31 de enero de 2010

Plegarias matutinas.

Creo que fue el sonido del agua cayendo lo que la despertó. Se trataba de un ruido acuático, distante, pero persistente; se preguntó al principio si no sería parte de un sueño, un residuo auditivo de la experiencia onírica que pocas veces recordaba; pero no, distinguía claramente el gorgoteo del líquido que hacía eco dentro de las paredes de su habitación. Mi abuela se levantó con paso lento, creyendo que podía tratarse de una lluvia repentina, en mitad de la madrugada; la razón que la motivó a incorporarse ha quedado poco clara, porque lo lógico era que se volteara para seguir durmiendo, pero ella optó por sacar las piernas de la cama y buscar la fuente de aquel rumor hídrico. En el camino hacia la ventana echó una mirada a las agujas del reloj, que en la penumbra interpretó como un cuarto para las cinco.

Decidió quedarse levantada porque ya pronto amanecería y tenía diligencias que hacer; antes, aún curiosa, atisbó por las ventanas de la casa hasta que descubrió la procedencia del ruido que la había despertado. Supo que no era lluvia, sino el excedente de agua que se rebosaba en el tanque de su vecina; así supo que habían restablecido un servicio que se suponía debe ser regular, constante. De inmediato prendió las luces del corredor posterior y se decidió a salir, a pesar de que todavía estaba oscuro. Le importó más aprovechar la llegada del agua que enfrentarse a la posibilidad de ser asaltada antes del amanecer. Se dijo a sí misma que clarearía en apenas media hora y salió a ocuparse con la ropa sucia y los envases para almacenar el vital líquido.

Debido a la escasez y los irregulares planes gubernamentales, se hizo costumbre la necesidad de estar pendientes a cualquier signo en el grifo, cualquier gota que anticipara el borbotón que duraría pocas horas y debía ser aprovechado al máximo. Mi abuela es una mujer que detesta las quejas; ella prefiere fluir, ser dinámica, resolver, buscarle la vuelta al problema hasta encontrar una solución, así que se puso manos a la obra sin pensarlo mucho: llenó la lavadora al mismo tiempo que ponía unos trapos de la cocina a remojar en detergente, también sacó las ollas que tenía de la noche anterior y las fregó con entusiasmo, con la certeza de que podría sacar el sucio y el jabón con abundante rapidez. Aprovechó una pausa para regar los helechos del corredor, ya casi mustios debido al calor y a no ser regados con la constancia de antaño. “A donde hemos llegado”, se dijo en un murmullo, un poco incrédula, a la vez que alzaba el codo para dejar caer el agua entre las hojas secas y encogidas. Y fue el eco de esta frase lo que la acompañó mientras hacía otra ronda entre las matas y se decía que había sobrevivido a una dictadura para sentir el temor de que probablemente moriría en otra muy distinta.

En algún momento pensó si debía llamar a mi madre, pues ya pronto amanecería y no le importaba despertarla; se trataba de aprovechar la llegada del agua para que mi madre se fuera hasta su casa, lavara algo de ropa, llenara algunos envases y la acompañara un rato. Supongo que al mismo tiempo pensó que nos tocaba vivir tiempos irregulares: cuando no eran los cortes de luz, era la ausencia de agua, o sino las infalibles colas: para pagar (cada vez más), para cobrar (cada vez menos), para conseguir algunos productos (no siempre todos) y para cualquier cosa que ameritara un trámite en este país. Todo eso había pasado a formar parte de la realidad cotidiana que todos enfrentábamos; pero mi abuela no es amante de las quejas, ya lo he dicho. Ella prefiere levantarse antes del alba y aprovechar el poco tiempo que dure la restitución del servicio. Decidió al fin no llamar a mi madre.

Más adelante se valió de una tregua entre sus quehaceres para darse un baño. Se sentía un poco cansada por correr de un lado al otro y no perder un solo minuto. Dejó que la regadera la salpicara con una llovizna tibia, porque la inclemencia del sol calentaba tanto las tuberías que el agua no salía tan fría; cerró los ojos y pidió en voz baja para que no cortaran el agua tan rápido y pudiera restituir en el tanque todo lo que estaba utilizando. Después del baño, aún sin señales del alba, se robó un espacio de tiempo para hacer sus plegarias matutinas, incluyendo este inesperado regalo entre ellas. Sólo cuando terminó de rezar fue que sintió una gran curiosidad por el retraso del amanecer, cosa poco usual en el llano. Se puso los lentes y de nuevo buscó el reloj. Esta vez las diáfanas agujas le dijeron que eran apenas las 2:35 am. Se quitó los lentes con un movimiento pausado antes de hacer una profunda exhalación; entonces repitió lo que antes se había dicho: “Dios mío: a lo que hemos llegado”.

12 de enero de 2010

¿Dónde me bajo?

La primera pregunta: ¿estoy siendo alarmista?
Siempre me he considerado idealista, pero los tiempos recientes me obligan a experimentar con el realismo, y no estoy hablando del realismo mágico empleado por los autores latinoamericanos; me refiero al planeta en el que vivimos, la situación climática que nos afecta a todos por igual, porque aún no existe un transporte maravilloso en el cual podamos evacuar continentes y repoblar otro mundo menos caótico. Esa sí sería una fantasía literaria.

En el periódico de hoy leí una noticia que se quedó colgando en las comisuras de mi mente a lo largo de la tarde. Entendí que el temporal de frío que azota a los países del norte tiene una explicación científica: Omar Baddur, de la Organización Meteorológica Mundial, la definía como una situación de bloqueo, así, tan sencillo como eso. La nota expresa que en invierno la circulación del aire se produce habitualmente de este a oeste, pero el fenómeno actual ha cambiado esos parámetros y resulta que el aire se desplaza de norte a sur; además, “cuando esa ondulación es muy vasta, a escala planetaria y persiste varias semanas, se habla de bloqueo”, finalizó Baddur.

La intervención del meteorólogo fue más allá: “Actualmente hay tres ondulaciones, con aire muy frío que desciende del Polo Norte, en tres zonas distintas. Una en Estados Unidos y México, otra en un eje que cubre toda Europa del oeste (desde los países escandinavos hasta el oeste del Mediterráneo, pasando por Gran Bretaña, Francia, Alemania y España) y una tercera en Rusia oriental y China. Un bloqueo a tal escala no se produce muy seguido, se puede decir que cada 30 o 50 años”.

El asunto es que me quedé pensativo porque la imagen que convocaba la información del periódico me recordaba a otra cosa, algo adicional visto en otra parte. Sólo cuando llegué a casa pude ponerle el dedo encima. Revisé entre las películas que tengo y encontré la que buscaba: The day after tomorrow. Adelanté las escenas hasta que di con lo que necesitaba: allí estaba, en colores térmicos, como si fuese una reproducción exacta de la nota en el periódico. ¿Qué era aquello? ¿La vida imitando al arte? ¿O un cineasta que se adelantaba a las catástrofes climáticas? Confieso que la similitud me dejó pensativo por un buen rato, hasta que alcancé la pregunta inicial: ¿estaba siendo alarmista?

No lo sé. Quisiera creer que no. Pero ¿es todo esto natural? ¿Es algo que sucede cada cierto tiempo o se trata de nuestro planeta convulsionado que grita su desespero? Los detalles de la nota me mostraron una visión amplia: la temperatura en Miami alcanzó 1,6 grados centígrados, obligando al zoológico a cerrar, mientras algunas iguanas se desplomaban adormecidas debido a las bajas temperaturas; esperan nevadas en Sevilla después de 50 años; China ha sufrido congelamiento del mar en sus costas del norte, varando a muchos transportes marítimos; México permanece en estado de alerta, provocando la suspensión de actividades escolares. Sin mencionar el cierre de aeropuertos y carreteras en muchos países europeos. Creo que Baddur no se equivocaba: ciertamente se puede definir como un bloqueo.

La segunda pregunta: ¿estoy siendo realista?
A la luz de estas revelaciones se ilumina una interrogante: la reciente Conferencia de Copenhague sobre el Cambio Climático, ¿para qué sirvió? Los países más contaminantes, Estados Unidos y China, rehusaron comprometerse bajo ninguna condición. Si uno lee entre líneas, todo lo que se logró fue un consenso para evitar que las temperaturas se eleven más de 2 grados centígrados; pero las reglas para alcanzar ese punto concreto se desdibujan entre el papeleo burocrático, la discusión entre algunas naciones emergentes y la visión general de que lo único logrado fue consensuar una realidad científica que se venía gritando desde algunos años atrás.

Lo más llamativo fue la dicotomía del discurso. Se reconoció la necesidad de fijar metas a largo plazo, pero al final se dejó a criterio de cada país las fórmulas para reducir las emisiones contaminantes. Por otra parte, se firmó el acuerdo para establecer un fondo de ayuda monetaria para auxiliar a las naciones pobres a paliar la crisis del cambio climático, sólo que la discrecionalidad de este aporte, a quién se beneficiaría y de qué forma, quedó en suspenso. Me pregunto: ¿tuvo sentido? ¿Valió la pena que los dirigentes mundiales intervinieran con sus discursos preparados que nada solucionan? ¿De verdad hablaron en nombre de sus naciones? Quiero decir, ¿expresaron la verdadera voluntad de toda esa gente que sufre las calamidades o sólo toman en cuenta la contabilidad y los flujos de caja? Valga reconocer que dentro de los pocos acuerdos alcanzados, Venezuela y Bolivia se pronunciaron en contra. ¡Encima!

La tercera pregunta: ¿dónde me bajo?
Pensar en todas estas cosas me hizo recordar las caricaturas de Mafalda que leía estando pequeño, una en particular, donde la precoz niña pedía que pararan el mundo porque ella se quería bajar. ¿No provoca hacer lo mismo? Yo no digo que nos armemos con carteles de esos que rezan: “El fin se acerca. Arrepiéntanse”; pero a la vista de todo lo sucedido, los inviernos polares, la amplitud planetaria del bloqueo, toda la gente que ha muerto, ¿no sería justo pedir mayores acciones por parte de la gente interesada? Exactamente, ¿qué estamos esperando? Porque el informe actualizado del Comité IPCC de las Naciones Unidas reveló que los cálculos hechos se quedan cortos al ritmo que llevamos hacia el abismo. Incluso se atrevieron a reconocer que la propuesta de impedir un aumento de 2 grados centígrados se queda corta. La alarma se disparó debido al descubrimiento de la creciente aceleración del derretimiento de las capas de hielo sobre amplias masas terrestres, entiéndase Groenlandia y la Antártica, a un ritmo de 10 metros por año. Adivinen cuánto le queda a nuestro insigne Pico Bolívar…

Entonces, ¿dónde me bajo?

9 de enero de 2010

Analogías literarias.

Hay ciertas lecturas que dejan una huella particular. Parece que el autor quisiera dejarnos un mensaje cifrado, específico para cada quien; porque algunos fragmentos quedan colgando, reacios a desaparecer dentro de la misma historia. Es algo que me sucede con regularidad; entonces echo mano al resaltador y procuro hacer más visible la cita, destacarla dentro del párrafo que la contiene, para volver a ella después o para desarrollar temas como lo hago ahora. Es lo que me ha sucedido mientras leía La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, y tropecé con unas líneas bastante significativas:

La evaluación y el examen de los ciudadanos es una actividad permanente, la principal de las actividades sociales en los países comunistas. Si a un pintor se le ha de autorizar una exposición, si un ciudadano debe obtener un visado para poder ir durante las vacaciones al mar, si un futbolista debe formar parte de la selección nacional, primero hay que reunir todos los dictámenes e informes sobre él (de la portera, de los compañeros de trabajo, de la policía, de la organización del partido, de los sindicatos), luego éstos son analizados, sopesados y resumidos por funcionarios especiales designados para esos fines. Pero aquello de lo que hablan esos dictámenes no se refiere a la capacidad del ciudadano para pintar, jugar al fútbol o a si su salud necesita que pase las vacaciones junto al mar. Se refiere única y exclusivamente a lo que se dio en llamar ‘perfil político del ciudadano’ (o sea, a lo que el ciudadano dice, a lo que piensa, al modo en que se comporta, a si participa en reuniones y en manifestaciones del primero de mayo). Dado que todos (la vida cotidiana, la carrera profesional y hasta las vacaciones) dependen de la evaluación que se haga del ciudadano, todo el mundo (si quiere jugar al fútbol en el equipo nacional, exponer sus cuadros o pasar las vacaciones junto al mar) tiene que comportarse de modo que la evaluación sea positiva.

