7 de abril de 2008

"Peor que tú", de Gabriel Torrelles.

Lo primero que llamó mi atención fue la disimulada timidez desplegada en sus gestos, la economía de su lenguaje. Ante mí, literalmente, tenía a un muchacho con ideas radicales, imponentes, pero sigilosas; tan peligrosas como la sonrisa de una serpiente. Y lo primero que nos dejó saber era que disfrutaba con lecturas tan disímiles como Borges y Philip K. Dick. Conforme fuimos interactuando, descubrí que sólo abría su boca para hacer comentarios pertinentes, agudos y certeros. Fue un privilegio, ciertamente, compartir con él la mesa de discusión en el taller de narrativa de Monte Ávila Editores.

Los meses siguientes dieron paso a la consolidación de una amena amistad literaria, detalle que agradezco infinitamente. Gabriel Torrelles es uno de esos amigos que hay que tener en cuenta a la hora de analizar un texto, de emitir una opinión válida, discutir una buena película de cine independiente o desglosar alguna lectura hecha. Es por ello que compartí su satisfacción cuando me comunicó la publicación de su primera novela: Peor que tú. Era la culminación de un sueño: todos aquellos que escribimos entendemos esa deliciosa tortura.

Peor que tú me impresionó, desde un principio, en múltiples formas. La voz narrativa, la descripción mordazmente poética, el simbolismo implícito en cada párrafo, las emociones volcadas y exorcizadas en cada página, el despliegue de ironía y desesperanza… ¿Cómo no evocar mi propia etapa adolescente, tan turbulenta y tragicómica? Tenía ante mí un espejo mágico donde, estoy seguro, no sólo yo vería las semejanzas de una época visceral y tumultuosa. De alguna forma, Gabriel se las había ingeniado para contar la historia de todos, acumulando fragmentos para armar un rompecabezas colectivo. Fue, ha sido, una lectura memorable e imperecedera.

Y la técnica empleada es magistral. En algunos momentos no pude evitar recordar La historia interminable, de Michael Ende; otras fue El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder; o cualquier exponente del maravilloso realismo mágico latinoamericano. Mis lecturas no son amplias: lo confieso; pero sé identificar un buen libro cuando me topo con él, y Peor que tú lo es. Lo digo sin reservas. Llegar a la última página, después de un desarrollo trepidante, significó una despedida agridulce.

Me siento muy contento por su logro alcanzado. Intuyo que su nombre no pasará desapercibido. Apostó riesgosamente por una propuesta literaria y salió ganando. De hecho, todos hemos salido ganando.

Mis respetos, Gabriel…

26 de marzo de 2008

Él (III)

Como siempre, como antes, su llamada telefónica me toma por sorpresa. El tono de su voz, inconfundible, me inunda completamente, llenándome de un pueril nerviosismo y provocando algunos balbuceos incontrolables. Deseo preguntarle tantas cosas, a un mismo tiempo, que no puedo evitar que las palabras tropiecen contra mis labios en su loca carrera por ser expresadas. Puedo imaginar su disimulada sonrisa, ya seguro del efecto que provoca. Siempre ha sido así. Antes ha sido así.

Me cuenta que ha estado en Río Verde, que todo ha salido bien; disfrutó de unas agradables vacaciones, como los demás. Le pregunto si recibió mi mensaje de texto. Al principio duda, confundido, luego logra recordar y comparte un escueto “sí”. Intuyo, más allá de lo que me dice; alcanzo a leer entre el claroscuro, en lo que no menciona, en el sobreentendido. Ésta ha sido desde el inicio nuestra particular forma de expresarnos. Hacemos uso de silencios, de evasivas, de tonalidades y timbres de voz. Creo que lo disfruta tanto como yo. Me gusta pensar que es así. Y al igual que otras tantas oportunidades, la curiosidad de conocer la causa de su llamada desaparece entre las frases; mientras dura nuestra charla, eso no es relevante, carece de importancia. Así, entonces, voy armando el nuevo rompecabezas con los fragmentos ofrecidos: recibió mi mensaje de texto, pero la ausencia de respuesta se debió a que viajaba en plan familiar. Estaba con su esposa, su hija; incluso con su padre y su tía. También un par de amigos de cacería. Quizás demasiadas personas alrededor. ¿Cómo apartarse para poder llamar? Pero todo queda explicado hoy. Y ni siquiera está en Caracas, es desde Higuerote donde me está llamando. Asuntos de trabajo, dice. Pareciera como si necesitara alejarse de la cotidianidad para poder comunicarse, relajarse en escenarios anónimos y seguros.

Aún así, me tranquiliza estar en su pensamiento. Tuvo que pensar en mí antes de tomar su teléfono. ¿Qué pensaba? ¿Qué imágenes logró convocar mi nombre? ¿Por qué se siente motivado a querer saber de mí frecuentemente? Son preguntas recurrentes que sobrevienen después de cada conversación. La mayoría de las veces decido que ninguna tiene verdadera importancia. Lo que permanece es el sonido de su voz, el eco vibrante y profundo de su voz. Pareciera que lo demás es circunstancial. Irrelevante. ¿En qué me ayudaría conocer las respuestas? ¿Qué cambiaría en nuestra ambivalente dinámica?

A pesar de todo, sé que le cuesta hacerlo. Un hombre como él, tan parco, tan directo, carente de artificios, seguro encuentra difícil hacer una llamada por cortesía, por mero convencionalismo social. Me lo ha dicho. Es un individuo acostumbrado a no andarse por las ramas, a llamar las cosas por su nombre, a no perder el tiempo con nimiedades y frases hechas. Yo no soy un cliente al que debe convencer con un discurso ya casi de memoria; tampoco le brindo la seguridad que encuentra entre sus amigos, esos con quienes disfruta discutiendo temas comunes. No. Soy un simple conocido. Un misterio. Un enigma que parece acosarlo y tentarlo a un mismo tiempo. Lo irónico es que el asunto funciona en ambos sentidos. ¿Qué puede, entonces, decir de mí? “Tengo un amigo homosexual al que llamo por teléfono una o dos veces al mes”. ¿Qué tal suena eso? O “mi esposa no lo sabe, mis amigos lo ignoran y no me gusta (no me siento cómodo) hablar de ello”. Si sabe de mi atracción (porque tiene que saberlo), ¿por qué insiste? ¿No sería más prudente tomar distancia, alejarse? Pero no, se mantiene allí, como volando en círculos, esperando por algo indescifrable.

Me deja saber que han ido de cacería, contándome qué y cómo ha ocurrido todo; en determinado momento recuerda nuestra propia aventura nocturna en El Barrial y ambos reímos. También dice que su hija disfrutó mucho, saltando de un lado al otro y siendo el centro de atención: era la única niña del grupo. Habla de su amigo, ése que alguna vez me presentó en la finca. Menciona que nunca salió de la propiedad, evitando exponerse al bullicio y el aglomeramiento existente en el conocido balneario. Pero a su mujer sólo la nombra una vez, al comienzo, cuando aclara con quién andaba y sus circunstancias. No me impresiona; he descubierto que no hay empeño de su parte por traerla a colación. Si puede, elude hablar de ella; nunca lo ha hecho. Él no hace ningún esfuerzo, y yo no insisto. Es un acuerdo natural, cómodo y tácito entre nosotros. Presumo que sonaría terriblemente hipócrita si me ocupara por saber de ella. Además, no sería cierto. Lo único que me importa es él; ¿por qué gastar tiempo tocando un tema sobre el cual ninguno de los dos desea tratar? Ella está allí, siempre va a estar allí; sabiendo eso, podemos dejarlo atrás y ocuparnos en asuntos más interesantes.

- ¿Qué hiciste? –indaga.
- Me quedé en casa, escribiendo.

Existe un dejo de confianza, de extraña intimidad. Nuestra relación funciona bien así; aunque ignoramos hacia dónde puede conducirnos nuestra ambivalencia, la disfrutamos. Probablemente, si no existieran los matices, las sombras, me sentiría pronto aburrido, perdería el estímulo. Lo más lógico sería definir nuestros criterios, aclarar qué es lo que queremos… Pero perderíamos la magia, el misterio; ya no sentiríamos que nos envuelve este deleite particular, esta seducción que se comporta como el flujo y el reflujo del mar. Va y viene. Va y vuelve a venir. Es sincrónica y recurrente. Mi neurosis me impele a dejar todo como está, a no intentar fracturar nuestra peculiar simbiosis. Si descubro su significado, perderá todo su atractivo.

No. Me siento, escribo, y sé que, entre página y página, otra llamada volverá a sorprenderme. Como antes. Como siempre.

12 de marzo de 2008

Abriendo puertas.


Había pensado utilizar el título “Cerrando puertas”, pero no, no sería correcto. No es ésa la idea que deseo transmitir. Y a pesar de que se trata de la culminación de una etapa, siento que lejos estoy de cerrar puertas; si acaso, me preparo para entrar en nuevas habitaciones. Mi presente etapa nada tiene que ver con clausura, cierre, finiquito… no ahora. No así.

El taller de narrativa en Monte Ávila Editores finalizó con la misma magia creativa con que le dimos inicio algunos meses atrás. Recuerdo vívidamente que era una tarde plomiza, con una brisa constante; sentía esa pequeña presión en el pecho que me agobia siempre que tengo que enfrentarme a una nueva experiencia, conocer a un grupo de personas o iniciar un viaje: que en este caso fue literario. Se sentía extrañamente similar a mi época escolar, cuando debía avanzar a un nuevo año, establecer nuevas amistades, nuevas alianzas y nuevas aversiones.

