29 de marzo de 2016

Yapascua (I).




                —Tengo 41 años, soy sedentario y soy homosexual —le dije a Gustavo—. Si no hay problemas con eso, puedes contar conmigo.
                Pude adivinar su sonrisa del otro lado de la línea del teléfono. El tono de voz efusivo, amable y cordial derribó mis reservas finales.
                Para nada estoy en contra de las personas con una orientación sexual distinta —dijo Gustavo—, todos somos diferentes y punto; debemos mostrar lo que sentimos y gracias por compartirlo. Para nada somos homofóbicos, tenemos claro que nuestra mente no se puede cerrar, tenemos que aceptar diferencias y eso es lo que me ha enseñado la vida con tan poco tiempo que llevo en ella.
                Gustavo Celis fue mi enlace con el grupo de bloggers mochileros. Leí sobre ellos en una cuenta de Instagram y me atrajo un guiño subrepticio hacia esos viajes que solía hacer en plena adolescencia con mis amigos. Bajo presupuesto, poca comida, comodidades mínimas y toda la naturaleza que pudiéramos absorber durante el paseo a nuestro antojo. Me llamó la atención que todavía se hiciera. Y por eso me animé a ponerme en contacto con él. Gustavo se mostró muy atento desde el principio, aclarando mis dudas y exponiéndome los parámetros del viaje. Yo no conocía Yapascua y él prometió que me encantaría. Algo chispeante en sus descripciones avivó mi curiosidad y decidí intentarlo. El resto de la semana busqué quien me prestara un bolso grande de viaje, un sleeping-bag y una carpa.
                La mañana del sábado llegué a Valencia con un amago de anticipación en la garganta. Pensé en la expectativa que sentía siendo un niño cuando sabía que al día siguiente iríamos a la playa. Una alegría contenida. Un gozo anticipado que no terminaba de nacer. Miré la hora en la pantalla de mi teléfono celular y supe que había llegado temprano. Compré un café en una cafetería cercana y fumé un cigarrillo en la parte externa del Terminal, viendo la gente que iba y venía con sus bolsos y maletas mientras una claridad lechosa y azulada manchaba el cielo desde el este. Boté la colilla del cigarrillo con una inspiración profunda y regresé al interior maloliente. Cerca de los cubículos de información se estaban congregando varios muchachos y muchachas. Hablaban entre ellos y cada uno reposaba un bolso grande contra sus rodillas. Una de las chicas rio por encima de los gritos de los hombres que anunciaban las salidas hacia Barquisimeto, Caracas, Ciudad Bolívar, Barinas y otros sitios lejanos. Me acerqué a ellos con cautela.
                —Buen día —dije—. Disculpen, ¿ustedes son el grupo de Yapascua?
                Algunos chicos asintieron y dos de las muchachas me respondieron que sí. Casi todos sonrieron. Dejé mi bolso en el piso, imitándoles, y presté atención a lo que decían. La charla se efectuaba en varios niveles superpuestos, pero el hilo conductor de las conversaciones eran otros viajes pretéritos que cada quien había realizado. Lo único que nos unía era que ninguno había estado antes en Yapascua. De pronto, unos y otros comenzaron a manipular sus teléfonos celulares. Supongo que la cohesión del grupo permitía cierta audacia para sacar los aparatos allí, entre tanta gente, con tantos robos y asaltos que se veía y leía y escuchaban a diario. Incluso mi teléfono vibró con insistencia. Era un mensaje de Gustavo para anunciar que había creado un grupo en WhatsApp y que todos estábamos agregados, también informaba que llegaría con un poco de retraso, porque venía acompañado por otra de las muchachas del grupo. Tuve tiempo para beber otro café y fumar un tercer cigarrillo conforme la mañana avanzaba sobre nosotros. Al cabo de media hora Gustavo llegó con el resto de los integrantes del grupo. Nos presentamos («Eres Luis, ¿verdad?», dijo con una sonrisa) y de inmediato Gustavo y sus amigos nos condujeron hacia los andenes de autobuses.
                —En fila, muchachos —dijo Eduardo Monzón mientras sorteaba grupos de personas, maletas y perros callejeros—. No se distraigan. Vamos a ver si cabemos todos en un solo viaje.
