28 de marzo de 2010

Ensayo de anarquía

La primera impresión que tengo, justo después de leer lo que escribo, es que se trata de una imaginativa ficción, un bosquejo para otra de las historias que suelo redactar tarde en la noche, un fragmento olvidado de una imagen mucho más amplia; pero no es así. Lo curioso es la veracidad implícita, sin adornos, ajena a los usuales giros narrativos que acostumbro emplear. Esta vez logro entender aquella vieja máxima de que la verdad supera la ficción. Por ahora. Y entonces me pregunto cómo llegamos a esto, cuál fue el inicio subrepticio que nos trajo a este ensayo de anarquía, porque es eso, no otra cosa: un ensayo de anarquía.

Creo que fue a finales de noviembre cuando tuvimos agua en las tuberías por última vez. Ya antes el servicio era irregular, pero nos acostumbramos de alguna forma a la precariedad porque vivimos en un país donde la incertidumbre es la única regla fija. También influyó el hecho de no vivir en la capital, donde rara vez se observan este tipo de carencias; nos ha tocado coexistir en la provincia, donde antes se agradecía estar lejos del usual congestionamiento vehicular, la falta de educación de los transeúntes, el estrés citadino; pero eso representó que se nos sacrificara primero, privilegiando a los habitantes de la Gran Caracas. Ignoro a qué Estado le tocaría al inicio, cuáles pueblos del interior, lo cierto es que a principios de diciembre ya el servicio de agua era muy escaso; fue evidente que algo anormal estaba pasando, aunque prestamos poca atención debido a otros conflictos políticos que ocupaban las primeras planas.

Mi familia supuso que podía tratarse de una eventualidad pasajera, por lo que nos importó muy poco tener que contratar varios camiones-cisternas para poder pasar una Navidad sin preocupaciones. Hicimos lo mismo para la reunión de Año Nuevo. Enero nos alcanzó con la misma delicadeza de un viento suave, con clima fresco todavía, incluso sin apagones. Todo eso vendría después, pero no lo sabíamos aún; quedaban remanentes del temperamento embriagado de diciembre. Pero conforme se acercaba febrero, la situación cambió. El ser humano es un ser de hábitos, de costumbres; así que nos la ingeniamos para sacar el mejor provecho de la situación y adaptarnos. Recordé algunos documentales del History Channel: el que no evoluciona y se adapta al cambio está condenado a perecer. Hicimos lo mismo: pusimos nuestra mejor cara y nos concentramos en buscar alternativas. Supe que había sectores, ciudades y personas en circunstancias peores que la nuestra; además, quejarse no serviría de nada.

Durante el almuerzo comentábamos algunas incidencias. Hubo rumores sobre ciertos conflictos en la planta de tratamiento de aguas residuales. Después nos enteramos sobre las huelgas, las manifestaciones que eran reprimidas sin contemplación, como si los agentes de seguridad fueran los únicos con el servicio de agua corriente y electricidad perpetua. Pero con todo y eso, nos esforzamos por no agregar negatividad al conflicto que se olía en el aire. Nos ocupamos en buscar cada uno la forma de conseguir a través de ciertos contactos la recurrencia de uno u otro camión para que nos abasteciera de agua. No sabíamos cómo estarían los demás, sólo llegamos a saber que la situación no era buena; en las tomas para llenar los tanques se formaron colas gigantescas, con mucha gente discutiendo, con algunos conatos de violencia, porque se emitió la orden de que las quejas serían canalizadas a través de los representantes de los consejos comunales. Recuerdo que le dije a Papá que debíamos prepararnos para horas más secas; él me miró con algo de incredulidad: lo sé, sonaba a frase hecha, eventos ficticios que sonaban traídos por los pelos. La realidad es así. Y todavía la gente se asombra.

Cierta alegría corrió por el pueblo cuando se materializó el rumor sobre una tubería que había sido descubierta y se podría traer agua desde un embalse vecino. Supongo que todo el mundo esperó con la misma emoción. Algunas familias, los días iniciales de marzo, agradecieron al cielo por ser beneficiadas primero; pero el líquido que llenó sus tanques era oscuro, con sedimentos y un olor desagradable. Un amigo tomó una muestra para mandarla a analizar. Los resultados arrojaron que su tanque estaba lleno con ciertas bacterias, incluso con residuos de heces fecales. Y la alarma se regó como el agua de un chorro abierto. Las protestas se agudizaron y nosotros volvimos a comer en silencio, intentando ahorrar lo más posible sin malgastar en trivialidades. Mamá dejó de preocuparse por las flores del jardín y la grama adquirió un tono pardo, quebradizo. La mayoría de las plantas simplemente perecieron, se secaron, dejando el frente de la casa manchado con tonos terrosos y polvorientos. Las prioridades se alzaron como si estuviéramos en medio de un desastre repentino. No tuvimos otra opción.

Papá se las ingenió por aquí, Mamá habló con el esposo de una conocida, contraté al suegro de mi jefe; hicimos cada uno ciertas maniobras para que un camión nos trajera agua aunque fuera una vez a la semana. Estuvimos relativamente tranquilos hasta hace una semana atrás. Esa mañana esperábamos la cisterna con cierta inquietud, porque los disturbios se habían tornado muy violentos y ya no existía la seguridad de antaño. Nuestros temores se vieron confirmados cuando el camión intentó llegar hasta la casa: varios vecinos se colgaron del vehículo, pidiendo que se les llevara agua a ellos primero, porque tenían niños, porque la necesitaban, porque cada uno inventa y aduce las razones que sean a la hora de querer lo que no se tiene. La pequeña poblada rodeó el camión y el chofer se vio obligado a repartir el agua que traía en diferentes tanques. Ni siquiera protestamos. De alguna forma entendí que a eso habíamos llegado: los instintos primitivos estaban allí, agazapados bajo una tenue capa de civilidad, pero los tiempos que vivíamos los obligaban a salir, a despojarse de máscaras sociales y luchar cada uno por el bienestar propio y de su familia.

Otro camión pudo llegar hasta nosotros un par de días después, pero la esencia de lo ocurrido quedó suspendida en el ambiente como una nube oscura reacia a desaparecer. Supimos que estábamos cerca del final de la cuerda. Nos tocó ver el otro lado, un breve ensayo de anarquía, el fósforo que permanece muy cerca del polvorín. Todavía ningún ente gubernamental asegura la pronta solución del problema, sólo se aseguran de que el servicio no falte en la Gran Caracas, mientras nosotros nos ahogamos con el polvo seco en la garganta. No se trata de culpar a los habitantes de la capital, sino de entender que a nadie conviene contemplar estos despliegues irracionales en las barriadas populosas que sólo esperan una débil señal de conflicto. Entonces uno se pregunta adónde hemos llegado, qué nos espera cuando abril golpeé con toda el peso de su temperatura. Porque el problema de la electricidad está lejos de solucionarse, y sin energía eléctrica, las bombas no tienen fuerza para enviar agua por las tuberías. ¿Qué vendrá primero? ¿Hacia qué escenario nos conduce la desidia gubernamental? ¿Dónde se queja uno?

Y seguimos esperando por el siguiente camión-cisterna. No podemos hacer otra cosa. El almuerzo se enfría. No tengo hambre.

13 de marzo de 2010

La catedral estaba repleta de miradas curiosas, rostros sudorosos y mucha más gente de la que usualmente ocupaba los pulidos bancos de madera. La plaza, frente a la iglesia, mostraba una concentración similar, poco corriente bajo el sol del mediodía. El calor era intenso, vivo, como una entidad que se multiplicaba entre las escasas sombras aglutinadas frente a los altos portones del templo. Pude captar estos detalles en un nivel subconsciente, ajeno a mi voluntad, porque lo que de verdad importaba era no perdernos unos con otros, respetar la fila que habíamos organizado antes de entrar, porque se nos dijo que teníamos puestos asignados para la misa fúnebre.

La concentración apiñada de la gente exacerbaba el calor, la sensación de ahogo, y la escasa ventilación del santuario hizo que los aromas se intensificaran: el incienso, el sudor corporal, uno que otro perfume dulce, femenino, exagerado, tan temprano, o tan tarde, como prefiera verse. En medio del laberinto de carne humana pudimos percatarnos de que el protocolo no se había respetado y que todo era un desorden de caras y figuras incongruentes: damas aristocráticas en un mismo banco con señoras humildes y malolientes; tuvo que haber sido un golpe duro para las narices respingonas de la alta sociedad. Ligeramente por encima del espeso aroma se deslizaba un sostenido murmullo lineal, nada estridente, casi con respeto al recinto, al difunto, a la ceremonia misma.

Intentamos conseguir una ubicación idónea cerca del altar, pero la atención generada por la familia del fallecido concentraba allí la muchedumbre. A pesar de todo, pudimos quedar cerca, apretados, casi inmovilizados entre la marea que muy poco se desplazaba, a escasos pasos de nuestras amistades en duelo. A nadie extrañó que la ceremonia se retrasara; que los minutos pesados se alargaran conforme más y más gente se las ingeniaba para abrirse paso y echar una mirada al ataúd ubicado frente al altar. Estuvimos allí lo suficiente como para exasperarnos y cabecear en busca de un mejor espacio, un sitio donde el calor no se pegara de la ropa y colgara del cuello. Una de las muchachas señaló algunos puestos al otro lado del altar que permanecían extrañamente vacíos. Ella le pidió a su guardaespaldas que verificara primero y nos avisara si podíamos sentarnos allí. Al mismo tiempo que el hombre se movía con agilidad entre la masa compacta de pieles húmedas, nosotros hicimos el intento de seguirlo, pidiendo permiso, moviendo los codos, teniendo paciencia.

El desplazamiento se asemejó a una de esas tardes en la playa, cuando uno quiere acceder al mar y las olas consecutivas impiden el avance, retroceden los pasos y se termina forcejeando con la marea hasta encontrar un punto neutro, sin resaca. Del otro lado del templo había un pequeño resquicio junto a una efigie de la Virgen María, alta, descolorida, triste. Un par de bancos permanecían desiertos, como si hubiesen estado esperando por nosotros. Me pareció un dato bastante curioso, sobre todo debido a la multitud que llenaba la nave central. Ocupamos los puestos en silencio, justo al lado del altar, en una peculiar posición de primacía, de primera fila, antes de comenzar la misa; pero nada sucedió. El sacerdote iba y venía, indeciso, lanzando miradas por encima de los lentes a la apretada congregación. Entonces tuve la impresión de estar ante un espectáculo organizado de antemano, un show mediático, cualquier cosa menos una ceremonia eclesiástica para conmemorar al difunto.

Desde la entrada nos alcanzaban los reflejos de los flashes, cazando a los rostros prominentes que se atrevían más allá de las fauces ominosas de la catedral, adentrándose en la penumbra, entre los asistentes y curiosos. Uno que otro reportero se aventuró cerca del féretro, lanzó miradas al rostro firme de la viuda, los hijos, los familiares obligados a compartir una despedida pública y colectiva. Se trataba de un funeral poco corriente. Pensé en todo esto antes de que el excesivo calor de marzo distrajera mis pensamientos y me obligara a subir la mirada, prestar atención a la bóveda sobre nuestras cabezas, como si así pudiera escapar de la pegajosa temperatura. Me concentré en los arcos superiores, las tonalidades de los vitrales multicolores, la forma en que los rayos del sol se filtraban en estrechas líneas luminosas para dar sobre la pared posterior del altar.

Mis amigas, precavidas, ya habían sacado sus abanicos y los agitaban para ahuyentar el vapor circundante. El cura dijo algunas palabras, algo referente a una despedida general, abrir un espacio para aquellos que deseaban despedirse del difunto, tocar el féretro, expresar sus condolencias a la familia. De inmediato pensé en la viuda, en cómo detestaba estos despliegues melodramáticos y hubiese jurado que habría preferido algo más sencillo, íntimo, menos protocolario. Quizás una ceremonia familiar, con algunos amigos cercanos, en vez de este circo que pronto amenazaba con adelgazarnos a todos por igual. Fue entonces cuando reparé en los diferentes sacerdotes, el arzobispo, los trajes largos con hilos dorados, los adornos eclesiásticos, los monaguillos bajo la mirada atenta y severa del cura principal, los muchachos dispuestos en el coro, la parafernalia implícita en el funeral. ¿Era en verdad necesario todo aquello?

