13 de junio de 2007

Senderos II.

Resulta prodigioso cómo, algunas veces, ciertos eventos aleatorios provocan y conectan ideas inconexas; son como piezas de dominó dispuestas en sucesión: al caer la primera, detona una cascada lineal que no se puede parar. Fluye en contra de nuestra voluntad, se sucede siguiendo una coreografía desordenada y enigmática. Eso fue lo que pasó con la inesperada noticia de Angel.

Creo que, en el fondo, lo que pasa es que siempre he sido un idealista sin remedio, un cultor impenitente de los cuentos de hadas; por eso es que acuso los golpes de la vida con tanta sorpresa y melancolía.

Una de las ideas que había echado raíces en lo profundo de mi mente era la de que “en la época del liceo establecemos esas amistades que serán para toda la vida”. Una utopía que, hasta cierto punto, se hizo realidad; porque Angel no fue el único con el que compartí nexos tan fuertes.

Hoy quiero escribir sobre Carmen y Yira.

A ambas las conocí en ese período turbulento de la adolescencia, cuando todo es más fuerte y visceral: los amores, los odios, las fiestas, las emociones y las ambivalentes amistades. En el salón donde recibíamos clases estaban aglutinados 30 muchachos/as con tan dispares puntos de vista que era tarea difícil hacernos callar. En torno a esta torre babilónica coincidí con Carmen. Desde el principio compartimos esa química perfecta que bendecía nuestra unión. Inmediatamente nos contamos todo, compartimos secretos, establecimos alianzas y discutíamos a nivel estratosférico. Nuestro vínculo era tan fuerte que no podíamos postergar nuestros comentarios. Al mediodía, después de clases, era obligatoria una prolongada llamada telefónica.

- ¡Pero si se acaban de ver! –vociferaba mi abuela-, estos muchachos son un caso. Estuvieron juntos toda la mañana y todavía siguen hablando… -y desaparecía por los rincones murmurando.

Lo cómico es que, aún hoy día, mi abuela a veces pregunta por Carmen.

Una de las cosas que más teníamos en común, era la predisposición ineludible de embarcarnos en amores turbulentos; ella tuvo una sucesión de novios incongruentes, un matrimonio fallido, un hijo muy despierto y finalizó con una irreverente relación lésbica. Todo esto fue contribuyendo a que nuestros senderos se separaran poco a poco, hasta ahora, cuando el contacto es nulo. Todo esto lo he recordado a propósito del bizarro episodio con Angel. ¿Dónde quedó Carmen? ¿Adónde fueron a parar todos los secretos que compartimos? ¿Y las risas? ¿Las vivencias? ¿El tránsito de la adolescencia a la madurez? Ahora no es más que un recuerdo agridulce, una sombra, un susurro pretérito. Ni siquiera fue que nos peleamos y decidimos separarnos, no; sencillamente tornamos a desencontrarnos, con tanta suavidad como se asimila la vigilia que precede al sueño profundo. Sí: creo que nuestra amistad se durmió sin avisarnos que quería hacerlo.

Mejor suerte tuve con Yira. Nuestra unión se inició como una combustión incandescente. Era muy parecida a la sostenida con Carmen, pero magnificada en su intensidad. Las conversaciones con la primera eran, si se quiere, banales en su contenido, porque se limitaban a las vivencias compartidas; con Yira todo fue varios pasos más allá. La esencia del vínculo que sobrellevamos era sublime, dinámico; compartíamos algo que ella ajustadamente definió entonces como “una simbiosis humana”.

Establecimos como pauta ineludible reunirnos todos los miércoles por la tarde y ha sido la amiga con la que más cartas he cruzado: a veces hasta dos en un mismo día. Nuestro chispeante diálogo estaba salpicado con disertaciones filosóficas, literarias y existencialistas; a través de ella vislumbré por vez primera la clase de vida que quería tener. Hoy agradezco haberme cruzado con sus pasos y desearía que cada uno de ustedes hubiese tenido una amiga tan iluminadora e iridiscente.

En este particular caso, ambos realizamos esfuerzos por no someter a las inclemencias del olvido lo que habíamos construido; pero la vida, con sus desviaciones en la ruta, nos enseñó mejor. Después de estudiar psicología, mi más querida amiga partió a España, donde prosiguió sus estudios y contrajo matrimonio con un hombre muy especial. Siempre hubo una carta (de uno u otro lado) para mantener oxigenada la relación iniciada hace poco más de 15 años. Con eso nos contentamos por un tiempo.

Ya casada, se ocupó de organizar viajes consecutivos para ver a su familia venezolana y reencontrarse con sus amigos (este servidor incluido). Y tales veladas resultaban reconfortantes: podíamos hablar como antes, recordar o reacomodar reminiscencias; pero nunca le hablé sobre la inquietante madurez que pendía sobre nosotros. Parecía, a veces, que jugábamos a ser los de antes, no más de allí.

Por supuesto, no pretendo anclarme en lo que alguna vez fuimos, pero hubiese querido que nuestra relación madurara a la par nuestra. Hoy quisiera tenerla cerca y poder interactuar con la misma intensidad de entonces, la misma fuerza y fidelidad; mas el sendero se ha desdibujado. Y si se lo comunico, temo que no me entienda. Cómo decirle que a veces añoro su mirada franca e imparcial, sus palabras certeras y sedosas; su mano tibia, pues.

Pero entiendo que su camino la ha llevado a vivir experiencias enriquecedoras e inolvidables; no soy tan egoísta. Quiero concentrarme en lo más importante: tuvimos la invalorable oportunidad de conocernos, caminar juntos y compartir una época idílica, llena de sueños y promesas.

Hoy comprendo que debo aprender a decir adiós con una sonrisa. No debo aferrarme. Ayer estuvieron Angel, Carmen y Yira; mañana no sé con quién podría encontrarme. No obstante, tengo fe en que me aguardan aún encuentros decisivos. Quizás no tan intensos, pero sí tan memorables. Si veo hacia atrás observo cómo mi sendero se ha bifurcado sin remedio; pero también alcanzo a ver, si me volteo, que hacia delante se perfilan nuevas aventuras, otros senderos.

De todas formas, Yira me escribió hace poco. Pronto vendrá de visita y espera verme. Aguardo con ansias hasta entonces.

Y sonrío.

12 de junio de 2007

Senderos I.