                Estaba con ellos y estaba ausente. Los miraba sintiéndome parte del grupo y al mismo tiempo era un testigo omnisciente. Escuché a otro de los amigos de Gustavo, Miguel Ortega, decir que la gente de Puerto Cabello aún no respondía. Las palabras de Miguel se mezclaron con el hedor que emergía entre los autobuses, los gritos que anunciaban las salidas y el murmullo de mi propio grupo conforme intentábamos subir al transporte que Gustavo había escogido. El bolso pesaba en mi espalda e intentaba no separarme de los demás, cuyos rostros ya identificaba sin problemas. La mujer morena y de sonrisa fácil que iba con otra muchacha de menor estatura y pasos torpes. El muchacho de la gorra amarilla con talante ceñudo. La chica de piel pálida y gestos de actriz de Hollywood. Los cuatro guías. Las dos muchachas jóvenes que parecían hermanas y no lo eran, según supe luego. La pareja de novios que no se soltaban las manos. El chico trigueño con barba y cabello largo. Los dos muchachos similares a Laurel y Hardy que no paraban de reír. Las caras se superponían y se entrecruzaban entre sí, ya familiares a pesar de que no los había visto nunca.
                —No, aquí no entramos todos —dijo Gustavo retrocediendo por el pasillo del autobús—. Hay que buscar otro. Bájense, bájense.
                Obedecimos en silencio conforme Henry Aguiar, otro de los guías, hablaba con el conductor de otra unidad. Lo vi asentir y buscarnos con la mirada. Se comunicó en silencio con Gustavo y todos miramos la mano alzada de Miguel pidiéndonos seguirlo. Conseguí sentarme entre los primeros puestos, cerca de las puertas dobles que olían a aceite fresco. La música del autobús retumbaba con las cadencias de un reggaetón de moda. Los vi pasar junto a mí, seguir a lo largo del pasillo, reír, forcejear con sus bolsos, y pronto estuvimos listos para partir. Nadie se sentó a mi lado. No supe si interpretarlo como un regalo para sentirme cómodo o un desplante de las sonrisas que fingían no ser homofóbicas. Decidí sacar el libro que llevaba conmigo y concentrarme en la lectura. Ya estaba allí. Ya estaba con ellos. Ya el autobús arrancaba. Ya no podía regresarme sin sentirme tonto e infantil o temeroso ante lo desconocido. Miré a través de la ventana y respiré profundo mientras salíamos del Big Low Center y pensé cómo se sentirían los pasajeros del Titanic conforme se separaban del muelle en Southampton para adentrarse en las aguas oscuras del océano Atlántico.
                Creo que acabábamos de pasar el viejo peaje de salida de Valencia hacia Puerto Cabello cuando ella me habló. Era una voz melosa y suave, casi una caricia verbal. Tropecé con sus ojos cuando levanté la mirada. Era hermosa. Muy hermosa.
                —¿Qué lees? —dijo ella.
                Sonreí y le mostré la portada de mi libro: El gran bazar del ferrocarril de Paul Theroux. Se lo pasé y ella se entretuvo en leer la contraportada. Miré su rostro, la línea de su nariz, la palidez de sus facciones, la delicadeza de sus largos dedos de maniquí, el cabello recogido bajo un gran sombrero color naranja. Una muchacha atractiva. Iba sentada del lado de la ventana y otra muchacha estaba sentada a su lado, viéndonos en silencio, sin intervenir en un encuentro que parecía predestinado sin que nosotros lo supiéramos. Ella sonrió de nuevo y preguntó:
                —¿Es bueno?
                —Yo creo que sí. Se trata de un viaje largo a través de Europa y Asia, desde Londres hasta Tokio en todos los trenes posibles. Arranca en el Orient Express y se devuelve en el Transiberiano. Me gusta mucho.
                Ella me respondió con otra caricia de sus pestañas.
                —Yo también me traje un libro —dijo—. No puedo estar sin leer.