Evoqué mis lecturas, la antigüedad de la Iglesia católica, los ritos ancestrales que llevaban poco más de dos mil años. ¿Cómo había podido sobrevivir la Iglesia a tantos siglos de cambios, revoluciones, guerras, genocidios? Y ella impertérrita. Por encima del bien y del mal. Una historia que se convirtió en leyenda, que sufrió metamorfosis, adulteraciones, páginas depuradas, concilios; todo hasta alcanzar esa tarde de marzo, en plena sequía, a mitad de un caluroso funeral. El sacerdote atrajo mi vista, desplazándose con parsimonia a través del altar, queriendo darle inicio a la misa. Observé sus cargados ropajes, el peso de los accesorios; también pensé en Jesús, las enseñanzas que dejara a sus seguidores. Me pregunté si entre todo lo que proclamó estuvo el discurso recargado, la burocracia religiosa, el juego de capitales, su Iglesia como una empresa multinacional con sucursales alrededor del mundo. ¿Le habría gustado esta imagen? ¿Se habría sentido satisfecho con lo que sus acólitos predicaban? Recordé que se trataba de un hombre sencillo, simple y humilde, con pocas posesiones. De pronto lo contrasté con la visión del Papa, sus zapatos de rica gamuza, las joyas eclesiásticas. ¿Dónde se efectuó el cambio?

Una de mis compañeras tosió. Alguien dijo que necesitaba beber agua. El calor subía y bajaba, como si se tratara de una marea invisible que intentara ahogarnos en silencio. Me pregunté cuánto tiempo más nos llevaría toda la misa. Recordé que había ciertas culturas para quienes la muerte resultaba una fiesta, una celebración sobre la trascendencia de la materia. Podía entender el dolor, la tristeza del alma, la nostalgia, pero no la ceremonia ampulosa y burocrática. Eso no. Una vez más pensé en la viuda, en los hijos, obligados a saludar, colgarse una sonrisa de resignación, estrechar las manos de múltiples desconocidos, la mirada atenta del sacerdote, casi como un maestro de ceremonias diligente y perspicaz, lúcido ante cada detalle, cada gesto, cada parte del tinglado religioso. ¿Dónde quedaba Jesús y todo lo que predicó? ¿Por qué nadie mencionaba eso?

La religión era algo muy complejo, eso lo concedí. Quise concentrarme en la arquitectura, las sombras góticas que pendían del techo, las figuras de yeso sobre las esquinas, el tintineo de las velas, la opresión del incienso de nuevo. Un efecto curioso fue la ausencia de ventiladores o de un aire acondicionado central; parecía que el templo se hubiese quedado en el pasado, en el siglo anterior, a través de una serie de arañas de bronce que colgaban con infinitas cuentas de cristal ahumado. Me pareció escuchar la breve melodía de sus cantos fúnebres, solitarios, ajenos a lo que sucedía quince metros más abajo. La llegada del gobernador agitó las masas y los murmullos. El cardenal se preparó para ocupar su puesto. Uno de los monaguillos agitó la campana y los que estaban sentados se pusieron de pie. La figura del Crucificado captó todo con una mirada benévola, condescendiente, casi con lástima. La misa comenzaba y la temperatura no daba señales de bajar. La gente comenzó a persignarse. Yo quise estar en otra parte.

16 de febrero de 2010

Páginas suicidas.

¿Qué tan suicida hay que sentirse para escribir bien?

Esta era una pregunta recurrente entre algunas de mis amistades literarias, cuando mencionábamos el inspirador trabajo de Hemingway, de Alejandra Pizarnik o de Virginia Woolf; porque ciertos escritores que nos interesaban habían tomado la drástica decisión de dejar sus obras a medio camino, entre la posteridad y la ambivalente posibilidad de haber desarrollado, quizás, otras obras ejemplares. El debate incluía la razonable apostilla de que en las mentes perturbadas que mencionábamos, el desequilibrio y la depresión se filtraban como pasajes seguros hacia territorios desconocidos y maravillosos, como ingredientes necesarios para construir realidades ficticias memorables, compactas, sugestivas; un andamiaje narrativo muy bien elaborado desde la esquizofrenia, la neurosis aguda o la tristeza absoluta.

En estos escritores sobresalía la disciplina, a pesar del mencionado desequilibrio, porque existió un compromiso ineludible con la hoja en blanco para producir, engendrar y transformar la realidad que los aquejaba en ficciones verosímiles y sugestivas. Para ellos el proceso narrativo era una comunión inexcusable con algo más, con un estado mental que eludía a los demás, para asir y plasmar en sus páginas suicidas la traducción de lo que captaban sus sentidos enajenados, visionarios, sensibles. Este compromiso al que me refiero les permitía rasgar la delicada membrana de lo cotidiano para acceder a otras realidades alternas y allí empaparse de sonidos, aromas y circunstancias que luego se esforzarían por reflejar en sus escritos. Cada uno de ellos en su peculiar manera.

Victoria Ocampo desarrolló un interesante ensayo sobre la labor diarística de Virginia Woolf, donde logró capturar parte de esta inquietud. Ella se preguntaba: “¿Cuál habrá sido la realidad de Virginia Woolf?”. Más adelante, Ocampo cita fragmentos del diario de la escritora inglesa donde ésta consigna parte de sus visiones, porque alcanzó: “una conciencia de lo que yo llamo realidad: una cosa que veo ante mí: algo abstracto, pero que reside […] en el cielo; junto a la cual nada importa; en la que yo descansaré y seguiré existiendo. Realidad la llamo. Y se me ocurre a veces que ésta es la cosa más necesaria para mí. Lo que busco”. En otra parte del ensayo, la misma autora refiere la dificultad para poder traducir estas imágenes, estas sensaciones cabalmente, porque resultan intransferibles al papel, debido a la singularidad de su contenido: cada descubrimiento es íntimo, característico de cada autor, de cada artista. Y es eso lo que Virginia Woolf intentó esbozar en sus novelas, construir mundos ficticios para evidenciar parte de estas visiones que la alcanzaban de vez en cuando. La locura al servicio del arte.

Dentro del mismo ensayo, Victoria Ocampo cita el trabajo de Aldous Huxley: The doors of perception: “La mente es su propia morada, y las moradas habitadas por los dementes y los superdotados son tan diferentes de las moradas donde los hombres y las mujeres comunes viven que hay poco o ningún terreno común en la memoria que sirva de base al entendimiento o fellow feeling. Las palabras se pronuncian, pero no consiguen aclarar las cosas y acontecimientos a que se refieren. Los símbolos pertenecen a esferas de experiencia que mutuamente se excluyen”. Volví entonces a mis amigas para preguntar de nuevo: ¿Qué tan desequilibrado hay que estar para poder escribir bien? ¿Cómo podemos alcanzar estas íntimas visiones y traducirlas al papel? ¿Ayuda la neurosis a escribir mejor?; porque descubrí los muchos nombres que enlazan suicidio con literatura (buena o mala, depende del lector): Horacio Quiroga, Alfonsina Storni, Yukio Mishima, Sylvia Plath, Gerad de Nerval, Heinrich von Kleist, Virginia Woolf, Jack London, Cesare Pavese, Stefan Zweig, Guy de Maupassant, Paul Celan y muchos otros.

Decidí entonces que uno como escritor debe escoger la lucidez de aprovecharse de estos estados neuróticos, del melodrama, de la hipersensibilidad, y convertirlos en herramientas propicias para la creación, la traducción del más allá ineludible que nos cerca y susurra a través del claroscuro y la momentánea tristeza. Creo que ese es el pacto íntimo que ellos lograron con sus páginas. Ignoro si es lo más razonable, pero ciertamente es lo más inspirador.

7 de febrero de 2010

Proyecto literario.

Hay ideas que llegan cuando uno menos las espera, tal vez a mitad de una lectura, mientras se conversa con alguien, al mismo tiempo que se observa una fotografía, al principio o final de una canción; lo importante es tener la seguridad de aferrar sus contornos, verla a los ojos, atreverse a masticar sus bordes, porque existe la posibilidad de que allí esté escondido un buen tema, una trama incierta que se puede desarrollar en múltiples formas. Escribo esto bajo la premisa de que se trata de un mal común, que a casi todos nos pasa, pero reconozco que la mayoría de las veces lo he adjudicado a un filón poco explorado de mi neurosis regular, un rasgo enfermizo del que a veces me valgo para crear historias.

Luego suele suceder, en un breve momento de calma, una vez que he descubierto la idea, que me pregunte de dónde vienen esas imágenes, esas palabras que buscan rápido acomodo una detrás de la otra, hasta formar una oración coherente y sugestiva, una línea que nace preñada por otros renglones subordinados, como si un ente superior e intangible se inclinara para susurrarlas al oído. Suele acontecer justo antes de quedarme dormido, en ese impreciso espacio que va de la vigilia a la inconciencia, entonces me disciplino para estirar los dedos, buscar la hoja de papel, garabatear algunos fragmentos que me permitan recuperar parte de su significado una vez que haya vuelto de mi travesía onírica; pero también ha sido frecuente que la indolencia pueda más, y no pocas ideas se me han escapado al sucumbir a la flojera, a la pesadez de los párpados, al “mañana lo anoto, no lo voy a olvidar”.

Lo más triste es asumir al despertar que la inspiración estuvo ahí, literalmente al alcance de los dedos, pero el recuerdo no es completo, uno sólo recuerda que tuvo una idea, pero no el contenido de la idea; eso es muy frustrante. He leído que hay quien soluciona estas cosas a través del sueño, que el subconsciente le ofrece respuestas para solucionar un bloqueo creativo; a mí nunca me ha sucedido. Pero lo que me produce mucha curiosidad es la génesis literaria, la raíz narrativa que luego se extiende con vida propia, ensanchando sus partes, multiplicando los frutos y descargando con generosidad su savia nutritiva. Soy de la impresión que uno como escritor se alimenta de todo, hasta de los más mínimos detalles, porque incluso las minúsculas partículas tienen su esencia e historia particular; entonces me aprovecho de todo: aromas, sonidos, colores, frases, líneas en un libro, trazos en una pintura, la mirada de un desconocido, el compás de una tonada, porque la inspiración reside fragmentada, matizada, y sólo hay que prestar atención para juntar las piezas precisas y ensamblar el rompecabezas literario.

Pero me he desviado de la cuestión inicial: ¿qué es lo que exactamente propicia la historia? ¿De dónde proviene la necesidad de juntar letras para formar palabras y ordenar frases aleatorias que den vida a una historia específica? ¿Por qué la urgencia de volcar esas imágenes y sensaciones en una hoja en blanco? ¿Qué persigue el autor con cada alumbramiento diario, progresivo? Creo que la magia reside en el misterio, en el enigma, como uno de esos actos de prestidigitación que se observan en un mago; pero el encanto se desvanece si nos enteramos de la explicación, de la solución racional a un efecto visual que nos permite evadir la realidad por algunos minutos. Sólo que algunos somos muy curiosos, queremos ir tras bastidores y adentrarnos en el laberinto creativo de cada autor, sus motivos íntimos, el gatillo que acciona un proceso peculiar en cada uno. Porque la magia sigue allí, nada más quisiéramos ampliar sus contornos.