El grupo de talleristas no podía ser más ecléctico. Deduje que algunos se conocían de antes, otros trabajaban juntos y unos pocos se hallaban tan primerizos como yo. Pero la sesión comenzó antes de que pudiera dilucidar más detalles. De hecho, quien inició las presentaciones fui yo, levantando el asombro general al declarar que había renunciado a mi trabajo para perseguir mis sueños narrativos. Se sintió bien, a pesar de todo; tuvo un no-sé-qué de terapia colectiva. Y muy pronto, con el paso del tiempo, comprobé que había llegado al lugar ideal. Las reuniones consecutivas (todos los martes) sirvieron para catalizar nuestras ambiciones de escribir, crear y dar vida a personajes maravillosos. Construimos una empatía memorable en términos de ayuda, valoraciones técnicas, consejos prácticos y visiones novedosas; todo ello de la mano de un facilitador ejemplar: Carlos Noguera.

El autor de La flor escrita y Juegos bajo la luna supo conducirnos con maestría a través de los intrincados caminos de la literatura, brindándonos su ayuda con cada texto presentado y manejando bien las riendas del taller: no creo que sea fácil equilibrar 12 voces distintas, independientemente de la tarea en común. Aunque bien sea dicho, cada uno de mis compañeros aportó una rica gama de contradicciones, colaborando en formar un microcosmos fértil y vanguardista.

Compartí la selección 2.007 – 2.008 con Tania Alzuru, Dayana Fraile, Lucia Di Candia, Pedro Ibáñez, Nayari Rossi Romero, Bertha Fréitez, Marjori Lacenere, Gabriel Torrelles, Lorena Burguillos, María Virginia Arroyo y Liliane Blaser. Fuimos 12 puntos de vista particulares. 12 formas de escribir. 12 maneras de presentar una historia. Y 12 promesas que ya comienzan a brindar frutos: Dayana y Gabriel quedaron seleccionados dentro de la Semana de la Nueva Narrativa Urbana; y me complace anunciar que la novela de Gabriel, Peor que tú, saldrá a la venta el próximo 28 de marzo.

Hoy me siento orgulloso por lo logrado, por haber alcanzado nuevos límites narrativos, por tener otros amigos con quien compartir mi inagotable amor por las letras y por las puertas que me animo a abrir. Sé que encontraré desafíos diferentes y enriquecedores; estoy preparado.

Me lanzo hacia lo desconocido, puerta tras puerta.

10 de marzo de 2008

Premios.




Alejandro y NickJoel, dos estimados amigos virtuales, tuvieron la enorme gentileza de hacerme, respectivamente, acreedor de dos premiaciones muy importantes. Les quedo profundamente agradecido, a ambos, por sus recurrentes visitas y palabras amenas. Hoy escojo compartir esto con todos y cada uno de mis lectores, porque mis páginas internas no serían lo que son sin el apoyo de ustedes. ¡Felicidades a todos!







2 de marzo de 2008

Pinceladas en mi diario...

Hay arenas que calman mi sed.
Amores que me arrebatan la vida.
Caminos que conducen a ninguna parte.

Hay juegos que me provocan lágrimas.
Despedidas que dibujan una sonrisa.
Y canciones que me enfurecen.

Encuentro párrafos que me desgastan.
Miradas huidizas.
Sonidos sordos.
Y, de vez en cuando, sollozos dulces.

¿Adónde me llevan mis pasos?

18 de febrero de 2008

Escogencias.

Mis amigas lesbianas vienen a visitarme. Es una noche bastante fresca, con brisa constante. Me gusta recibirlas porque me permiten tener contacto con el mundo exterior, ausentarme por un rato de mis tareas literarias. Me siento expansivo, permeable y atento a sus historias. Son mujeres mayores (siempre he sido muy precoz), mucho más experimentadas que yo; pero hemos establecido una dinámica ideal a través de los años, lo que ha logrado que nos entendamos con mediana comodidad.

Sandra y Marlene llevan casi quince años juntas, en una relación muy ambivalente. Creo haber entendido que no comparten sexo sino una espléndida amistad; es como si se hubiesen acostumbrado la una a la otra, se acompañan, se equilibran y se balancean entre lo que alguna vez fue una gran pasión y la unión sincera que ahora las estrecha. Se notan acompasadas, fieles, monocromáticas; es imposible no compararlas con un matrimonio heterosexual de mediana edad.

Miriam y Nancy tienen, por su parte, poco tiempo juntas, si acaso algo más de tres años. La diferencia de edad entre ellas ha sido el obstáculo ha resolver: casi dos décadas. Parece que Nancy se siente atraída por las mujeres mayores, muy experimentadas. Miriam, en todo caso, ofrece la impresión de haberse cansado de esperar por el amor de su vida y decidió conformarse con esta adoración constante que la otra le profesa.

Las cuatro conversan animadamente, esbozan planes de viaje a futuro, sopesan la situación política del país, expresan disconformidad ante la rutina diaria; otras veces opinan de mis trabajos narrativos, mis recientes acercamientos a la pintura; ofrecemos una escena nocturna idílica, armónica y sosegada… pero creo que es sólo la superficie: las fuerzas están contenidas, a duras penas, detrás de las máscaras risueñas.

Quizás mis secretas elucubraciones se deban al vino tinto que compartimos; o la brisa que me trae ecos lejanos; tal vez la persistente neurosis a verme reflejado en espejos circundantes… no lo sé. Ellas se enzarzan en una discusión trivial acerca de las próximas vacaciones de la Semana Santa; yo escojo alejarme, discretamente, volando con mis pensamientos. El viento trae aromas distantes, estimulantes. He encendido velas por toda la estancia y las luces titilantes me hipnotizan. Observo a mis amigas en sus frágiles armaduras sentimentales y no puedo evitar sentir compasión por sus escogencias. Son como espejos diáfanos que me alertan con susurros estridentes.

Miriam y Sandra me han confesado, por separado y en diferentes ocasiones, que no sienten ese gran amor por sus respectivas parejas; ambas parecen haberse conformado con lo que en algún momento se les presentó. Se asemejan a dos viejas guerreras dispuestas a no dar más batallas. Eso no quiere decir que no disfruten de sus mujeres; ríen, viajan, gozan de la vida, pero pareciera que no lo hacen en completa plenitud… en sus miradas falta algo. Algo imprescindible para conquistar nuevos escenarios emocionales.

Yo las observo en silencio, imaginando si Marlene y Nancy también se han conformado, pero de otra forma. Entonces una escena que prometía ser alegre se transforma en súbita melancolía. Tengo ante mí un cuadro que no deseo experimentar, para nada. Y mientras se sirven más vino, descubro con cierto temor que no he dejado de creer, de buscar, de explorar…

Me confieso, a mi edad, fiel creyente de la maravillosa magia del amor. Allí, junto a nosotros, pudiera estar cualquiera de mis últimos intentos: eran hombres agradables, sencillos, predecibles… pero no es eso lo que quiero. No. Me niego a ser un conformista sentimental: yo quiero más. Quiero las fulgurantes mariposas en el estómago, la falta de respiración ante un súbito encuentro, las palmas de las manos sudorosas durante una conversación, la torpeza verbal, el criterio nublado por la pasión… todo eso que venden los cuentos de hadas.

Puede ser que nadie me comprenda, que pocos asimilen mi incesante búsqueda, la fe irresoluta en encontrar mi alma gemela: no me importa. Alguien por allí dijo que hay que besar muchos sapos antes de encontrar un príncipe azul: pues, bien, lo seguiré haciendo. No deseo terminar mis días languideciendo junto a un batracio.

No yo.

30 de enero de 2008

Sincronía de contradicciones.

¿Qué tendría de malo querer pasar el otoño en Nueva York, la primavera en París y el invierno entre mis libros no leídos? ¿Cuál es el problema en preferir a Catherine Deneuve, Melina Mercouri, Silvana Mangano y Jeanne Moreau antes que cualquier recién llegada de cuerpo escultural? ¿Por qué provoco silencios (por no mencionar las cejas arqueadas) cada vez que menciono a Ethel Merman, Ella Fitzgerald y Shirley Bassey como mis cantantes favoritas?

Con los años he tenido que aprender a vivir con las contradicciones, los anacronismos y las divergencias. No ha sido suficiente con ser homosexual en un país eminentemente machista, con tener deseos de escribir en un remoto pueblo de provincia, con esperar por el amor verdadero dentro de un grupo antagonista que celebra la promiscuidad como un escape emocional; no, no ha sido suficiente. Hay más.

Prefiero a la Callas por encima de cualquier cosa; las formas de Picasso, las bailarinas de Degas y el erotismo de Klimt; cuando voy a la playa con mis amigas, mientras ellas se tuestan al sol, yo sueño con empaparme en la gama iridiscente del mar, nado lejos, zambulléndome de un color al otro.

Me gusta llorar. Lo confieso. Soy muy sensible. Puedo llorar ante el final de una película que me ha gustado, así como frente a un atardecer de tonos tostados. Cuando llueve, me siento sublimado. La lluvia me relaja, me inspira, me seduce. No puedo evitarlo; pero me encanta despertar y ver a través de mi ventana el azul intenso queriendo meterse en mi habitación. Me gusta la comida sazonada con muchas especias, la pasta ¡y el sushi! No obstante, detesto la langosta, los calamares, las ostras y cualquier cosa que venga del mar.