Lo curioso es que justo hoy, al leer la revista Zeta, encontré un artículo de la periodista Jurate Rosales que profundizaba en el mismo tema, pero extrapolándolo a nuestra realidad nacional. Tuve mis dudas en cuanto a realizar un somero resumen del artículo, pero he preferido copiarlo en su totalidad para que cada uno saque las conclusiones que prefiera, ya que si me limitara a presentar una versión comprimida de la información, correría el riesgo de hacer una selección subjetiva. Dice así:

“La Ley Orgánica de los Consejos Comunales salió publicada en la Gaceta Oficial del 28 de diciembre, día de los inocentes, pero no es ninguna travesura de ese día. Es posiblemente la ley con la que se cuenta para garantizar a Hugo Chávez una ganancia rotunda en las elecciones de septiembre de 2010. De allí el apremio en proclamarla y la escogencia de una de las más sigilosas fechas del año, cuando los venezolanos estaban más pendientes de las hallacas y la broma del día, que de política.

Elecciones al estilo Chávez
Chávez pudo haber resultado un pésimo gobernante, pero nadie le puede quitar su toque de Midas cuando se trata de reunir votos… verdaderos o falsos, que eso aparentemente poco importa. La oposición suele concentrarse en la denuncia de maromas en el Registro Electoral, presunta aparición de votos virtuales, el misterio en el uso de la electrónica y la parcialidad del árbitro, oficialmente llamado Consejo Supremo Electoral como si realmente fuese supremo y soberano. Inmersa en la denuncia de los detalles, la oposición nunca se ha plantado con firmeza para rechazar las medidas administrativas que obligan a la gente a votar por el gobierno. Lo curioso es que Chávez siempre echó mano a ese tipo de medidas sin jamás encontrar resistencia. Si los opositores hicieran memoria, recordarían que para el primer referendo revocatorio, Chávez dio largo a la fecha de los comicios, cuando supo que las encuestas lo daban perdedor. El CNE inventó las mil y una excusas para negarse a aceptar las firmas que solicitaban el referendo, brindándole a Chávez el tiempo necesario para colocar a gran parte de la población en las listas de las Misiones. No fue sino cuando estaba seguro de que el número de los ‘misioneros asalariados’ le garantizaba la victoria, es que se celebró el referendo del 15 de agosto 2004. Pareciera que estamos nuevamente ante una situación similar. De la misma manera como se contó con las Misiones para controlar a la población en 2004, hoy se aprueba la Ley Orgánica de los Consejos Comunales, creada para controlar a cada uno de los habitantes, principalmente a quienes viven en los barrios y las zonas rurales. Estamos ante un instrumento de control de la gente, visiblemente elaborado con asistencia cubana para instaurar en Venezuela el modelo de los CDR (Comités de Defensa de la Revolución).

Una Ley de control
Los CDR y su clon, los Consejos Comunales previstos en la nueva ley, son un invento exclusivamente cubano. Los países comunistas del Este no los conocieron, porque utilizaron un sistema más amplio y sofisticado, en el que cada ciudadano se veía obligado a espiar a todos los demás y nadie sabía cuántos oídos lo escuchaban, incluso en su propio hogar. El sistema ruso fue afinado a través de años y décadas; su principal fuerza consistió en infundir el miedo y forzar las denuncias de todos contra todos, pero ante la dificultad de llegar a la perfección soviética, Fidel Castro inventó en 1960 a los CDR y definió su tarea: ‘Que todo el mundo sepa qué es y qué hace el que vive en la cuadra y qué relaciones tuvo con la tiranía, a qué se dedica, con quién se junta, en qué actividades anda’. Si examinamos punto por punto la ley aprobada en Venezuela, veremos que igual como los CDR se apoyan en los hombres armados de la ‘Seguridad’ cuando denuncian ‘a los lacayos del imperio’, según la nueva ley, los Consejos Comunales deberán coordinar con la Milicia Bolivariana lo referente a la defensa integral de la nación. Además, deberán Promover, participar y contribuir conjuntamente con la Milicia Bolivariana en la seguridad y defensa integral de la nación. Entre sus actividades, los Consejos Comunales deberán conocer las solicitudes y emitir las constancias de residencia de los habitantes de la comunidad. Funcionarán con comités, entre los que debe estar el: ´2. Comité de tierras urbanas. 3. Comité de vivienda y hábitat. 4. Comité de economía integral. (…) 8. Comité de alimentación de defensa del consumidor. (…) y 10. Comité de mesa técnica de energía y gas. Por cierto, también prevé la ley la existencia de un comité de suministro de agua.

Las llaves del poder
En Cuba, país que inventó ese sistema, el atractivo para pertenecer a un grupo del CDR consiste en la sed de poder sobre los vecinos. No hay recompensa económica salvo que en un sistema donde la propiedad privada no existe y la clave para sobrevivir consiste en robar al Estado, los presidentes de esta organización de barrio roban igual o más que los demás, ellos tienen la misma miseria y hambre, sólo que a ellos se les permite robar en premio de chivatear a los demás, relata una cubana en el blog correspondiente. En cambio los Consejos Comunales venezolanos, por lo menos antes de las elecciones, tendrán el poderoso incentivo del dinero proveniente del gobierno central. La nueva Ley establece que los Consejos Comunales ‘recibirán de manera directa los recursos (…) transferidos por la República, los Estados y los Municipios. (…) y los que provengan de la administración de los servicios públicos que les sean transferidos por el Estado’. Por lo tanto, no se trata de conchas de ajo. Con ese dinero, los Consejos Comunales podrán manejar ‘los recursos financieros que son los expresados en unidades monetarias propios o asignados’, para ‘desarrollar los programas, políticas y proyectos comunitarios contemplados en el Plan Comunitario de Desarrollo Integral (…) para lograr la transformación integral de la comunidad’. La Ley explica que el ‘Plan Comunitario de Desarrollo Integral’ debe ser ‘articulado con los planes de desarrollo municipal y estadal de conformidad con las líneas generales del Proyecto Nacional Simón Bolívar’. De paso, bajo la excusa de estar organizando la votación para miembros de los Consejos Comunales, una de sus obligaciones prevista en la Ley consiste en ‘elaborar y mantener actualizado el registro electoral de la comunidad’.

Realidad y vidriera
La Ley otorga a los directivos de los Consejos Comunales un poder casi ilimitado sobre un vecindario agobiado por las necesidades, y permite al presidente del CC ejercer ese poder a través de: 1. el dinero cuya distribución dependerá del CC; 2. la amenaza de la colaboración con la Milicia y 3. la aplicación con criterio personal de dos leyes que tocan directamente a la propiedad privada, como lo serían la de tierras y la de espacios urbanos. Sin embargo, la mayor palanca de poder consiste en la posibilidad de encarcelar a un ciudadano que de pronto podría encontrarse objeto de una ‘denuncia’ de tipo penal. Los cubanos conocen el procedimiento y acusan a los CDR de ‘chivatear’. Dado que los venezolanos son profundamente reacios al ‘acuseta’ y desprecian al ‘sapo’, es de prever que la conformación de los Consejos Comunales pasará por una etapa de difícil adaptación psicológica. Para la vidriera, se exhibirán Consejos Comunales como los del Municipio Chacao, donde una población relativamente libre de pobreza, escoge de buena fe a sus representantes y estos se hacen eco de la voluntad de los ciudadanos (sin embargo, la decisión unánime de los Consejos Comunales de Chacao para que les devuelvan el espacio del antiguo mercado recibió como única respuesta, la ocupación de ese mercado por la Guardia Nacional). En los barrios y en las zonas rurales, donde las necesidades son apremiantes, se calcula que los Consejos Comunales serán el instrumento oficial para controlar a la gente, dinero y amenaza mediante. Estos encumbrarían en la dirección de los Consejos Comunales a los ciudadanos de menor resistencia moral, a los que no teman aparecer como los ‘sapos’, igual como ya ocurrió en Cuba con los ‘chivatos’.

Jamás los olvidarán
El incentivo económico permite prever que la implementación de la Ley de los Consejos Comunales no ofrecerá mayores dificultades. Si esto se logra y se mantiene, Chávez habrá cavado con esa Ley el más profundo abismo de odio jamás visto en su patria. Dado que nadie es eterno y tampoco lo será Chávez, de todas las leyes aprobadas en la era chapista, la de los Consejos Comunales será la que más recordarán los venezolanos. Dentro de una o dos generaciones, ya nadie hablará del rosario de leyes aprobadas bajo la batuta de la presidenta de la Asamblea Nacional, Cilia Flores, pero la de los Consejos Comunales será la que los abuelos todavía relatarán a sus nietos, al contarles como el vecino de enfrente ha sido el mayor y principal enemigo de la familia. Ojalá el relato no incluya un desenlace de venganza contra aquel vecino. Es esa Ley que más obligará a temer un cambio brusco de sistema de gobierno, porque es la que propicia las retaliaciones personales. El mayoritariamente incruento derrumbe del comunismo soviético en Europa oriental, se debió a lo difuso y universal que había sido el sistema de control policial de toda la gente por toda la gente. En cambio uno de los problemas cubanos, es actualmente la carga de rencores acumulados en cada cuadra contra el vecino miembro del CDR. Al igual como hoy los diputados de la Asamblea Nacional viven en un permanente temor de lo que les pueda advenir si hay un cambio de gobierno, la Ley de los Consejos Comunales extenderá ese temor a un segmento de la población en el país entero, mientras que los demás pobladores aprenderán a acumular los deseos de venganza, pero entretanto, para salvarse, muchos serán quienes prefieran esperar en silencio”.

4 de enero de 2010

El país de las luciérnagas.

Desde la hamaca en que me encuentro, apenas separando la vista del cuaderno, me impresiona la tonalidad celeste del cielo, sin nubes, como un manto luminoso que, irónicamente, no desprende el calor habitual. Es como si el fresco de diciembre se hubiese colado entre las gradaciones, haciéndose espacio al lado del calor recurrente del prolongado verano. Tengo muchas anotaciones pendientes, ideas convulsas que necesito consignar, pero una y otra vez mis ojos buscan el firmamento ancho y limpio, haciéndome pensar en un abismo vertiginoso, sublime, que está a punto de engullirnos. Hoy pienso que el azul del cielo resulta voraz y en cualquier momento querrá echarnos una dentellada inesperada.

Me pregunto si es posible que semejantes pensamientos puedan coincidir en un mismo sitio; lo que pasa es que esta mañana tan diáfana me parece un poco sediciosa, como un pajarraco diabólicamente bello que está a punto de zurcir la piel con picotazos; también me hace pensar en el ángel de las Elegías de Rilke, tan hermoso, tan nefasto, tan singular. Pero los minutos avanzan, y pierdo tiempo.

Quizás tenga algo que ver con esta exquisita luminosidad, pero me quedé un rato pensando en mi reciente visita al país de las luciérnagas, esa ciudad que se desborda en puntos titilantes; un escape voluntario para interactuar con mentes fogosas, progresistas, tan estimulantes; y entonces decidí que debo deambular más a menudo, permitirme el placer de una sorpresa, un sitio desconocido, una emoción novedosa; es como atreverme a salir de la línea a mitad del dibujo, sonreír, vagar, redescubrir otras sensaciones postergadas.