Así, me he propuesto organizar una compilación que intente responder a mis interrogantes, y de esa forma abarcar otras preguntas, otras inquietudes creativas; pero se trata de un proyecto ambicioso, titánico, porque implica ponerme de acuerdo con muchas mentes luminosas, sagaces, intuitivas. De cualquier forma, tengo la impresión de que el resultado final será interesante, sugerente, atractivo desde el punto de vista narrativo. Cada uno de esos escritores cuyo trabajo hemos admirado, cuyas tramas nos han inspirado, ¿en qué se fundamentan? ¿Cómo inician sus trabajos? ¿Qué los motiva a perseverar una y otra vez, para regalarnos historias verosímiles y fantásticas? ¿Cuál es la semilla común que engendra palacios, mendigos, romances, traiciones, esquizofrenias, asesinatos y obras de arte? Poco a poco lo voy descubriendo, y estimo que la solución final será tan heterogénea como es homogénea la necesidad de plasmar todo eso en un papel.

31 de enero de 2010

Plegarias matutinas.

Creo que fue el sonido del agua cayendo lo que la despertó. Se trataba de un ruido acuático, distante, pero persistente; se preguntó al principio si no sería parte de un sueño, un residuo auditivo de la experiencia onírica que pocas veces recordaba; pero no, distinguía claramente el gorgoteo del líquido que hacía eco dentro de las paredes de su habitación. Mi abuela se levantó con paso lento, creyendo que podía tratarse de una lluvia repentina, en mitad de la madrugada; la razón que la motivó a incorporarse ha quedado poco clara, porque lo lógico era que se volteara para seguir durmiendo, pero ella optó por sacar las piernas de la cama y buscar la fuente de aquel rumor hídrico. En el camino hacia la ventana echó una mirada a las agujas del reloj, que en la penumbra interpretó como un cuarto para las cinco.

Decidió quedarse levantada porque ya pronto amanecería y tenía diligencias que hacer; antes, aún curiosa, atisbó por las ventanas de la casa hasta que descubrió la procedencia del ruido que la había despertado. Supo que no era lluvia, sino el excedente de agua que se rebosaba en el tanque de su vecina; así supo que habían restablecido un servicio que se suponía debe ser regular, constante. De inmediato prendió las luces del corredor posterior y se decidió a salir, a pesar de que todavía estaba oscuro. Le importó más aprovechar la llegada del agua que enfrentarse a la posibilidad de ser asaltada antes del amanecer. Se dijo a sí misma que clarearía en apenas media hora y salió a ocuparse con la ropa sucia y los envases para almacenar el vital líquido.

Debido a la escasez y los irregulares planes gubernamentales, se hizo costumbre la necesidad de estar pendientes a cualquier signo en el grifo, cualquier gota que anticipara el borbotón que duraría pocas horas y debía ser aprovechado al máximo. Mi abuela es una mujer que detesta las quejas; ella prefiere fluir, ser dinámica, resolver, buscarle la vuelta al problema hasta encontrar una solución, así que se puso manos a la obra sin pensarlo mucho: llenó la lavadora al mismo tiempo que ponía unos trapos de la cocina a remojar en detergente, también sacó las ollas que tenía de la noche anterior y las fregó con entusiasmo, con la certeza de que podría sacar el sucio y el jabón con abundante rapidez. Aprovechó una pausa para regar los helechos del corredor, ya casi mustios debido al calor y a no ser regados con la constancia de antaño. “A donde hemos llegado”, se dijo en un murmullo, un poco incrédula, a la vez que alzaba el codo para dejar caer el agua entre las hojas secas y encogidas. Y fue el eco de esta frase lo que la acompañó mientras hacía otra ronda entre las matas y se decía que había sobrevivido a una dictadura para sentir el temor de que probablemente moriría en otra muy distinta.

En algún momento pensó si debía llamar a mi madre, pues ya pronto amanecería y no le importaba despertarla; se trataba de aprovechar la llegada del agua para que mi madre se fuera hasta su casa, lavara algo de ropa, llenara algunos envases y la acompañara un rato. Supongo que al mismo tiempo pensó que nos tocaba vivir tiempos irregulares: cuando no eran los cortes de luz, era la ausencia de agua, o sino las infalibles colas: para pagar (cada vez más), para cobrar (cada vez menos), para conseguir algunos productos (no siempre todos) y para cualquier cosa que ameritara un trámite en este país. Todo eso había pasado a formar parte de la realidad cotidiana que todos enfrentábamos; pero mi abuela no es amante de las quejas, ya lo he dicho. Ella prefiere levantarse antes del alba y aprovechar el poco tiempo que dure la restitución del servicio. Decidió al fin no llamar a mi madre.

Más adelante se valió de una tregua entre sus quehaceres para darse un baño. Se sentía un poco cansada por correr de un lado al otro y no perder un solo minuto. Dejó que la regadera la salpicara con una llovizna tibia, porque la inclemencia del sol calentaba tanto las tuberías que el agua no salía tan fría; cerró los ojos y pidió en voz baja para que no cortaran el agua tan rápido y pudiera restituir en el tanque todo lo que estaba utilizando. Después del baño, aún sin señales del alba, se robó un espacio de tiempo para hacer sus plegarias matutinas, incluyendo este inesperado regalo entre ellas. Sólo cuando terminó de rezar fue que sintió una gran curiosidad por el retraso del amanecer, cosa poco usual en el llano. Se puso los lentes y de nuevo buscó el reloj. Esta vez las diáfanas agujas le dijeron que eran apenas las 2:35 am. Se quitó los lentes con un movimiento pausado antes de hacer una profunda exhalación; entonces repitió lo que antes se había dicho: “Dios mío: a lo que hemos llegado”.

12 de enero de 2010

¿Dónde me bajo?

La primera pregunta: ¿estoy siendo alarmista?
Siempre me he considerado idealista, pero los tiempos recientes me obligan a experimentar con el realismo, y no estoy hablando del realismo mágico empleado por los autores latinoamericanos; me refiero al planeta en el que vivimos, la situación climática que nos afecta a todos por igual, porque aún no existe un transporte maravilloso en el cual podamos evacuar continentes y repoblar otro mundo menos caótico. Esa sí sería una fantasía literaria.

En el periódico de hoy leí una noticia que se quedó colgando en las comisuras de mi mente a lo largo de la tarde. Entendí que el temporal de frío que azota a los países del norte tiene una explicación científica: Omar Baddur, de la Organización Meteorológica Mundial, la definía como una situación de bloqueo, así, tan sencillo como eso. La nota expresa que en invierno la circulación del aire se produce habitualmente de este a oeste, pero el fenómeno actual ha cambiado esos parámetros y resulta que el aire se desplaza de norte a sur; además, “cuando esa ondulación es muy vasta, a escala planetaria y persiste varias semanas, se habla de bloqueo”, finalizó Baddur.

La intervención del meteorólogo fue más allá: “Actualmente hay tres ondulaciones, con aire muy frío que desciende del Polo Norte, en tres zonas distintas. Una en Estados Unidos y México, otra en un eje que cubre toda Europa del oeste (desde los países escandinavos hasta el oeste del Mediterráneo, pasando por Gran Bretaña, Francia, Alemania y España) y una tercera en Rusia oriental y China. Un bloqueo a tal escala no se produce muy seguido, se puede decir que cada 30 o 50 años”.

El asunto es que me quedé pensativo porque la imagen que convocaba la información del periódico me recordaba a otra cosa, algo adicional visto en otra parte. Sólo cuando llegué a casa pude ponerle el dedo encima. Revisé entre las películas que tengo y encontré la que buscaba: The day after tomorrow. Adelanté las escenas hasta que di con lo que necesitaba: allí estaba, en colores térmicos, como si fuese una reproducción exacta de la nota en el periódico. ¿Qué era aquello? ¿La vida imitando al arte? ¿O un cineasta que se adelantaba a las catástrofes climáticas? Confieso que la similitud me dejó pensativo por un buen rato, hasta que alcancé la pregunta inicial: ¿estaba siendo alarmista?

No lo sé. Quisiera creer que no. Pero ¿es todo esto natural? ¿Es algo que sucede cada cierto tiempo o se trata de nuestro planeta convulsionado que grita su desespero? Los detalles de la nota me mostraron una visión amplia: la temperatura en Miami alcanzó 1,6 grados centígrados, obligando al zoológico a cerrar, mientras algunas iguanas se desplomaban adormecidas debido a las bajas temperaturas; esperan nevadas en Sevilla después de 50 años; China ha sufrido congelamiento del mar en sus costas del norte, varando a muchos transportes marítimos; México permanece en estado de alerta, provocando la suspensión de actividades escolares. Sin mencionar el cierre de aeropuertos y carreteras en muchos países europeos. Creo que Baddur no se equivocaba: ciertamente se puede definir como un bloqueo.

La segunda pregunta: ¿estoy siendo realista?
A la luz de estas revelaciones se ilumina una interrogante: la reciente Conferencia de Copenhague sobre el Cambio Climático, ¿para qué sirvió? Los países más contaminantes, Estados Unidos y China, rehusaron comprometerse bajo ninguna condición. Si uno lee entre líneas, todo lo que se logró fue un consenso para evitar que las temperaturas se eleven más de 2 grados centígrados; pero las reglas para alcanzar ese punto concreto se desdibujan entre el papeleo burocrático, la discusión entre algunas naciones emergentes y la visión general de que lo único logrado fue consensuar una realidad científica que se venía gritando desde algunos años atrás.

Lo más llamativo fue la dicotomía del discurso. Se reconoció la necesidad de fijar metas a largo plazo, pero al final se dejó a criterio de cada país las fórmulas para reducir las emisiones contaminantes. Por otra parte, se firmó el acuerdo para establecer un fondo de ayuda monetaria para auxiliar a las naciones pobres a paliar la crisis del cambio climático, sólo que la discrecionalidad de este aporte, a quién se beneficiaría y de qué forma, quedó en suspenso. Me pregunto: ¿tuvo sentido? ¿Valió la pena que los dirigentes mundiales intervinieran con sus discursos preparados que nada solucionan? ¿De verdad hablaron en nombre de sus naciones? Quiero decir, ¿expresaron la verdadera voluntad de toda esa gente que sufre las calamidades o sólo toman en cuenta la contabilidad y los flujos de caja? Valga reconocer que dentro de los pocos acuerdos alcanzados, Venezuela y Bolivia se pronunciaron en contra. ¡Encima!

La tercera pregunta: ¿dónde me bajo?
Pensar en todas estas cosas me hizo recordar las caricaturas de Mafalda que leía estando pequeño, una en particular, donde la precoz niña pedía que pararan el mundo porque ella se quería bajar. ¿No provoca hacer lo mismo? Yo no digo que nos armemos con carteles de esos que rezan: “El fin se acerca. Arrepiéntanse”; pero a la vista de todo lo sucedido, los inviernos polares, la amplitud planetaria del bloqueo, toda la gente que ha muerto, ¿no sería justo pedir mayores acciones por parte de la gente interesada? Exactamente, ¿qué estamos esperando? Porque el informe actualizado del Comité IPCC de las Naciones Unidas reveló que los cálculos hechos se quedan cortos al ritmo que llevamos hacia el abismo. Incluso se atrevieron a reconocer que la propuesta de impedir un aumento de 2 grados centígrados se queda corta. La alarma se disparó debido al descubrimiento de la creciente aceleración del derretimiento de las capas de hielo sobre amplias masas terrestres, entiéndase Groenlandia y la Antártica, a un ritmo de 10 metros por año. Adivinen cuánto le queda a nuestro insigne Pico Bolívar…

Entonces, ¿dónde me bajo?

9 de enero de 2010

Analogías literarias.