Mi color favorito es el verde. Disfruto con el azul, lila, naranja, rojo y prefiero el negro riguroso para una ocasión especial. Me repugna el blanco (a menos que esté en la playa) y el violeta intenso. No sé si esto último tenga que ver con el hecho de haber sido criado dentro de una familia muy católica, aunque hoy en día me declaro en contra de cualquier religión: si hay algo que me moleste, eso es el dogma.

Por cierto, tengo entendido que la única religión que no condena la homosexualidad es el budismo…

¿Mencioné que adoro la pintura? Tengo poco tiempo practicándola, pero me declaro amante del óleo (espero que Moribundo no lo tome a mal). Escribir y pintar: dos disciplinas que me ayudan a expresarme. ¿Por qué? Porque a pesar de ser un espontáneo gay, me confieso introvertido, extremadamente tímido. A través de ellas puedo vincularme con exquisita y absoluta libertad. Soy yo.

No creo en política.

Creo en el amor a primera vista.

Me puedo enamorar de una mirada, de un cuerpo, de un gesto (Sí: también puedo ser banal).

Amo caminar (entiéndase deambular), hablar solo, sonreír, caminar descalzo, perderme y volverme a encontrar. El frío me produce dolor de cabeza. El calor intenso me genera estrés. Prefiero las fotografías en sepia. Y el romance, el romance, el romance… ¿Ya dije que soy muy romántico?

Deliro por los capítulos de Sex & the City y por las producciones Merchant-Ivory (¡Muero por el cine de época!). Fantaseo con los temas de Stephen Sondheim y los Nocturnos de Chopin. Las cenas de gala y un picnic campestre. Las noches estrelladas y las mañanas sin nubes.

Algunas veces me confunde mi propia ambivalencia, pero la mayor parte la disfruto, como si fuese el protagonista de una emocionante película de aventuras. ¿Soy contradictorio? Sí; pero he aprendido a amar esta sincronía de contradicciones.

¡Ah! Recién finalizo de ver el film británico Ladies in lavender, con las maravillosas Judi Dench y Maggie Smith. La recomiendo ampliamente. Y, por supuesto… lloré al final.

23 de enero de 2008

Invitación.

Hola a todos. Les invito a visitar mi nueva página de fotografías. Espero sea del agrado de la mayoría. Un fuerte abrazo…

http://postalescrita.badoo.com

8 de enero de 2008

La Ronda de los Depravados (o el reencuentro con el espejo).

Sucede casi siempre a finales de año: nos entregamos voluntariamente o no a la tarea de hacer balance, de analizar lo que hicimos y de comparar lo que hubiésemos querido hacer contra lo hecho (o no, que es peor). A veces puede ser un juego ameno, rememorativo, inspirador; también puede convertirse en un paseo nostálgico, doloroso y lleno de espinas. Pero puede ocurrir que todo se convierta en un fogonazo de luz, en un golpe revelador que nos impulsa a ir más allá; a trascender, pues.

En mi caso tiendo a verlo como un espejo. Y sin proponérmelo he cruzado a través de él, para contemplar las múltiples imágenes: las de antes, las de ahora y las que podrían ser. Quizás me encontré con un espejo mágico.
Viviendo en un pueblo pequeño se tiene posibilidades de hacer muchos amigos; al menos eso fue lo que hice en mis años de fiesta continua, de excesos, de noches banales y desenfrenos. Experimenté con el licor, las drogas, los escarceos mundanos; teniendo siempre la brillante madrugada como telón de fondo. Pero creo que fueron etapas por las que tuve que cruzar para llegar hasta aquí. Luego partí del pueblo, entregándome entonces a novedosas aventuras: laborales, literarias, intelectuales: todas más experimentales y menos dañinas. Los años previos quedaron reflejados en mi diario, volumen que titulé La Ronda de los Depravados. Y se convirtieron en un recuerdo escrito, relegado. Archivado.

Mi amiga Carolina regresó de Italia en vísperas de Navidad. Ahora vive en Europa, pero fue de su mano que comencé a atisbar los bordes del abismo. Es una mujer liberal, independiente, chispeante. Alessio llegó de visita, como cualquier turista, en aquellos años oscuros; se enamoró de ella inmediatamente. Los europeos ofrecen poca resistencia a la piel canela del trópico. Ellos se entendieron muy pronto: se amaban juntos, viajaban juntos, bebían juntos y se drogaban juntos. El flechazo fue tan decisivo que al año siguiente regresó y se la llevó a vivir con él en Florencia. Yo mismo les despedí en el aeropuerto. Mas el episodio entre ellos no fue sino un breve capítulo entre las páginas que se ensamblaron con torpeza en esa época, y mucho agua ha corrido bajo el puente.

- ¡Me caso!-soltó Carolina a través del teléfono.
Esa fue su sorpresa de Navidad. La más inesperada de todas. Llegaron como un huracán: revolviendo, agitando y desequilibrando. Me tocó involucrarme tarde porque me encontraba fuera del pueblo a su llegada, por lo que el reencuentro sólo se efectuó la madrugada del año nuevo. La sonrisa inicial, los abrazos y besos, las historias, los planes… todo, muy lentamente, pasó a convertirse en miradas de soslayo, ceños fruncidos y el penetrante e inconfundible olor de la cocaína fresca. Al principio me incomodé un poco, intentando adecuar mi mente y mi cuerpo ante aquél despliegue de ilícitos placeres, pero me venció la intensa luz del sol matutino. Me despedí lo más afable que pude, no queriendo mostrar mi patente incomodidad. Parecía que nada hubiese cambiado desde nuestros años oscuros hasta hoy; no obstante, decidí atribuirlo a la efervescencia de la despedida de año. Todos estaban felices por las buenas noticias de Caro y Alessio: el reencuentro de Navidad, la boda, las fiestas prolongadas… Parecía que recuperáramos el tiempo perdido. Sí. Pero yo no era el mismo. Algo había cambiado.

Nos tocó vernos pocos días después, en otra noche de celebración tardía. Para los venezolanos la llegada de enero no significa que las fiestas han terminado. Esta vez había más gente. Rostros pretéritos que no contemplaba hacía tiempo. Todo conformando una amalgama, un puente irrisorio entre ayer y hoy. Hubo explosión de risas, de remembranzas, de brindis. El gozo nocturno: mañana no existe. Pude comprobar que recién me anexaba a ellos, pero que para ellos el regocijo nunca había terminado.

Los contemplaba a través del espejo.

El espejo me ofrecía el reflejo de lo que alguna vez fuimos; sólo que las imágenes se distorsionaban, se confundían entre lo que había sido y lo que ahora era. Allí estaban todos: intoxicados, ebrios, inconscientes del paso del tiempo, ajenos al estrago que se superponía en capas multicolores. Hombres y mujeres congelados, como intemporales figuras de cera. Y yo también había estado allí: exótico, mágico, superficial. Sonreí recordando que existió una época cuando supe camuflarme muy bien entre ellos. Entonces recordé a Virginia, otra amiga que presenció el auge inmortal de aquellas noches. Ella, como yo, supo retirarse a tiempo y ahora vive en Barcelona, con su esposo. De vez en cuando nos comunicamos y me pregunta por viejos protagonistas. Cuando le cuento que nada ha cambiado, suele reír y decirme que nuestro pueblo le recuerda mucho sus viajes a Disneylandia: “Siempre están los mismos juegos, los mismos personajes; nada nunca cambia. Se quedaron atrás”.

Sus palabras reverberan en mi mente. Quizás nuestro pueblo esconde entre las sombras un pequeño parque de diversiones: la montaña rusa de las drogas; la enorme rueda de los encuentros amorosos, tan cíclicos; los carros eléctricos que chocan, impregnados de alcohol; las sillas voladoras que estimulan los pensamientos y la carne. Son como juegos mecánicos que crujen y se estremecen, pero resistiéndose a ser desmantelados. Para ellos las luces se encienden cada noche, y todos acuden como polillas, ciegos y temblorosos, porque no conocen más.

Hoy celebro mi avance. El cambio de año me permitió atisbar hacia atrás, hacia lo que alguna vez fui. Y lo agradezco. La adrenalina fue intensa entonces, pero siempre me he caracterizado por querer más. Y los placeres del cuerpo se transformaron en los apetitos de la mente. No me arrepiento. No. Mas siento que aún tengo muchas aventuras por vivir, otros mundos que explorar, infinidad de páginas por escribir. Me confieso feliz, según el año inicia.

Deseo para todos la misma luminosidad.

¡Ah! También deseo que Caro y Alessio tengan una boda feliz…

18 de noviembre de 2007

Excusas.

A todas aquellas personas que se tomaron la molestia y el tiempo necesario para leer e interpretar mis páginas internas, les quedo profundamente agradecido. Quisiera contar con razones verdaderas que justifiquen mi ausencia, pero se ha debido, más que todo, a una inexcusable indisciplina. Poco después de mi última anotación comencé con la etapa final de mi curso de pintura al óleo, lo que desequilibró mi balanza literaria. En el taller de narrativa hubo también nuevos desafíos, dejándome poco tiempo y espacio, si acaso, para dedicarme con mayor ahínco al diario manuscrito, el cual ha crecido exponencialmente. Así, pues, que mis letras virtuales se vieron obligadas a pagar el precio.

Ahora mi vida se ha llenado, además de múltiples anotaciones íntimas, de pinceles, matices, degradaciones, cuentos cortos, ensayos, tubos de pintura, bocetos y escasa (por no decir nula) actividad sentimental. Me he convertido en una máquina de trabajo pictórico y literario. Pero me siento increíblemente feliz y expectante por adentrarme en esta nueva etapa.