Al principio descendimos una escalera, pasos breves hacia las profundidades de un estudio de pintura lleno de lienzos, pinceles, matices y claroscuros; allí estaban las luciérnagas esperando para iniciar la danza de luces que me dejó entusiasmado, hambriento y siempre queriendo más. En el fondo, sutil, las notas de un jazz intemporal, sugerente; en las paredes pálidas, la intermitencia del trabajo pictórico, la obra en progreso, el reducto privado y lleno de inspiración. Observé a la Luciérnaga Rebelde con su discurso radical, polisémico, lleno de imágenes; la Luciérnaga Intelectual dejando migajas conceptuales, conocimientos, contrapesos; también la Luciérnaga Fotógrafa desplegando armonía, detalles tibios, evocaciones y fantasías; luego la Luciérnaga Cronista abriendo posibilidades, cruzando informaciones, saboreando los secretos no revelados y sin publicar. Y yo allí, moviéndome en dos planos superpuestos, queriendo anotar todo, asir las inferencias, participar del debate; pero al mismo tiempo con el deseo a flor de piel de tomar distancia, alejarme, contemplar la escena desde una distancia privilegiada para descubrir los pliegues, el lenguaje sensorial, las implicaciones de la historia. Se trataba de una danza lumínica y vibrante, memorable y fugaz. Única.

Después la madrugada, la iridiscencia de colores, la temperatura, los planes para nuevas batallas fosforescentes; un trayecto evocativo que se desgranaba en visiones lejanas a pesar del poco tiempo transcurrido. Todo tan hermoso, tan luminoso como este cielo de enero que se deshace en posibilidades. Entonces trato de plasmar en mis hojas el recuerdo de ese fulgor nocturno, el brillo incandescente que me inspira de la misma forma en que el azul de enero sugiere otras tramas diferentes, esquivas. Así que sigo escribiendo.

2 de enero de 2010

Las medidas de la escritura.

Encontraba difícil regresar a las páginas pospuestas debido a la distancia que me separaba de ellas; otras historias me alcanzaron, generando ideas convulsas, atractivas, interesantes, pero era necesario volver, reconciliarme con ellas. Me senté con la mejor disposición, intentando reconocer los puntos blandos, gelatinosos, allí donde debía concentrar mis esfuerzos para brindarle una consistencia ideal, y creo que lo he logrado. Se trató, más que todo, de un feliz reencuentro con personas ficticias y situaciones irreales; también tuve que buscar entre la madeja para hallar el hilo conductor que sostiene la linealidad de la trama, porque sin eso, no existiría historia, progresión, conjunto narrativo. Creo que lo logré.

Me sentí extraño, debo confesarlo. Tenía ante mí múltiples situaciones, personajes protagonistas y secundarios, incluso algunos que apenas cruzaban con velocidad, sin peso, pero no sin importancia; debí concentrarme en delinear una vez más las aristas, los pliegues dentro del relato, para separar y volver a unir, despejar y juntar de nuevo, todo con la intención de concentrar esfuerzos y llevar el bote literario a través de la tormenta de ideas y recuerdos, hasta alcanzar un puerto seguro desde donde poder continuar la travesía que inicié tanto tiempo atrás.

En determinado punto, sin proponérmelo, descubrí que la tarea narrativa guarda mucha similitud con el trabajo arduo de quien trabaja con telas, diseños, patrones; porque es importante la disciplina, la concentración, el silencio. Sé que mi juego de analogías es aventurado, pero así funciona la mente humana: encuentra diferencias y contrapesos en los lugares menos esperados. Así que me quedé absorto frente al desorden ordenado de páginas, historias, anécdotas, como si se tratara de telas con tonalidades intensas, superficies rugosas, estampados multicolores. Y sonreí.

La vida es un círculo. Me resultaba curioso porque en algún punto, muchos años atrás, siendo adolescente, sentí cierta inclinación hacia el diseño de modas, la confección teórica de una posibilidad, otra veta artística que quedó inexplorada en función de escoger una carrera menos turbulenta, más sosegada; pero la magia quedó allí, eso lo recuerdo. También existió una carpeta llena de bocetos que quedó en las manos de una amiga cuyo nombre me elude ahora. Tal vez, si hubiese seguido mis inclinaciones entonces, hoy estaría alejado de la escritura; es una sustitución que no me incomoda: la inspiración sigue estando allí, la creación, el trabajo arduo para alcanzar un resultado vistoso, interesante, mágico. Se trata de ensamblar con fragmentos un todo homogéneo, compacto. No hay mucha diferencia.

Contemplé mi escritorio con una mirada paralela, tangencial, como si pudiera reorganizar los colores y texturas en función de un resultado satisfactorio, coherente, lúcido, funcional. Y hundí las manos entre las hojas, expulsando, sustituyendo, guiándome por un patrón imaginario, dando puntadas precisas para sostener las uniones entre capítulos, pinchando mis dedos en más de una ocasión con algún personaje reacio; fue un ejercicio arduo y placentero. Supe que podía crear cuantas interpretaciones quisiera, como si jugara con las telas para obtener distintas variaciones de un mismo traje.

El resultado final está lejos de ser satisfactorio, pero logré encontrar la forma ideal para acercarme al trabajo. Todo lo que queda es seguir cosiendo, superponiendo, quitando, y dar unos pasos hacia atrás para visualizar el progreso. Porque es importante que disfrute con el resultado, asuma una postura lúdica, poco académica, y así tropezar (si es posible) con otras combinaciones que resulten inspiradoras. Es sencillo; es coser y cantar.

31 de diciembre de 2009

Fin de año.

No soy el único. Mucha gente se apresta hoy a cerrar ciclos, clausurar etapas, dejar atrás ciertos episodios que impiden avanzar; yo me uno a ellos, pero con la singularidad que me ha caracterizado los últimos años. Me pregunto cuántos habrá con la misma inquietud, con una decisión similar: quedarse en casa leyendo, tal vez intentando escribir un poco, gozando desde la distancia con la celebración, los fuegos artificiales, la música; porque se trata de una escogencia poco entendible, la de permanecer ajeno, distante, a cualquier despliegue familiar, social, que involucre vestirse, sonreír y abrazar a cuanto desconocido se atraviese en el camino.

No ha faltado quien me cuelgue la etiqueta de ermitaño porque sí, porque es lo más fácil, porque es preciso adjudicarle un nombre a eso que no compartimos, a eso que nos resulta poco digerible. Esta noche prefiero ser egoísta en una época que se distingue por lo contrario, por los excesos, las fiestas, el intercambio ameno y provocativo. Pero quiero creer que cada persona tiene derecho a disfrutarlo como mejor le parezca, sin imposiciones, sin códigos, sin ajustarse a reglas preestablecidas de antemano. ¿Es obligatorio salir? ¿Es necesario socializar? ¿No es mejor disfrutarlo en silencio, reflexivamente, haciendo balances y limpiezas?

Bueno. Es mi punto de vista, y tampoco pretendo que sea lo más razonable; sólo pido paciencia, respeto, espacio. Mis padres ya se han separado, inmersos en un acuerdo de mutua satisfacción: cada uno celebra la víspera de Año Nuevo con sus respectivas familias, a miles de kilómetros de distancia uno de otro, dejando la oportunidad de reunirse apenas en los primeros días de enero; se trata de un arreglo que les resulta beneficioso, práctico, a pesar de que muchos tampoco lo entienden. A ellos les funciona y a mí me sirve para escoger un punto intermedio; atrás quedaron las vacaciones donde debía turnarme para pasar estas fechas con cada familia. Ahora mi tiempo es propio, así como mis escogencias. Ellos celebran a su manera, por separado, yo les imito: escojo la tranquilidad del hogar, el reposo, la lectura, alguna película rezagada que deseaba ver, incluso irme a la cama sin horario establecido. Es mi noche, independientemente de la forma en que lo disfrute.

En el reproductor suena la ópera Lakmé, mientras Agatha, mi perra, levanta la cara para regalarme su mirada acuosa, lánguida; le digo que falta poco, que pronto tendremos la oportunidad de hacer un brindis, sólo uno, para conmemorar el cambio de fecha, sin aspavientos, sin trajes de gala, apenas con la pijama más cómoda y placentera. Me siento agradecido porque algunas amistades han hecho un esfuerzo por comprender mi escogencia, igual a como lo hicieron mis padres mucho tiempo atrás. Lo importante es sentirse bien con uno mismo, estar donde uno prefiera estar, gozarlo sin tragedias ni comedias baratas, porque ha sido un año contradictorio, ¿para qué negarlo?

El conflicto político, la delincuencia, los continuos apagones, la carencia de agua, la sequía inclemente, el desabastecimiento, la burocracia, la corrupción descarada de un régimen que busca ser más autocrático de lo que ya es; pero en mi mundo particular existe el equilibrio íntimo, ese contrapeso que escojo formular para equiparar las circunstancias: también quedé seleccionado para participar en la Semana de la Narrativa Urbana, permitiéndome el gozo de haber logrado interactuar con algunas mentes brillantes, privilegiadas, que estimulan mi esfuerzo literario; comencé la redacción de mi primera novela; he logrado publicar algunos artículos en una página luminosa; mis amistades literarias se multiplicaron, abriéndome espacio para nuevos debates, puntos de vista interesantes y llamativos; compré más libros, descubriendo otros temas sugerentes. Me siento bien con el resultado.

Mis placeres pueden parecer banales, literarios, casi triviales; pero son míos. Creo que eso es lo importante para clausurar esta etapa. Sería lógico enumerar buenos deseos para los demás, hacer una lista de resoluciones, empalagarse con los “¡Feliz Navidad!” y “¡Feliz Año Nuevo!”; pero prefiero verbalizar un sencillo y escueto mensaje: quisiera que todos, cada uno de ustedes, pudiera alcanzar esta delicada paz que ahora siento, que puedan dedicarse a hacer lo que más les gusta, entretenerse con las actividades que alimentan el alma y permiten evolucionar al espíritu, sólo eso. Lo demás, es apenas paja en el viento.

Felicidades.

2 de diciembre de 2009

Nubes crueles.

Desde temprano, quizás antes del amanecer, el cielo cruzado por nubes bajas, grises, crueles; manchas que oscurecen el azul natural sólo para recordarnos la inclemente sequía, la ausencia de humedad, la crisis que nos agobia desde el pasado agosto. Estoy seguro que más de uno habrá observado el techo vaporoso con ojos inquietos, lanzando maldiciones, implorando lluvias, una posible solución que se resiste a materializarse. La reserva de agua que tenemos en casa, creo, alcanza hasta hoy; a partir de mañana entraremos en una etapa crítica, difícil, porque sospecho que no somos los únicos que buscaremos la ayuda de un camión cisterna para solucionar la escasez. Al mismo tiempo me pregunto cómo hacen en los sectores pobres, desabastecidos, de qué forma se las ingenian para conseguir el vital líquido. La desidia del gobierno levanta frustración con la misma facilidad que el viento de la tarde encrespa el polvo en las calles; de nada sirve quejarse, organizar protestas públicas, cierre de avenidas; hay que entender también que el problema es atmosférico, que el período de invierno se desvaneció, trastocado, tal vez como otra señal del cambio climático. No sé cómo vamos a paliar esta crisis.

Se trata de un inicio de mes bastante caótico; enfrentamos una Navidad seca, mustia, entre la falta de agua y los continuos apagones eléctricos. El gobierno exige sacrificios a una población cansada, depauperada, en completa miseria. A todo esto se suma ahora el problema bancario, el cierre de algunas entidades que involucran el despido de empleados, gente que confió sus ahorros y no obtiene una respuesta concreta por parte de los encargados. Pienso que es probable que las nubes oscuras deseen equipararse a la situación nacional, como un sucio espejo que refleja la ineptitud, la corrupción, los delitos de una clase gobernante engolosinada con el poder, la avaricia, matando un hambre ancestral acumulada durante muchos gobiernos inescrupulosos. Allí está el resultado; por eso insisto en decir que tenemos el gobierno que nos merecemos. No hay otra razón. Pero resulta lamentable que tantas personas humildes tengan que pagar el precio de semejante desidia administrativa y económica.

En la noche. Me impresiona el tamaño de la luna; es un disco plateado con un brillo hipnótico. Después de salir de la oficina, inmerso en el tráfico, observé su solitaria majestad por encima de nuestras cabezas; el crepúsculo se diluía con los últimos resplandores del día, cediendo espacio a la reina absoluta que se levantaba para alargar las sombras. Se trataba de una imagen peculiar, poco corriente: la luna alta en el cielo, redonda, turgente, luminosa, un vistazo inusual que descansaba por encima de las luces continuas de los postes, el río amarillo que formaban los focos de los carros; la imaginé poderosa, solitaria, con la capacidad para ver todo y a todos, desde su trono celestial. Una diosa inconforme y tierna, fría y silenciosa al mismo tiempo. Algo en ella me hizo recordar algunas escenas de la película Moonstruck, donde algunos personajes la llamaban “Cosmo´s moon”.