Hay ciertas lecturas que dejan una huella particular. Parece que el autor quisiera dejarnos un mensaje cifrado, específico para cada quien; porque algunos fragmentos quedan colgando, reacios a desaparecer dentro de la misma historia. Es algo que me sucede con regularidad; entonces echo mano al resaltador y procuro hacer más visible la cita, destacarla dentro del párrafo que la contiene, para volver a ella después o para desarrollar temas como lo hago ahora. Es lo que me ha sucedido mientras leía La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, y tropecé con unas líneas bastante significativas:

La evaluación y el examen de los ciudadanos es una actividad permanente, la principal de las actividades sociales en los países comunistas. Si a un pintor se le ha de autorizar una exposición, si un ciudadano debe obtener un visado para poder ir durante las vacaciones al mar, si un futbolista debe formar parte de la selección nacional, primero hay que reunir todos los dictámenes e informes sobre él (de la portera, de los compañeros de trabajo, de la policía, de la organización del partido, de los sindicatos), luego éstos son analizados, sopesados y resumidos por funcionarios especiales designados para esos fines. Pero aquello de lo que hablan esos dictámenes no se refiere a la capacidad del ciudadano para pintar, jugar al fútbol o a si su salud necesita que pase las vacaciones junto al mar. Se refiere única y exclusivamente a lo que se dio en llamar ‘perfil político del ciudadano’ (o sea, a lo que el ciudadano dice, a lo que piensa, al modo en que se comporta, a si participa en reuniones y en manifestaciones del primero de mayo). Dado que todos (la vida cotidiana, la carrera profesional y hasta las vacaciones) dependen de la evaluación que se haga del ciudadano, todo el mundo (si quiere jugar al fútbol en el equipo nacional, exponer sus cuadros o pasar las vacaciones junto al mar) tiene que comportarse de modo que la evaluación sea positiva.

Lo curioso es que justo hoy, al leer la revista Zeta, encontré un artículo de la periodista Jurate Rosales que profundizaba en el mismo tema, pero extrapolándolo a nuestra realidad nacional. Tuve mis dudas en cuanto a realizar un somero resumen del artículo, pero he preferido copiarlo en su totalidad para que cada uno saque las conclusiones que prefiera, ya que si me limitara a presentar una versión comprimida de la información, correría el riesgo de hacer una selección subjetiva. Dice así:

“La Ley Orgánica de los Consejos Comunales salió publicada en la Gaceta Oficial del 28 de diciembre, día de los inocentes, pero no es ninguna travesura de ese día. Es posiblemente la ley con la que se cuenta para garantizar a Hugo Chávez una ganancia rotunda en las elecciones de septiembre de 2010. De allí el apremio en proclamarla y la escogencia de una de las más sigilosas fechas del año, cuando los venezolanos estaban más pendientes de las hallacas y la broma del día, que de política.

Elecciones al estilo Chávez
Chávez pudo haber resultado un pésimo gobernante, pero nadie le puede quitar su toque de Midas cuando se trata de reunir votos… verdaderos o falsos, que eso aparentemente poco importa. La oposición suele concentrarse en la denuncia de maromas en el Registro Electoral, presunta aparición de votos virtuales, el misterio en el uso de la electrónica y la parcialidad del árbitro, oficialmente llamado Consejo Supremo Electoral como si realmente fuese supremo y soberano. Inmersa en la denuncia de los detalles, la oposición nunca se ha plantado con firmeza para rechazar las medidas administrativas que obligan a la gente a votar por el gobierno. Lo curioso es que Chávez siempre echó mano a ese tipo de medidas sin jamás encontrar resistencia. Si los opositores hicieran memoria, recordarían que para el primer referendo revocatorio, Chávez dio largo a la fecha de los comicios, cuando supo que las encuestas lo daban perdedor. El CNE inventó las mil y una excusas para negarse a aceptar las firmas que solicitaban el referendo, brindándole a Chávez el tiempo necesario para colocar a gran parte de la población en las listas de las Misiones. No fue sino cuando estaba seguro de que el número de los ‘misioneros asalariados’ le garantizaba la victoria, es que se celebró el referendo del 15 de agosto 2004. Pareciera que estamos nuevamente ante una situación similar. De la misma manera como se contó con las Misiones para controlar a la población en 2004, hoy se aprueba la Ley Orgánica de los Consejos Comunales, creada para controlar a cada uno de los habitantes, principalmente a quienes viven en los barrios y las zonas rurales. Estamos ante un instrumento de control de la gente, visiblemente elaborado con asistencia cubana para instaurar en Venezuela el modelo de los CDR (Comités de Defensa de la Revolución).

Una Ley de control
Los CDR y su clon, los Consejos Comunales previstos en la nueva ley, son un invento exclusivamente cubano. Los países comunistas del Este no los conocieron, porque utilizaron un sistema más amplio y sofisticado, en el que cada ciudadano se veía obligado a espiar a todos los demás y nadie sabía cuántos oídos lo escuchaban, incluso en su propio hogar. El sistema ruso fue afinado a través de años y décadas; su principal fuerza consistió en infundir el miedo y forzar las denuncias de todos contra todos, pero ante la dificultad de llegar a la perfección soviética, Fidel Castro inventó en 1960 a los CDR y definió su tarea: ‘Que todo el mundo sepa qué es y qué hace el que vive en la cuadra y qué relaciones tuvo con la tiranía, a qué se dedica, con quién se junta, en qué actividades anda’. Si examinamos punto por punto la ley aprobada en Venezuela, veremos que igual como los CDR se apoyan en los hombres armados de la ‘Seguridad’ cuando denuncian ‘a los lacayos del imperio’, según la nueva ley, los Consejos Comunales deberán coordinar con la Milicia Bolivariana lo referente a la defensa integral de la nación. Además, deberán Promover, participar y contribuir conjuntamente con la Milicia Bolivariana en la seguridad y defensa integral de la nación. Entre sus actividades, los Consejos Comunales deberán conocer las solicitudes y emitir las constancias de residencia de los habitantes de la comunidad. Funcionarán con comités, entre los que debe estar el: ´2. Comité de tierras urbanas. 3. Comité de vivienda y hábitat. 4. Comité de economía integral. (…) 8. Comité de alimentación de defensa del consumidor. (…) y 10. Comité de mesa técnica de energía y gas. Por cierto, también prevé la ley la existencia de un comité de suministro de agua.

Las llaves del poder
En Cuba, país que inventó ese sistema, el atractivo para pertenecer a un grupo del CDR consiste en la sed de poder sobre los vecinos. No hay recompensa económica salvo que en un sistema donde la propiedad privada no existe y la clave para sobrevivir consiste en robar al Estado, los presidentes de esta organización de barrio roban igual o más que los demás, ellos tienen la misma miseria y hambre, sólo que a ellos se les permite robar en premio de chivatear a los demás, relata una cubana en el blog correspondiente. En cambio los Consejos Comunales venezolanos, por lo menos antes de las elecciones, tendrán el poderoso incentivo del dinero proveniente del gobierno central. La nueva Ley establece que los Consejos Comunales ‘recibirán de manera directa los recursos (…) transferidos por la República, los Estados y los Municipios. (…) y los que provengan de la administración de los servicios públicos que les sean transferidos por el Estado’. Por lo tanto, no se trata de conchas de ajo. Con ese dinero, los Consejos Comunales podrán manejar ‘los recursos financieros que son los expresados en unidades monetarias propios o asignados’, para ‘desarrollar los programas, políticas y proyectos comunitarios contemplados en el Plan Comunitario de Desarrollo Integral (…) para lograr la transformación integral de la comunidad’. La Ley explica que el ‘Plan Comunitario de Desarrollo Integral’ debe ser ‘articulado con los planes de desarrollo municipal y estadal de conformidad con las líneas generales del Proyecto Nacional Simón Bolívar’. De paso, bajo la excusa de estar organizando la votación para miembros de los Consejos Comunales, una de sus obligaciones prevista en la Ley consiste en ‘elaborar y mantener actualizado el registro electoral de la comunidad’.

Realidad y vidriera
La Ley otorga a los directivos de los Consejos Comunales un poder casi ilimitado sobre un vecindario agobiado por las necesidades, y permite al presidente del CC ejercer ese poder a través de: 1. el dinero cuya distribución dependerá del CC; 2. la amenaza de la colaboración con la Milicia y 3. la aplicación con criterio personal de dos leyes que tocan directamente a la propiedad privada, como lo serían la de tierras y la de espacios urbanos. Sin embargo, la mayor palanca de poder consiste en la posibilidad de encarcelar a un ciudadano que de pronto podría encontrarse objeto de una ‘denuncia’ de tipo penal. Los cubanos conocen el procedimiento y acusan a los CDR de ‘chivatear’. Dado que los venezolanos son profundamente reacios al ‘acuseta’ y desprecian al ‘sapo’, es de prever que la conformación de los Consejos Comunales pasará por una etapa de difícil adaptación psicológica. Para la vidriera, se exhibirán Consejos Comunales como los del Municipio Chacao, donde una población relativamente libre de pobreza, escoge de buena fe a sus representantes y estos se hacen eco de la voluntad de los ciudadanos (sin embargo, la decisión unánime de los Consejos Comunales de Chacao para que les devuelvan el espacio del antiguo mercado recibió como única respuesta, la ocupación de ese mercado por la Guardia Nacional). En los barrios y en las zonas rurales, donde las necesidades son apremiantes, se calcula que los Consejos Comunales serán el instrumento oficial para controlar a la gente, dinero y amenaza mediante. Estos encumbrarían en la dirección de los Consejos Comunales a los ciudadanos de menor resistencia moral, a los que no teman aparecer como los ‘sapos’, igual como ya ocurrió en Cuba con los ‘chivatos’.

Jamás los olvidarán
El incentivo económico permite prever que la implementación de la Ley de los Consejos Comunales no ofrecerá mayores dificultades. Si esto se logra y se mantiene, Chávez habrá cavado con esa Ley el más profundo abismo de odio jamás visto en su patria. Dado que nadie es eterno y tampoco lo será Chávez, de todas las leyes aprobadas en la era chapista, la de los Consejos Comunales será la que más recordarán los venezolanos. Dentro de una o dos generaciones, ya nadie hablará del rosario de leyes aprobadas bajo la batuta de la presidenta de la Asamblea Nacional, Cilia Flores, pero la de los Consejos Comunales será la que los abuelos todavía relatarán a sus nietos, al contarles como el vecino de enfrente ha sido el mayor y principal enemigo de la familia. Ojalá el relato no incluya un desenlace de venganza contra aquel vecino. Es esa Ley que más obligará a temer un cambio brusco de sistema de gobierno, porque es la que propicia las retaliaciones personales. El mayoritariamente incruento derrumbe del comunismo soviético en Europa oriental, se debió a lo difuso y universal que había sido el sistema de control policial de toda la gente por toda la gente. En cambio uno de los problemas cubanos, es actualmente la carga de rencores acumulados en cada cuadra contra el vecino miembro del CDR. Al igual como hoy los diputados de la Asamblea Nacional viven en un permanente temor de lo que les pueda advenir si hay un cambio de gobierno, la Ley de los Consejos Comunales extenderá ese temor a un segmento de la población en el país entero, mientras que los demás pobladores aprenderán a acumular los deseos de venganza, pero entretanto, para salvarse, muchos serán quienes prefieran esperar en silencio”.

4 de enero de 2010

El país de las luciérnagas.

Desde la hamaca en que me encuentro, apenas separando la vista del cuaderno, me impresiona la tonalidad celeste del cielo, sin nubes, como un manto luminoso que, irónicamente, no desprende el calor habitual. Es como si el fresco de diciembre se hubiese colado entre las gradaciones, haciéndose espacio al lado del calor recurrente del prolongado verano. Tengo muchas anotaciones pendientes, ideas convulsas que necesito consignar, pero una y otra vez mis ojos buscan el firmamento ancho y limpio, haciéndome pensar en un abismo vertiginoso, sublime, que está a punto de engullirnos. Hoy pienso que el azul del cielo resulta voraz y en cualquier momento querrá echarnos una dentellada inesperada.

Me pregunto si es posible que semejantes pensamientos puedan coincidir en un mismo sitio; lo que pasa es que esta mañana tan diáfana me parece un poco sediciosa, como un pajarraco diabólicamente bello que está a punto de zurcir la piel con picotazos; también me hace pensar en el ángel de las Elegías de Rilke, tan hermoso, tan nefasto, tan singular. Pero los minutos avanzan, y pierdo tiempo.