No obstante, la ausencia no ha sido del todo estéril. Insisto en agradecer cada una de sus palabras sinceras, que me han acompañado durante todos estos meses, desde que inicié esta odisea virtual. Muy pronto regreso con material nuevo; no sé si la espera valdrá la pena, pero supongo que ustedes sabrán comprenderme.

A cada uno de mis fieles visitantes, un fuerte abrazo y un gran beso…

He vuelto.

27 de septiembre de 2007

Las Estrellas del Ballet Ruso.

¿Qué podían tener en común aquél ecléctico grupo de personas? Muchas señoras mayores, aristocráticas y elegantes; hombres serios, de aspecto académico; un extraño y bullicioso grupo de jovencitas adolescentes. Tampoco podía faltar el componente gay: culta representación de la diversidad sexual; incluso muchas parejas de mediana edad con un gusto sofisticado y sereno. ¿La ocasión? Solemne.

El Teatro de la Ópera de Maracay se preparaba para ofrecer una noche de ensueño artístico: las estrellas del ballet ruso concedían una única presentación (la noche anterior lo habían hecho en Valencia y posteriormente lo harían en Caracas). Una docena de los mejores solistas del Bolshoi y el Stanislavsky recorrían América Latina, ofreciendo recitales muy particulares. La esencia del evento consistía en que los bailarines habían escogido momentos culminantes de varias obras y así poder ofrecer un espectáculo heterogéneo. Dos horas con lo mejor del ballet clásico.

Se le concedió entrada al público puntualmente. No hubo escarceos, discusiones ni personas adelantándose. Quizás se debía a lo refinado de la cita, pero ha de resaltarse el buen comportamiento de los asistentes. Muy pronto todos tomamos asiento porque muy pronto las luces comenzaron a degradarse, anunciando el comienzo del primer acto. Sin dilación, sin desasosiego; entonces las notas de Tchaikovsky retumbaron por todo el recinto, sumergiéndonos en el brillo y la maestría de un ejemplar pas de deux, de La Bella Durmiente. ¿Cómo sustraerse al hipnotismo de aquellos cuerpos tensos, gráciles, simétricos? Formas ingrávidas que usurpaban el escenario. Olga Tubalova y Pavel Dimitrichenko captaron por completo nuestra atención, preparándonos para las subsiguientes destrezas desplegadas por Anna Tikhomirova, Roman Malenko, Natalya Krapivina y los demás, en una delicada sucesión: Giselle, El Corsario, Cascanueces, El Quijote, El Lago de los Cisnes; modernizando la sustancia con coreografías contemporáneas, tales como Gopak, una exuberante danza ucraniana, hasta navegar por los acordes de un conocido tango del célebre Astor Piazzolla.

La excitación y el regocijo del público resultaban contagiosos, electrizantes, arrolladores. Durante todo el tiempo que duró la representación, el mundo exterior cesó de existir. Los dos actos, con el intermedio incluido, condensaron un placer rara vez disfrutado. La idea principal, por supuesto, resultaba innovadora. Los bailarines rusos escogieron decantar lo mejor de sus demostraciones para presentar extractos a una audiencia imposibilitada de disfrutar con las obras completas; a menos que las presenciaran en París, Madrid, Londres, Nueva York o Moscú.

Así, pues, que contamos con la inestimable oportunidad de maravillarnos con los orgullosos descendientes de lo mejor de la Escuela Imperial Rusa: cuna del ballet clásico. Un regalo mágico para unos espectadores poco familiarizados con estas dispersiones cosmopolitas.

17 de agosto de 2007

"El otro infierno".

Como parte del enorme privilegio de ser escogido como uno de los integrantes del Taller de Narrativa de Monte Ávila Editores Venezuela, se nos pidió modificar el punto de vista en un texto del escritor mexicano José Joaquín Blanco, llamado El otro infierno. He aquí la versión original:

“Cuando Teresa y yo llegamos al infierno, Minos se ciñó dos veces el cuerpo con la capa y nos mandó a ese círculo que se ha hecho famoso por la historia de Francesca de Rímini y Paolo Malatesta. ¡Imposible soñar paraíso semejante! Desde que llegamos se dejó sentir el impulso afrodisíaco de las llamas y nos entregamos a una lujuria insistente. No tardamos mucho en contagiar a los demás condenados y así el Segundo Círculo del infierno se convirtió de pronto en escenario de increíbles orgías. Como es de suponerse, el Señor se enteró en el acto y cambió nuestra sentencia; desde entonces estamos en el paraíso, colocados a insalvable distancia, confundidos por los coros angélicos, purificados los dos de tal manera que parecemos creaciones de Botticelli, contemplándonos, solamente contemplándonos, mientras todo el cielo tiembla y se desbarata como flamita nerviosa de cirio pascual ante las notas triunfales del tedeúm…”.

Y aquí, mi versión:

“He perdido cualquier recuerdo de cómo o cuándo llegué a este sitio, obligado a ser castigado por mis pecados. Sólo hay oscuridad, lamentos y este torbellino lacerante que nos arroja y devuelve, en un carrusel eterno. Y he allí al majestuoso Minos, tan altivo y desgraciado en sus sentencias. Su mirada me ha traspasado más de una vez; dolorosa, afilada, recurrente. ¡Cuánta intoxicación desprende!

Sodomías inenarrables e indescriptibles. ¡Oh, cuánto placer en vida! ¡Oh, cuánto sufrimiento en esta no-existencia! Qué gozo tan culpable debo pagar ahora. ¿Cree que no me he dado cuenta? Pero hizo falta la llegada de Francisco y Teresa a este segundo círculo infernal para contagiarnos de nuevo con lo que antaño disfrutábamos. El éxtasis demencial que todo lo puede, que todo lo olvida, que nada resuelve; porque su elíxir es venenoso y adictivo: yo lo confieso.

¿Cómo negarme a su inflamado avance, lleno de dolor y sabiduría? ¿Cómo negarme al fálico entumecimiento de mis entrañas? Él, el poderoso; él, el verdugo; él, la fuente de mi deseo depuesto. Maldita sea Pasifae, que arruinó mi torpe embelesamiento. Y en su lugar escoge tomarme, ensanchando con escaso consuelo mi estrechez anímica. A nuestro alrededor el deleite es contagioso, flamígero, colectivo. Minos me esconde, secuestrando mi goce luctuoso, impostergable. No quiere que los demás descubran nuestro secreto recogimiento. ¡Qué escándalo infernal!

Mas la infección a la que hemos sido expuestos dura poco en este sitio atemporal. Francisco y Teresa son sometidos a un castigo divino de menor cuantía. Ahora reposan en el Paraíso, separados, confundidos; si acaso purificados en su malsano estrechamiento. Pobres almas carentes de satisfacción. Sin embargo, yo continuo aquí; raptado por mi carcelero de vez en vez; silencioso ante sus embates, lamentando mi placer, atormentado por su venganza carnal.

He olvidado quién soy.”


Las críticas de mis compañeros fueron muy admirativas; la verdad, no lo sé. Pero sí sé que disfruté mucho reescribiendo el texto. ¿Qué les parece a ustedes?

5 de agosto de 2007

Los diarios.

“…And they say that you don’t know where you’re going,
until you know where you’ve been”.

Barbra Streisand.


Los diarios comenzaron como una catarsis.

Un desahogo. Un monólogo introspectivo que intentaba encontrar respuestas y soluciones. Nada más. Mis intenciones nunca fueron artísticas; escribía porque necesitaba desahogar mis sinsabores, mis fracasos, mis flirteos con algo prohibido y secreto. Las páginas en blanco me ofrecían un paliativo que no encontraba a mi alrededor. A nadie le conté por lo que estaba pasando, no porque evitara compartirlo, sino porque carecía de amistades que pudieran orientarme. La sensación de soledad nunca fue tan intensa como entonces. Sólo el diario atestiguaría mis cortos pasos hacia la eternidad.

Por supuesto, como en todo, el comienzo estuvo plagado de torpezas. No hubo diferencia entre el primer beso, la primera caricia, el primer sexo y la página inicial donde comenzó mi historia. Inicié de forma abrupta, como si viniera de una anotación anterior; los descalabros, el tormento y la inmediatez de mis sentimientos quedaron reflejados allí; todavía hoy sonrío al evocar y releer la forma en que se gestó el periplo amoroso que me llevó a redescubrir mi oculta sexualidad y la pasión por explicarla a través de las letras.

¿Por qué continué? No lo sé; pero se hizo adictivo vomitar todo, TODO, allí dentro. Poco a poco comencé a reseñar la dinámica que nos envolvía, los personajes que giraban a nuestro alrededor, sus historias, sus ilusiones y vergüenzas. Y sin que me percatara del todo, se construyó un trabajo monumental. Ya no sólo escribía sobre nosotros, sino también sobre las motivaciones ajenas, las traiciones, los viajes, los descubrimientos y la evolución que nos arrastró. Aunque lo más importante lograría discernirlo después: al analizar mis impresiones y conclusiones, fui aprendiendo, cada día, nuevos datos que me ayudaron a armar un rompecabezas mayor: mi propia personalidad contradictoria.