En el film, protagonizado por Cher y Nicolas Cage, la luna se incorporaba como un personaje más, un personaje secundario, pero siempre presente, arrojando su brillo y misterio a lo largo de toda la trama. Ahora, cada vez que me encuentro con una luna similar, dejo escapar la respiración y susurro entre dientes: “Ah… Cosmo´s moon”. La de esta noche también es especial, gigante, refulgente. Es una luna enigmática, seductora, generadora de ideas y sortilegios. Ya en casa, mientras escribo estas líneas, suena al fondo la voz de la Callas interpretando el aria de “La Reina de la Noche”; imagino su voz como un tributo especial a la otra majestad que pende entre las estrellas…

15 de noviembre de 2009

2012

Si el productor Irwin Allen hubiese estado interesado en encontrar un sucesor para sus películas de desastre, se habría sentido complacido con el trabajo de Roland Emmerich. Ambos han logrado ensamblar piezas memorables, con efectos especiales espectaculares, empujando a los protagonistas a vivir experiencias al límite, inesperadas, en situaciones que escapan a su control, pero que no los amilana ni evita que busquen alternativas. Se trata de un cine evasivo, dramático, fantástico; y creo que el trabajo de los dos cineastas, guardando las distancias, logra entretener al público de la mejor manera, permitiéndole desconectarse de la realidad cotidiana por un par de horas, inmerso en las desventuras de un grupo de sobrevivientes con mucho para perder.

Me cuesta identificar con exactitud las razones específicas por las cuales el género de desastre me atrae tanto; se trata de una postura pendular, extremista, porque disfruto mucho también con el cine intelectual europeo, introspectivo, sosegado en la superficie, pero con remolinos en la profundidad. Me aproximé a las películas de Irwin Allen en plena adolescencia: La aventura del Poseidón, Infierno en la torre, Más allá del Poseidón, El enjambre, Inundación, y al final, cuando se había superado el clímax cinematográfico, las entregas que hizo especialmente para la televisión: Ciudad en llamas, When time ran out (que nunca supe porqué inventaban traducciones erróneas para el título) y otras cintas menores que no tuvieron la acogida de las primeras entregas. Ya se había entrado en la década de los 80 y temas diferentes atraían a un público siempre exigente. Pero las historias que Allen filmó perduraron, se hicieron un lugar con cierto esfuerzo, dejaron abierta la brecha para un tipo particular de cine; existía el western, el melodrama, bélico, musical (que recientemente tuvo un repunte), comedia; entonces quedó registrado otro tema, el cine de desastre.

A través de los años y con la reedición de títulos pretéritos en formato DVD, me ocupé de rastrear la filmografía de Allen. En un mundo globalizado, reconozco que no se me hizo difícil encontrar los títulos principales, en formato original (soy neurótico, lo confieso), y siempre ando a la caza de cualquier tirada que me permita ponerle las manos a producciones elusivas. Pero lo que menos esperaba era enfrentarme con otro realizar que tuviese las mismas inquietudes de Allen. Roland Emmerich, hasta ahora, no me ha decepcionado. Hubo otros cineastas que intentaron una aproximación al género con cintas marginales: Dante´s Peak, la serie Aeropuerto (en sus entregas 75, 78 y 80, respectivamente), Volcano, Impacto profundo, Armaggedon, Twister, pero ninguno con un interés particular en el tema.

Emmerich, desde el principio, se encargó de ofrecer otro giro de tuerca dentro de la saga de cintas de desastres; ya sea con extraterrestres (Independence Day) o con cambios climáticos (The day after tomorrow), hubo una selección cuidadosa de detalles cinematográficos: las historias, los escenarios, los efectos especiales para magnificar un desastre ya de por sí espectacular, la edición, los dramas personales de los protagonistas; porque no se trata sólo de reunir un grupo aleatorio y lanzarlo de cabeza a una experiencia terrorífica, sino de mostrar breves destellos de sus motivaciones, sus miedos, las frustraciones y deseos de vivir que los catapultan a lo largo de la película.

Esperé el estreno de 2012 con anticipación, emocionado ante los previews que pude encontrar en la Internet; ayer me escapé a un cine cercano, compré mi entrada y escogí un buen puesto. Pude haber esperado hasta que sacaran la cinta en formato casero, asequible, pero tengo la creencia de que ciertas películas deben verse antes en el cine, en pantalla completa, con el asiento retumbando por el sonido de los cataclismos. Quedé impresionado por las imágenes, la verosimilitud ficticia de lo narrado, los personajes; porque descubrí, recordando entregas anteriores, que existe la misma preocupación en mostrar dramas pequeños, personajes secundarios importantes que sustentan la trama, como ramificaciones esenciales que se embridan en torno a la historia principal. Para Emmerich, aunque ignoro si lo hace adrede, la catástrofe no afecta solamente a los Estados Unidos; se trata de un evento global, multicultural, que nos toca experimentar a todos por igual; por supuesto, en aras de la comercialización de la cinta, la mayoría de los protagonistas son estadounidenses, pero se ofrece un vistazo de cómo el resto del mundo debe incorporarse al esfuerzo original para intentar sobrevivir.

Encontré un equilibrio peculiar entre el drama y la comedia en esta cinta. Se trató de guiños pasajeros que permitían liberar parte de la presión, provocaron una sonrisa en medio de tanta tensión, con una galería de personajes llamativos, como el que hace Woody Harrelson, interpretando de alguna forma a todos esos lunáticos que amenazan la inminencia del fin del mundo, sólo que en este caso tuvo la razón. La trama ofrece el pedido de ayuda de los Estados Unidos a las demás potencias para elaborar un plan alternativo, resaltando la participación de los líderes del G8, muy bien interpretados, así como representaciones de otros líderes mundiales; y es inevitable otra sonrisa al observar el esfuerzo de la Reina de Inglaterra, así como el de la Familia Real Saudita.

2012 es una cinta que ofrece múltiples interpretaciones, lecturas alternas, dramas secundarios que podrían desarrollarse aún más; pero entrar en detalles arruinaría la oportunidad de impresionarse para aquellos que todavía no la han visto. Yo la recomiendo ampliamente, la disfruté muchísimo; pero siempre teniendo presente que se trata sólo de una cinta de desastre, una película, que bien puede presentar sus fallos, como cualquier otra. A mí no me gusta ir al cine para encontrar errores, señalar fallas, a no ser que la propuesta sea un completo bodrio. Si voy al cine es para evadirme, ausentarme por algunas horas, dejarme entretener con la majestuosidad de un arte que ofrece maravillas audiovisuales. No pido mucho, en realidad.

11 de noviembre de 2009

Aniversario manuscrito.

Mientras intentaba escribir la entrada en el diario manuscrito correspondiente al día de hoy, la fecha me golpeó como un fogonazo de luz. Mis dedos quedaron suspendidos sobre el papel, mirando fijamente el número once, el mes de noviembre escrito con tinta azul, el año. Y un ligero estremecimiento recorrió mis brazos, los vellos de mi nuca; sonreí, también sonreí, sin poderlo evitar. Porque recordé de pronto que mi diario estaba de aniversario; mi proyecto literario más íntimo cumplía un año más. Lo comencé a escribir hace 19 años, otro 11 de noviembre, pero de 1990.

Dejé a un lado el bolígrafo y divagué con calma. ¿Cuántos volúmenes llevaba ya? ¿Cuántas páginas después de casi veinte años? ¿Cuántas reflexiones depositadas entre sonrisas, lágrimas y suspiros? Todavía era adolescente cuando esta maravillosa aventura escrita se inició; ahora estoy cerca de los 40, y todo indica que la dinámica está lejos de terminar. Reconozco que se trata de un placer secreto, armónico, disciplinado, constante; me ha brindado la posibilidad de explorar mejor mi Yo, mis reacciones, mis esperanzas, mis bosquejos narrativos, las diferentes etapas que superé para llegar hasta esta noche. Ha sido un ejercicio íntimo saludable, inquisitivo y experimental, porque no existen las reglas ni los fundamentos para redactar los diferentes párrafos. Se trata de ser honesto con uno mismo, volcar allí las impresiones, las opiniones, las reflexiones diarias que se activan a través de mecanismos externos. Pero me siento bien: el resultado es muy satisfactorio, pacífico.

A pesar de todo, mientras paso la mano por las cubiertas de los tomos viejos, trato de recordar con exactitud qué propicio este placer narrativo, las circunstancias precisas que activaron la necesidad de colocar todo en el papel, intentar hacer un análisis inicial para descubrir las razones ocultas, las respuestas esgrimidas, las voces esquivas que ahora apenas reverberan como un eco distante. De nada sirve preguntar a otros, ya no queda casi nadie de esa turbulenta época, esos días vertiginosos que deseaba apresar entre las páginas de mi cuaderno de clases. Leo con calma la primera entrada, las emociones dispersas, el sonido de una voz quebradiza que es mi propia voz; pero me cuesta un poco reconocerme en esas líneas apresuradas, juveniles, sin el filtro que me ha brindado el tiempo, otras lecturas, otras visiones e interpretaciones. De cualquier forma, una sonrisa se escapa presurosa: esa letra amontonada también fui yo, en algún momento, a principios de una década intensa y volátil.

Me pregunto qué día fue el 11 de noviembre de 1990; ¿sería miércoles por casualidad? ¿Un domingo? ¿Viernes, tal vez? Lo he olvidado. Aunque sí recuerdo que me preocupaba muy poco la longevidad de las anotaciones que plasmaba en el pequeño cuaderno, si seguiría escribiéndolo en los siguientes días, si todavía estaría haciéndolo 20 años después. Entonces lo único que importaba era la inmediatez, la letra al rojo vivo, las emociones a flor de piel; y eso lo detallo ahora con un ligero gozo, porque era importante, sin sospecharlo, para marcar con fidelidad lo que atormentaba mi ánimo: no es melodrama: a esa edad, todavía adolescente, todo era un tormento, un problema, magnificado, llevado al límite, insoluble. Eso también me hace sonreír. El tiempo atempera, matiza las impresiones, los sentimientos volubles.

Algo me dice que es probable que este diario me sobreviva, que todo lo anotado supere mi fecha de caducidad, que siga releyéndome hacia atrás dentro de algunos años. Me cuesta describir el regocijo interno, la satisfacción que alcanzo al poner todo por escrito; porque el diario, ya no mis emociones, se ha multiplicado, se ha desbordado sin mi consentimiento. Ahora también es un cuaderno de ejercicios, un álbum de fotografías verbales, un itinerario de destinos sentimentales, un poema continuo, una colección de fragmentos que disfrazan mi propia imagen. Ignoro qué camino tomaré más adelante, qué decisiones, qué sueños por soñar; pero intuyo que el diario estará allí, fiel, atento, permeable, consecuente. Siempre.

1 de noviembre de 2009

Sorpresas literarias.

Siempre es divertido y estimulante visitar sitios donde se exhibe buena literatura y existe la posibilidad de tropezarse con gente que se siente tan interesada por la palabra escrita como uno. Aunque representó un pequeño suplicio llegar hasta Valencia y visitar la FILUC de este año, los trastornos y la espera en la autopista bien valieron la pena. Llegué un poco cansado al centro comercial, acaso hastiado por el intenso calor del mediodía, tal vez inconforme por el aglomeramiento de tanta gente; pero conforme entré a los espacios de la feria y me detuve en el primer stand, todo se evaporó. Me convertí en ojos que todo lo querían devorar, asimilar, descubrir; porque hay pocas cosas que me exciten más que la posibilidad de encontrar un texto largo tiempo buscado o un autor elusivo.