Quizás tenga algo que ver con esta exquisita luminosidad, pero me quedé un rato pensando en mi reciente visita al país de las luciérnagas, esa ciudad que se desborda en puntos titilantes; un escape voluntario para interactuar con mentes fogosas, progresistas, tan estimulantes; y entonces decidí que debo deambular más a menudo, permitirme el placer de una sorpresa, un sitio desconocido, una emoción novedosa; es como atreverme a salir de la línea a mitad del dibujo, sonreír, vagar, redescubrir otras sensaciones postergadas.

Al principio descendimos una escalera, pasos breves hacia las profundidades de un estudio de pintura lleno de lienzos, pinceles, matices y claroscuros; allí estaban las luciérnagas esperando para iniciar la danza de luces que me dejó entusiasmado, hambriento y siempre queriendo más. En el fondo, sutil, las notas de un jazz intemporal, sugerente; en las paredes pálidas, la intermitencia del trabajo pictórico, la obra en progreso, el reducto privado y lleno de inspiración. Observé a la Luciérnaga Rebelde con su discurso radical, polisémico, lleno de imágenes; la Luciérnaga Intelectual dejando migajas conceptuales, conocimientos, contrapesos; también la Luciérnaga Fotógrafa desplegando armonía, detalles tibios, evocaciones y fantasías; luego la Luciérnaga Cronista abriendo posibilidades, cruzando informaciones, saboreando los secretos no revelados y sin publicar. Y yo allí, moviéndome en dos planos superpuestos, queriendo anotar todo, asir las inferencias, participar del debate; pero al mismo tiempo con el deseo a flor de piel de tomar distancia, alejarme, contemplar la escena desde una distancia privilegiada para descubrir los pliegues, el lenguaje sensorial, las implicaciones de la historia. Se trataba de una danza lumínica y vibrante, memorable y fugaz. Única.

Después la madrugada, la iridiscencia de colores, la temperatura, los planes para nuevas batallas fosforescentes; un trayecto evocativo que se desgranaba en visiones lejanas a pesar del poco tiempo transcurrido. Todo tan hermoso, tan luminoso como este cielo de enero que se deshace en posibilidades. Entonces trato de plasmar en mis hojas el recuerdo de ese fulgor nocturno, el brillo incandescente que me inspira de la misma forma en que el azul de enero sugiere otras tramas diferentes, esquivas. Así que sigo escribiendo.

2 de enero de 2010

Las medidas de la escritura.

Encontraba difícil regresar a las páginas pospuestas debido a la distancia que me separaba de ellas; otras historias me alcanzaron, generando ideas convulsas, atractivas, interesantes, pero era necesario volver, reconciliarme con ellas. Me senté con la mejor disposición, intentando reconocer los puntos blandos, gelatinosos, allí donde debía concentrar mis esfuerzos para brindarle una consistencia ideal, y creo que lo he logrado. Se trató, más que todo, de un feliz reencuentro con personas ficticias y situaciones irreales; también tuve que buscar entre la madeja para hallar el hilo conductor que sostiene la linealidad de la trama, porque sin eso, no existiría historia, progresión, conjunto narrativo. Creo que lo logré.

Me sentí extraño, debo confesarlo. Tenía ante mí múltiples situaciones, personajes protagonistas y secundarios, incluso algunos que apenas cruzaban con velocidad, sin peso, pero no sin importancia; debí concentrarme en delinear una vez más las aristas, los pliegues dentro del relato, para separar y volver a unir, despejar y juntar de nuevo, todo con la intención de concentrar esfuerzos y llevar el bote literario a través de la tormenta de ideas y recuerdos, hasta alcanzar un puerto seguro desde donde poder continuar la travesía que inicié tanto tiempo atrás.

En determinado punto, sin proponérmelo, descubrí que la tarea narrativa guarda mucha similitud con el trabajo arduo de quien trabaja con telas, diseños, patrones; porque es importante la disciplina, la concentración, el silencio. Sé que mi juego de analogías es aventurado, pero así funciona la mente humana: encuentra diferencias y contrapesos en los lugares menos esperados. Así que me quedé absorto frente al desorden ordenado de páginas, historias, anécdotas, como si se tratara de telas con tonalidades intensas, superficies rugosas, estampados multicolores. Y sonreí.

La vida es un círculo. Me resultaba curioso porque en algún punto, muchos años atrás, siendo adolescente, sentí cierta inclinación hacia el diseño de modas, la confección teórica de una posibilidad, otra veta artística que quedó inexplorada en función de escoger una carrera menos turbulenta, más sosegada; pero la magia quedó allí, eso lo recuerdo. También existió una carpeta llena de bocetos que quedó en las manos de una amiga cuyo nombre me elude ahora. Tal vez, si hubiese seguido mis inclinaciones entonces, hoy estaría alejado de la escritura; es una sustitución que no me incomoda: la inspiración sigue estando allí, la creación, el trabajo arduo para alcanzar un resultado vistoso, interesante, mágico. Se trata de ensamblar con fragmentos un todo homogéneo, compacto. No hay mucha diferencia.

Contemplé mi escritorio con una mirada paralela, tangencial, como si pudiera reorganizar los colores y texturas en función de un resultado satisfactorio, coherente, lúcido, funcional. Y hundí las manos entre las hojas, expulsando, sustituyendo, guiándome por un patrón imaginario, dando puntadas precisas para sostener las uniones entre capítulos, pinchando mis dedos en más de una ocasión con algún personaje reacio; fue un ejercicio arduo y placentero. Supe que podía crear cuantas interpretaciones quisiera, como si jugara con las telas para obtener distintas variaciones de un mismo traje.

El resultado final está lejos de ser satisfactorio, pero logré encontrar la forma ideal para acercarme al trabajo. Todo lo que queda es seguir cosiendo, superponiendo, quitando, y dar unos pasos hacia atrás para visualizar el progreso. Porque es importante que disfrute con el resultado, asuma una postura lúdica, poco académica, y así tropezar (si es posible) con otras combinaciones que resulten inspiradoras. Es sencillo; es coser y cantar.

31 de diciembre de 2009

Fin de año.

No soy el único. Mucha gente se apresta hoy a cerrar ciclos, clausurar etapas, dejar atrás ciertos episodios que impiden avanzar; yo me uno a ellos, pero con la singularidad que me ha caracterizado los últimos años. Me pregunto cuántos habrá con la misma inquietud, con una decisión similar: quedarse en casa leyendo, tal vez intentando escribir un poco, gozando desde la distancia con la celebración, los fuegos artificiales, la música; porque se trata de una escogencia poco entendible, la de permanecer ajeno, distante, a cualquier despliegue familiar, social, que involucre vestirse, sonreír y abrazar a cuanto desconocido se atraviese en el camino.

No ha faltado quien me cuelgue la etiqueta de ermitaño porque sí, porque es lo más fácil, porque es preciso adjudicarle un nombre a eso que no compartimos, a eso que nos resulta poco digerible. Esta noche prefiero ser egoísta en una época que se distingue por lo contrario, por los excesos, las fiestas, el intercambio ameno y provocativo. Pero quiero creer que cada persona tiene derecho a disfrutarlo como mejor le parezca, sin imposiciones, sin códigos, sin ajustarse a reglas preestablecidas de antemano. ¿Es obligatorio salir? ¿Es necesario socializar? ¿No es mejor disfrutarlo en silencio, reflexivamente, haciendo balances y limpiezas?

Bueno. Es mi punto de vista, y tampoco pretendo que sea lo más razonable; sólo pido paciencia, respeto, espacio. Mis padres ya se han separado, inmersos en un acuerdo de mutua satisfacción: cada uno celebra la víspera de Año Nuevo con sus respectivas familias, a miles de kilómetros de distancia uno de otro, dejando la oportunidad de reunirse apenas en los primeros días de enero; se trata de un arreglo que les resulta beneficioso, práctico, a pesar de que muchos tampoco lo entienden. A ellos les funciona y a mí me sirve para escoger un punto intermedio; atrás quedaron las vacaciones donde debía turnarme para pasar estas fechas con cada familia. Ahora mi tiempo es propio, así como mis escogencias. Ellos celebran a su manera, por separado, yo les imito: escojo la tranquilidad del hogar, el reposo, la lectura, alguna película rezagada que deseaba ver, incluso irme a la cama sin horario establecido. Es mi noche, independientemente de la forma en que lo disfrute.

En el reproductor suena la ópera Lakmé, mientras Agatha, mi perra, levanta la cara para regalarme su mirada acuosa, lánguida; le digo que falta poco, que pronto tendremos la oportunidad de hacer un brindis, sólo uno, para conmemorar el cambio de fecha, sin aspavientos, sin trajes de gala, apenas con la pijama más cómoda y placentera. Me siento agradecido porque algunas amistades han hecho un esfuerzo por comprender mi escogencia, igual a como lo hicieron mis padres mucho tiempo atrás. Lo importante es sentirse bien con uno mismo, estar donde uno prefiera estar, gozarlo sin tragedias ni comedias baratas, porque ha sido un año contradictorio, ¿para qué negarlo?

El conflicto político, la delincuencia, los continuos apagones, la carencia de agua, la sequía inclemente, el desabastecimiento, la burocracia, la corrupción descarada de un régimen que busca ser más autocrático de lo que ya es; pero en mi mundo particular existe el equilibrio íntimo, ese contrapeso que escojo formular para equiparar las circunstancias: también quedé seleccionado para participar en la Semana de la Narrativa Urbana, permitiéndome el gozo de haber logrado interactuar con algunas mentes brillantes, privilegiadas, que estimulan mi esfuerzo literario; comencé la redacción de mi primera novela; he logrado publicar algunos artículos en una página luminosa; mis amistades literarias se multiplicaron, abriéndome espacio para nuevos debates, puntos de vista interesantes y llamativos; compré más libros, descubriendo otros temas sugerentes. Me siento bien con el resultado.

Mis placeres pueden parecer banales, literarios, casi triviales; pero son míos. Creo que eso es lo importante para clausurar esta etapa. Sería lógico enumerar buenos deseos para los demás, hacer una lista de resoluciones, empalagarse con los “¡Feliz Navidad!” y “¡Feliz Año Nuevo!”; pero prefiero verbalizar un sencillo y escueto mensaje: quisiera que todos, cada uno de ustedes, pudiera alcanzar esta delicada paz que ahora siento, que puedan dedicarse a hacer lo que más les gusta, entretenerse con las actividades que alimentan el alma y permiten evolucionar al espíritu, sólo eso. Lo demás, es apenas paja en el viento.

Felicidades.

2 de diciembre de 2009

Nubes crueles.

Desde temprano, quizás antes del amanecer, el cielo cruzado por nubes bajas, grises, crueles; manchas que oscurecen el azul natural sólo para recordarnos la inclemente sequía, la ausencia de humedad, la crisis que nos agobia desde el pasado agosto. Estoy seguro que más de uno habrá observado el techo vaporoso con ojos inquietos, lanzando maldiciones, implorando lluvias, una posible solución que se resiste a materializarse. La reserva de agua que tenemos en casa, creo, alcanza hasta hoy; a partir de mañana entraremos en una etapa crítica, difícil, porque sospecho que no somos los únicos que buscaremos la ayuda de un camión cisterna para solucionar la escasez. Al mismo tiempo me pregunto cómo hacen en los sectores pobres, desabastecidos, de qué forma se las ingenian para conseguir el vital líquido. La desidia del gobierno levanta frustración con la misma facilidad que el viento de la tarde encrespa el polvo en las calles; de nada sirve quejarse, organizar protestas públicas, cierre de avenidas; hay que entender también que el problema es atmosférico, que el período de invierno se desvaneció, trastocado, tal vez como otra señal del cambio climático. No sé cómo vamos a paliar esta crisis.