                Ambos sonreímos. El volumen de la música nos impidió avanzar, así que me concentré en las descripciones que el autor hacía sobre Estambul y Teherán antes de tomar el siguiente tren para atravesar Afganistán. Afuera, el día seguía siendo lechoso y lento, mostrando una mañana apacible de noviembre que no tenía nada que ver con la música que saltaba desde las cornetas y nos alejaba de Valencia. Llegamos al terminal de Puerto Cabello, según los guías, con buen tiempo, suficiente para reunirnos con los otros miembros del grupo que esperaban allí. Tres muchachos y una chica. Intercambiamos rápidos saludos y sonrisas antes de convertirnos en unos ágiles pollitos detrás de las cuatro gallinas que lideraban la caminata a través de otras maletas y gritos que anunciaban destinos diferentes al nuestro en medio de aquel gran corral cercano a la costa. Nos montamos en un autobús más pequeño y destartalado donde no sobraban puestos libres. Tuvimos que viajar con los bolsos encima de las piernas y las risas contagiosas de Laurel y Hardy en la parte de atrás.
                —¿Y ahora? —le pregunté a Miguel, sentado junto a mí.
                —Ahora vamos hasta Patanemo. Allí desayunaremos antes de agarrar los peñeros. Les tenemos una sorpresa.
                Viajábamos arracimados y ya sudorosos, pero algo en la energía que compartíamos dejaba intuir que cierta conexión se había establecido entre nosotros. Nos ayudábamos con los bolsos y las carpas mientras las risas aumentaban de intensidad y los comentarios se hacían en voz alta. Nadie se quejaba o ponía mala cara ante lo que se avecinaba. Avanzamos por una vía pavimentada a la orilla del mar. El pequeño transporte se llenó con el aroma salado de la espuma que reverberaba sobre la arena. Respiré profundo y sonreí en silencio. Luego atravesamos un caserío donde varios vendedores ambulantes saturaban el ambiente con los olores de sus pescados fritos y empanadas de diferentes sabores. Más adelante subimos una empinada cuesta desde la que miramos con embeleso las tonalidades entrecruzadas del azul y el verde que manchaban el Caribe allá abajo. Gustavo iba explicando dónde nos encontrábamos y qué debíamos ver desde los ventanales del autobús que saltaba entre curva y curva. Descendimos la cuesta y una hilera de palmeras nos recibió del otro lado. Y también una laguna casi seca donde se posaban en delicado equilibrio uno que otro flamenco como pinceladas de rosa sobre las tonalidades terrosas del fondo.
                —¡Mira! —dijo una de las muchachas—. ¿Qué es eso?
                De nuevo Gustavo, ayudado por Miguel, explicó que le hubiese gustado mostrarnos la laguna en su mejor temporada, llena de agua y de muchos flamencos para tomar las primeras fotografías. Todos sonreímos embobados ante la visión lejana de aquellas aves de patas largas y cuellos de cisne. El autobús se detuve frente a un enorme arco con letras desdibujadas por el salitre y descendimos uno por uno, ayudándonos, estirando las piernas, mirando en silencio lo que nos rodeaba. Una vez más Gustavo abrió la marcha y nos condujo hacia un quiosco solitario de metal corroído y pintura descascarada cerca de la orilla. Una vieja de piel curtida y agrietada salió a recibirlo con una sonrisa desdentada y luminosa. Gustavo nos presentó a la que sería nuestra anfitriona durante el breve desayuno.
                —Muchachos —dijo—: esta es Mamá Chita, y prepara las mejores empanadas de toda la playa de Patanemo. Vamos a desayunar aquí. Pasen y siéntense.
                Mamá Chita expandió aún más sus mofletudos cachetes y achinó sus ojos antes de abrazar a Gustavo con fuerza. Esa sonrisa nos incluyó a todos. Desde la cocina salieron dos negras de piel tensa y cabello trenzado para organizar varias sillas y mesas formando una ronda. Allí nos sentamos. Karla, la morena de risa fácil, y Laurel y Hardy gravitaron hacia un rincón lateral del quisco. Vi que armaban allí un improvisado salón de fumadores con las sillas blancas de plástico que sobraban de la ronda. Me les uní de inmediato y nos convertimos en cuatro afinidades llenas de nicotina a media mañana. Los demás se entretuvieron en comer, acomodar sus bolsos, beber café y conversar mientras los guías acordaban los detalles para subir a los peñeros lo más pronto posible. Creo que fue Gustavo, poco después, quien sugirió hacer las presentaciones en torno al círculo de comensales. Él habló primero, agradeciéndonos la confianza depositada en ellos y esperando que nuestras expectativas quedaran cubiertas al final del paseo. Habló en nombre suyo y de Miguel, Eduardo y Henry antes de cederle la palabra a la muchacha sentada a su izquierda.