Me agradó colocar mis dedos sobre un volumen de Memorias de Gore Vidal; Los monederos falsos, de André Gide; Marguerite Duras y su India Song; una edición conjunta de Hamlet y Macbeth, de Shakespeare. Lo cierto es que me faltó tiempo y dinero para complacer mis gustos, pero me conformé con las sorpresas especiales que me deparaba la tarde, y aunque no me refiero a libros, sí es sobre autores. Ya casi al final del recorrido, mi vista tropezó con una figura particular, un vestido claro, corto, una piel de porcelana, unos ojos ávidos que escudriñaban con placer entre las diferentes propuestas literarias: Marianne Díaz Hernández. Y no me costó mucho desplegar sonrisas, abrazos, besos al aire; porque la empatía que nos une es poco corriente, como si fuéramos amigos de trato diario, consecuente, repetido.

Juntos nos lanzamos de cabeza en una cacería deliciosa, emulando un par de depredadores experimentados que buscan títulos específicos, autores particulares, temas singulares. En determinado momento, un café para reponer fuerzas, para aprovechar la oportunidad de compartir anécdotas, opiniones, planes, fracasos y sugerencias literarias. Intercambiamos impresiones sobre el trabajo de Rodrigo Blanco, de Fedosy Santaella, de Gabriel Payares, de Héctor Torres; incluso nos animamos a desvelar las peripecias propias en el campo narrativo, los avances, las ideas, los fragmentos que podrían convertirse en párrafos memorables. Ya casi al final de la tarde, cansados pero queriendo más, como niños renuentes a partir, buscamos puesto en la presentación que tendría Alejandro Oliveros sobre sus diarios literarios. Le confesé que me interesaba encontrarme con el poeta valenciano porque su labor diarística me estimulaba bastante, y deseaba reencontrarme con él luego de nuestras tertulias en Caracas, cuatro años atrás.

La sesión inició con algún retraso, pero después de que mis ojos se cruzaron con los de Oliveros volví a experimentar la vieja sensación que tuviera durante el taller que él dirigió sobre el género literario del diario íntimo; me enfrenté de nuevo con un hombre de conocimiento amplio sobre la labor narrativa, el proceso creativo, la complejidad de escribir para ser leído. Allí estaba la mirada intensa, el verbo fácil, las historias interesantes en torno a una tarea antigua y secreta; aunque también se discutió sobre la actualización que la tecnología moderna ofrece, ya que Oliveros contó sobre su experiencia en el portal digital Prodavinci, donde publica las entradas de su diario 2009 día a día, enfrentándose con el lector de tú a tú, sin la distancia que el texto impreso brinda. Y a pesar de que confesó predilección por la página impresa, los libros editados, al mismo tiempo reconoció que uno debe aventurarse, arriesgarse en esta travesía incierta de la virtualidad inmediata. Estuve de acuerdo con él, en ambos sentidos.

Al finalizar su disertación, después de responder algunas preguntas de la audiencia, se levantó para acercarse hasta donde estábamos nosotros. Colocó su mano en mi hombro y preguntó sobre mi actividad dentro del diario, habló del tiempo transcurrido, se ofreció a mantener el contacto y tuvo la gentileza de firmar uno de los volúmenes de su propio diario que llevaba conmigo; también saludé a su esposa Eileen, quien me recordó casi de inmediato y compartió algunas palabras amables, evocativas sobre nuestro último encuentro. Fue un intercambio afable, especial, instructivo; pero otras personas esperaban para hablar con el poeta. Me despedí de su esposa con un beso, antes de estrechar la mano de Oliveros y prometerle escribir pronto a la dirección que me brindó.

Afuera, ya de noche, el estacionamiento presentaba casi el mismo congestionamiento que enfrentara antes de llegar, pero crucé entre los vehículos con una sonrisa particular por las sorpresas literarias de la tarde: los libros, la discusión, Marianne, las compras, Oliveros; son estímulos que me llenan de regocijo, de proximidad, de inspiración narrativa. Manejé de regreso escuchando Fausto, la ópera de Gounod, y planificando mentalmente mi asistencia a la charla que ofrecerá Marianne el próximo miércoles, y la que no pienso perderme bajo ninguna excusa, porque hoy descubrí que me muevo entre mundos solitarios: el de lector y el de escritor; pero de vez en cuando, como esta tarde, emerjo a la superficie para cruzar mis pasos con amistades semejantes y celebrar aquello que nos une sin necesidad de buscarle explicaciones: la fantasía, la imaginación, la prosa, la poesía de cada esfera particular.

25 de octubre de 2009

Noches mundanas.

Lo primero que siento al despertar es la pesadez en los párpados, mucha sed, el pensamiento abotagado y algunos fragmentos evasivos de la noche anterior. Cierro los ojos e intento armar el rompecabezas lentamente. Aquí y allá sobresalen el eco de las risas pretéritas, el humo de la parrillera, el amargo sabor que me dejó el pitillo de marihuana, el aroma fragante del vino tinto; entonces me relajo, hago un paréntesis con la mirada abierta para contemplar el azul matinal del cielo, sin nubes, intenso sobre el follaje verde que enmarca la ventana. Luego me encierro pestañas adentro y revivo las historias de la pasada reunión, el placer mundano, la dejadez, la espontaneidad; y de nuevo sueño.

Rememoré la vista fija sobre el farol del jardín, tan solo, tan inocente, haciendo un esfuerzo por filtrar su luz a través del hibisco que lo cercaba. Apenas quería moverme, ausente en pensamientos ajenos, fallidos, mientras mis amigas (tan cerca y lejos al mismo tiempo) se perdían en un murmullo ininteligible. Fue una pausa muy íntima, apacible, incorpórea. Teníamos mucho tiempo sin reunirnos, sin hablar tanto, sin beber con ese exquisito entusiasmo que brinda la amistad que ha durado ya bastantes años. Carmen Julia tuvo la idea de cocinar una parrilla, y su pareja quiso celebrar el encuentro con unas cervezas. Conociéndome bien, no tuvieron reparos en conseguirme una botella de vino tinto para poder brindar todos juntos. Y la comida estuvo genial, los tragos, la noche limpia de nubes (que en el llano permite contemplar las estrellas con mayor facilidad), la magia del momento compartido. Casi perfecto.

Terminamos en el jardín, sin música, riendo, evocando anécdotas de viajes pasados y antiguos amores; creo que fue Amelia (la más joven de todos) quien sacó el pitillo de marihuana y lo encendió con descaro, para bajar la comida, dijo. El ambiente que nos contenía era tan sugerente que pronto la canulilla pasó de mano en mano, permitiéndonos recrear viejas fiestas que habían tenido lugar quince años atrás, cuando nos permitíamos unos cuantos excesos. Y sospecho que nos veíamos un poco extraños, ya cerca de los cuarenta, fumando marihuana con el placer de unos adolescentes, haciendo esfuerzos por reprimir la risa, gesticulando al no poder expresarnos bien, recordando aún más la juventud que una vez compartimos.

Y allí nos quedamos, en los muebles del jardín, ocho siluetas rientes entre las sombras que el hibisco rojo proyectaba sobre nosotros, entre cervezas, copas de vino, el débil fulgor del único farol, remembranzas, anécdotas nuevas, el humo de la parrilla mezclándose con nuestras exhalaciones ilegales; fue un momento suspendido, inalterable, conforme otras ideas se retorcían en mi mente. Fue cuando reparé en la imagen frágil de la luz, y a la vez tierna, suave, llena de susurros; y hubiese querido detener el tiempo, quedarme siempre allí, cerrar los ojos y gozar de aquella infinita paz de los sentidos. Me sabía intoxicado, pero no importaba. Quizás otra persona que nos hubiese visto, habría interpretado la escena erróneamente, pero creo que ninguno pensó en ello. Tal vez antes nos habríamos sentido estimulados para inventar un precipitado viaje hasta la playa, una salida rápida para perseguir la noche y encontrar el amanecer, ingerir alcohol hasta la inconsciencia y el ridículo; pero ahora nos conformábamos con reír hasta que las lágrimas saltaran de regocijo, dar palmadas de emoción, recrear escenas pretéritas con la certeza que brindaba la distancia, cómodos, seguros, atemperados.

Nos despedimos cerca de la medianoche, pues la fiesta había comenzado poco antes del crepúsculo; todo estuvo bien, la cocción de la carne, la ensalada, la temperatura de las cervezas, el sabor del vino, el sofá en el jardín, las estrellas, el pitillo de marihuana, el farol, las risas, la conversación afable y cómoda, sin la preocupación de herir susceptibilidades ajenas; fuimos un grupo de amigos con muchos años de amistad, un cariño colectivo, el reflejo de una época espontánea. La habíamos pasado muy bien, y ninguno sintió la necesidad eufórica de alargar las horas, abusar de la madrugada. Camino a casa me tocó pasar por el Estadio, un espacio amplio donde suele reunirse la gente joven (y no tan joven) para disfrutar de las noches del fin de semana, seducir, bailar, ejecutar complicadas coreografías emocionales para luego tener algo que contar cuando la etapa se haya superado; contemplé a los diferentes grupos, muchos apenas en la veintena, asiéndose con las uñas a la intemporalidad del momento que les tocaba vivir. Me permití una sonrisa de comprensión, de sosiego, porque a mí también me tocó alguna vez estar allí.

Ya en casa volví a pensar en ello. Comprendí que cada etapa tiene su momento, su razón de ser, su banda sonora específica (¿quién de mi generación no recuerda la lambada, Desorden Público y los bailes hasta la madrugada con las canciones de Sandy & Papo?). Pero decidí que lo importante es saber reconocer las circunstancias, el placer que se consigue más allá del sudor y el escándalo, una buena conversación sin sobresaltos, confortable, vigorizante y relajada al mismo tiempo. Muy especial.

Abro los ojos para visualizar otra vez el cielo de la mañana, dejando que algunos recuerdos aún dormidos se despierten de su sueño profundo. Quiero que mi primera sonrisa contenga el azul, el verde, el ocre, la luz del farol, el encendido rojo del hibisco y la certeza que se repetirán otras cenas, otros paseos, otros sueños prolongados donde recuperar las risas perdidas y las amistades rotas.

6 de octubre de 2009

Diva.

En días recientes leí en un periódico nacional la publicidad sobre el próximo concierto de Sarah Brightman en el Teatro Teresa Carreño. La noticia me agradó porque la cantante inglesa es una de mis favoritas, por la contemporaneidad que ha brindado al canto lírico, los efectos de sonido, la mezcla de géneros musicales y la puesta en escena que siempre impresiona. Pero hubo una frase, al pie del anuncio, que me incomodó en seguida: “La mejor soprano de todos los tiempos”. Me quedé contemplando las palabras, asimilándolas, intentando hallar una variación alternativa; pero no, no hubo forma.

Aquella línea me hizo recordar la admiración que me despierta Maria Callas, la virtuosidad de su voz, el dramatismo implícito, los roles tan disímiles que escogió. La Divina es, desde mi rincón, la única mejor soprano del siglo XX. Nadie como ella supo imprimir tanta pasión a las heroínas de la ópera que representó. Los críticos aún no se han puesto de acuerdo sobre la ambigüedad de su particular timbre de voz, algunos calificándolo de muy metálico, algunas veces estridente en los agudos, pero conservando hasta el final un sonido característico, personal. La Callas tuvo un registro de soprano que le permitía abarcar tres octavas y poseer una sorprendente capacidad para matizar.

Más allá de su virtuosismo vocal, ella tuvo que afrontar convertirse en una figura muy mediática debido a sus relaciones sentimentales, los conflictos laborales, los papeles que quiso representar. Era una mujer carismática, brillante, dramática; y si ha perdurado a través del tiempo es por esa cualidad especial que supo integrar en los roles femeninos que puso en escena. Su vida es como una de esas óperas que interpretó con tanto afán, trágica, sublime, inolvidable. Recientemente terminé de leer una de sus biografías y quedé impresionado por el aspecto cinematográfico de su vida, la relación con Onassis, la traición a Meneghini, la boda de su amado Ari con Jackeline Kennedy, el trabajo con Pier Paolo Pasolini y Luchino Visconti, los viajes, los teatros, el desastroso concierto final en Japón y una muerte digna de una diva como ella. Uno se adentra en Maria Callas y no sale decepcionado. En lo particular, no existe una voz que disfrute más, especialmente cuando escribo; también en el reproductor MP3 que tengo en la oficina, para alejarme del bullicio y el estrés. No me considero un experto, pero he alcanzado el nivel donde ya reconozco su timbre peculiar nada más escuchar un fragmento.