Todo comenzó con una inocente llamada telefónica. Poco podía saber sobre el descubrimiento que se dirigía hacia mí a una velocidad supersónica. Imagino que su trascendencia me tomó desprevenido, pero reconozco que la mayoría de tales eventos no suelen avisar acerca de su contenido.

Allí estaba yo, intentando comunicarme con Angel: si acaso el amigo que he tratado por más tiempo en mi existencia; casi 25 años compartiendo risas, lágrimas, desamores e ilusiones. El clímax de nuestra relación se produjo en la época del liceo; entonces nos limitábamos a vivir la vida un día a la vez, sin preocuparnos por lo que sucedería después. Y a pesar de nuestras diáfanas diferencias (socioeconómicas, de orientación sexual, culturales), nos ocupamos de encontrar siempre un punto de equilibrio.

Angel estuvo allí cuando enfrenté mi primera relación homosexual, tendiéndome su hombro atento para soliviantar mis dudas; juntos transitamos el dolor del fallecimiento de su primera hija; mis palabras le brindaron aliento luego del penoso divorcio y él se ocupó de darme apoyo cuando asumí que, tras diez largos años, el hombre con el que compartía mi vida no era el mismo del que me había enamorado al principio.

Eventualmente, por supuesto, fuimos tomando una discreta distancia. Yo continué mis estudios fuera del pueblo donde nacimos, comencé a interesarme por la escritura y a satisfacer mis ansias de ver mundo. Él se permitió entregarse al gozo de su nueva soltería y abrió una pequeña consultoría académica. Matemáticas, Física, Biología, Química, Trigonometría, Cálculo… su lenguaje se adecuó a los números que tan bien aprendió a manejar, mientras yo me encontraba con Simone de Beauvoir, Anaïs Nin, Gide, Duras, Sartre y Heidegger.

Estos últimos años parecíamos haber perdido cualquier nexo restante, pero nos las ingeniábamos para intercambiar llamadas y cortas visitas. Reíamos igual, seguíamos compartiendo el mismo pasado y evocábamos graciosas reminiscencias. ¿Qué fue entonces lo que pasó? ¿Dónde estuvo la ruptura definitiva?

Ayer me dejó saber, muy despreocupadamente, que nuestro acostumbrado encuentro de la semana pasada no se efectuó porque estaba de viaje, preparando todo lo concerniente a la fiesta…

- ¿Qué fiesta?-pregunté con inocencia.
- Bueno… Todo lo del matrimonio, pues.
- ¿Matrimonio? ¿Y quién se casó ahora?
- Yo mismo.-remató con una risa fría.

Hacía mucho tiempo que mi mente no quedaba en blanco por completo. No supe qué decir ni cómo reaccionar. El amigo más longevo que tenía había contraído matrimonio y ni siquiera pudo participarme. El silencio abrupto que se sobrevino plasmó con amplitud la mezcolanza emotiva que me asaltó: incredulidad, desilusión; un peso muerto.

- ¿Y por qué no me avisaste?
- No fue nada importante. Además, todo se mantuvo íntimo y pequeño.

¿¡Íntimo y pequeño!? O sea, ¿yo era un desconocido?

La conversación finalizó entre bromas estériles y pausas graves. Colgué el teléfono sintiendo como si me hubiesen arrebatado un pedazo de vida sin mi consentimiento. Después de tantos años, quedábamos reducidos a… ¿a qué? Al principio, luego de asimilar la noticia, estuve tentado de justificar todo a un berrinche de mi parte; quizás estaba maximizando mis reacciones, la forma de ver las cosas… Pero, ¿era así?

¿Tanto nos habíamos alejado sin darme cuenta? ¿Podía la transformación y los senderos tomados separarnos tan abruptamente? Y él se notaba tan relajado, tan lineal. Incluso, sobre la marcha, planifiqué discutirlo con él; pero casi al mismo tiempo me golpeó la simplicidad del hecho: era como pretender llorar sobre la leche derramada. No nos hemos convertido en extraños, mas el fuerte vínculo que alguna vez nos unió se ha distendido mucho, inexorablemente. Irremediablemente.

Somos senderos que se bifurcan. Él con su nueva esposa; yo con mis páginas secretas. Sé que no estoy haciendo una tormenta en un vaso de agua; sólo me impacta internalizar la magnitud de lo sucedido, porque no estoy enfocándome nada más en lo acontecido ahora; contemplo más allá, hacia los viejos caminos abandonados.

Continuará…

7 de junio de 2007

La revolución de los claveles.

1.968. Francia.
A través de una pequeña (al principio) manifestación estudiantil, la sociedad francesa se pronunció en contra de un sistema que consideraba obsoleto y no ajustado a la realidad; querían y clamaban por reivindicaciones. Hayan tenido o no la razón, no es mi punto; lo que encuentro relevante fue el surgimiento inesperado de un poder que amenazaba con derribar lo establecido: los jóvenes estudiantes. Nadie, dentro del gobierno o en la sociedad gala, sospechaba entonces lo que esos muchachos desencadenarían con sus acciones. Fue un movimiento histórico que arrojó ecos; ecos que resuenan, aún hoy, vibrantes, a más de 5.000 kilómetros de distancia. Ahora es mi país. Ahora les toca el turno a nuestros estudiantes. Ahora es Venezuela.

Superando las diferencias geográficas, ideológicas y argumentativas, el pueblo venezolano se ha visto sorprendido por un sector subestimado. Desde que Hugo Chávez comenzó su ordalía de atropellos y bravuconerías, la oposición se limitó a trastabillar en un error tras otro. Asistimos impávidos a los desagradables sucesos de abril de 2.002; un referendo revocatorio amañado y unas elecciones presidenciales adulteradas. Para el mundo entero es muy difícil comprender a cabalidad la compleja situación interna que nos aqueja. Los organismos internacionales se presentan atados de manos debido a la burocracia y la diplomacia. Los gobiernos vecinos se limitan a resolver sus propios problemas. ¿La Organización de Estados Americanos? ¿Las Naciones Unidas? ¿La Comunidad Andina de Naciones? Un puñado de testigos de palo. Nada más.

Me resulta poco comprensible la actitud de los demás países. ¿Es que acaso no existe ningún mecanismo internacional para ponerle freno a este desastre político? Imagino que algo parecido cruzaría por la cabeza de alguien durante el tiempo que duró Hitler al frente de Alemania, Mussolini en Italia, Stalin en la extinta U.R.S.S.; incluso apuesto que debe haber más de un cubano pensando lo mismo acerca de su propio desquiciado líder revolucionario. ¿Qué hizo el mundo mientras esto sucedía? ¿Qué ha hecho la sociedad civilizada tras tantos descalabros? Nada. Y ella continúa cruzada de brazos. Lo estuvo frente a la hambruna en Somalia, el genocidio en Rwanda y en la Camboya de Pol Pot.