                —Hola, chicos —dijo ella—. Mi nombre es Kimberly y soy de Valencia. Soy esposa y mamá de dos príncipes hermosos… Después les muestro las fotos… Y estoy aquí para descansar y despejar la mente. No conozco Yap… ¿Yapuesta? ¡Ah, Yapascua! Ajá, bueno, y espero que todos lo pasemos bien, disfrutemos mucho y regresemos con las pilas cargadas de mucha buena vibra de este sitio que, según me cuentan, es maravilloso… ¡Ah! Y vine con mi prima Karla, que está allá llenándose de humo tan temprano. Gracias.
                Entre risas y otros comentarios intercalados, las presentaciones se fueron sucediendo en torno a las mesas llenas de platos plásticos de colores y vasos pequeños de café negro. Gustavo finalizó pidiendo que tuviéramos paciencia con ellos porque éramos el primer grupo, el grupo inaugural, y que nosotros pondríamos a prueba todo lo que ellos habían planificado durante varias semanas de antelación. Ese rasgo confesional nos llenó de confianza y camaradería sin que se lo hubiesen propuesto. En nuestro rincón, Karla nos explicó que venía de Caracas, Laurel dijo que trabajaba con su papá en un taller mecánico y Hardy agregó que estudiaba Psicología en la Universidad de Carabobo. Karla y yo entendimos que ellos eran amigos casi desde que eran niños y por eso se comunicaban con tanta facilidad a través de frases dejadas sin terminar y guiños cómplices en medio de las conversaciones.
                Gustavo se separó con discreción del grupo en medio de las presentaciones y regresó cerca del final. Cuando hubimos terminado, nos informó que las lanchas habían llegado y que podíamos seguir con el paseo. Nos despedimos de Mamá Chita con entusiasmo y caminamos hacia la playa. Dos lanchas pintadas con un rojo brillante oscilaban sujetas a la orilla con un largo y grueso mecate verde. Miguel y Henry se encargaron de dividir el grupo en dos porciones más pequeñas y abordamos como pudimos en dos conjuntos separados. Me senté entre la chica de piel lechosa que me hablara en el autobús hacia Puerto Cabello (se llamaba Gabriela) y el muchacho de cabello largo y barba oscura, llamado Fred.
                —Agárrense bien —dijo Gustavo, sentado frente a nosotros—. Es un viaje de veinte minutos aproximadamente.
                La lancha maniobró para salir de la playa con lentitud y después cobró fuerzas saltando entre las olas hacia mar abierto. Viajamos bordeando la costa rocosa y sintiendo la brisa que alborotaba los cabellos y provocaba sonrisas espontáneas, el agua salpicaba nuestros rostros  mientras intercambiábamos miradas de alegría y temor ante el vaivén del peñero. Gustavo se ofreció a tomarnos un par de fotografías y posamos con nuestra mejor actitud, disimulando entre salto y salto. Más adelante nos mostró la efigie de una virgen, adosada a la pared de roca, en medio de un nicho pedregoso, y nos dijo que los lancheros peregrinaban hasta allí en ciertas temporadas para agradecer por los favores concedidos y el cuidado prestado durante cada trayecto. Me pregunté cómo habrían hecho para colocar la estatua en un sitio tan difícil y me respondí que la fe podía hacer eso y muchas otras cosas más. Gabriela se sujetó a mi brazo y Fred nos explicó que también había una ruta alternativa para llegar a Yapascua, a pie, desde Patanemo; aunque con los bolsos a cuestas sería una caminata fatigosa de varias horas.
                —Estamos llegando, chicos —dijo Gustavo.
                La lancha aminoró la velocidad hasta casi detenerse en un suave balanceo sobre las olas, y entonces avanzó con precaución y lentitud sobre un mar calmado y transparente que dejaba ver figuras oscuras en el fondo. El lanchero maniobró con destreza a través del arrecife sobre una ruta que debía conocer ya de memoria, una ruta nacida de la experiencia y el conocimiento transmitido entre diferentes y sucesivas generaciones de pescadores y lugareños. La ensenada se abrió ante nosotros con una quietud sobrecogedora.