Respeto mucho el trabajo de Monserrat Caballé, Renata Scotto, Kiri Te Kanawa, Joan Sutherland, María de los Ángeles; pero ninguna de ellas logró alcanzar la popularidad y el reconocimiento de Maria Callas. Sus discos se reeditan año tras año, permitiendo así que nuevas generaciones se encuentren con su legado, las grabaciones de sus canciones emblemáticas, incluso los videos de representaciones en vivo en diferentes escenarios.

Una de mis más queridas amigas tuvo la gentileza de regalarme la pasada Navidad un estuche conmemorativo con las mejores 100 canciones de la diva. Una colección de 6 CD con arias de sus óperas más representativas. Sencillamente, lo adoro; se ha convertido en una de mis posesiones más valiosas. Opino que Tosca es la mejor interpretación de su carrera, muy por encima de Norma, La Traviata, Madama Butterfly y Lucia di Lammermoor. Reconozco que no todo el mundo encuentra el bel canto atractivo, lo acepto; pero cuando uno es fiel amante de este género, no acepta imitaciones, disfraces, medias tintas. Es por eso que me indigné con la publicidad del concierto de Sarah Brightman. Ella tiene una excelente voz, muy aterciopelada, con registros muy altos; pero diva sólo hay una, y ésa es ella, la Divina, la Callas.

22 de agosto de 2009

Las pasiones del intelecto.

Cuando uno está inmerso en una pasión artística es bastante difícil encontrar una pareja comprensiva que asimile nuestros cambios de humor, la ambivalente necesidad de un espacio propio, los súbitos arranques de melancolía y el diálogo permanente con las voces internas. Todo artista, todo creador, vive en un mundo con reglas particulares, ajenas, que de vez en cuando tendrá que flexibilizar sus pensamientos para ajustarse a la cotidianeidad. Es un precio justo, creo yo. La idea me vino porque recientemente leí un artículo sobre las parejas literarias de la historia y la influencia que se ejercían mutuamente.

Para el escritor la soledad es una herramienta muy importante; uno lee en soledad y escribe en soledad y piensa cuando está solo; luego llegan estas voces ajenas que distorsionan todo, pidiendo esto o aquello, cuando todo lo que uno quiere es estar a solas para poder trabajar tranquilo. Cualquier pareja que se tenga quizás hará un esfuerzo por entender este mundo interno, pero no siempre es tarea fácil. El escritor se afana en una realidad alterna, suplantando la imaginación y llenando el silencio con diálogos inexistentes. ¿Cuántos no hay que lo catalogan a uno de loco? Bueno, en mi caso soy feliz con mi locura. Y mi soledad. Porque esta soledad no implica silencios, ni aburrimiento, ni ausencia de amigos; es todo lo contrario. Pero cuando uno hace cierta apuesta sentimental con otra persona, el ingrediente literario y creativo estará siempre presente, en el medio, bajo la cama, sobre la mesa, en cada orgasmo y en el crepúsculo de cada tarde lluviosa.

Hannah Arendt y Heidegger, Elena Garro y Octavio Paz, Alberto Moravia y Elsa Morante, H. G. Wells y Rebeca West, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Kafka y Milena Jesenská, Joseph y Jessie Conrad, Ramón Gómez de la Serna y Luisa Sofovich, Henry Miller y Anaïs Nin, Paul Celan e Ingeborg Bachmann, Lillian Hellman y Dashiell Hammett, Colette y Henri Gauthier-Villars, Rafael Alberti y María Teresa León, Arthur Rimbaud y Paul Verlaine.

Las preguntas surgieron casi enseguida: ¿qué tanto se nutren unos a otros y se aprovechan de las sugerencias, los puntos de vista alternativos? ¿Es positiva esta simbiosis literaria? ¿Ayuda emocionalmente para alcanzar otros niveles de creatividad? ¿O sucede todo lo contrario, pero con el mismo fin? ¿Acaso la angustia, el tormento, la ansiedad sentimental oxigenan páginas nuevas y llenas de vitalidad? ¿Puede el drama amoroso concebir propuestas diferentes, frescas, dentro del sufrimiento?

Tengo una pareja de amigos que parecen complementarse bastante bien. Él escribe cuentos con una prosa sugerente; ella adora el teatro y redacta dramaturgia. Los dos conviven dentro de una esfera luminosa, intensa y comprensiva. Creo que la ayuda que se ofrecen a nivel narrativo y la visión diáfana de sus respectivos mundos particulares es muy constructiva y liberadora. Ambos conviven en un mismo nivel y se apasionan casi siempre por las mismas cosas; pero tengo entendido que no siempre sucede una interacción tan admirable entre dos mentes creadoras. Ellos interpretan esas pequeñas excepciones a la regla. Ellos se la llevan bien; otros han tenido historias casi de terror.

Anaïs Nin tuvo la necesidad de un sustituto para su padre, un hombre a quien idolatrar y admirar; Henry Miller ocupó ese espacio por una temporada, pero la asistencia creativa entre ellos fluctuaba según la temporada. Algunas veces el escritor estadounidense se mostraba bastante crítico con las páginas de su amante; otras la empujaba para que alcanzara otros niveles de redacción. Y gracias a ella, Trópico de Cáncer pudo al fin ver la luz. George Sand y Alfred de Musset vivieron una relación muy peculiar también, saturada de una pasión intoxicante y continuas separaciones hasta alcanzar los estertores finales; se asemejó más al choque de dos imaginaciones, dos formas de ver la vida y de amar. Era un amor titánico.

Sartre y Simone de Beauvoir, probablemente, disfrutaron de una relación más flexible y cómoda, con lápices en mano para hacer correcciones constantes, aunque se ha escrito mucho en los últimos tiempos acerca de las discretas disputas por los celos de la escritora, quien parece que no se sentía tan liberal como lo proclamaba entonces. Del otro lado descansa Sylvia Plath, quien recurrió al suicidio porque su marido carecía de las herramientas precisas para entender las tormentas de su interior; lo irónico es que la mujer por quien Ted Hughes terminó abandonando a su esposa, también se suicidó.

F. Scott Fitzgerald y Zelda forman un caso aparte, mucho más complejo. Tuvieron la oportunidad de disfrutar de una vida de viajes, lujos y excesos, pero la relación personal entre ellos estaba saturada de claroscuros y adicciones, sin mencionar el desequilibrio mental de la propia Zelda. Y si de desequilibrios se trata, Virginia Woolf pudo sacar a la luz sus proyectos narrativos gracias a la imprenta de su marido, quien colocó en segundo plano sus propias creaciones literarias para encargarse de las de su mujer. Pero aquí lo importante es la narración, el aporte que estos hombres y mujeres hicieron gracias a (o a pesar de) sus relaciones amorosas con otras mentes brillantes.

El auxilio, el desgaste físico, el melodrama, la neurosis, el acicate intelectual, la presión emocional, los celos, los arrebatos coléricos, el existencialismo; son todos ingredientes para una obra poderosa, eterna y llena de matices subliminales. Aunque no quiero dejar afuera las pasiones tangenciales que se desarrollan dentro del campo artístico, que fue por donde comencé. Allí también reposan los amores de Camille Claudel y Rodin; así como la gama de pasiones multicolores entre Diego Rivera y Frida Kahlo. Cada una de esas relaciones representa un universo singular, turbulento, dinámico, explosivo; con reglas particulares y leyes que se ajustaban a las diferentes personalidades en juego; pero una cosa es cierta: nunca, nunca, podrán catalogarse de aburridas, independientemente del resultado.

13 de agosto de 2009

Palabras cromáticas.

Me alejo del escritorio para buscar café. Camino hasta la cocina con una mal disimulada sonrisa de satisfacción por el progreso logrado. La mañana ha sido productiva: dos capítulos consecutivos con pocas tachaduras. Mis dedos se sienten encalambrados, pero felices. He alcanzado un buen ritmo y a este paso es probable que alcance el plot point final en poco tiempo. Me intereso ahora en dejar que la historia avance, que rebose la página, se amolde al resto casi con vida propia. El café no está muy caliente y eso me saca otra sonrisa, provoca una extraña necesidad por regresar a mi puesto y revisar lo que ya escribí; pero sé que no debo abusar de las musas, que debo tomar pausas necesarias para evaluar el trabajo.

Mientras me acomodo en la silla y le busco puesto a la taza tibia, mis ojos tropiezan con la caja de las pinturas y un par de lienzos; todo el material pictórico reposa en un rincón de la habitación, como esperando a que otras musas diferentes despierten de su letargo y me impulsen a motear mis dedos con tonalidades oleosas y brillantes. Los recuerdos de una época manchada llegan en suaves contrastes superpuestos: las sesiones con el artista que moderaba mis lecciones, las tardes suspendidas entre el lienzo a medio llenar y los objetos disímiles que ofrecían sus contornos para guiar mis pinceles; se trata de evocaciones tranquilas que llegan a través de música clásica y el estudio de las técnicas adecuadas para representar otra realidad alterna.

Mi vista va desde el estuche multicolor hasta las páginas llenas con una letra pausada y familiar; pienso que me he limitado a intercambiar las habilidades de un arte por el otro, que el bolígrafo sustituyó las acuarelas sin traumas ni sacrificios. Pero a medio camino descubro que la divergencia es sólo aparente, difuminada. La tarea del escritor no difiere tanto de la del pintor: ambos deben esforzarse por plasmar con fidelidad una imagen que se mueve inquieta entre los pliegues de la memoria; los dos necesitan echar mano a dosis excesivas de disciplina para cuidar el trazo de los personajes, el tono utilizado en las características, la composición adecuada para alcanzar un equilibrio cromático entre las líneas y las formas. En fin, ensuciarse mucho, borrar y volver a empezar, una y otra vez.

El resultado final nunca será satisfactorio; siempre se querrá cambiar un color, agregar otra escena, diluir una tonalidad, desaparecer un personaje, cambiar el punto de vista, rodar algún signo de puntuación, alcanzar un acabado diferente al que se tenía en un principio. Pero allí radica la belleza de la creación, en esa metamorfosis constante y pasajera que amenaza y auspicia el trabajo. Se trata de una labor sin comienzo ni punto decisivo que cierre el párrafo. Existen las variaciones, la sustitución de un fondo, la superposición de nuevos colores.

En la medida en que regreso a las páginas escritas pienso que es preciso agregar los nuevos capítulos con pinceladas sueltas, cuidando también la linealidad en la historia, pero entiendo que se asemeja a un trabajo en progreso. Intuyo que otros capítulos serán anexados con cuidado, incorporados a la labor creativa con atención a los detalles y las líneas hechas. Y de vez en cuando uno debe alejarse, dejar que la pintura fresca se seque sobre el lienzo, para regresar luego y comprobar si la mixtura resulta satisfactoria, si existe coherencia entre las partes; así, paso a paso, se podrá llegar a una posible conclusión que llene las expectativas. A lo largo del trayecto serán precisos unos retoques aquí y otros más allá, hasta que la visión entera casi se desborde del marco que hemos escogido, que adquiera esa vida propia que anhelamos transmitir y que en contadas ocasiones se logra.

Mis palabras de colores manchan el papel con imágenes maravillosas; esto es muy subjetivo, por supuesto. Por ahora apenas me contento en descifrar matices nuevos, experimentar con otras gradaciones, distintas tonalidades narrativas. Total, siempre se puede echar mano a la trementina y empezar otra vez. Nada es definitivo, ni siquiera sobre una tela tan rugosa.

3 de agosto de 2009

Los personajes particulares II

A media mañana me tomo una pausa para salir y fumar un cigarrillo. Se trata de un paréntesis reflexivo, contemplativo. La calle está vacía, tal vez por los oscuros nubarrones que cruzan con lentitud sobre este sector; aunque el calor es sofocante, se pega a la piel como una sombra invasora. A lo lejos, en la esquina donde comienza la calle, una pareja cruza e inicia su largo recorrido hacia donde estoy.