En determinado momento, mucho más adelante, me armé de paciencia para ensamblar una coherente correlación de hechos, protagonistas e historias. El trabajo de editar y separar los distintos volúmenes me llevó algún tiempo, pero quedé satisfecho con el resultado. Separé el diario basándome en las distintas etapas por las que he pasado, coloqué títulos a cada libro, agregué fotografías, boletos aéreos, entradas al cine, invitaciones, tarjetas de cumpleaños y cartas manuscritas. Sé que quizás suena un poco pedante decirlo, pero me siento muy orgulloso de lo logrado. Es sin duda mi mejor trabajo literario. La lista completa quedó así…

Diario I: El espejo de las metamorfosis.
1.990 – 1.992

Diario II: Los disfraces del pecado.
1.993 – 1.994

Diario III: El baile de las mariposas.
1.995 – 1.998

Diario IV: Las caricias del camaleón (diario paralelo).
1.998 – 2.006

Diario V: La ronda de los depravados.
1.998 – 2.001

Diario VI: Ángeles & Demonios.
2.001 – 2.003

Diario VII: El eco silencioso.
2.003 – 2.005

Diario VIII: El país de las luciérnagas.
2.005 – (Aún en marcha).

El hombre sobre quien comencé escribiendo ya no existe en mis páginas, ha desaparecido de mi memoria manuscrita; pero hasta el final le agradeceré su inestimable regalo: impulsarme, sin imaginárselo, a dejar constancia de nuestras relaciones y tragedias. Es por él y a través de él que mis diarios comenzaron. Otros hombres vinieron después, otros amores, otras historias… Pero han sido 17 años que nadie podrá arrebatarme ni hacerme olvidar; todo está allí, en esas casi 2.000 páginas secretas.

Hoy, cuando me permito hurgar en lo escrito, algunas veces descubro las causas de determinadas consecuencias. Me gusta poder leer sobre lo que he hecho, pues me ayuda a decidir sobre lo que puedo hacer ahora. En otras palabras: sabiendo el camino que he tomado, alcanzo a ver hacia dónde me dirijo.

29 de julio de 2007

Él (II)

“¡Qué lenguaje tan secreto hablamos! Hablamos en voz baja,
con sugerencias, matices, abstracciones, símbolos”.
Anaïs Nin, en su diario.


Extracto de mi diario manuscrito…


“Él estaba esperando por mí allí. Me gustaría saber en qué pensaba mientras aguardaba sentado. ¿Qué cruzaba por su cabeza? ¿Quizás recordaba nuestro encuentro anterior? O tal vez planificaba lo que diría al vernos, igual a como lo hacía yo mientras descendía por las escaleras del centro comercial. Caminaba como en sueños; seguro, por anticipado, de que sería memorable, no importaba su resultado. Incluso hubiese querido detener el tiempo, hacerlo más lento, para poder disfrutar de esa excitación contenida a duras penas. Crucé junto a la fuente de la planta baja, buscando con la mirada la sombra que proyectaba la última vez que nos vimos. Le sonreí a su figura imaginaria y avancé.

Un grupo de plantas impidió que lo viera antes de tiempo, por lo que la sorpresa fue genuina. También me hubiese gustado llegar más temprano, buscar la mesa antes utilizada y poder concentrarme en lo que entonces compartimos; no obstante, disfruté como un adolescente de su mirada fija, intentando llamar mi atención entre la muchedumbre. Ni siquiera se levantó de la mesa, se limitó a estrechar mi mano y ensayar el esbozo de una sonrisa. Si no lo conociera ahora como lo hago, pensaría que le molestaba nuestra cita, ese encuentro preestablecido al que habíamos accedido de común acuerdo. Pero hoy sé que le cuesta ser expresivo, mostrar sus emociones; un rasgo particular que hallo muy interesante y atractivo. No es que juegue a ser enigmático; es que lo es.

Encontrarme con él hoy significó adentrarnos un poco más en esta misteriosa relación que nos envuelve. Fue permitirnos deslizar la luz por algunos rincones oscuros. Nuestra conversación se permitió ser explorativa, una especie de experimentación continua. Pero eso vino mucho después; al principio, con toda lógica, nos deshicimos en frases cortas, tímidas, un absoluto despliegue de torpeza verbal. Pienso ahora que nos asemejábamos a una pareja de baile que no tiene mucha práctica y debe intentarlo hasta que descubren el paso sincronizado; sólo así pudimos volar por toda la pista.

¿Me incomodé esta vez? ¿Me dejé deslumbrar por su reciedumbre? Ni siquiera presté atención. ¿Cómo hacerlo, si su mirada penetrante parecía traspasar mis pensamientos? Aunque sí puse empeño en no dejar que mi imaginación se volatizara. Intenté ubicarme en el momento preciso de su verbo, de sus descripciones, de la magia sonora que desprendía su boca.

-¿Nos tomamos unos jugos?

Su pregunta parecía un mero formalismo; ¿acaso no percibía que me encontraba ya rendido a sus sugerencias? Fluí detrás de él, dejándolo asumir el mando por completo. Desde ese momento hubiese podido hacer conmigo lo que le viniera en gana. Pero mi sumisión era consciente: sé dónde estábamos, entendía lo que me decía, disentía en los momentos precisos; mas fui de él desde el primer segundo. Por completo. Sólo interesaba lo que me pudiera contar, todo el cúmulo de información disfrazada que escogíamos compartir.

Al tomar los jugos del mostrador, rió dos veces. Fue la única vez. A veces parece tan difícil, siendo tan serio, sonsacarle una sonrisa. Y eso que su sonrisa es muy luminosa; tímida pero armónica con su rostro.

Una vez que superamos la reserva inicial y compaginamos el ritmo, la fluidez resultó mejor de lo que yo esperaba. El diálogo se hizo espontáneo, familiar, relajado. Él me hablaba de los últimos acontecimientos laborales que ha enfrentado, mientras yo contaba sobre las incidencias del taller de narrativa. Ni siquiera tuvimos la necesidad de recurrir a viejos tópicos ya zanjados; me maravillé de lo bien que podíamos interactuar. Y me gustó comprobar su plácida comodidad, ese distendimiento verbal y muscular que lo embargaba visiblemente. ¿Cómo no sentirme inspirado?

Desde el principio me dejó saber que su esposa llegaría en cualquier momento, más adelante; pero parecía más una acotación natural, pasajera, que una advertencia. También he descubierto que nunca hablamos sobre ella, a no ser que se deba a un comentario explicativo, un puente lingüístico que debemos cruzar para trasladarnos de un escenario a otro. Hasta el momento no me ha importado; a él tampoco, aparentemente. Ambos sabemos que está casado, que no piensa divorciarse, que ama a su hija; el entorno familiar, hogareño, no es un tópico recurrente en nuestras conversaciones. Al menos, hasta ahora. Percibo entonces que no se siente amenazado por mí o por lo que yo pueda sentir; no es necesario reafirmar su posición para mantenerme a prudente distancia. De hecho, ahora que lo pienso, nunca ha sido así.

En determinado momento, se levanta. Sugiere que caminemos, ir hasta el cajero automático de un banco; supongo que necesita efectivo. Él no lo menciona. Paseamos por el centro comercial con paso lento, sin prisas; he descubierto que entre nosotros nunca ha existido el apresuramiento. Los dos nos adecuamos a su propio paso mesurado, sincopado, como si contáramos con todo el tiempo del mundo. Parece estar disfrutando del encuentro tanto como yo. Aquí y allá se presentan varios silencios en el trayecto. Al principio no puedo evitar sentir una ligera incomodidad, luego entiendo que no debo preocuparme. Son espacios lógicos, llenos de una ausencia de palabras innecesarias. Es un mutismo cómodo, neutro.

Él consigue un cajero disponible. Le ofrezco espacio para que realice su transacción electrónica, al mismo tiempo que me entretengo detallando los libros expuestos en la vidriera de una librería cercana. Luego se acerca y se detiene junto a mí. En ese preciso momento me invade una repentina oleada de conformidad. Parecemos una pareja cualquiera, en un paseo indeterminado, en un establecimiento anodino; pero lo que llama mi atención, una vez más, es la patente confortabilidad que nos arrastra a ambos. No hay nada en nuestra caminata que resulte perturbador. Me siento bien, con él, allí. De pronto, una rápida llamada telefónica:

-Ella viene con retraso; al menos, una hora más.

El comentario pretende ser intrascendente. Leo entre líneas que sólo quiere saber si estoy dispuesto a pasar otra hora junto a él. Ni siquiera respondo. Imagino que no hace falta. En silencio me precede hasta una cafetería cercana.

-Vamos a tomar café ahora.

Ya no hay más jugos, hemos superado esa etapa. Accedo, aunque estoy consciente de que él no debería tomar café, debido a sus problemas gástricos; pero sobre la marcha decido no protestar ni recordarle su dieta especial. Quizás hemos establecido un lugar secreto donde podemos saltarnos las reglas, flexibilizar las normas; quejarme ahora significaría adoptar un patético tono marital que debo evitar a toda costa. Yo no soy su esposa. Jamás deberá percibir en mí la cantaleta típica de una esposa/madre preocupada. El tratamiento de mi pasividad femenina tiene que ser extremadamente sutil, muy cuidadoso. Algo muy similar a la ambivalente dinámica que hemos establecido en la finca. De hecho, más adelante, se permite un fugaz desahogo:

-Si yo hubiese sabido que esto sería así… Créeme que preferiría… no sé. Todo fue tan… precipitado.

Los puntos suspensivos resultan aún más estridentes que lo que pretende decirme. Su mirada, siempre tan directa, es huidiza, esquiva. Por supuesto, me mantengo en silencio. Intuyo que hay más de él de lo que alcanzo a ver y a especular. Tengo ante mí a un hombre reservado, acostumbrado a no exteriorizar nada personal. Pareciera que ser circunspecto va implícito en su naturaleza. Es un individuo que se comunica a través de silencios, de miradas; puede llegar a ser tan poco verbal.