2 de marzo de 2016

"París era una fiesta", de Ernest Hemingway.




                No recuerdo la primera vez que escuché o leí sobre este libro. Con el tiempo se transformó en un eco, en una referencia, en uno de esos títulos que sabes debes leer alguna vez antes de morir. Un guiño. Un susurro. La sensación se agudiza si compruebas que París es una de tus ciudades favoritas en el mundo. Y se magnifica luego de ver películas como Medianoche en París de Woody Allen. No me refiero a la calidad técnica del filme, ni a la historia misma que escogió representar el cineasta, sino a todo lo que se oculta detrás. Soy uno de los que hubiese disfrutado mucho sentándose a una mesa con Hemingway o Fitzgerald y simplemente escuchar, observar, paladear sus palabras y acciones. Sumergirme en una atmósfera que quizás he idealizado demasiado. Las charlas literarias. La camaradería entre escritores. La vanguardia artística. Las ideas que se discutían entre tragos hasta la madrugada. La luz diurna y la claridad de la noche. La vida vivida en un maravilloso presente continuo.
                En mi caso, creo, se trata de la convergencia de varios afectos. La ciudad, los nombres, la época, la sencillez y la complejidad de un tiempo fulgurante. El año pasado vi un documental que me dejó con ganas de más: París: Los años luminosos. Allí se narra el encuentro fortuito (porque nadie los convocó) de muchas mentes creativas por primera y única vez durante el siglo XX: escultores, pintores, escritores, coreógrafos, músicos, compositores, escenógrafos; todos jóvenes, todos confluyendo para sentar las bases de lo que llamaríamos Modernismo en casi todas las artes. Allí coincidieron Matisse, Braque, Hemingway, Stravinsky, Picasso, Gide, Nijinsky, Cocteau, Apollinaire, Stein, Fitzgerald, Duchamp, Tzara, Copland, Miró y muchos, muchos otros; es la visión de París como una ciudad catalizadora.
                Ernest Hemingway escribió París era una fiesta como una evocación de sus primeros años en la capital francesa, redactando sus cuentos iniciales, buscando su voz narrativa, conociendo a Gertrude Stein, Alice B. Toklas, Sylvia Beach, Ford Madox Ford, Scott Fitzgerald y Zelda, Ezra Pound, entre varios más, siempre atento, siempre perceptivo, renunciando a su trabajo como periodista del Toronto Star para dedicarse por completo a la escritura, y así rememora los cafés que frecuentaba y donde podía trabajar mejor, como la Closerie des Lilas u otro muy acogedor en la place Saint-Michel, o el sitio donde vivía en el 74 rue Cardinal Lemoine. Entonces comencé a subrayar:

                Cada día seguía trabajando hasta que una cosa tomaba forma, y siempre me interrumpía cuando veía claro cómo tenía que seguir. Así estaba seguro de continuar al día siguiente.

                O hablándose a sí mismo:

                “No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas”. De modo que al cabo escribía una frase verídica, y a partir de allí seguía adelante. Entonces se me daba fácil porque siempre había una frase verídica que yo sabía o había observado o había oído decir. En cuanto me ponía a escribir como un estilista, o como uno que presenta o exhibe, resultaba que aquella labor de filacterio y de voluta sobraba, y era mejor cortar y poner en cabeza la primera sencilla frase indicativa verídica que hubiera escrito. En aquel cuarto tomé la decisión de escribir un cuento sobre cada cosa que me fuera familiar. Tenía esa intención presente siempre que escribía, y me daba una disciplina buena y severa.
                        En aquel cuarto aprendí también a no pensar en lo que tenía a medio escribir, desde el momento en que me interrumpía hasta que volvía a empezar al día siguiente. Así mi subconsciente haría su parte del trabajo y entre tanto yo escucharía lo que se decía y me fijaría en todo, con suerte, y aprendería, con suerte, y leería para no pensar en mi trabajo y volverme impotente para rematarlo.

                Descubrí que en esos días iniciales Hemingway aprendió mucho de las pinturas de Cézanne y otros pintores impresionistas. Una conversación interesante con Gertrude Stein sobre la homosexualidad. Su afición por visitar los museos. Los autores que prefería leer entonces: D. H. Lawrence, Aldous Huxley, Turguéniev, Dostoievski, Sherwood Anderson y su creciente fascinación con los relatos policiales de Simenon. Su afición por las carreras de caballos y luego por el ciclismo y el boxeo. En otra parte, más adelante, describe sobre los cambios que hizo en el cuento “Fuera de temporada” y por qué los hizo (ayuda tener a mano un volumen con sus relatos para leerlo sobre la marcha):

                Era un cuento muy sencillo titulado “Fuera de temporada”, en el cual omití el verdadero final, que era que el viejo protagonista se ahorcaba. Lo omití basándome en mi recién estrenada teoría de que uno puede omitir cualquier parte de un relato a condición de saber muy bien lo que uno omite, y de que la parte omitida comunica más fuerza al relato, y le da al lector la sensación de que hay más de lo que se le ha dicho.