Ella es una mujer alta, madura, bien formada; se asemeja a una amazona que ha superado grandes batallas. El hombre que la acompaña no es muy alto; más bien es grueso, compacto. Forman una pareja contrastante y llamativa. Me recuerdan a los personajes que Carson McCullers utilizó en La balada del café triste. La mujer va vestida con tonalidades fuertes, intensas; el maquillaje en su rostro es excesivo, apenas tan temprano. Él lleva colores pardos, oscuros. Parece que se complementan en un nivel íntimo, secreto. Noto que los labios se mueven, que conversan entre ellos; algunos fragmentos me alcanzan con claridad, pues el timbre que tiene la mujer es bajo, grueso.

Mi jefe me ha hablado antes de ellos, aunque no mucho. A ella la conocen como María La Ronca y era una conocida prostituta. Él era un antiguo cliente que quiso sacarla de esa vida miserable y decadente. Ella se avino a sus deseos sin protestar. Por un momento, conforme caminan frente a mí, me pregunto si esta antigua meretriz sentirá algo de amor por su diminuto caballero andante, quisiera saber lo que cruza por la mente de ella mientras hacen el amor, si acaso él se arrepiente de la decisión tomada; el diálogo íntimo que se ejecuta entre ellos cuando están solos.

Porque la verdad es que nunca los he visto interactuando con otras personas; se parecen a esos personajes reiterativos que aparecen a lo largo de una novela extensa: nunca expresan opiniones, no participan directamente en la trama; pero están allí, inmersos en la historia, forman parte del paisaje de fondo. Son figuras representativas, nunca protagonistas. Pero hoy la mujer escoge fruncir sus labios y regalarme una sonrisa: se trata de un gesto cordial, neutro. Ella ignora mis pensamientos, tanto como yo desconozco los detalles precisos de su historia. Por un ínfimo segundo hubiese querido levantar la mano y detenerlos, preguntar cualquier cosa, suscitar una conversación. Me siento hechizado por sus personajes. Temo que pueda malinterpretar mi curiosidad, así que devuelvo su sonrisa y sigo fumando en silencio.

Casi al final de la tarde, ese mismo día, llega una anciana a la oficina para vender dulces. Suele aparecer una semana sí y otra no; esta vez se sienta y nos envuelve con sus diatribas domésticas mientras mis compañeras de trabajo escogen entre los múltiples confites. Me excuso para encargarme de la cafetera y lavar las tazas; la voz de la anciana me persigue hasta el rincón donde me entretengo preparando las minucias de la merienda.

Entonces, de pronto, el sonido de su voz penetra hasta lo más profundo. Intuyo que esa cadencia sonora habrá de reproducirse en uno de mis personajes, las mismas articulaciones, el mismo maltrato del lenguaje. Me olvido de todo y me transformo en una grabadora humana, queriendo captar hasta el último fragmento, cada una de las frases que la vieja emplea, la modulación que la caracteriza. A solas, sonrío. He descubierto que mis personajes particulares aparecen cuando menos los espero, para regalarme un retazo de sus historias sin contar, un trozo de sus vidas anónimas, un vistazo de verosimilitud siempre bien agradecida que incorporo en mis narraciones, a mi diario.

28 de junio de 2009

Un placer egoísta.

Desde la noche anterior me entusiasma un pequeño cosquilleo por todo el cuerpo; se trata de una infantil anticipación, mi mente imaginando posibles escenarios, felices descubrimientos que no espero, y me quedo dormido queriendo soñar con los nuevos autores que finalmente encontraré. Ellos estarán allí, esperando por mi llegada, aguardando el roce de mis dedos sobre sus cubiertas, haciendo un guiño literario para atraer mi atención.

El viaje hasta Caracas lo hago preñado de posibilidades; los comienzos son siempre así. Hago el trayecto en calma, fijándome en el paisaje que me rodea, intentando gozar de este ambivalente día de junio donde ya no es verano, pero tampoco es invierno todavía. Es sábado, casi no hay tráfico que entorpezca mi inocultable apresuramiento por llegar a las librerías, lo disfruto aún más.

El reloj digital de mi teléfono celular marca una hora intermedia (poco antes del mediodía) antes de quedar a oscuras. Lo apago queriendo evitar cualquier llamada inesperada; no quiero que nada ni nadie intervenga en el diálogo silencioso que me propongo realizar. Es un placer egoísta, sí, lo confieso. Antes he intentado explicar mis secretas aficiones, pintar con colores realistas las pulsiones de mi ansiedad; pero muy pocos entienden a plenitud. Entonces escojo disfrutar de mi pasión a solas, sin preguntas innecesarias, sin comentarios no requeridos, ajeno a todo aquello que pueda distraerme dentro de mi activa búsqueda literaria.

Algunos prefieren un paseo silente, una caminata alejada de todo bullicio, en escenarios naturales; otros optan por los deportes extremos, las risas, el juego que recrea la vitalidad exprimida; hay quien se decanta por excursiones gastronómicas, la sensación de los sabores; y existen también las personas que huyen de la soledad en todas sus formas, no entienden el pausado goce de estar con uno mismo, la comunión íntima que ofrece el pensamiento. Todo es válido, no obstante.

Pero no estoy solo en esta afición; otras amistades me han confesado que disfrutan mucho estando absortos en cualquier librería. Por supuesto, es un poco difícil que aquellos ajenos a las tareas literarias puedan asimilar a plenitud este aislamiento, ese deambular impreciso entre libros viejos y nuevos, la ausencia de distracciones que no sean las distintas tramas, propuestas y ensayos narrativos que ocupan momentáneamente la atención.

Cada quien en lo suyo, pues. Porque también me canso de dar explicaciones, intentar que el otro o la otra entiendan las razones de mi escogencia. A muchos les encanta irse de parranda a la playa un sábado por la mañana; a mí no, con sinceridad. Y no se trata de que no me guste, no; es porque tengo placeres prioritarios, elementales, sencillos. A mí que me dejen en una librería toda una tarde y me considero feliz. Quizás el fin de semana que viene me escape a la playa; pero si me ponen a escoger, no hay paisaje que valga.

Reconozco en ello un gozo neurótico, íntimo, casi incomprensible. No puedo evitarlo. Ya ni siquiera me interesa explicarlo. Es un placer particular, individual, ambicioso. No me gusta que la gente me hable, hago todo lo posible por pasar desapercibido, a menos que requiera preguntar algo específico: el precio, otro material del mismo autor, posibles fechas de entrega, etc. La primera librería donde me encierro me ofrece muchos títulos actuales, ofertas editoriales de temporada, portadas multicolores; pero me dejo tentar por anaqueles posteriores, esos que se esconden casi al final. Allí descubro algunos autores interesantes, de cuyos trabajos he leído algunas reseñas sugerentes. El mundo exterior cesa de existir, se aleja, se desvanece durante el tiempo que dura mi paseo entre páginas ajenas y recién descubiertas. Después, al final de la tarde, todo lo que mi cuerpo pide es una generosa taza de café.

He estado en las librerías Alejandría y El Buscón. El viaje de regreso lo hago exultante, alegre, estirando la mano con cierto regocijo para acariciar los libros que he comprado. Permanecen junto a mí en silencio; quiero imaginar que su euforia es similar a la mía, contagiosa, casi inexpresable y muy egoísta.

20 de junio de 2009

Los personajes particulares.

Un amigo me pide acompañarlo para hacer algunas diligencias. Es a media mañana, con un movimiento pausado de la gente a nuestro alrededor. En determinado sitio, él desciende del vehículo y me entretengo observando a los transeúntes. Por la acera se acerca una anciana con paso lento; desde donde estoy puedo detallar sus labios moviéndose, pero camina sola. Está sola.

Cuando pasa junto a mí logro escuchar vagamente el sonido difuso de sus murmuraciones, se trata de una queja inaudible, elusiva, pero persistente. Todo el asunto dura pocos segundos, aunque la impresión es muy fuerte; se asemeja al inesperado fogonazo de un flash fotográfico. En ese momento descubro que habré de incluirla en la novela; no sé dónde, no sé cómo, pero intuyo que su figura susurrante se cruzará con uno de mis personajes. Esto no lo sabe ella; apenas logro discernirlo yo.

Ella hace una pausa no muy lejos de donde permanezco sentado. La anciana ni siquiera me ve, ignora que escudriño sus movimientos, sus cavilaciones en voz alta. Es un personaje particular que ilumina el resto de mi mañana. Poco después, ya en mi oficina, me entretengo pensando en todas esas personas que cruzan frente a nosotros, que por una u otra razón captan nuestra mirada, nuestra atención. Los reconozco porque son seres que se escapan de lo normal, caminan con un paso distinto al del rebaño.

Entonces me descubro analizando los personajes que pueblan mi novela; están definidos por características que evidencian su línea de conducta. Por supuesto, me ayuda mucho que algunos de ellos estén basados en personas reales, gente que conocí hace mucho tiempo; pero también he aprendido sobre la marcha que no siempre debo ajustarme a la realidad, que puedo jugar todo lo que quiera con la ficción. Así, he podido agregar situaciones que nunca sucedieron, personas que jamás se conocieron entre sí, alterar la línea tiempo-espacio, incluso mezclar varios personajes en uno solo. Como creador, me asombré ante las infinitas posibilidades que tenía frente a mis dedos. Un mundo aparte, verosímil sí, pero muy particular.

En lo sucesivo me he encontrado en situaciones similares. La última vez fue en el gimnasio. Mientras esperaba mi turno para entrar a la clase de spinning, una chica llegó y tomó asiento frente a mi mesa. Se veía joven, muy maquillada, demasiado bien vestida para esa hora del día; debajo de todo esto, un inocultable sesgo de miseria delataba su pobre extracción social. Mi imaginación comenzó a elucubrar los detalles de su vida, la vida que yo quería que ella tuviese. Pronto saqué el pequeño cuaderno que siempre llevo conmigo y comencé a tomar anotaciones tan rápido como pude, sin preocuparme por la lógica de lo que escribía:

Veo en ella a una muchacha pobre, de poca cultura. El cabello es rubio, largo, quizás un tanto desordenado en las puntas. Se nota que lo ha peinado, pero no parece importarle más de allí. Es delgada, muy delgada. Su rostro está maquillado en exceso, agregándole edad a sus facciones. Lleva zapatos de tacón alto, plateados. Cubre su torso con un strapless de intenso color rosa. Intuyo que utiliza colores para impresionar; todo en esta chica está configurado para impresionar. Los colores, el maquillaje, la postura desenfadada que disfraza su temor adolescente. La breve llamada telefónica que hace me permite discernir que espera a alguien; es probable que se trate de algún hombre del gimnasio”.

Entonces inventé el breve fragmento de su historia: “Quizás está enamorada, o cree estarlo, de un chico que la ha seducido con palabras poco corrientes dentro de la marginalidad en la que vive. Ese chico puede transformarse en una oportunidad entre miles. Ella necesita gustarle, atraerlo como una araña a una mosca. Presumo que la muchacha desconoce las reglas del juego en el que se está atreviendo. Toda su historia, desde que era una niña, la ha traído a este momento; toda su historia la empuja a avanzar, a trascender la clase en que ha nacido. Ya ni siquiera se queja por sus circunstancias; hace mucho aprendió que eso no resuelve nada. Lo único que le interesa es sobreponerse a las demás, dar batalla, no permitir nunca que el agua suba más allá del cuello.

Es una chica pobre. No ha estudiado lo suficiente, no tiene trabajo, no tiene dinero. Carece de ventajas naturales. Con lo único tangible que cuenta es con su cuerpo; ése lo puede palpar, limpiar, utilizar. El único bien que puede canjear y del cual obtener un beneficio es su propio cuerpo. También eso lo ha aprendido desde pequeña. Así, sin escrúpulos, sin vergüenza, sin remordimientos, avanza, lo exhibe; lo vende al mejor postor. Tal vez una de estas noches tenga suerte y encuentre uno de esos galanes que las telenovelas venden con cada capítulo. La ficción parece haberse inspirado en la realidad, o viceversa.

Hay algo en el aroma. No lleva perfume. Huele a jabón
”.

Como esta muchacha, me he topado con otros personajes reales a quienes luego creo una historia paralela, ficticia, mía. La inspiración está allí, a mi alrededor, sólo es cuestión de estar atento, consciente; ahora, cuando ando en la calle, trato de agudizar mi vista lo mejor que puedo. Cabe la posibilidad de que mi próximo personaje particular esté esperando por mí.