Se trata de un inicio de mes bastante caótico; enfrentamos una Navidad seca, mustia, entre la falta de agua y los continuos apagones eléctricos. El gobierno exige sacrificios a una población cansada, depauperada, en completa miseria. A todo esto se suma ahora el problema bancario, el cierre de algunas entidades que involucran el despido de empleados, gente que confió sus ahorros y no obtiene una respuesta concreta por parte de los encargados. Pienso que es probable que las nubes oscuras deseen equipararse a la situación nacional, como un sucio espejo que refleja la ineptitud, la corrupción, los delitos de una clase gobernante engolosinada con el poder, la avaricia, matando un hambre ancestral acumulada durante muchos gobiernos inescrupulosos. Allí está el resultado; por eso insisto en decir que tenemos el gobierno que nos merecemos. No hay otra razón. Pero resulta lamentable que tantas personas humildes tengan que pagar el precio de semejante desidia administrativa y económica.

En la noche. Me impresiona el tamaño de la luna; es un disco plateado con un brillo hipnótico. Después de salir de la oficina, inmerso en el tráfico, observé su solitaria majestad por encima de nuestras cabezas; el crepúsculo se diluía con los últimos resplandores del día, cediendo espacio a la reina absoluta que se levantaba para alargar las sombras. Se trataba de una imagen peculiar, poco corriente: la luna alta en el cielo, redonda, turgente, luminosa, un vistazo inusual que descansaba por encima de las luces continuas de los postes, el río amarillo que formaban los focos de los carros; la imaginé poderosa, solitaria, con la capacidad para ver todo y a todos, desde su trono celestial. Una diosa inconforme y tierna, fría y silenciosa al mismo tiempo. Algo en ella me hizo recordar algunas escenas de la película Moonstruck, donde algunos personajes la llamaban “Cosmo´s moon”.

En el film, protagonizado por Cher y Nicolas Cage, la luna se incorporaba como un personaje más, un personaje secundario, pero siempre presente, arrojando su brillo y misterio a lo largo de toda la trama. Ahora, cada vez que me encuentro con una luna similar, dejo escapar la respiración y susurro entre dientes: “Ah… Cosmo´s moon”. La de esta noche también es especial, gigante, refulgente. Es una luna enigmática, seductora, generadora de ideas y sortilegios. Ya en casa, mientras escribo estas líneas, suena al fondo la voz de la Callas interpretando el aria de “La Reina de la Noche”; imagino su voz como un tributo especial a la otra majestad que pende entre las estrellas…

15 de noviembre de 2009

2012

Si el productor Irwin Allen hubiese estado interesado en encontrar un sucesor para sus películas de desastre, se habría sentido complacido con el trabajo de Roland Emmerich. Ambos han logrado ensamblar piezas memorables, con efectos especiales espectaculares, empujando a los protagonistas a vivir experiencias al límite, inesperadas, en situaciones que escapan a su control, pero que no los amilana ni evita que busquen alternativas. Se trata de un cine evasivo, dramático, fantástico; y creo que el trabajo de los dos cineastas, guardando las distancias, logra entretener al público de la mejor manera, permitiéndole desconectarse de la realidad cotidiana por un par de horas, inmerso en las desventuras de un grupo de sobrevivientes con mucho para perder.

Me cuesta identificar con exactitud las razones específicas por las cuales el género de desastre me atrae tanto; se trata de una postura pendular, extremista, porque disfruto mucho también con el cine intelectual europeo, introspectivo, sosegado en la superficie, pero con remolinos en la profundidad. Me aproximé a las películas de Irwin Allen en plena adolescencia: La aventura del Poseidón, Infierno en la torre, Más allá del Poseidón, El enjambre, Inundación, y al final, cuando se había superado el clímax cinematográfico, las entregas que hizo especialmente para la televisión: Ciudad en llamas, When time ran out (que nunca supe porqué inventaban traducciones erróneas para el título) y otras cintas menores que no tuvieron la acogida de las primeras entregas. Ya se había entrado en la década de los 80 y temas diferentes atraían a un público siempre exigente. Pero las historias que Allen filmó perduraron, se hicieron un lugar con cierto esfuerzo, dejaron abierta la brecha para un tipo particular de cine; existía el western, el melodrama, bélico, musical (que recientemente tuvo un repunte), comedia; entonces quedó registrado otro tema, el cine de desastre.

A través de los años y con la reedición de títulos pretéritos en formato DVD, me ocupé de rastrear la filmografía de Allen. En un mundo globalizado, reconozco que no se me hizo difícil encontrar los títulos principales, en formato original (soy neurótico, lo confieso), y siempre ando a la caza de cualquier tirada que me permita ponerle las manos a producciones elusivas. Pero lo que menos esperaba era enfrentarme con otro realizar que tuviese las mismas inquietudes de Allen. Roland Emmerich, hasta ahora, no me ha decepcionado. Hubo otros cineastas que intentaron una aproximación al género con cintas marginales: Dante´s Peak, la serie Aeropuerto (en sus entregas 75, 78 y 80, respectivamente), Volcano, Impacto profundo, Armaggedon, Twister, pero ninguno con un interés particular en el tema.

Emmerich, desde el principio, se encargó de ofrecer otro giro de tuerca dentro de la saga de cintas de desastres; ya sea con extraterrestres (Independence Day) o con cambios climáticos (The day after tomorrow), hubo una selección cuidadosa de detalles cinematográficos: las historias, los escenarios, los efectos especiales para magnificar un desastre ya de por sí espectacular, la edición, los dramas personales de los protagonistas; porque no se trata sólo de reunir un grupo aleatorio y lanzarlo de cabeza a una experiencia terrorífica, sino de mostrar breves destellos de sus motivaciones, sus miedos, las frustraciones y deseos de vivir que los catapultan a lo largo de la película.

Esperé el estreno de 2012 con anticipación, emocionado ante los previews que pude encontrar en la Internet; ayer me escapé a un cine cercano, compré mi entrada y escogí un buen puesto. Pude haber esperado hasta que sacaran la cinta en formato casero, asequible, pero tengo la creencia de que ciertas películas deben verse antes en el cine, en pantalla completa, con el asiento retumbando por el sonido de los cataclismos. Quedé impresionado por las imágenes, la verosimilitud ficticia de lo narrado, los personajes; porque descubrí, recordando entregas anteriores, que existe la misma preocupación en mostrar dramas pequeños, personajes secundarios importantes que sustentan la trama, como ramificaciones esenciales que se embridan en torno a la historia principal. Para Emmerich, aunque ignoro si lo hace adrede, la catástrofe no afecta solamente a los Estados Unidos; se trata de un evento global, multicultural, que nos toca experimentar a todos por igual; por supuesto, en aras de la comercialización de la cinta, la mayoría de los protagonistas son estadounidenses, pero se ofrece un vistazo de cómo el resto del mundo debe incorporarse al esfuerzo original para intentar sobrevivir.

Encontré un equilibrio peculiar entre el drama y la comedia en esta cinta. Se trató de guiños pasajeros que permitían liberar parte de la presión, provocaron una sonrisa en medio de tanta tensión, con una galería de personajes llamativos, como el que hace Woody Harrelson, interpretando de alguna forma a todos esos lunáticos que amenazan la inminencia del fin del mundo, sólo que en este caso tuvo la razón. La trama ofrece el pedido de ayuda de los Estados Unidos a las demás potencias para elaborar un plan alternativo, resaltando la participación de los líderes del G8, muy bien interpretados, así como representaciones de otros líderes mundiales; y es inevitable otra sonrisa al observar el esfuerzo de la Reina de Inglaterra, así como el de la Familia Real Saudita.

2012 es una cinta que ofrece múltiples interpretaciones, lecturas alternas, dramas secundarios que podrían desarrollarse aún más; pero entrar en detalles arruinaría la oportunidad de impresionarse para aquellos que todavía no la han visto. Yo la recomiendo ampliamente, la disfruté muchísimo; pero siempre teniendo presente que se trata sólo de una cinta de desastre, una película, que bien puede presentar sus fallos, como cualquier otra. A mí no me gusta ir al cine para encontrar errores, señalar fallas, a no ser que la propuesta sea un completo bodrio. Si voy al cine es para evadirme, ausentarme por algunas horas, dejarme entretener con la majestuosidad de un arte que ofrece maravillas audiovisuales. No pido mucho, en realidad.

11 de noviembre de 2009

Aniversario manuscrito.

Mientras intentaba escribir la entrada en el diario manuscrito correspondiente al día de hoy, la fecha me golpeó como un fogonazo de luz. Mis dedos quedaron suspendidos sobre el papel, mirando fijamente el número once, el mes de noviembre escrito con tinta azul, el año. Y un ligero estremecimiento recorrió mis brazos, los vellos de mi nuca; sonreí, también sonreí, sin poderlo evitar. Porque recordé de pronto que mi diario estaba de aniversario; mi proyecto literario más íntimo cumplía un año más. Lo comencé a escribir hace 19 años, otro 11 de noviembre, pero de 1990.

Dejé a un lado el bolígrafo y divagué con calma. ¿Cuántos volúmenes llevaba ya? ¿Cuántas páginas después de casi veinte años? ¿Cuántas reflexiones depositadas entre sonrisas, lágrimas y suspiros? Todavía era adolescente cuando esta maravillosa aventura escrita se inició; ahora estoy cerca de los 40, y todo indica que la dinámica está lejos de terminar. Reconozco que se trata de un placer secreto, armónico, disciplinado, constante; me ha brindado la posibilidad de explorar mejor mi Yo, mis reacciones, mis esperanzas, mis bosquejos narrativos, las diferentes etapas que superé para llegar hasta esta noche. Ha sido un ejercicio íntimo saludable, inquisitivo y experimental, porque no existen las reglas ni los fundamentos para redactar los diferentes párrafos. Se trata de ser honesto con uno mismo, volcar allí las impresiones, las opiniones, las reflexiones diarias que se activan a través de mecanismos externos. Pero me siento bien: el resultado es muy satisfactorio, pacífico.

A pesar de todo, mientras paso la mano por las cubiertas de los tomos viejos, trato de recordar con exactitud qué propicio este placer narrativo, las circunstancias precisas que activaron la necesidad de colocar todo en el papel, intentar hacer un análisis inicial para descubrir las razones ocultas, las respuestas esgrimidas, las voces esquivas que ahora apenas reverberan como un eco distante. De nada sirve preguntar a otros, ya no queda casi nadie de esa turbulenta época, esos días vertiginosos que deseaba apresar entre las páginas de mi cuaderno de clases. Leo con calma la primera entrada, las emociones dispersas, el sonido de una voz quebradiza que es mi propia voz; pero me cuesta un poco reconocerme en esas líneas apresuradas, juveniles, sin el filtro que me ha brindado el tiempo, otras lecturas, otras visiones e interpretaciones. De cualquier forma, una sonrisa se escapa presurosa: esa letra amontonada también fui yo, en algún momento, a principios de una década intensa y volátil.

Me pregunto qué día fue el 11 de noviembre de 1990; ¿sería miércoles por casualidad? ¿Un domingo? ¿Viernes, tal vez? Lo he olvidado. Aunque sí recuerdo que me preocupaba muy poco la longevidad de las anotaciones que plasmaba en el pequeño cuaderno, si seguiría escribiéndolo en los siguientes días, si todavía estaría haciéndolo 20 años después. Entonces lo único que importaba era la inmediatez, la letra al rojo vivo, las emociones a flor de piel; y eso lo detallo ahora con un ligero gozo, porque era importante, sin sospecharlo, para marcar con fidelidad lo que atormentaba mi ánimo: no es melodrama: a esa edad, todavía adolescente, todo era un tormento, un problema, magnificado, llevado al límite, insoluble. Eso también me hace sonreír. El tiempo atempera, matiza las impresiones, los sentimientos volubles.

Algo me dice que es probable que este diario me sobreviva, que todo lo anotado supere mi fecha de caducidad, que siga releyéndome hacia atrás dentro de algunos años. Me cuesta describir el regocijo interno, la satisfacción que alcanzo al poner todo por escrito; porque el diario, ya no mis emociones, se ha multiplicado, se ha desbordado sin mi consentimiento. Ahora también es un cuaderno de ejercicios, un álbum de fotografías verbales, un itinerario de destinos sentimentales, un poema continuo, una colección de fragmentos que disfrazan mi propia imagen. Ignoro qué camino tomaré más adelante, qué decisiones, qué sueños por soñar; pero intuyo que el diario estará allí, fiel, atento, permeable, consecuente. Siempre.