Pero los venezolanos hemos aprendido, por las malas, que nadie vendrá a resolver nuestros problemas; e irónicamente lo descubrimos a través de los estudiantes. Me cuesta un poco no pensar en el Mayo Francés, cuando la causalidad histórica ha querido que se desarrolle nuestro propio Mayo Venezolano; sin ánimos de comparar.

Los estudiantes nos han sacado de nuevo a las calles, nos devolvieron la esperanza y la fuerza para protestar por nuestros derechos. El gobierno descalifica y despliega unas fuerzas policiales desproporcionadas. ¿Los muchachos? Pues ellos se limitan a esgrimir claveles en contra de los fusiles y la cruda represión. Piden paz, con sus manos teñidas de blanco, donde han pintado en grandes caracteres la palabra “Libertad”. La respuesta del pueblo es estrepitosa. Los estudiantes triunfan allí donde los políticos fracasaron vergonzosamente.

Por ahora, las marchas y concentraciones prosiguen. Con flores, muchas flores. Quiero conservar la esperanza. Quiero creer que no todo está perdido. Quiero imaginar con claridad la luz al final del túnel.

La revolución de los claveles ha comenzado…


“Ce n’est qu’un début, continuons le combat”.
Consigna estudiantil. Mayo del ’68.

27 de mayo de 2007

En pie de lucha.

La verdad es que he tenido que suspender el escrito que pensaba consignar hoy aquí. Decidí suplantarlo por una breve nota para elevar mi voz en defensa de la libertad de expresión que se cercena hoy en mi país. Entiendo que para muchos de ustedes significa sólo un murmullo aislado: un grupo de personas protesta en un mínimo país latinoamericano porque lucha por decir lo que piensa y que es reprimida por el simple hecho de disentir.

Ustedes viven en sociedades pluralizadas donde no les resulta familiar el desencanto que ahora vivimos; lo entiendo y lo celebro, pero para nosotros, los que vivimos en Venezuela, la realidad es otra. Sólo les pido un poco de comprensión y apoyo para mis compatriotas.

Trataré de mantenerme al día con mi blog, pero no me avergüenza escribir aquí que me siento impotente, indignado, frustrado y menospreciado. La realidad interna que vivimos es muy diferente a la que se percibe desde la comodidad de sus hogares en el extranjero. No obstante, no me quejo: entiendo que como pueblo, nos toca el turno de luchar por nuestras libertades, a solas. Esta nota no pretendía ser política, nunca he querido mezclar mis escritos con ello; pero quisiera que entendieran mi derecho a expresar mi voz.

Agradezco su apoyo, solidaridad y lectura.

Espero que podamos leernos, de nuevo, muy pronto.

20 de mayo de 2007

Él.

De mi diario manuscrito…

"Vamos a tomarnos un jugo", decide él, dueño por entero de la situación.
Yo acepto.
Acepto porque sí, porque no tengo otra opción, no existen alternativas; como si estuviera
preso dentro de un mundo onírico, ni siquiera se me ocurre sopesar otras posibilidades. Él, el macho, toma la iniciativa; y yo lo sigo, en silencio.
Pero no se imagina que internamente sonrío.


Me siento atrapado, debo reconocerlo, aunque no obsesionado.

El recuerdo de nuestro último encuentro me acompaña, superponiéndose a la cascada de reminiscencias que de continuo provoca. El lugar donde nos conocimos; la serenata que me ofreció por mi cumpleaños; los viajes nocturnos por la sabana, en rústica cacería; los toros coleados… Tanto, en tan poco tiempo. ¿O acaso me confundo? ¿Ha sido tanto? ¿Es poco el tiempo?

Añoro su sonrisa traviesa, sus ojos entrecerrados al reír, la tonalidad pálida de su piel, el porte recio y varonil; todo. Me siento enamorado de un sueño, una fantasía, un espectro proyectado para amalgamar mis deseos; pero dudo en reconocer este enamoramiento. No puedo hacer más.

Y él no es mío. Es un hombre casado.

¿Contradictorio? ¿Una vergüenza? ¿Un pecado? Quizás; pero ya hace mucho que dejé de preocuparme por los convencionalismos. Ahora sólo importa lo que él (sin poder remediarlo, sin saberlo del todo) provoca en mi cuerpo, evoca en mi mente y convoca en mis sentidos. Es una pasión flamígera, imprudente e irracional. Pero, ¿cuándo un deseo ardiente ha visto la realidad tal como es?

Él nada sabe sobre este sentimiento repentino que suplanta todo lo vivido. No se lo he dicho. Tal vez sea irresponsabilidad de mi parte. No obstante, lo único que importa es lo compartido, la simbiosis secreta y taciturna que hemos desplegado. La pasión clandestina resulta más fuerte, más intensa… y más peligrosa, a nivel emocional: lo reconozco.

Es poco probable que el autor de mis tormentos esté del todo ajeno a lo que enciende en mis entrañas. Establecemos un lenguaje simbólico, gestual y bidireccional que ambos interpretamos sin lúdicas confusiones. Cuando digo que él nada sabe, me refiero a la certeza de la confesión. Pero estoy seguro de que ha sabido leer más allá de mi lenguaje corporal.

Aún así, permanece allí: viril, sereno, incólume, sonriente.

En alguna parte he leído que todos los seres humanos nacemos predeterminados hacia la bisexualidad, sólo que la pacata sociedad se encarga de establecer parámetros disímiles entre mente y cuerpo. ¿Sería posible que su anuencia se deba a algún recóndito rastro de atracción homosexual? No lo sé.

Sólo sé que él continúa allí. Atento. Deferente. Solícito. Reservado.

Múltiples fantasías pueblan mis noches. Ignoro hacia dónde me dirijo.

Pero él no se imagina que internamente sonrío.

6 de mayo de 2007

La señora Dalloway latina.