7 de junio de 2009

La boda.

Llegué a la iglesia bien entrada la mañana, con un sol que amenazaba con quemar las sombras. Había poca gente allí reunida. Nada más entrar casi tropecé con una vieja amiga, un rostro pretérito que me alcanzaba con una sonrisa fresca y un abrazo sincero. Nos sentamos juntos, cerca del altar. Justo entonces, poco a poco, los demás invitados comenzaron a llegar; también el novio, por supuesto. Él se acerco después de haber saludado a otras personas y estrechó mi mano con seguridad, quizás feliz de estar en esta iglesia extranjera, en este pueblo extraño, rodeado de personas nada familiares; pero su sonrisa evidenciaba el regocijo, el tenue nerviosismo, la ambivalencia de la espera.

Ella llegó con unos minutos de retraso. Era la novia: podía permitirse ese gesto femenino. El cortejo nupcial comenzó su recorrido y descubrí que su hermana lucía radiante, hermosa; tal vez un anticipo de la mujer que estaba a punto de seguir sus pasos. No quedé decepcionado. Yira comenzó su entrada del brazo de su padre. Mi querida amiga se notaba luminosa, expectante, posiblemente trémula debajo del traje de gasa color vainilla, sin velo; aunque confieso que se trataba de una imagen espectacular, única. Y de pronto, mientras ella daba sus primeros pasos hacia el altar, no la vi como era sino como la adolescente que yo había conocido veinte años atrás.

Recordé los escarceos iniciales, las conversaciones prolongadas, los debates ideológicos, el cariño sincero que comenzó a echar raíces dentro de nuestros corazones; Yira había sido una de esas amigas con las que se podía hablar de cualquier cosa, de un tema al otro, de todo. Desde el principio nos unió esa singular empatía que raras veces se consigue en abundancia. Con ella aprendí las sutilezas del lenguaje visual: muy pronto descubrí que no hace falta decir mucho si la mirada desentraña los silencios.

Entonces aquella delgada e inquieta muchachita que vi por primera vez, curiosa y llena de pasiones, se metamorfoseaba en esta mujer que con paso lento iba al encuentro de su marido. Pero a mitad de camino hubo una alteración, un pensamiento irreprimible, una ausencia latente en lo profundo de su corazón. El amago de lágrimas se precipitó por encima del maquillaje, se hizo una pausa y casi sentí la presión de sus dedos en el brazo paterno, buscando un apoyo inmediato para aquella sensación inesperada. Los segundos se sucedieron en lenta agonía hasta que la novia pareció hacer una íntima inspiración y dio el siguiente paso, luego el otro, hasta que la marcha continuó.

Yira alcanzó a Manolo antes de que la preocupación tomara asiento junto a los invitados; y la boda prosiguió su curso esperado, con la liturgia, la lectura de los evangelios, la comunión y las promesas compartidas por los novios. Todo eso sucedió antes de que finalmente explotaran las sonrisas, los abrazos y los estallidos consecutivos de las múltiples cámaras. Mi amiga celebraba un rito pospuesto, se animaba a cerrar otro círculo, abría un nuevo capítulo dentro de su historia. Y yo me sentía muy feliz por ella.

El banquete de bodas fue programado en un pequeño restaurante. La celebración fue íntima, tibia, amena como sólo un matrimonio en un pueblo de provincias puede ser. La música nos paseó a lo largo de esa inolvidable tarde, con bailes y risas para marcar la ocasión; desde un conjunto de cuerdas para interpretar piezas clásicas hasta un set de merengue ochentoso que obligó a la novia a transformar su vestido, sobre la pista, para poder ejecutar los vaivenes de una época más rebelde y pachangosa. Y mientras bailábamos, ella se atrevió a sugerir:

―Me muero por saber cómo escribirás sobre esto en tu diario.

Pero lo más importante fue la alegría, el regocijo, el gozo suspendido que pudimos compartir unos con otros, y con la pareja nupcial. Fue una tarde memorable, maravillosa; y me sentí profundamente agradecido con ella por permitirme disfrutar de esta celebración especial, única, irrepetible.

Me tocó despedirme de los novios hacia el final de la tarde. Ella protestó, como era de esperarse; su esposo, probablemente ya acostumbrado a nuestro peculiar lenguaje, se limitó a sonreír antes de opinar que debía atenerme a la negativa de su mujer; pero había alcanzado mi propio límite. Necesitaba regresar a mi espacio, a mis páginas, a mi diario. Ella sostuvo mi mirada un par de segundos, sopesando una idea, antes de decidir acompañarme hasta el estacionamiento.

―Cierra los ojos ­―me dijo ya junto al carro. No pude evitar, una vez más, rememorar nuestros juegos adolescentes. Ambos reímos al mismo tiempo. Ella continuó―: ¿No confías en mí?

Me animé a colaborar, aunque sólo cerré un ojo. Nuevas risas me empujaron a permanecer expectante en una inquieta oscuridad. Escuché el crujir de la gasa de su vestido, sentí su mano en mi hombro, pero no quise arruinar su sorpresa. Al cabo de varios segundos, Yira me invitó a abrir los ojos. Frente a mí sostenía el pequeño liguero de encaje y cinta azul.

―Quiero que lo tengas tú. ¿Quién mejor para recibirlo?

Una tímida protesta se inició en mi garganta, pero su abrazo acalló cualquier duda remanente. La apreté entre mis brazos, disfrutando de ese aroma íntimo, la esencia de su ser, ese que va marcado por encima y debajo de su piel, armando en mi mente un mosaico de recuerdos y promesas inconclusas. Supe entonces que nuestra historia marcaba un nuevo comienzo, lejos de la pubertad, internándonos en la madurez exquisita de la vida adulta. Nos miramos fijamente antes de compartir una frase que se ha transformado en nuestro mantra particular:

―Seguimos juntos.

1 de mayo de 2009

Paris, je t'aime. (I)

Llegamos al aeropuerto de Madrid con casi una hora de retraso. Traté de moverme lo más aprisa que pude entre los diferentes viajeros, intentando alcanzar la puerta donde haría mi conexión; pero fue un esfuerzo infructuoso. Ya había perdido demasiado tiempo y debía ingeniármelas para conseguir cupo en el siguiente vuelo hacia París. Por suerte, no me costó mucho localizar el mostrador de la línea aérea. Logré que me atendiera un chico amable y atento, pero me indicó una y otra vez que el vuelo que seguía estaba completamente lleno. Me pidió algunos minutos para ver qué podía hacer. Prometí regresar. Mi aventura europea no comenzaba con buen pie.

Calmé un poco mi frustración al poder tropezar con uno de los mínimos espacios donde se podía fumar dentro del aeropuerto. Quedaba en un pasillo ligeramente alejado de la multitud que iba de un lado al otro. Saqué el paquete, encendí un cigarrillo e intenté desconectarme por algunos minutos. Reconocí junto a mí a una chica que venía en el mismo avión desde Caracas. Intercambiamos una sonrisa de reconocimiento y ella se presentó. Su nombre era Paola, en camino hacia Milán. Luis Guillermo, le dije, con rumbo a París. Y de nuevo sonreímos.

Después de haber fumado, deambulamos con calma a través de la enorme terminal aérea. Barajas me impresionó por sus dimensiones, pulcritud y complejidad. Paola me acompañó de nuevo hasta el mostrador de antes y me observó expandir los labios cuando el muchacho confirmó mi puesto en el próximo vuelo. Una vez más me explicó la dirección hacia la puerta de embarque y la hora precisa en que debía estar allí. Luego nos informó a Paola y a mí que la aerolínea pedía disculpas por esta alteración de itinerario y se ofrecía a pagar el desayuno para todo el pasaje en una cafetería cercana. Yo no partiría antes de tres horas y ella debía esperar hasta el mediodía, así que aceptamos con gusto.

No recuerdo el nombre del establecimiento, pero sí que estaba bastante repleto de rostros familiares de la travesía desde Caracas. Sin pensarlo mucho gravitamos hacia un grupo cercano y nos sentamos luego de sonreír y comprobar esa ligera familiaridad que ofrece estar embarcados en una misma situación impredecible. Después de ordenar el café y un desayuno frugal, pude comprobar que los allí reunidos formábamos un grupo heterogéneo y multicultural. Se suponía que íbamos juntos hasta Madrid, pero luego cada quien tomaba un destino particular, con sus historias personales, sus expectativas, sus propios proyectos. No pude evitar pensar que todo aquello me recordaba mucho una de esas tramas literarias donde reúnen a un grupo de viajeros durante un corto período de tiempo y así mezclar las diferentes tonalidades y dramas particulares.

Soy disperso, lo confieso; y por algunos minutos me hubiese gustado permanecer allí, escuchar los relatos ajenos, las aventuras inesperadas que aquel retraso representaba para cada uno: la esposa con dos hijos que regresaba a Florencia; el comerciante que esperaba molesto poder llegar hasta Atenas; la anciana que visitaría a sus nietos en Tel Aviv; la actriz que esperaba confirmar una propuesta en Londres, y así sucesivamente. En mi mente decidí bautizar al grupo como la Mesa Internacional, y me causó una anticipada nostalgia tener que levantarme y repartir despedidas. Es curioso cómo nos conectamos de inmediato cuando nos enfrentamos a una situación que escapa a nuestro control. De cualquier forma, mi vuelo hacia París era el primero, así que me tocó inaugurar la separación. Un coro de buenos deseos recorrió la Mesa Internacional antes de separarnos.
Llegué a Orly en un parpadeo y casi no tuve tiempo de asimilar el cambio de horario ni el cansancio acumulado. París me recibía con un día nublado y ventoso, aunque eso poco importó al constatar que finalmente estaba en la ciudad que más me atraía del mundo; la ciudad de los cafés nocturnos y las maravillas arquitectónicas, de los artistas y escritores de una generación brillante; la ciudad de Anaïs Nin y Henry Miller, de Jean Cocteau, Hemingway y Gertrude Stein, de Picasso, Giacometti y Modigliani, de Brancusi, Matisse y André Breton. ¡Al fin! Mi regocijo explotaba más allá de mi contención. Me entregué a ese íntimo placer mientras el taxi me conducía a través de las diferentes avenidas y edificios antiguos. Fue un momento placentero, muy placentero.

28 de abril de 2009

Travesía literaria.

La Semana de la Nueva Narrativa Urbana terminó dejándome con la sensación agridulce de observar a través de un caleidoscopio; allí se mezclan rostros, emociones, risas, celebraciones, lecturas y múltiples significados. La posibilidad de interactuar con otros autores me llenó de regocijo, orgullo y apremio por escribir más y mejor. Es necesario. No hay vuelta atrás.

Me tocó llegar al domingo con la vaga sensación de estar regresando de un prolongado y memorable viaje; con fotos incluidas, por supuesto. En esa travesía literaria pude conocer a personajes excepcionales, mentes brillantes y atormentadas por esa inexcusable necesidad de llenar página tras página. Son mis pares, mis compañeros de batalla, ese reflejo borroso en que me transformo cada día sin darme cuenta de ello.

El evento ofreció la oportunidad, a través de sus cinco sesiones, de poder conocernos, aprender unos de otros, evaluar posibilidades, sorprendernos ante los textos, fantasear con prosas ajenas, cerrar lazos que prometen futuros encuentros. También hubo tragos, risas, discusiones, debates, aclaratorias, nuevas risas, nuevos tragos, promesas, recuerdos y esa tibia sensación de pertenencia que nos agrupaba y contenía a un mismo tiempo.

Ha sido una experiencia memorable dentro de su dinámica particular. Superó mis expectativas. El contacto directo con el público y sus diferentes apreciaciones fue algo que me enriqueció bastante, me enseñó mucho; supongo que mis compañeros de lectura deben haber experimentado una sensación similar. Y lo más sabroso fue que pudimos reír a través de las jornadas, gozando de cada momento efímero y compartiendo al máximo.

Regreso con las manos llenas; repletas de sonrisas, historias, conversaciones. ¿Qué más puedo pedir?