-¿Sabes? –me aventuro-. En un principio puedes llegar a caer muy mal. Eres un sujeto muy mal encarado.

Sus labios tiemblan, se sacuden casi imperceptiblemente en lo que puede ser el inicio de una sonrisa.

-Sí. Ya me lo han dicho.

-Bueno… Tampoco puedo criticarte mucho. A mí me pasa lo mismo. Siempre me dicen: ‘Antes me caías mal; parecías intransigente’. Malinterpretaban mi timidez con orgullo y frialdad. Tú, en cambio, no ofreces posibilidades. Es como si dijeras: ‘Esto es lo que hay, si no te gusta, no es mi problema’. ¿Entiendes? Casi como si no te interesara el mundo.

-Lo que pasa es que siempre he sido así. Mis compañeros del trabajo me preguntan: ‘¿Cómo haces para vender, para entenderte con los compradores?’; y yo les digo: ‘Bueno, ¿qué quieren? Yo no voy a socializar ni a perder mi tiempo. Sencillamente llego, saludo, hablo con el dueño, le muestro la mercancía y ya. Si le interesa, bien, y si no, también’.

-Exacto. A eso me refiero. ¿Ves? Es como si no te importara.

-Es que me cuesta mucho entablar conversación con alguien que no conozco…

-Y con conocidos, también.

-Bueno, sí… también. No me gusta hablar mucho.

Su comentario resulta paradójico, incongruente. ¿Qué cree que hemos estado haciendo la última hora y media? Es una hermosa contradicción; porque lo he visto interactuando con otras personas y sé lo parco que puede llegar a tornarse. Lineal. Monosilábico. Distante. Sí: creo que esa es la palabra clave: distante. Sólo que conmigo se permite ser tibio, asequible y sutil. Logro acceder a un rincón permeable, no común, dentro de su armadura. Reconozco en ello un privilegio que debo preocuparme por respetar y salvaguardar.

Él es el típico macho del llano venezolano; inconmovible, seco, poco comunicativo. Puede ser tosco, rudo, nada diplomático, directo… distante. Inaccesible. A los hombres de su tipo les cuesta mucho pronunciar una frase amable, condescendiente, cariñosa. Están acostumbrados a seducir con reciedumbre. La virilidad que exudan es apabullante. Es por eso que desde el principio me he sentido confundido por la interacción que sostenemos. Los de su estirpe y condición no se sienten cómodos cerca de un homosexual. Para ellos, nuestra orientación sexual es por entero contranatural. La idea de dos hombres retozando, amándose y sosteniendo coito es inadmisible, risible y asquerosa. De allí que el interés que él parece sentir despierte mi curiosidad. Incluso el hecho de citarnos y encontrarnos en un sitio público escapa a mi comprensión.

¿Qué cruza por su cerebro mientras está allí, escuchándome? ¿Qué siente? ¿Qué es eso que provoco en su fuero interno? ¿Qué mecanismos ocultos logra activar mi naturaleza sexual? A veces pienso que puede ser curiosidad; una curiosidad que está forzada a saltar muchos obstáculos, siendo el temor hacia lo desconocido el más fuerte. Una de mis mejores amigas ha dicho que para él tiene que ser evidente mi inocultable gusto, la particularidad del lenguaje que empleo, la gestualidad; entonces, siendo tan obvio, ¿por qué lo acepta? Porque el simple hecho de mostrarse amable, educado y deferente es una clara señal de que no se siente amenazado por mi atracción. La asimila, juega con ella, la pospone; ¿no sería más natural mostrarse hosco, reticente y desconfiado?

En un determinado momento de nuestra charla me cuenta que planea asistir a un campeonato de coleo de toros a principios del mes entrante. Bromeamos al respecto porque dice que si su mujer no va, otra ocupará su lugar. En juego reclamo su falta de tacto, su desparpajo, el patente descaro. Pregunto por qué no se lleva a uno de sus viejos amigos…

-No, chico. ¿Qué voy a estar yo llevando hombre pa’ unos toros?

Los dos reímos. Su respuesta es lógica, predecible; la típica de un llanero vernáculo y machista. Es por ello que un poco más adelante quedo sorprendido por su ofrecimiento…

-¿Podemos vernos otra vez? –pregunto-. La semana que viene, cuando te toque venir a la universidad, podemos reunirnos más temprano, ¿no crees? Un rato, si puedes.

-Si quieres, la semana entrante, en vez de vernos aquí, puedes venirte más temprano y comemos… almuerzas en el apartamento conmigo.

Recibí su invitación con un estoicismo exterior, porque internamente me estaba derrumbando. Fue tan grave la impresión que ni siquiera pude responderle. La incomodidad no resultó palpable, pero podía sentir su inequívoca pulsación en la boca de mi estómago. ¿Acaso me estaba invitando a comer, con él, en su apartamento? Necesité un par de segundos para poder digerir las implicaciones que tal situación sugería. Un macho recio y circunspecto invitando a comer a un homosexual confeso y convicto. Resultaba una paradoja muy irónica.

Aunque es probable que esté magnificando todo, como ya es costumbre; pero me cuesta compaginar los sentimientos involucrados, desvincular el afecto abierto que él sabe provoca en mí. Si está consciente de que me atrae sexualmente, ¿por qué insiste en prolongar esta atracción? ¿Qué espera de mí? Y también es probable que lo esté subestimando. Tal vez sólo sea un amigo convidando a otro a un intrascendente almuerzo. No obstante, siento que hay algo allí, inconfesable, que me elude en su intencionalidad. ¿Qué espero descubrir con este juego inconexo? Más importante aún, ¿qué pretende él?

Eventualmente, su esposa y su hija llegaron hacia el final de la tarde. La burbuja que nos contenía se fracturó con tal delicadeza que casi ni nos dimos cuenta. Ella me saludó sin mucha emoción, permitiéndome apreciar la escasa animación que sintió al encontrarme con su marido. ¿Hablarán ellos de mí? ¿Qué le dirá ella sobre nuestros ya regulares encuentros? ¿Lo sabrá? Creo que sería prudente averiguarlo.

-Es un cuarto para las seis, ¿no piensas ir al taller? –dijo él.

Yo simulé una repentina molestia:

-¿Me estás corriendo?

-No… claro que no. Es que creí… Es por la hora y el tráfico.

No lo dejé terminar. Su hija permanecía sobre sus piernas, pues la madre había desaparecido pronto; un asunto bancario, creo. En realidad, presté poca atención. Aproveché para despedirme, seguro de que nos volveríamos a comunicar pronto. Salí de allí sintiéndome seguro, sorprendido, expectante y enamorado. Sí: enamorado del momento vivido, del intercambio realizado y de las posibilidades expuestas”.

14 de julio de 2007

Esferas.

El almuerzo está sazonado con comentarios sueltos, picantes, muy bien dispuestos. Las amigas que poseo en Valencia me sirven de conducto hacia una de esas realidades alternas que a veces disfruto. Esta vez se discute sobre la ambivalente situación política del país, los próximos viajes de placer en agosto, la maternidad de una y la inminente boda de otra. Y así, lentamente, su nombre se deja colar… él está presente, sin saberlo, sin imaginárselo, en nuestra cita gastronómica.

Las muchachas debaten sobre su supuesta y encubierta homosexualidad. Ellas opinan, ofrecen, especulan; yo, mientras tanto, me aferro al silencio de mi copa de vino. Contemplo una jauría de depredadoras que parecieran aguardar por mi frase lapidaria; se asemejan a una bandada de buitres sobrevolando un animal herido. Pero insisto en mi retraimiento: no deseo mancillar su resguardada reputación.

Ellas no pueden (no saben) manejar los códigos secretos que yo, homosexual confeso, ya he aprendido a conocer tan bien. Pocas veces he compartido abiertamente con él, pero han sido suficientes para leer a través de sus ojos. ¿Cómo explicarles a estas mujeres la certeza de un roce inesperado? ¿La caricia efímera de una mirada? ¿Un estrechar de manos que se prolonga sutilmente más de lo debido? ¿Un mensaje cifrado entre las líneas de un comentario intrascendente? Pero lo ignoran. Y me cuido de no arrojar luz sobre sus tinieblas.

A través de una paciente lentitud fui coleccionando piezas de un rompecabezas inconexo: hijo de padres burgueses; fracasos sentimentales consecutivos; un padre desempeñándose como uno de los más respetados representantes del poder judicial; una madre absorbida por múltiples tareas benéficas. Ambos soñando y programando un brillante futuro político para el muchacho en el cual han colocado todas sus esperanzas. Una trampa mortal en la que todos han caído irreduciblemente.

Ustedes preguntarán: ¿y él? Bueno. Él juega a equilibrar sus esferas, hacer malabarismos con sus distintas personalidades; y es esto, lo último que he sabido, lo que llama mi atención. El personaje en cuestión trabaja arduamente para una compañía transnacional. Ejerce un alto cargo que le brinda desahogo económico y respeto social; pero no es feliz. Ha implementado un delicado plan para salvaguardar sus múltiples círculos. En un lado, compactos, tiene a sus amigos de Valencia; en otra parte, reposan sus amistades y contactos laborales; más allá, la sagrada estructura familiar, vigilante y esnobista; difuminadas aparecen ciertas conexiones que ha hecho en Caracas, lugar donde trabaja; y en el claroscuro que se sucede, se agazapa el rumor de un clandestino affair con un funcionario del Banco Mundial.