"Oh what snobs the English are. How they love dressing up".
Mrs. Dalloway.
Virginia Woolf.
Nunca sabré si su día comenzó con la idea de comprar las flores ella misma, pero sí sé que estuvo plagado de múltiples decisiones banales para poder ofrecer una cena tan memorable y placentera. Mi querida amiga Rosaxna cumplió años y decidió ofrecer una íntima comida en su casa, al aire libre.
Puedo imaginarla batallando con los encargados de las mesas y las sillas, con el cocinero que se encargaría del menú, las diferentes llamadas telefónicas para confirmar la asistencia; la visualizo perfectamente discutiendo los últimos detalles referentes a la decoración, la distribución de bebidas y la música. Ella puede quejarse todo cuanto pueda (y quiera), pero es incuestionable que se encuentra en su elemento: distribuye, planifica, ejecuta, supervisa; y más aún en esta fecha, su propio cumpleaños. Lucha por ser una anfitriona ejemplar.
La noche se presenta no tan calurosa, a pesar de la época en la que estamos. He decidido llegar no tan pronto, tampoco muy tarde, lo suficiente para encontrarla desplegando sonrisas y prestando atención a los detalles; nada puede salir mal, no hoy. Es así como compruebo que mi apreciación no estaba equivocada: contemplo una versión latina de la mítica señora Dalloway. Es su noche, es su cena; y el éxito descansa precariamente sobre un delicado tinglado de conveniencias sociales.
No deseo brindar la impresión de que mi amiga sea tan superficial, pero reconozco que el círculo de amigas que la rodea se preocupa más por prendas de vestir que por la masacre diaria en Irak. Son mujeres (y hombres) que disfrutan de estas periódicas escapadas para reír despreocupadamente, comparar modelos de teléfonos celulares y planificar próximos encuentros. Han nacido así, han crecido así, interactúan con personajes similares y privilegiados, y es probable que partan de este mundo de la misma manera: sin traumas, sin lamentaciones. ¡Qué gozo! ¡Qué delicia!
Y ellos disfrutan intentando olvidar por unas horas que vivimos en un país lleno de miserias, con un presidente poco responsable que se preocupa más por figurar en el exterior que por ocuparse de las carencias que enajenan la nación que se jacta de gobernar. Esta noche no existe el desempleo, la creciente delincuencia, la corrupción vergonzosa ni los atropellos arbitrarios en contra de lo que alguna vez fue una de las democracias más sólidas del continente.
Pero he allí que Rosaxna ha triunfado: la cena ha quedado perfecta y el vino es inmejorable; la conversación fue rica y chispeante, permitiéndonos a todos coincidir en la maravillosa velada que hemos compartido. Quizás mañana nos toque, de nuevo, lidiar con las realidades postergadas; pero, por esta noche, la señora Dalloway ha triunfado en su cometido.

28 de febrero de 2007

Vocación.

Uno de mis primos llega para solicitar mi ayuda con una de sus tareas académicas. Él está estudiando Comunicación Social en una prestigiosa universidad, pero algunas materias y asignaciones escapan a su comprensión. Ahora le toca redactar el formato de una crónica de opinión y pide: "¿Conoces algún personaje famoso sobre el que podamos escribir?". Por supuesto, ha detallado las tres fotografías que mantengo en mi escritorio: tres mujeres que me sirven de inspiración literaria; mis musas, pues. En blanco y negro, los rostros de Marguerite Duras, Anaïs Nin y Virginia Woolf parecen intemporales y eternos. "¿Quiénes son esas viejas?", pregunta él, al mismo tiempo que no puedo evitar poner los ojos en blanco.

J. J. es un adolescente promedio; un adolescente homosexual promedio. Ha escogido estudiar periodismo porque le parece chic e interesante; pero no lo hace por vocación. Es un joven soldado, cuyas armas serán las letras y al que no le gusta, paradójicamente, leer el periódico. ¿Pudiera existir mejor contradicción? En realidad, no le gusta leer, escribe lo necesario (en clases) y no se siente motivado a explorar la corriente artística de nuestro país. No obstante, estudia para convertirse en periodista. Se encuentra anclado en una edad en la que prefiere saltar de una relación a otra, trasnocharse en las discotecas y descargar música de la red.

Su completo desinterés me tomó desprevenido. Sin imaginárselo, propició incandescentes pensamientos en mi memoria. Recordé el principiante amor que sentí por la palabra escrita y las consecuentes decisiones que me vi obligado a tomar por sugerencia familiar. En ese entonces, Administración de Empresas Turísticas era la carrera adecuada en un país tropical y con una infraestructura en pleno desarrollo. Escribir nunca fue una opción rentable. Era cuestión de sentido común. Nada más. Sin poder evitarlo, me vi reflejado en este muchacho desgarbado sin orientación definida.

¿Con qué sueña J. J.? ¿Qué es eso que en el fondo lo motiva? ¿Qué persigue?... ¿Acaso lo sabe? Resulta abrumador contabilizar la cantidad de seres humanos que transitan por esta vida sin prestar atención a su yo interno; entes anónimos insatisfechos por el día a día que les toca vivir. Algunas veces parece una tarea difícil descubrir lo que de verdad nos ilumina, aquello que enciende nuestra chispa divina y nos impulsa a redescubrir nuevos horizontes... Me pregunto cuánto tiempo le tomará a mi primo... si es que alguna vez lo hace.

26 de febrero de 2007

Inspiración.

"...escribir, escribir y luego escribir algo más, y nunca permitir que el cansancio, la falta de tiempo, el ruido, o cualquier otra cosa, me desvíe de mi camino".
L. Ronald Hubbard.
Me he sentido ausente, atrapado entre mis propias páginas internas; buscando una absolución literaria para mis demonios particulares. Pero persevero... y es lo que importa.

9 de febrero de 2007

¡Cumpleaños Feliz!