1 de noviembre de 2009

Sorpresas literarias.

Siempre es divertido y estimulante visitar sitios donde se exhibe buena literatura y existe la posibilidad de tropezarse con gente que se siente tan interesada por la palabra escrita como uno. Aunque representó un pequeño suplicio llegar hasta Valencia y visitar la FILUC de este año, los trastornos y la espera en la autopista bien valieron la pena. Llegué un poco cansado al centro comercial, acaso hastiado por el intenso calor del mediodía, tal vez inconforme por el aglomeramiento de tanta gente; pero conforme entré a los espacios de la feria y me detuve en el primer stand, todo se evaporó. Me convertí en ojos que todo lo querían devorar, asimilar, descubrir; porque hay pocas cosas que me exciten más que la posibilidad de encontrar un texto largo tiempo buscado o un autor elusivo.

Me agradó colocar mis dedos sobre un volumen de Memorias de Gore Vidal; Los monederos falsos, de André Gide; Marguerite Duras y su India Song; una edición conjunta de Hamlet y Macbeth, de Shakespeare. Lo cierto es que me faltó tiempo y dinero para complacer mis gustos, pero me conformé con las sorpresas especiales que me deparaba la tarde, y aunque no me refiero a libros, sí es sobre autores. Ya casi al final del recorrido, mi vista tropezó con una figura particular, un vestido claro, corto, una piel de porcelana, unos ojos ávidos que escudriñaban con placer entre las diferentes propuestas literarias: Marianne Díaz Hernández. Y no me costó mucho desplegar sonrisas, abrazos, besos al aire; porque la empatía que nos une es poco corriente, como si fuéramos amigos de trato diario, consecuente, repetido.

Juntos nos lanzamos de cabeza en una cacería deliciosa, emulando un par de depredadores experimentados que buscan títulos específicos, autores particulares, temas singulares. En determinado momento, un café para reponer fuerzas, para aprovechar la oportunidad de compartir anécdotas, opiniones, planes, fracasos y sugerencias literarias. Intercambiamos impresiones sobre el trabajo de Rodrigo Blanco, de Fedosy Santaella, de Gabriel Payares, de Héctor Torres; incluso nos animamos a desvelar las peripecias propias en el campo narrativo, los avances, las ideas, los fragmentos que podrían convertirse en párrafos memorables. Ya casi al final de la tarde, cansados pero queriendo más, como niños renuentes a partir, buscamos puesto en la presentación que tendría Alejandro Oliveros sobre sus diarios literarios. Le confesé que me interesaba encontrarme con el poeta valenciano porque su labor diarística me estimulaba bastante, y deseaba reencontrarme con él luego de nuestras tertulias en Caracas, cuatro años atrás.

La sesión inició con algún retraso, pero después de que mis ojos se cruzaron con los de Oliveros volví a experimentar la vieja sensación que tuviera durante el taller que él dirigió sobre el género literario del diario íntimo; me enfrenté de nuevo con un hombre de conocimiento amplio sobre la labor narrativa, el proceso creativo, la complejidad de escribir para ser leído. Allí estaba la mirada intensa, el verbo fácil, las historias interesantes en torno a una tarea antigua y secreta; aunque también se discutió sobre la actualización que la tecnología moderna ofrece, ya que Oliveros contó sobre su experiencia en el portal digital Prodavinci, donde publica las entradas de su diario 2009 día a día, enfrentándose con el lector de tú a tú, sin la distancia que el texto impreso brinda. Y a pesar de que confesó predilección por la página impresa, los libros editados, al mismo tiempo reconoció que uno debe aventurarse, arriesgarse en esta travesía incierta de la virtualidad inmediata. Estuve de acuerdo con él, en ambos sentidos.

Al finalizar su disertación, después de responder algunas preguntas de la audiencia, se levantó para acercarse hasta donde estábamos nosotros. Colocó su mano en mi hombro y preguntó sobre mi actividad dentro del diario, habló del tiempo transcurrido, se ofreció a mantener el contacto y tuvo la gentileza de firmar uno de los volúmenes de su propio diario que llevaba conmigo; también saludé a su esposa Eileen, quien me recordó casi de inmediato y compartió algunas palabras amables, evocativas sobre nuestro último encuentro. Fue un intercambio afable, especial, instructivo; pero otras personas esperaban para hablar con el poeta. Me despedí de su esposa con un beso, antes de estrechar la mano de Oliveros y prometerle escribir pronto a la dirección que me brindó.

Afuera, ya de noche, el estacionamiento presentaba casi el mismo congestionamiento que enfrentara antes de llegar, pero crucé entre los vehículos con una sonrisa particular por las sorpresas literarias de la tarde: los libros, la discusión, Marianne, las compras, Oliveros; son estímulos que me llenan de regocijo, de proximidad, de inspiración narrativa. Manejé de regreso escuchando Fausto, la ópera de Gounod, y planificando mentalmente mi asistencia a la charla que ofrecerá Marianne el próximo miércoles, y la que no pienso perderme bajo ninguna excusa, porque hoy descubrí que me muevo entre mundos solitarios: el de lector y el de escritor; pero de vez en cuando, como esta tarde, emerjo a la superficie para cruzar mis pasos con amistades semejantes y celebrar aquello que nos une sin necesidad de buscarle explicaciones: la fantasía, la imaginación, la prosa, la poesía de cada esfera particular.

25 de octubre de 2009

Noches mundanas.

Lo primero que siento al despertar es la pesadez en los párpados, mucha sed, el pensamiento abotagado y algunos fragmentos evasivos de la noche anterior. Cierro los ojos e intento armar el rompecabezas lentamente. Aquí y allá sobresalen el eco de las risas pretéritas, el humo de la parrillera, el amargo sabor que me dejó el pitillo de marihuana, el aroma fragante del vino tinto; entonces me relajo, hago un paréntesis con la mirada abierta para contemplar el azul matinal del cielo, sin nubes, intenso sobre el follaje verde que enmarca la ventana. Luego me encierro pestañas adentro y revivo las historias de la pasada reunión, el placer mundano, la dejadez, la espontaneidad; y de nuevo sueño.

Rememoré la vista fija sobre el farol del jardín, tan solo, tan inocente, haciendo un esfuerzo por filtrar su luz a través del hibisco que lo cercaba. Apenas quería moverme, ausente en pensamientos ajenos, fallidos, mientras mis amigas (tan cerca y lejos al mismo tiempo) se perdían en un murmullo ininteligible. Fue una pausa muy íntima, apacible, incorpórea. Teníamos mucho tiempo sin reunirnos, sin hablar tanto, sin beber con ese exquisito entusiasmo que brinda la amistad que ha durado ya bastantes años. Carmen Julia tuvo la idea de cocinar una parrilla, y su pareja quiso celebrar el encuentro con unas cervezas. Conociéndome bien, no tuvieron reparos en conseguirme una botella de vino tinto para poder brindar todos juntos. Y la comida estuvo genial, los tragos, la noche limpia de nubes (que en el llano permite contemplar las estrellas con mayor facilidad), la magia del momento compartido. Casi perfecto.

Terminamos en el jardín, sin música, riendo, evocando anécdotas de viajes pasados y antiguos amores; creo que fue Amelia (la más joven de todos) quien sacó el pitillo de marihuana y lo encendió con descaro, para bajar la comida, dijo. El ambiente que nos contenía era tan sugerente que pronto la canulilla pasó de mano en mano, permitiéndonos recrear viejas fiestas que habían tenido lugar quince años atrás, cuando nos permitíamos unos cuantos excesos. Y sospecho que nos veíamos un poco extraños, ya cerca de los cuarenta, fumando marihuana con el placer de unos adolescentes, haciendo esfuerzos por reprimir la risa, gesticulando al no poder expresarnos bien, recordando aún más la juventud que una vez compartimos.

Y allí nos quedamos, en los muebles del jardín, ocho siluetas rientes entre las sombras que el hibisco rojo proyectaba sobre nosotros, entre cervezas, copas de vino, el débil fulgor del único farol, remembranzas, anécdotas nuevas, el humo de la parrilla mezclándose con nuestras exhalaciones ilegales; fue un momento suspendido, inalterable, conforme otras ideas se retorcían en mi mente. Fue cuando reparé en la imagen frágil de la luz, y a la vez tierna, suave, llena de susurros; y hubiese querido detener el tiempo, quedarme siempre allí, cerrar los ojos y gozar de aquella infinita paz de los sentidos. Me sabía intoxicado, pero no importaba. Quizás otra persona que nos hubiese visto, habría interpretado la escena erróneamente, pero creo que ninguno pensó en ello. Tal vez antes nos habríamos sentido estimulados para inventar un precipitado viaje hasta la playa, una salida rápida para perseguir la noche y encontrar el amanecer, ingerir alcohol hasta la inconsciencia y el ridículo; pero ahora nos conformábamos con reír hasta que las lágrimas saltaran de regocijo, dar palmadas de emoción, recrear escenas pretéritas con la certeza que brindaba la distancia, cómodos, seguros, atemperados.

Nos despedimos cerca de la medianoche, pues la fiesta había comenzado poco antes del crepúsculo; todo estuvo bien, la cocción de la carne, la ensalada, la temperatura de las cervezas, el sabor del vino, el sofá en el jardín, las estrellas, el pitillo de marihuana, el farol, las risas, la conversación afable y cómoda, sin la preocupación de herir susceptibilidades ajenas; fuimos un grupo de amigos con muchos años de amistad, un cariño colectivo, el reflejo de una época espontánea. La habíamos pasado muy bien, y ninguno sintió la necesidad eufórica de alargar las horas, abusar de la madrugada. Camino a casa me tocó pasar por el Estadio, un espacio amplio donde suele reunirse la gente joven (y no tan joven) para disfrutar de las noches del fin de semana, seducir, bailar, ejecutar complicadas coreografías emocionales para luego tener algo que contar cuando la etapa se haya superado; contemplé a los diferentes grupos, muchos apenas en la veintena, asiéndose con las uñas a la intemporalidad del momento que les tocaba vivir. Me permití una sonrisa de comprensión, de sosiego, porque a mí también me tocó alguna vez estar allí.

Ya en casa volví a pensar en ello. Comprendí que cada etapa tiene su momento, su razón de ser, su banda sonora específica (¿quién de mi generación no recuerda la lambada, Desorden Público y los bailes hasta la madrugada con las canciones de Sandy & Papo?). Pero decidí que lo importante es saber reconocer las circunstancias, el placer que se consigue más allá del sudor y el escándalo, una buena conversación sin sobresaltos, confortable, vigorizante y relajada al mismo tiempo. Muy especial.

Abro los ojos para visualizar otra vez el cielo de la mañana, dejando que algunos recuerdos aún dormidos se despierten de su sueño profundo. Quiero que mi primera sonrisa contenga el azul, el verde, el ocre, la luz del farol, el encendido rojo del hibisco y la certeza que se repetirán otras cenas, otros paseos, otros sueños prolongados donde recuperar las risas perdidas y las amistades rotas.

6 de octubre de 2009

Diva.

En días recientes leí en un periódico nacional la publicidad sobre el próximo concierto de Sarah Brightman en el Teatro Teresa Carreño. La noticia me agradó porque la cantante inglesa es una de mis favoritas, por la contemporaneidad que ha brindado al canto lírico, los efectos de sonido, la mezcla de géneros musicales y la puesta en escena que siempre impresiona. Pero hubo una frase, al pie del anuncio, que me incomodó en seguida: “La mejor soprano de todos los tiempos”. Me quedé contemplando las palabras, asimilándolas, intentando hallar una variación alternativa; pero no, no hubo forma.