Lo insólito es que balancea todo sin permitir roces entre unos y otros. Ninguno conoce a nadie del otro grupo y así ha sabido llevar su celosa vida privada y pública. Y lo hace con éxito.

Entre nosotros se ha establecido un sutil e inocente flirteo ocasional. Ambos lo sabemos. Ambos lo respetamos. Los dos jugamos a fantasear con las posibilidades. Mi instinto me susurra sobre la certeza de que para él sería yo la pareja ideal, acorde a sus requerimientos; y sé que en su cuerpo se materializan todas esas cualidades fantásticas que he ambicionado en un hombre ideal: sibaritismo, cultura, educación, carisma, virilidad… savoir-faire, pues. Pero el precio es muy alto. Su familia se escandalizaría hasta límites estratosféricos. El hijo ejemplar baja la cabeza. Yo me contento con ver más allá.

Convertirme en su pareja equivaldría a aceptar un papel sombrío en su vida; oculto, secreto, vergonzoso. Y he llegado muy lejos para eso. Sí, él es el hombre ideal, salvo que las circunstancias no son las idóneas. No ahora. Mientras tanto, nos entretenemos en flirtear; él sigue jugando con sus esferas. Y yo… Bueno; yo prosigo mi incesante viaje existencial.

¿Quién sabe con qué otra persona puedo cruzarme sin esperarlo? Allí radica lo esencial de la vida, el viaje infinito, la sorpresa del azar; el romanticismo inquebrantable de un alma crédula y descarada.

6 de julio de 2007

8 confesiones.

Un querido amigo virtual me convidó hace algún tiempo a realizar una cadena que ha discurrido a través de muchos bloggers. Al principio, me sentí renuente de intentar explorar ocho intimidades para colocarlas en mi blog; pero luego, poco a poco, recuperé esa vieja predilección adolescente por contestar los tests de mis amigas en el liceo. No sé qué tan bien salga esto, pero aquí voy…

Soy muy indisciplinado y disperso para escribir. Algunas veces mi cabeza bulle con infinidad de ideas, pero aún enfrento dificultades para sentarme y plasmarlas en el papel. Me animo, me arrepiento, me aventuro, sonrío. Establezco un juego unipersonal del que usualmente salgo perdiendo.

La única constancia escrita que sostengo (y absoluta fidelidad) es con mi diario manuscrito. Llevo 16 años escribiéndolo y a estas alturas no creo que me detenga. Por supuesto, reconozco que a veces lo empleo como muletilla para mis dramas reales. Corro a refugiarme en él, secreto y silencioso. Quizás se ha convertido en un tipo de neurosis, no lo sé; y no pretendo explorar esos recovecos de mi psique.

Hace aproximadamente 5 años que no sostengo romances de ningún tipo. He sostenido flirteos ocasionales, salidas a cenar una que otra vez; pero mi corazón se mantiene congelado, esperando por la llama abrasadora del verdadero amor. No ha faltado quien me catalogue de perfeccionista, idealista, utópico, fantasioso; todos vocablos que se acercan a la realidad, pero fallan en definirme por completo.

Me considero (a pesar de todo) muy sexual, muy sensorial. La parte que más disfruto es la referente a la seducción inicial, cuando establecemos ese juego sensual de flexible danza emocional; mas una vez que determino mi triunfo, corro despavorido en la dirección contraria. Algunas de mis amigas creen que saboteo mis propias oportunidades. Quizás sea otra neurosis inexplorada.

Me considero bastante tímido y cualquier avance inapropiado (que me halague) puede hacerme sonrojar hasta la médula y vomitar balbuceos inconexos. ¿Contradictorio? Totalmente.

En los momentos en que me bloqueo literariamente, recurro a las tres musas que iluminan mi escritura: Anaïs, Marguerite y Virginia. Sin ellas, no creo que hubiese podido llegar hasta donde lo he hecho. Adoro la lectura de diarios ajenos y salivo con ponerle las manos encima a un ejemplar de los de Susan Sontag, Jacqueline Susann, Raymond Carver y Thomas Mann.

Confieso una carencia absoluta de amistades artísticas. Creo que me sentiría muy estimulado si estuviese rodeado de escultores, pintores, escritores, poetas y compositores. Sueño con establecer debates ideológicos hasta bien entrada la madrugada, en un café parisino.

Siento una terrorífica debilidad por los hombres casados. Creo que disfruto con la sensación de imposibilidad que tal atracción implica; quizás se deba a que adoro los retos, no lo sé. Estuve 10 años con uno y eso debería servirme de escarmiento, pero ¿quién gobierna los sobresaltos del corazón?

He aquí mis 8 confesiones, si es que pueden llamarse así. Agradezco a Sergio por instarme a experimentar con las sombras iridiscentes de mi vida. Ha sido una terapia muy estimulante.

13 de junio de 2007

Senderos II.

Resulta prodigioso cómo, algunas veces, ciertos eventos aleatorios provocan y conectan ideas inconexas; son como piezas de dominó dispuestas en sucesión: al caer la primera, detona una cascada lineal que no se puede parar. Fluye en contra de nuestra voluntad, se sucede siguiendo una coreografía desordenada y enigmática. Eso fue lo que pasó con la inesperada noticia de Angel.

Creo que, en el fondo, lo que pasa es que siempre he sido un idealista sin remedio, un cultor impenitente de los cuentos de hadas; por eso es que acuso los golpes de la vida con tanta sorpresa y melancolía.

Una de las ideas que había echado raíces en lo profundo de mi mente era la de que “en la época del liceo establecemos esas amistades que serán para toda la vida”. Una utopía que, hasta cierto punto, se hizo realidad; porque Angel no fue el único con el que compartí nexos tan fuertes.

Hoy quiero escribir sobre Carmen y Yira.

A ambas las conocí en ese período turbulento de la adolescencia, cuando todo es más fuerte y visceral: los amores, los odios, las fiestas, las emociones y las ambivalentes amistades. En el salón donde recibíamos clases estaban aglutinados 30 muchachos/as con tan dispares puntos de vista que era tarea difícil hacernos callar. En torno a esta torre babilónica coincidí con Carmen. Desde el principio compartimos esa química perfecta que bendecía nuestra unión. Inmediatamente nos contamos todo, compartimos secretos, establecimos alianzas y discutíamos a nivel estratosférico. Nuestro vínculo era tan fuerte que no podíamos postergar nuestros comentarios. Al mediodía, después de clases, era obligatoria una prolongada llamada telefónica.

- ¡Pero si se acaban de ver! –vociferaba mi abuela-, estos muchachos son un caso. Estuvieron juntos toda la mañana y todavía siguen hablando… -y desaparecía por los rincones murmurando.

Lo cómico es que, aún hoy día, mi abuela a veces pregunta por Carmen.

Una de las cosas que más teníamos en común, era la predisposición ineludible de embarcarnos en amores turbulentos; ella tuvo una sucesión de novios incongruentes, un matrimonio fallido, un hijo muy despierto y finalizó con una irreverente relación lésbica. Todo esto fue contribuyendo a que nuestros senderos se separaran poco a poco, hasta ahora, cuando el contacto es nulo. Todo esto lo he recordado a propósito del bizarro episodio con Angel. ¿Dónde quedó Carmen? ¿Adónde fueron a parar todos los secretos que compartimos? ¿Y las risas? ¿Las vivencias? ¿El tránsito de la adolescencia a la madurez? Ahora no es más que un recuerdo agridulce, una sombra, un susurro pretérito. Ni siquiera fue que nos peleamos y decidimos separarnos, no; sencillamente tornamos a desencontrarnos, con tanta suavidad como se asimila la vigilia que precede al sueño profundo. Sí: creo que nuestra amistad se durmió sin avisarnos que quería hacerlo.

Mejor suerte tuve con Yira. Nuestra unión se inició como una combustión incandescente. Era muy parecida a la sostenida con Carmen, pero magnificada en su intensidad. Las conversaciones con la primera eran, si se quiere, banales en su contenido, porque se limitaban a las vivencias compartidas; con Yira todo fue varios pasos más allá. La esencia del vínculo que sobrellevamos era sublime, dinámico; compartíamos algo que ella ajustadamente definió entonces como “una simbiosis humana”.

Establecimos como pauta ineludible reunirnos todos los miércoles por la tarde y ha sido la amiga con la que más cartas he cruzado: a veces hasta dos en un mismo día. Nuestro chispeante diálogo estaba salpicado con disertaciones filosóficas, literarias y existencialistas; a través de ella vislumbré por vez primera la clase de vida que quería tener. Hoy agradezco haberme cruzado con sus pasos y desearía que cada uno de ustedes hubiese tenido una amiga tan iluminadora e iridiscente.

En este particular caso, ambos realizamos esfuerzos por no someter a las inclemencias del olvido lo que habíamos construido; pero la vida, con sus desviaciones en la ruta, nos enseñó mejor. Después de estudiar psicología, mi más querida amiga partió a España, donde prosiguió sus estudios y contrajo matrimonio con un hombre muy especial. Siempre hubo una carta (de uno u otro lado) para mantener oxigenada la relación iniciada hace poco más de 15 años. Con eso nos contentamos por un tiempo.

Ya casada, se ocupó de organizar viajes consecutivos para ver a su familia venezolana y reencontrarse con sus amigos (este servidor incluido). Y tales veladas resultaban reconfortantes: podíamos hablar como antes, recordar o reacomodar reminiscencias; pero nunca le hablé sobre la inquietante madurez que pendía sobre nosotros. Parecía, a veces, que jugábamos a ser los de antes, no más de allí.