                Subrayé ésa y muchas otras partes que me parecieron tan interesantes como el dinero que solía pedir prestado a Sylvia Beach de vez en cuando; o que Gertrude Stein opinara que su cuento “Allá en Michigan” era inaccrochable, es decir, algo relacionado con la indecencia; o la parte donde su esposa Hadley pierde una maleta llena de manuscritos que jamás pudieron recuperarse durante un viaje a Suiza; o su amistad con el barón Von Blixen, donde menciona que Lejos de África, escrito por Karen Blixen, es el mejor libro que se había escrito sobre África. París era una fiesta está lleno de anécdotas y reminiscencias que hace un Hemingway ya bastante mayor sobre una época que recuerda con cariño. El libro es una hermosa evocación, y esa es la impresión con la que prefiero quedarme.
                Un amigo que ahora vive en París me dice que él también disfrutó de este libro, hasta que le tocó vivir en París. Agrega que es «la piedra angular con la que se construyen mitos caza-turistas de que allí se pueden comer ostras y beber vino de Borgoña sin dinero». Yo creo que cualquiera con suficiente sentido común puede entender las diferencias de tiempo. Cuando Hemingway estuvo en París, su pobreza era relativa; entonces un estadounidense podía malvivir con unos pocos dólares en el bolsillo sin caer en tantas extravagancias. En todo caso, prefiero concentrarme en la importancia que la escritura tenía para Hemingway. Se puede decir que hay gente que escribe para vivir, y hay gente que vive para escribir, como él. Me parece que era un hombre muy detallista y observador, atento a lo que sucedía y a lo que se le contaba, para luego verter todo lo que pudiera en sus relatos y en sus novelas; es decir, valiéndose de su técnica, ya no tanto describir sino construir a partir de lo que recolectaba o veía o escuchaba.
                Hace pocos días leí una nota de otra amiga donde hace referencia a unas líneas de Leila Guerriero: «Acepten trabajos que estén seguros de no poder hacer y háganlos bien. Escriban sobre lo que les interesa, escriban sobre lo que ignoran, escriban sobre lo que jamás escribirían…». Pienso en esas líneas ahora porque las relaciono con Hemingway en el sentido del placer de una búsqueda, de un conocimiento, de un aprendizaje. A través de París era un fiesta se puede inferir el gozo y la curiosidad que Hemingway sentía ante lo desconocido: las carreras de caballos, el ciclismo, el boxeo, el alpinismo, esquiar en Austria; y todo lo que después intentó y que uno ya sabe: las corridas de toros en España, la pesca en Cuba o la caza en África. Pienso que Hemingway era un hombre apasionado que disfrutaba experimentando con cosas nuevas e interesantes para él. Un hombre que se nutría de muchos afluentes a la vez para volcarlo luego entre sus páginas.
                París era un fiesta me deja un sabor placentero en la boca. Es una lectura que no me ha decepcionado y que me ayuda a conocer mejor al hombre que se oculta detrás del escritor con anécdotas e historias personales que deconstruyen el mito, como por ejemplo el enamoramiento que sintió por Pauline mientras estaba casado aún con Hadley; o la vez en que Scott Fitzgerald le pidió el favor de ver su pene en el baño de caballeros porque Zelda le había dicho que no podía complacerla; o las correcciones y supresiones que hizo en las versiones primitivas de su novela Fiesta. Admiraba ya a Ernest Hemingway antes de que me lo recomendaran en uno de mis primeros talleres de narrativa, y lo admiro ahora más en función de escritor disciplinado y comprometido que antepuso la escritura y la curiosidad por encima de cualquier otra cosa.

12 de febrero de 2016

Una cuota de ausencias.