33 años. Treinta y tres años. Hoy es mi cumpleaños. En términos de longevidad no parece mucho, pero reconozco que resultan muy significativos para mí. Termino de consolidarme dentro de lo que muchas de mis amistades definen como "adulto contemporáneo"; pero, ¿qué es eso? ¿Cómo definirlo? ¿Cómo se caracteriza esa transición entre tardía juventud y temprana madurez? No lo sé... pero me arriesgo a averiguarlo.
Si me permito realizar un balance existencial a estas alturas, descubro que no puedo quejarme. He hecho lo que he querido, he intentado perseguir mis sueños, he luchado por mantenerme fiel a mí mismo y, lo más importante, siento que aún no he hipotecado mi corazón. No obstante, cumpliendo 33 años vagando por esta tierra: ¿quién soy?
Soy un homosexual convicto y confeso. Me enamoré por vez primera siendo adolescente, que es cuando resulta más turbulento y tormentoso; ofrendé mi virginidad sexual a quien fuera mi primer amor y con él proseguí mi escabroso aprendizaje durante los siguientes diez años. No fue una relación perfecta, mucho menos idílica; pero reconozco que me sirvió para evolucionar y aprender como ser humano sentimental. De hecho, a esa pretérita sombra deberé eternamente la chispa literaria con que di inicio a mis clandestinos diarios. Con él descubrí la pasión, el deseo, la lujuria y su contraparte: las lágrimas, la depresión, el sacrificio y el dolor. Pero insisto: no me quejo, estoy aquí. No me arrepiento.
Las convulsiones se efectuaron no sólo dentro de mi corazón; tuve que desperdiciar varios años para poder descubrir que la fuente de mi felicidad reside entre las palabras escritas. Comencé estudiando Antropología, luego Psicología y terminé graduándome en Administración de Empresas Hoteleras. Incluso tuve la oportunidad de trabajar para una prestigiosa cadena internacional, sólo por poco tiempo, el suficiente para descubrir que me ahogaba entre tanta férrea disciplina y horarios agobiantes. Hizo falta mucho valor para ariesgarme a renunciar a un estilo de vida preestablecido e intentar perseguir mis aspiraciones literarias. ¿Una locura? No lo sé; lo único que tengo seguro es la aceptación propia de perseguir un sueño, una utopía, una fantasía narrativa que me llena mucho más allá de la comodidad económica. De eso tampoco me arrepiento.
Después de mi primer amor, se sucedieron otros amores no menos significativos, aunque ninguno permanente. Me acostumbré paulatinamente a la soledad. Una soledad creativa, enriquecedora, cómoda y flexible. Aún sigo creyendo en el amor, sólo que ahora mis escogencias se han simplificado en la medida en que se han vuelto más delimitadas. Sé quién soy, por ende sé ya lo que quiero y cómo lo quiero. Atrás han quedado las experimentaciones pueriles y estériles que sirvieron para aclarar mi perspectiva. Sí: estoy solo, pero no me siento solo. Aquí, por supuesto, no cabe el arrepentimiento.
Mis círculo de amistades también se ha contraído. Ahora me rodean personas interesantes, luminosas, positivas; hombres y mujeres que me regalan una diversidad de matices que va más allá de su color de piel, su escogencia sexual y su cuenta bancaria. Son seres humanos con quienes he escogido compartir mi tránsito, mi desplazamiento corporal por esta vida. Estoy orgulloso de ellos. ¿Cómo arrepentirme?
Si lo tomo con calma y observo hacia atrás, descubro muchas decisiones tomadas, almas dejadas en el camino, amores traicionados, ofertas tentadoras y experimentos fallidos; pero cada una de esas encrucijadas me ha traído hasta esta noche, cuando escribo estas líneas. Es probable que pudiera haber hecho algunas cosas de manera diferente, pero estoy satisfecho con el resultado. Barbra Streisand alguna vez dijo que para poder saber hacia dónde vamos tenemos que averiguar de dónde venimos... Bien; mi senda ha sido turbulenta porque buscaba la paz de corazón, de espíritu y de mente. Ciertamente no estoy muy seguro de descifrar lo que me espera más adelante, pero sé que lo más difícil ya quedó atrás. Me siento contento, satisfecho, esperanzado y lleno de ilusiones renovadas.
Doy gracias por lo que tuve y por lo que no tuve; agradezco lo que tengo y lo que no. Tengo fe en esperar lo mejor... Sé que no me voy a arrepentir.

23 de enero de 2007

Buenas noches, Ringo...

¿Cómo puedo comenzar a describir fielmente el inesperado dolor que me causó la muerte de Ringo? ¿Cómo puedo transcribir al papel las oleadas de impotencia que cruzaron mi cuerpo ante el tibio cadáver del animal? Lloré; lloré como hacía mucho tiempo no me lo permitía. De nada sirvió que una pequeña voz se manifestara insistente en el fondo de mi cerebro: “Él está bien, ahora ya descansa. Se ha ido a un lugar donde está lleno de luz, amor y paz. Ha evolucionado”. Me sentí derrotado, vulnerable, confundido. Ringo se ha ido; ha partido.
Mamá entró exasperada a mi habitación: una pequeña histeria dominaba su ánimo; sólo se limitó a gritar que algo le pasaba a nuestra mascota y salió despavorida. De inmediato, corrí detrás de ella. Papá intentaba ayudar al pobre animal, quien parecía desmayado en un inexplicable charco de sangre. Las múltiples manchas rojas enmarcaban la imagen central: Ringo se sofocaba; parecía haber perdido una batalla incomprensible para nosotros. En el fragor de la situación, parecíamos entes inermes ante el súbito desenlace que nos tomó con la guardia baja. Nos arrodillamos en torno a él, luchando por ofrecerle una esperanza dentro de la tortura que representaba su transición.
Papá contaría después que sencillamente el animal se levantó para salir de la habitación y entonces, sin previo aviso, comenzó a vomitar sangre. Ni siquiera su última comida; sólo enormes coágulos sanguinolentos. Creo que la mayor impresión fue darnos cuenta de la vulnerabilidad de la situación: Ringo se notaba tan incapaz de defenderse contra aquello que amenazaba con arrebatárnoslo. Su pequeño cuerpo se sacudía con leves espasmos, como si acaso no pudiera respirar; Mamá le exigía que reaccionara, gritando y susurrando alternativamente. Y por un breve momento (aunque es posible que se debiera a un truco de mi imaginación), él pareció querer aferrarse, luchar por este retazo de vida que le tocó vivir. Hubiese querido levantarlo y correr, correr, correr… lejos de esta realidad cruda que me enfrentaba con la muerte sin pedirme permiso. Pero no pude.
De pronto, con dolorosa lentitud, todo su ser se fue quedando inmóvil, fláccido; asemejándose a una vieja muñeca rota. No emitió ningún sonido. Se fue tan silenciosamente como había llegado. Fue entonces cuando sentí que algo muy delicado se fracturaba dentro de mí. Ni siquiera tuve fuerzas para luchar en contra de esa inexplicable fuerza que me dominaba. Quizás era frustración, dolor, rabia, incomprensión… no lo sé; ya no supe más nada.
En vano intentamos buscar cualquier signo de vida, por muy endeble que fuera: un débil palpitar de su corazón, una tenue respiración entrecortada; pero no hubo nada. Sostuve y acaricié su pequeño cuerpo, tibio aún, incluso después de muerto. Por extraño que parezca, me costó asimilar su partida debido a la temperatura que todavía albergaba. Froté sus patas, cerré sus ojos. Me resultaba imposible enfrentarme a su mirada neutra, inexpresiva. Luego me di cuenta de cómo Mamá se preocupaba por acomodarle el hocico manchado, procurando ofrecerle algo de absurda dignidad en su fallecimiento. Ninguno de nosotros habló. Asistimos impávidos a una despedida inexorable, inesperada y muy dolorosa. Fue entonces cuando se derrumbaron las pocas defensas que me quedaban.
Papá quiso disponer del cuerpo exánime y pidió mi ayuda, pero sólo pude caer sentado y llorar sin consuelo. Llorar. Llorar. Qué frágil me sentí. No observé la forma cómo se lo llevaron, me quedé derramando lágrimas que se mezclaron con su sangre. No pude hacer más. Mecánicamente le había quitado el collar azul que rodeaba su cuello y ahora, entre mis manos, la cinta se notaba minúscula, delicada. Todavía conservaba su olor, ese aroma característico que nos acompañó llenándonos de regocijo, risas y cariño.
Poco después apareció Mamá, mostrando una endeble fortaleza para limpiar la habitación. Detallé sus manos haciendo desaparecer el rojo que contrastaba contra el gris del piso. Sólo entonces me percaté de la excreción que había quedado allí depositada: oscura, pequeña. Parecía que en sus estertores finales ni siquiera pudo controlar los esfínteres. Ver la sangre junto a la deposición me impresionó más de lo debido. Incluso ahora no puedo evitar sentirme afligido al recordarlo. Creo que será una imagen indeleble en mi cerebro.
Mucho tiempo después, tarde en la madrugada, regresé a esa habitación que él había tomado como suya. Coloqué una pequeña vela justo donde había estado su cadáver. Quise imaginar que así le estaba brindando algo de luz para que su tránsito hacia la otra vida fuese menos oscuro. Le hablé a su recuerdo en voz baja, agradeciéndole por todas las cosas buenas con que nos había premiado. Rememoré sus ojos brillantes y la viva energía que en todo momento desplegó. Sonreí entre mis lágrimas. Dentro de todo, comprendí que no podía aferrarme a su esencia. Era su momento de avanzar, sin más…