Aquella línea me hizo recordar la admiración que me despierta Maria Callas, la virtuosidad de su voz, el dramatismo implícito, los roles tan disímiles que escogió. La Divina es, desde mi rincón, la única mejor soprano del siglo XX. Nadie como ella supo imprimir tanta pasión a las heroínas de la ópera que representó. Los críticos aún no se han puesto de acuerdo sobre la ambigüedad de su particular timbre de voz, algunos calificándolo de muy metálico, algunas veces estridente en los agudos, pero conservando hasta el final un sonido característico, personal. La Callas tuvo un registro de soprano que le permitía abarcar tres octavas y poseer una sorprendente capacidad para matizar.

Más allá de su virtuosismo vocal, ella tuvo que afrontar convertirse en una figura muy mediática debido a sus relaciones sentimentales, los conflictos laborales, los papeles que quiso representar. Era una mujer carismática, brillante, dramática; y si ha perdurado a través del tiempo es por esa cualidad especial que supo integrar en los roles femeninos que puso en escena. Su vida es como una de esas óperas que interpretó con tanto afán, trágica, sublime, inolvidable. Recientemente terminé de leer una de sus biografías y quedé impresionado por el aspecto cinematográfico de su vida, la relación con Onassis, la traición a Meneghini, la boda de su amado Ari con Jackeline Kennedy, el trabajo con Pier Paolo Pasolini y Luchino Visconti, los viajes, los teatros, el desastroso concierto final en Japón y una muerte digna de una diva como ella. Uno se adentra en Maria Callas y no sale decepcionado. En lo particular, no existe una voz que disfrute más, especialmente cuando escribo; también en el reproductor MP3 que tengo en la oficina, para alejarme del bullicio y el estrés. No me considero un experto, pero he alcanzado el nivel donde ya reconozco su timbre peculiar nada más escuchar un fragmento.

Respeto mucho el trabajo de Monserrat Caballé, Renata Scotto, Kiri Te Kanawa, Joan Sutherland, María de los Ángeles; pero ninguna de ellas logró alcanzar la popularidad y el reconocimiento de Maria Callas. Sus discos se reeditan año tras año, permitiendo así que nuevas generaciones se encuentren con su legado, las grabaciones de sus canciones emblemáticas, incluso los videos de representaciones en vivo en diferentes escenarios.

Una de mis más queridas amigas tuvo la gentileza de regalarme la pasada Navidad un estuche conmemorativo con las mejores 100 canciones de la diva. Una colección de 6 CD con arias de sus óperas más representativas. Sencillamente, lo adoro; se ha convertido en una de mis posesiones más valiosas. Opino que Tosca es la mejor interpretación de su carrera, muy por encima de Norma, La Traviata, Madama Butterfly y Lucia di Lammermoor. Reconozco que no todo el mundo encuentra el bel canto atractivo, lo acepto; pero cuando uno es fiel amante de este género, no acepta imitaciones, disfraces, medias tintas. Es por eso que me indigné con la publicidad del concierto de Sarah Brightman. Ella tiene una excelente voz, muy aterciopelada, con registros muy altos; pero diva sólo hay una, y ésa es ella, la Divina, la Callas.

22 de agosto de 2009

Las pasiones del intelecto.

Cuando uno está inmerso en una pasión artística es bastante difícil encontrar una pareja comprensiva que asimile nuestros cambios de humor, la ambivalente necesidad de un espacio propio, los súbitos arranques de melancolía y el diálogo permanente con las voces internas. Todo artista, todo creador, vive en un mundo con reglas particulares, ajenas, que de vez en cuando tendrá que flexibilizar sus pensamientos para ajustarse a la cotidianeidad. Es un precio justo, creo yo. La idea me vino porque recientemente leí un artículo sobre las parejas literarias de la historia y la influencia que se ejercían mutuamente.

Para el escritor la soledad es una herramienta muy importante; uno lee en soledad y escribe en soledad y piensa cuando está solo; luego llegan estas voces ajenas que distorsionan todo, pidiendo esto o aquello, cuando todo lo que uno quiere es estar a solas para poder trabajar tranquilo. Cualquier pareja que se tenga quizás hará un esfuerzo por entender este mundo interno, pero no siempre es tarea fácil. El escritor se afana en una realidad alterna, suplantando la imaginación y llenando el silencio con diálogos inexistentes. ¿Cuántos no hay que lo catalogan a uno de loco? Bueno, en mi caso soy feliz con mi locura. Y mi soledad. Porque esta soledad no implica silencios, ni aburrimiento, ni ausencia de amigos; es todo lo contrario. Pero cuando uno hace cierta apuesta sentimental con otra persona, el ingrediente literario y creativo estará siempre presente, en el medio, bajo la cama, sobre la mesa, en cada orgasmo y en el crepúsculo de cada tarde lluviosa.

Hannah Arendt y Heidegger, Elena Garro y Octavio Paz, Alberto Moravia y Elsa Morante, H. G. Wells y Rebeca West, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Kafka y Milena Jesenská, Joseph y Jessie Conrad, Ramón Gómez de la Serna y Luisa Sofovich, Henry Miller y Anaïs Nin, Paul Celan e Ingeborg Bachmann, Lillian Hellman y Dashiell Hammett, Colette y Henri Gauthier-Villars, Rafael Alberti y María Teresa León, Arthur Rimbaud y Paul Verlaine.

Las preguntas surgieron casi enseguida: ¿qué tanto se nutren unos a otros y se aprovechan de las sugerencias, los puntos de vista alternativos? ¿Es positiva esta simbiosis literaria? ¿Ayuda emocionalmente para alcanzar otros niveles de creatividad? ¿O sucede todo lo contrario, pero con el mismo fin? ¿Acaso la angustia, el tormento, la ansiedad sentimental oxigenan páginas nuevas y llenas de vitalidad? ¿Puede el drama amoroso concebir propuestas diferentes, frescas, dentro del sufrimiento?

Tengo una pareja de amigos que parecen complementarse bastante bien. Él escribe cuentos con una prosa sugerente; ella adora el teatro y redacta dramaturgia. Los dos conviven dentro de una esfera luminosa, intensa y comprensiva. Creo que la ayuda que se ofrecen a nivel narrativo y la visión diáfana de sus respectivos mundos particulares es muy constructiva y liberadora. Ambos conviven en un mismo nivel y se apasionan casi siempre por las mismas cosas; pero tengo entendido que no siempre sucede una interacción tan admirable entre dos mentes creadoras. Ellos interpretan esas pequeñas excepciones a la regla. Ellos se la llevan bien; otros han tenido historias casi de terror.

Anaïs Nin tuvo la necesidad de un sustituto para su padre, un hombre a quien idolatrar y admirar; Henry Miller ocupó ese espacio por una temporada, pero la asistencia creativa entre ellos fluctuaba según la temporada. Algunas veces el escritor estadounidense se mostraba bastante crítico con las páginas de su amante; otras la empujaba para que alcanzara otros niveles de redacción. Y gracias a ella, Trópico de Cáncer pudo al fin ver la luz. George Sand y Alfred de Musset vivieron una relación muy peculiar también, saturada de una pasión intoxicante y continuas separaciones hasta alcanzar los estertores finales; se asemejó más al choque de dos imaginaciones, dos formas de ver la vida y de amar. Era un amor titánico.

Sartre y Simone de Beauvoir, probablemente, disfrutaron de una relación más flexible y cómoda, con lápices en mano para hacer correcciones constantes, aunque se ha escrito mucho en los últimos tiempos acerca de las discretas disputas por los celos de la escritora, quien parece que no se sentía tan liberal como lo proclamaba entonces. Del otro lado descansa Sylvia Plath, quien recurrió al suicidio porque su marido carecía de las herramientas precisas para entender las tormentas de su interior; lo irónico es que la mujer por quien Ted Hughes terminó abandonando a su esposa, también se suicidó.

F. Scott Fitzgerald y Zelda forman un caso aparte, mucho más complejo. Tuvieron la oportunidad de disfrutar de una vida de viajes, lujos y excesos, pero la relación personal entre ellos estaba saturada de claroscuros y adicciones, sin mencionar el desequilibrio mental de la propia Zelda. Y si de desequilibrios se trata, Virginia Woolf pudo sacar a la luz sus proyectos narrativos gracias a la imprenta de su marido, quien colocó en segundo plano sus propias creaciones literarias para encargarse de las de su mujer. Pero aquí lo importante es la narración, el aporte que estos hombres y mujeres hicieron gracias a (o a pesar de) sus relaciones amorosas con otras mentes brillantes.

El auxilio, el desgaste físico, el melodrama, la neurosis, el acicate intelectual, la presión emocional, los celos, los arrebatos coléricos, el existencialismo; son todos ingredientes para una obra poderosa, eterna y llena de matices subliminales. Aunque no quiero dejar afuera las pasiones tangenciales que se desarrollan dentro del campo artístico, que fue por donde comencé. Allí también reposan los amores de Camille Claudel y Rodin; así como la gama de pasiones multicolores entre Diego Rivera y Frida Kahlo. Cada una de esas relaciones representa un universo singular, turbulento, dinámico, explosivo; con reglas particulares y leyes que se ajustaban a las diferentes personalidades en juego; pero una cosa es cierta: nunca, nunca, podrán catalogarse de aburridas, independientemente del resultado.

13 de agosto de 2009

Palabras cromáticas.

Me alejo del escritorio para buscar café. Camino hasta la cocina con una mal disimulada sonrisa de satisfacción por el progreso logrado. La mañana ha sido productiva: dos capítulos consecutivos con pocas tachaduras. Mis dedos se sienten encalambrados, pero felices. He alcanzado un buen ritmo y a este paso es probable que alcance el plot point final en poco tiempo. Me intereso ahora en dejar que la historia avance, que rebose la página, se amolde al resto casi con vida propia. El café no está muy caliente y eso me saca otra sonrisa, provoca una extraña necesidad por regresar a mi puesto y revisar lo que ya escribí; pero sé que no debo abusar de las musas, que debo tomar pausas necesarias para evaluar el trabajo.

Mientras me acomodo en la silla y le busco puesto a la taza tibia, mis ojos tropiezan con la caja de las pinturas y un par de lienzos; todo el material pictórico reposa en un rincón de la habitación, como esperando a que otras musas diferentes despierten de su letargo y me impulsen a motear mis dedos con tonalidades oleosas y brillantes. Los recuerdos de una época manchada llegan en suaves contrastes superpuestos: las sesiones con el artista que moderaba mis lecciones, las tardes suspendidas entre el lienzo a medio llenar y los objetos disímiles que ofrecían sus contornos para guiar mis pinceles; se trata de evocaciones tranquilas que llegan a través de música clásica y el estudio de las técnicas adecuadas para representar otra realidad alterna.

Mi vista va desde el estuche multicolor hasta las páginas llenas con una letra pausada y familiar; pienso que me he limitado a intercambiar las habilidades de un arte por el otro, que el bolígrafo sustituyó las acuarelas sin traumas ni sacrificios. Pero a medio camino descubro que la divergencia es sólo aparente, difuminada. La tarea del escritor no difiere tanto de la del pintor: ambos deben esforzarse por plasmar con fidelidad una imagen que se mueve inquieta entre los pliegues de la memoria; los dos necesitan echar mano a dosis excesivas de disciplina para cuidar el trazo de los personajes, el tono utilizado en las características, la composición adecuada para alcanzar un equilibrio cromático entre las líneas y las formas. En fin, ensuciarse mucho, borrar y volver a empezar, una y otra vez.

El resultado final nunca será satisfactorio; siempre se querrá cambiar un color, agregar otra escena, diluir una tonalidad, desaparecer un personaje, cambiar el punto de vista, rodar algún signo de puntuación, alcanzar un acabado diferente al que se tenía en un principio. Pero allí radica la belleza de la creación, en esa metamorfosis constante y pasajera que amenaza y auspicia el trabajo. Se trata de una labor sin comienzo ni punto decisivo que cierre el párrafo. