves? A eso me refiero: actúas como si ya lo hubieses hecho todo, como si ya hubieses vivido y no quedara nada por hacer. Me arrecha cuando te pones así, coño.
            Fernando sonríe de nuevo y enfrenta a Belinda, todavía cerca de él.
            ―¡Pero es la verdad! ¿Tú tienes idea de todas las vainas que he hecho? Se te olvida que alguna vez fui adolescente.
            ―Coño, pero no te has muerto todavía. Mira a mi esposito ―los dos giran la cara hacia la parte profunda de la piscina―: ¿tú crees que con la edad que tiene todavía quiere inventar en la cama? ¡Y lo logra! Lo que pasa es que como todo carro viejo, no se le puede exigir mucho, porque se ahoga; pero lo intenta. Puede ser que tenga deficiencias físicas, pero te lo juro: la mente le funciona como si fuera un carajito de quince años.
            ―¿Cuántos años tiene Chucho? ―dice Fernando.
            ―Sesenta y cinco. Mi marido me lleva veintitrés años.
            ―Supongo que compensa la diferencia de edad con otras cosas: comunicación, lealtad, apoyo, compañía…
            ―Bueno, hay que ser honesto, Fer; ¿tú tienes idea de lo arrecho que sería comenzar una relación de nuevo, a mi edad? No, chamo; es mucho trabajo. Yo estoy tranquila con Chucho. Y lo que hago de vez en cuando. Discretamente. Y porque mi marido me apoya.
            ―Quisiera ser como tú. Reconozco que soy muy cohibido.
            Belinda se acerca de nuevo, pega su hombro con el de Fernando. Chucho recoge las últimas hojas muertas que bailan en el fondo de la piscina. La tarde declina en silencio.
            ―Tú lo que tienes que hacer ―dice ella― es tirarte una aventura. Hacer algo que nunca hayas hecho. ¿No te provoca? ¿A qué le tienes miedo?
            ―¿Con otro hombre?
            Belinda chasquea la lengua.
            ―O con una mujer, coño. Hay que probar de todo.
            Los ojos de Belinda quedan fijos sobre Fernando. Él aparta la vista y sus pupilas caen al fondo, como dos bolas de plomo sobre las baldosas azules. Se quedan allí durante varios segundos.
            ―¿No te provoca? ¿No te arriesgarías?
            ―No lo sé.
            ―Una vez le dije a Chucho que me gustaría encontrarme de nuevo con aquel tipo que te dije, mi profesor de la universidad, y hacer algo juntos.
            ―¿Tú con él?
            ―Y con mi marido. Dije: juntos.
            Fernando busca la mirada de su amiga. Ella da un largo trago a la cerveza y entorna los párpados para mirar a su esposo, todavía al otro lado de la piscina.
            ―¿Los tres juntos? ¿Un trío?
            Belinda devuelve sus ojos a la botella y a Fernando, junto a ella.
            ―Ay, no pongas esa cara, marico. ¿Nunca lo has hecho?
            Él sonríe. Es una sonrisa íntima.
            ―Una vez, casi. Pero no pudimos.
            ―No sabes lo que te pierdes.
            Ambos giran la cabeza hacia donde está Chucho, al mismo tiempo, como si hubiesen estado de acuerdo. El hombre mueve los brazos con ritmo lento, y se acerca con cuidado, media cabeza fuera del agua, la mirada fija sobre ellos. La superficie líquida en movimiento. Belinda sonríe.
            ―Deberías hacerlo ―dice ella.
            Fernando la observa mientras empina la botella y bebe lo que queda de su cerveza.
            ―¿Quieres un cigarrillo? ―dice ella.
            Fernando niega con la cabeza.
―¿Quieres acostarte con nosotros?
            Él voltea a verla, hombro con hombro, las cejas alzadas en una pregunta muda.
            ―¿Qué? ―dice ella―. ¿No te atreves?
            Fernando se anima a sonreír.
            ―Tú me estás jodiendo, ¿verdad?
            Ella sonríe con mayor amplitud que él.
            ―No ―dice―. Todavía no te estoy jodiendo.
            ―Belinda…
            ―¿Qué? Quita esa cara, marico. ¿No te gustaría? ¿Ah?
            Fernando voltea a mirar a Chucho, más cerca de ellos que antes, los ojos bailando con una sonrisa acuática, media cabeza fuera del agua, movimientos lentos y seguros.
            ―Tú estás loca ―dice Fernando―. ¿Cómo se te ocurrió eso?
            ―¿Y quién dijo que se me ocurrió a mí?

            Fernando aparta la mirada y sus ojos tropiezan con los de Chucho, toda la cara fuera del agua, la sonrisa ensanchándose en las comisuras, ya casi encima de ellos. 

Texto leído durante la semana de Caracas Transmedia.