Buenas noches, Ringo…
Siempre…

31 de diciembre de 2006

La última noche.

La última noche del año. Mis padres se han reunido con sus respectivas familias, pero he escogido quedarme en casa, a solas. Lejos de sentirme abandonado, disfruto con la serenidad que me otorga este íntimo momento. Hoy quiero brindar por aquellos que ya no están; por los que alguna vez fueron y ya no son; los que aparecieron para enseñar y continuaron su ruta; aquellos que acompañaron mi senda durante algún tiempo, dejando una valiosa lección; los que amé intensamente y me mostraron la vía del amor: la única que hay... Gracias a cada uno de ellos, hoy puedo escribir estas líneas maravillosas.
Una deliciosa copa de vino blanco atestigua mis sonrisas. Muy pronto comenzarán los fuegos artificiales, anunciando la despedida de un año y la llegada de otro nuevo. La renovación. El cambio. La metamorfosis. Una esplendorosa página en blanco: impoluta, virginal, inspiradora, mágica. Mi propia página.
Reconozco que no acierto a comprender, exactamente, dónde nace este inesperado sentimiento de resolución, de determinación, de suprema conclusión; pero allí está: no puedo esquivarlo. No obstante, lo disfruto, lo saboreo, acaricio sus informes contornos. Me siento preñado de posibilidades.
Hoy me toca cerrar un año, un ciclo que me llevó por caminos desconocidos, hacia personajes inspiradores y situaciones decisivas; mi balance es armónico, equilibrado. Estoy satisfecho con lo que hice y con lo que dejé de hacer. Siento que aún me queda mucho por descubrir, por aprender y por amar. Hoy estoy solo, pero no me siento solo; me acompañan mis ilusiones, mis esperanzas, mis pasiones y mis fracasos. Un amigo citó dos frases de Dickens muy significativas: "el recuerdo, como una vela, brilla más en Navidad" y "cada fracaso enseña al hombre algo que necesita aprender"; pues bien, hoy rememoro los hombres determinantes de mi vida, aquellos que marcaron mi corazón, por las buenas y por las malas. Uno a uno desfilan frente a mí: silenciosos, sonrientes, trajeados de recuerdos que muy pronto serán sus mortajas.
Especialmente, el primero; el que irónicamente, también fue el último. Un breve encuentro después de 16 años, sólo para comprobar que ese ciclo también se ha cerrado, ha finalizado. Me cuesta describir la felicidad que me embarga. Hoy le digo adiós a él y a todos los que le sucedieron en mi ambivalente corazón. Y les agradezco: sin cada uno de ellos no estaría aquí, hoy, escribiendo estas palabras. Cada uno me trajo hasta este instante eterno.
Levanto mi copa para brindar por ellos. Levanto mi copa para brindar por ese amor ideal que me enseñaron a esperar y atesorar. Levanto mi copa por ese mítico príncipe azul que, lo sé, está en camino a encontrarse conmigo, desde siempre y para siempre. Esta misma noche doy inicio a una nueva etapa, más íntima y esclarecedora. Finalmente...
¡Feliz Año Nuevo!
También levanto mi copa por ustedes...

11 de diciembre de 2006

El zoológico humano.