                Hoy me hubiese levantado temprano para darle un abrazo y un beso y decirle: «Feliz cumpleaños, ma». El café caliente. La tibieza de su piel. El ramo de flores de Papá. El desayuno tardío y los preparativos del almuerzo. Tal vez una torta en la noche, y risas, muchas risas, siempre las risas entre nosotros. Hoy pienso en todo lo que no le dije, en todo lo que nos faltó por hacer y compartir. Creo que a todos les sucede igual. Cada quien lleva su cuota de ausencias a cuestas. Me han dicho que el dolor se atenúa con los años; he descubierto que no es así, al menos en mi caso: el mío se matiza, algunas veces se vuelve intenso, pero nunca desaparece. La extraño, la extraño mucho. Siempre se dice que hay que valorar, respetar, apreciar, demostrar el afecto; pero sólo aquellos que llevan una pérdida sobre los hombros saben que jamás habrá el tiempo suficiente para todo lo que se añora después. Es una añoranza estéril.
                Patricia y la Negra me escriben. Agradezco que no pregunten cómo me siento. Creo que ellas lo saben bien. Cada una ha pasado por lo mismo. Nos apoyamos. Nos entendemos. Y sus palabras se transforman en un pequeño piso que me evita caer aún más en la melancolía, en la nostalgia. Pero ¿qué hacemos con las lágrimas? ¿Qué hacemos con las frases que se quedaron sin pronunciar? ¿Qué hacemos con lo que se retuerce en la garganta y que no llegaremos a expresar jamás? ¿Qué se hace con todo eso? Me habría gustado decirle que soy homosexual, me habría gustado aprender a hacer su carne molida; hubiese querido agradecerle más por todo lo que hizo por mí, hubiese querido que me mostrara cómo economizar el detergente para lavar; tal vez preguntarle sobre las singularidades de su vida cotidiana, o quizás conversar sobre mis amores frustrados y escuchar sus consejos. Quedó tanto por decir, por confesar, por hacer.
                Una de mis tías me contó que habló mucho con ella ya cerca del final, cuando mi abuela Dora había muerto. Su mamá. Una muerte sobre la cual tuve que armarme de valor para decírselo, y una acción que no le deseo a nadie. En los días sucesivos Mamá se mostró poco dada al llanto, a la tristeza; es probable que se sintiera cansada, agotada por su enfermedad: eso es lo que pensé. Mi tía me contó algo más. Mamá le dijo que ella había sido una buena hija, que estuvo pendiente de su madre en todo momento, que le demostró su cariño siempre, y que por eso no sentía el peso de su ausencia; también le dijo que creía haber sido, ella misma, una buena madre conmigo. Lloré. Lloré mucho cuando me lo contó. Y habría querido gritar: «¡Sí! ¡Claro que sí! ¡Siempre, ma!» Admiro hoy la seguridad de Mamá. Pero me pregunto si habré sido un buen hijo, si se lo demostré lo suficiente como para que pudiera partir con esa certeza en su pecho.
                Hoy es su cumpleaños. No la extraño más por eso. La extraño todos los días. No hay un día en que no espere verla al entrar en la cocina o dé por sentada su presencia cuando busque mi ropa interior limpia en la gaveta. Lo confieso: fui un niñito de mamá hasta el final, consentido y egoísta. Pero he aprendido a hacer las paces con su ausencia, a hablarle en voz alta cuando trato de conseguir su sazón con la carne molida, a fruncir el ceño cuando el detergente que vierto en la lavadora es más del indicado o cuando miro un programa en la televisión que sé que ella disfrutaba. También hoy descubrí, sin proponérmelo, el último mensaje de texto que Mamá me envió. Leí las palabras, las frases, imaginé sus dedos sobre el teclado de su teléfono celular mientras lo escribía y pensaba en mí, su mirada fija en la pantalla. No lo borré. Sonreí como un niño que recibe un regalo tardío. Y por un segundo pensé en responderle, en escribirle para contarle todo lo que he hecho y todo lo que nunca le dije, imaginando que esa respuesta podría conseguir una vía cósmica hasta donde ella está. Sentí curiosidad. ¿Quién tendrá ese número asignado ahora? ¿Dónde fue a parar su teléfono celular? ¿Le pasará esto a alguien más?
                Sólo al sufrir una pérdida irremediable pensamos en la esterilidad (o la futilidad) de una añoranza que nunca podrá ser aplacada. Ya no hay vuelta atrás. Se deben evitar los clichés, las frases comunes, las palabras huecas; nadie aprende por experiencia ajena. Es por eso que cada quien debe cargar con su cuota de ausencias en la espalda, y cada quien la sobrelleva como puede. Es inútil aconsejar a los otros que valoren más a sus vivos; todos lo hacemos cuando ya están muertos. Hoy sonrío entre lágrimas porque intento concentrarme en lo que sí compartí con ella, en lo que nos contábamos, en lo que pudimos hacer. Prefiero fijar mi atención en eso. Y creer que de alguna manera inexplicable para la ciencia, todavía ella sigue a mi lado, silenciosa, amorosa, cómplice y serena. Te quiero, ma.