Por supuesto, no pretendo anclarme en lo que alguna vez fuimos, pero hubiese querido que nuestra relación madurara a la par nuestra. Hoy quisiera tenerla cerca y poder interactuar con la misma intensidad de entonces, la misma fuerza y fidelidad; mas el sendero se ha desdibujado. Y si se lo comunico, temo que no me entienda. Cómo decirle que a veces añoro su mirada franca e imparcial, sus palabras certeras y sedosas; su mano tibia, pues.

Pero entiendo que su camino la ha llevado a vivir experiencias enriquecedoras e inolvidables; no soy tan egoísta. Quiero concentrarme en lo más importante: tuvimos la invalorable oportunidad de conocernos, caminar juntos y compartir una época idílica, llena de sueños y promesas.

Hoy comprendo que debo aprender a decir adiós con una sonrisa. No debo aferrarme. Ayer estuvieron Angel, Carmen y Yira; mañana no sé con quién podría encontrarme. No obstante, tengo fe en que me aguardan aún encuentros decisivos. Quizás no tan intensos, pero sí tan memorables. Si veo hacia atrás observo cómo mi sendero se ha bifurcado sin remedio; pero también alcanzo a ver, si me volteo, que hacia delante se perfilan nuevas aventuras, otros senderos.

De todas formas, Yira me escribió hace poco. Pronto vendrá de visita y espera verme. Aguardo con ansias hasta entonces.

Y sonrío.

12 de junio de 2007

Senderos I.

Todo comenzó con una inocente llamada telefónica. Poco podía saber sobre el descubrimiento que se dirigía hacia mí a una velocidad supersónica. Imagino que su trascendencia me tomó desprevenido, pero reconozco que la mayoría de tales eventos no suelen avisar acerca de su contenido.

Allí estaba yo, intentando comunicarme con Angel: si acaso el amigo que he tratado por más tiempo en mi existencia; casi 25 años compartiendo risas, lágrimas, desamores e ilusiones. El clímax de nuestra relación se produjo en la época del liceo; entonces nos limitábamos a vivir la vida un día a la vez, sin preocuparnos por lo que sucedería después. Y a pesar de nuestras diáfanas diferencias (socioeconómicas, de orientación sexual, culturales), nos ocupamos de encontrar siempre un punto de equilibrio.

Angel estuvo allí cuando enfrenté mi primera relación homosexual, tendiéndome su hombro atento para soliviantar mis dudas; juntos transitamos el dolor del fallecimiento de su primera hija; mis palabras le brindaron aliento luego del penoso divorcio y él se ocupó de darme apoyo cuando asumí que, tras diez largos años, el hombre con el que compartía mi vida no era el mismo del que me había enamorado al principio.

Eventualmente, por supuesto, fuimos tomando una discreta distancia. Yo continué mis estudios fuera del pueblo donde nacimos, comencé a interesarme por la escritura y a satisfacer mis ansias de ver mundo. Él se permitió entregarse al gozo de su nueva soltería y abrió una pequeña consultoría académica. Matemáticas, Física, Biología, Química, Trigonometría, Cálculo… su lenguaje se adecuó a los números que tan bien aprendió a manejar, mientras yo me encontraba con Simone de Beauvoir, Anaïs Nin, Gide, Duras, Sartre y Heidegger.

Estos últimos años parecíamos haber perdido cualquier nexo restante, pero nos las ingeniábamos para intercambiar llamadas y cortas visitas. Reíamos igual, seguíamos compartiendo el mismo pasado y evocábamos graciosas reminiscencias. ¿Qué fue entonces lo que pasó? ¿Dónde estuvo la ruptura definitiva?

Ayer me dejó saber, muy despreocupadamente, que nuestro acostumbrado encuentro de la semana pasada no se efectuó porque estaba de viaje, preparando todo lo concerniente a la fiesta…

- ¿Qué fiesta?-pregunté con inocencia.
- Bueno… Todo lo del matrimonio, pues.
- ¿Matrimonio? ¿Y quién se casó ahora?
- Yo mismo.-remató con una risa fría.

Hacía mucho tiempo que mi mente no quedaba en blanco por completo. No supe qué decir ni cómo reaccionar. El amigo más longevo que tenía había contraído matrimonio y ni siquiera pudo participarme. El silencio abrupto que se sobrevino plasmó con amplitud la mezcolanza emotiva que me asaltó: incredulidad, desilusión; un peso muerto.

- ¿Y por qué no me avisaste?
- No fue nada importante. Además, todo se mantuvo íntimo y pequeño.

¿¡Íntimo y pequeño!? O sea, ¿yo era un desconocido?

La conversación finalizó entre bromas estériles y pausas graves. Colgué el teléfono sintiendo como si me hubiesen arrebatado un pedazo de vida sin mi consentimiento. Después de tantos años, quedábamos reducidos a… ¿a qué? Al principio, luego de asimilar la noticia, estuve tentado de justificar todo a un berrinche de mi parte; quizás estaba maximizando mis reacciones, la forma de ver las cosas… Pero, ¿era así?

¿Tanto nos habíamos alejado sin darme cuenta? ¿Podía la transformación y los senderos tomados separarnos tan abruptamente? Y él se notaba tan relajado, tan lineal. Incluso, sobre la marcha, planifiqué discutirlo con él; pero casi al mismo tiempo me golpeó la simplicidad del hecho: era como pretender llorar sobre la leche derramada. No nos hemos convertido en extraños, mas el fuerte vínculo que alguna vez nos unió se ha distendido mucho, inexorablemente. Irremediablemente.

Somos senderos que se bifurcan. Él con su nueva esposa; yo con mis páginas secretas. Sé que no estoy haciendo una tormenta en un vaso de agua; sólo me impacta internalizar la magnitud de lo sucedido, porque no estoy enfocándome nada más en lo acontecido ahora; contemplo más allá, hacia los viejos caminos abandonados.

Continuará…

7 de junio de 2007

La revolución de los claveles.

1.968. Francia.
A través de una pequeña (al principio) manifestación estudiantil, la sociedad francesa se pronunció en contra de un sistema que consideraba obsoleto y no ajustado a la realidad; querían y clamaban por reivindicaciones. Hayan tenido o no la razón, no es mi punto; lo que encuentro relevante fue el surgimiento inesperado de un poder que amenazaba con derribar lo establecido: los jóvenes estudiantes. Nadie, dentro del gobierno o en la sociedad gala, sospechaba entonces lo que esos muchachos desencadenarían con sus acciones. Fue un movimiento histórico que arrojó ecos; ecos que resuenan, aún hoy, vibrantes, a más de 5.000 kilómetros de distancia. Ahora es mi país. Ahora les toca el turno a nuestros estudiantes. Ahora es Venezuela.

Superando las diferencias geográficas, ideológicas y argumentativas, el pueblo venezolano se ha visto sorprendido por un sector subestimado. Desde que Hugo Chávez comenzó su ordalía de atropellos y bravuconerías, la oposición se limitó a trastabillar en un error tras otro. Asistimos impávidos a los desagradables sucesos de abril de 2.002; un referendo revocatorio amañado y unas elecciones presidenciales adulteradas. Para el mundo entero es muy difícil comprender a cabalidad la compleja situación interna que nos aqueja. Los organismos internacionales se presentan atados de manos debido a la burocracia y la diplomacia. Los gobiernos vecinos se limitan a resolver sus propios problemas. ¿La Organización de Estados Americanos? ¿Las Naciones Unidas? ¿La Comunidad Andina de Naciones? Un puñado de testigos de palo. Nada más.

Me resulta poco comprensible la actitud de los demás países. ¿Es que acaso no existe ningún mecanismo internacional para ponerle freno a este desastre político? Imagino que algo parecido cruzaría por la cabeza de alguien durante el tiempo que duró Hitler al frente de Alemania, Mussolini en Italia, Stalin en la extinta U.R.S.S.; incluso apuesto que debe haber más de un cubano pensando lo mismo acerca de su propio desquiciado líder revolucionario. ¿Qué hizo el mundo mientras esto sucedía? ¿Qué ha hecho la sociedad civilizada tras tantos descalabros? Nada. Y ella continúa cruzada de brazos. Lo estuvo frente a la hambruna en Somalia, el genocidio en Rwanda y en la Camboya de Pol Pot.

Pero los venezolanos hemos aprendido, por las malas, que nadie vendrá a resolver nuestros problemas; e irónicamente lo descubrimos a través de los estudiantes. Me cuesta un poco no pensar en el Mayo Francés, cuando la causalidad histórica ha querido que se desarrolle nuestro propio Mayo Venezolano; sin ánimos de comparar.

Los estudiantes nos han sacado de nuevo a las calles, nos devolvieron la esperanza y la fuerza para protestar por nuestros derechos. El gobierno descalifica y despliega unas fuerzas policiales desproporcionadas. ¿Los muchachos? Pues ellos se limitan a esgrimir claveles en contra de los fusiles y la cruda represión. Piden paz, con sus manos teñidas de blanco, donde han pintado en grandes caracteres la palabra “Libertad”. La respuesta del pueblo es estrepitosa. Los estudiantes triunfan allí donde los políticos fracasaron vergonzosamente.

Por ahora, las marchas y concentraciones prosiguen. Con flores, muchas flores. Quiero conservar la esperanza. Quiero creer que no todo está perdido. Quiero imaginar con claridad la luz al final del túnel.

La revolución de los claveles ha comenzado…


“Ce n’est qu’un début, continuons le combat”.
Consigna estudiantil. Mayo del ’68.