Una fiesta infantil es el telón de fondo perfecto para desplegar máscaras y disfraces; aunque no me refiero a los niños. En la mesa en la que he quedado, me rodean madres y amigas de la anfitriona: son mujeres preocupadas por la próxima cita para aumentarse el tamaño de los senos, la consabida inyección de botox, los accesorios de la última temporada y descubrir quién es la mejor vestida hoy...
Por supuesto, mi estupefacción no conoce límites. Me encuentro rodeado de mujeres que parecen sobrevivir en un submundo particular, un país lejano al que sólo ellas poseen acceso, una confortable jaula de cristal que las mantiene ricamente prisioneras. Conforme la velada apresura su paso, me presto al juego frívolo de participar en sus disertaciones: Louis Vuitton, Miami, las fallas de la nana de turno, el cirujano plástico, las infidelidades del marido y las puñaladas verbales que se dan unas a las otras con una sonrisa impecable. Por alguna extraña razón, me parece que contemplo animales salvajes disfrazados de precarios humanos; lo cierto es que debería ser al contrario: mujeres arropadas por pieles de animales, pero en este caso es al revés: animales envueltos en pieles humanas.
¡Y pobre de la que se levante primero de la mesa! Será devorada por la estridencia de los murmullos que deja detrás. La miríada de féminas no se siente amenazada por mí: un despreocupado joven homosexual que se supone entiende a la perfección sus diatribas domésticas, sus escogencias y sus suplicios. No tengo otra opción más que sonreír mientras intento digerir mi desasosiego. Su banalidad. El brillo que nos rodea.
En ese momento, hubiese dado cualquier cosa por intercambiar mis congéneres por otros muy distintos, incluso metamorfosear el fastuoso escenario que nos rodeaba; soñé con una charla amena, chispeante e interesante: libros, prosa, estructuras literarias, pintura, matices, texturas, pinceladas, formas, debate ideológico... cualquier cosa que me sustrajera de aquél zoológico humano. No sé hasta qué punto permanezco cautivo de mi propia ingenuidad, pero no pude evitar sentir lástima por los que me rodeaban. Imaginé cuán grises podrían ser sus vidas comparadas con el caleidoscopio multicolor de mi sencilla existencia; a pesar de que reconozco que está mal comparar: ellas han tenido la libertad de escoger tanto como yo.
¿Si mi vida es mejor? No lo sé; pero ciertamente creo que es menos complicada, menos frívola, más estimulante. Espero que nunca tenga que sucumbir a un peligroso juego de vanidades, de excesos, de disfraces y máscaras...
Ya no soy un niño.

27 de noviembre de 2006

Decisiones.

Mirando a las personas que tengo a mi alrededor, he descubierto últimamente que no somos sino el cúmulo de decisiones que tomamos, nada más. Es algo muy parecido a internarse por un estrecho laberinto: cada cruce a derecha o izquierda nos va a conducir tarde o temprano a otra encrucijada existencial. Emocional. Sensorial. Incluso sentimental.
Los cambios en los rostros de los personajes que acompañan mi tránsito terrenal me ofrecen pistas sobre sus avances, retrocesos, inquietudes, desesperaciones, incertidumbres, triunfos o los temidos callejones sin salida. ¿Cómo no entienden que la mayoría de las soluciones reposan justo enfrente de sus narices? Allí, al alcance de la mano...
Conforme vamos avanzando, vamos coleccionando experiencias, trucos y puntos para poder acceder al siguiente nivel: ¡Es todo! A medio camino he descifrado que si ahora estoy aquí, es porque así lo decidí yo, nadie más lo hizo por mí. Desde ahora escojo no quejarme por las circunstancias, pues éstas no me determinan tanto como yo a ellas. De hecho, siento que debo sentirme agradecido hacia cada uno de esos fracasos que me condujeron hasta la mañana de hoy: sin cada uno de esos maestros mi senda hubiese sido distinta y menos brillante.
Así, pues, que tomo la disciplinada decisión de prestar atención consciente a las escogencias que se me presenten; me gustaría tener una diáfana idea de hacia dónde me dirijo. Puede ser la derecha, la izquierda, adelante... incluso unos cortos pasos hacia atrás, ¿por qué no? Todo con tal de corregir el rumbo.

20 de noviembre de 2006

¿Quién eres?

¿Quién eres?
¿Dónde vives?
¿Cuál es tu hora favorita del día?
¿Qué te gusta comer?
¿Amas?
¿De qué color son tus besos?
¿En qué posición duermes?
¿Qué tipo de música prefieres?
¿Te gusta leer?
¿Escribes?
¿Compones?
¿Pintas?
¿Sueñas?
¿Alguna vez te han roto el corazón?
¿Crees en la pasión?
¿Qué haces ahora?
¿Cuántos husos horarios nos separan...
... o cuántos minutos?
¿Cuál es tu color favorito?
¿A quién admiras?
¿Qué cantante prefieres?
¿Qué poder mágico del Universo propició tu existencia?
¿Acaso existes?
¿Sabes, incluso, que yo existo?
¿Sería posible que nuestros caminos se crucen?
¿Cuándo?
¿Qué esperas?
Aquí estoy...

13 de noviembre de 2006

¿Dónde está la llave?

Después de tantos sinsabores y de experiencias agridulces, mi corazón, sin mi consentimiento, se ha ido cerrando herméticamente. Los pocos valientes que se atreven a intentar descubrir sus secretos se topan de frente, colisionan, con una pared de concreto, con un cofre cerrado, con una cuenta secreta de la que se ha olvidado la contraseña. Esto no significa que me he convertido en un ser amargado y cínico, no; si acaso, en todo lo contrario: con los años he aprendido a soñar más, a fantasear más, a esperar mejores ofertas... Pero aún no llega nadie con la llave adecuada que encaje en mi rebuscada cerradura.
Por todo esto, a veces me preocupa el inexorable paso del tiempo. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Acaso estoy manteniendo mis expectativas muy elevadas? ¿Tal vez mis sueños se han transformado en inalcanzables? ¿Tanto así han sido mis decepciones? ¿Tanto así son mis esperanzas? No lo sé. Y quisiera saberlo.
No quisiera hipotecar mis sentimientos para conformarme con menos de lo que espero, sólo que algunas noches de brillante luna llena, mi idílico Príncipe Azul parece deambular entre mundos fantásticos, inexplorados, lejanos, poco reales.
¿Dónde estás?
¿Dónde está la llave?

7 de noviembre de 2006

Credo.

Creo en el amanecer, como fuente de divina inspiración.
Creo en el amor, la fuerza más pura del Universo.
Creo en la paciencia, como crisálida de todas nuestras transformaciones.
Creo en el arte, canalizador de todas las pasiones.
Creo en los recuerdos, como único preámbulo hacia nuevas ilusiones.
Creo en el sexo, comunión terrenal de las almas.
Creo en el planeta Tierra, escenario de las mejores maravillas.
Creo en la bondad, puerta hacia la hermandad.
Creo en mis amigos, espejos de mi tránsito pagano.
Creo en los libros, umbrales del conocimiento.
Creo en la humildad, la mejor de las virtudes.
Creo en la naturaleza, madre de lo mejor que hay en nosotros.
Creo en el mar, donde se dirigen todas nuestras lágrimas.
Creo en la lluvia, manantial que lava las impurezas.
Creo en el atardecer, reflejo de la ternura humana.
Creo en ti, mi hermano, mi compañero, mi amigo.
Creo en mí... Porque existo, porque amo, porque sueño. Y porque quiero creer que nunca dejaré de hacerlo.

5 de noviembre de 2006

Innombrable.

¿Qué importa tu nombre?, si fue tu sonrisa la que me saludó por vez primera. Tan diáfana, brillante y luminosa. Enmarcada con unos labios tersos, delicados y sugerentes. No supe tu nombre, pero eso resultó irrelevante al encontrarme reflejado en tu mirada espontánea y sincera, con unos ojos grandes y comunicativos. Compartimos un inesperado diálogo visual, saturado de símbolos e imágenes. Un encuentro inesperado. Sublime.
Un día perfecto. Un escenario idílico: la playa de una isla paradisíaca. A nuestro alrededor, una explosión de colores intensos: azul, verde, dorado. Y entonces, tú. Tan enigmático, atractivo, interesante dentro de tus silencios tan estridentes. Tú. Un cuerpo anónimo. Un rostro inolvidable. Un tropiezo fantástico.
Hablaste con soltura, intentando hallar las palabras adecuadas dentro de mi idioma, hacer las traducciones precisas para que pudiera comprender el significado de una lengua materna rica, sibilante, acariciadora; el placer de una lengua extranjera. La conversación fluyó amena y distendida, ofreciéndonos la oportunidad de asomarnos con cautela al vertiginoso abismo de nuestros sentidos sublevados. Desarrollamos una charla lineal y placentera. Única. Nuestra.
La tarde nos encontró caminando por la orilla del mar, mientras las tenues olas luchaban por escuchar lo que tan misteriosamente compartíamos; disfrutamos de la arena bajo nuestras pisadas, del sol impertérrito y del bálsamo acuático que nos rodeaba; pero, en especial, de la comunión de nuestras almas solitarias.
Juntos, también, regresamos a tierra firme, mientras el crepúsculo intentaba darnos alcance con sus colores difuminados y espectrales; unidos, tú y yo, más allá del vaivén del bote que nos regresaba a la incolora realidad. Nos despedimos con efusión, de nuevo sonriendo; no pudimos hacer más. Mis amigas esperaban, tus compañeros aguardaban. El día finalizaba.
Un instante antes de partir, recordaste decirme cómo te llamabas... pero eso ya no importaba. Un hombre. Un rostro. Un ser innombrable.

1 de noviembre de 2006

Menos es más.

En definitiva, parece que muy pocas veces nos percatamos de lo mucho que tenemos dentro de los pequeños detalles que nos conforman. A mi mente acude el reiterado cliché de que menos es más y sólo ahora descubro la sabiduría intrínseca de esa frase. ¿Por qué? Porque llega un momento en la vida de cada quién cuando descubre (por las malas o por las buenas) que dentro de la sencillez reside la verdadera felicidad; ésta permanece allí: oculta, agazapada, silenciosa; como esperando por un sorpresivo desenvolvimiento para explotarnos en la cara, para sonreírnos, segura de que hemos descubierto su resguardado secreto.
Nos preocupamos mucho buscando seguridad económica, status social, prestigio; rodeándonos lentamente por una insalvable muralla construida con los pequeños ladrillos del orgullo, la soberbia, la vanidad y la arrogancia. ¿Para qué? Para descubrir tarde o temprano que esos espectros sólo nos conducen a la inenarrable soledad. La aridez. El desencanto.
El poeta sir Edward Dyer nos legó una infinita sabiduría dentro de uno de sus versos:
"Algunos tienen demasiado, pero aún ansían más;
poco yo tengo y más no busco.
Pobres son, aunque más tienen,
yo con menos rico soy.
Ellos ricos, yo pobre; ellos piden, yo doy;
a ellos les falta, yo dejo; ellos languidecen, yo vivo."
Es por eso que debemos aprender a encontrar y reconocer la belleza y la paz de las pequeñas cosas: una tarde de domingo, un viejo y fiel libro, un silencioso amanecer, un diálogo con las olas, una meditación con las estrellas, una botella de vino entre amigos, una sonrisa porque sí, una mirada cómplice; el arduo trabajo de, sencillamente, no hacer nada. Porque menos es más.

29 de octubre de 2006

Evolución.


Visto desde cualquier perspectiva, no nos queda otra opción que evolucionar, queramos hacerlo o no. Algunas veces se refiere a transformar nuestro oxidado círculo de amistades, para dejar entrar una fresca y suave brisa que barra con lo obsoleto; otras veces se manifiesta enfrentándonos con quien fuera un gran amor y permitiéndo que comprobemos lo fútil que resultó ese intento, lo afortunados que somos de haber tomado "la dirección contraria"; otras más lo hacemos por obligación, al percibir con dolor que no supimos reaccionar a tiempo o que dejamos pasar al vuelo una oportunidad única sencillamente porque no estábamos listos...
Lo cierto es que la evolución es parte intrínseca de nuestra vida. Algunas veces llega sin avisar, otras nos empuja en contra de nuestra voluntad, quizás nos espere a la vuelta de la esquina, pero es imprescindible que aprendamos a amoldarnos a los procesos naturales del crecimiento.
Los muertos no nos pueden pesar. Las ilusiones son etéreas. Siempre estuve acostumbrado a realizar mis trabajos literarios de forma manuscrita: pues ha llegado el momento de aprender a manejar la tecla "enter" y saber pasar la página. Es evolucionar, crecer, avanzar, dejar atrás, explorar, experimentar, abrir los ojos y el corazón a lo que pueda suceder mañana. No nos queda otra opción. Hay que sonreír y saber dar ese primer paso.

Visitas virtuales.

Bien. Continúo avanzando por mi senda virtual de autoconocimiento. Hoy me he sentido muy complacido porque al menos tres de mis mejores amigas se han tomado la molestia de visitar mi blog y leer mis líneas. Lo considero especial porque son mujeres con quienes he mantenido el contacto a través de los años, a pesar de encontrarse, cada una de ellas, tan lejos de mí. Susana está en San Fernando de Apure, Yira viviendo en Alicante y Patricia en Valencia; de cualquier forma, resulta muy grato saber de sus respectivas visitas. Sólo espero que vuelvan con frecuencia, como esos viejos amigos que nos alegran una serena tarde de domingo. A cada una de ellas y a todos los demás, sean calurosamente bienvenidos: a mis letras, a mis pensamientos, a mis páginas; aunque ya de por sí, son protagonistas dentro de mi propia historia. Un abrazo.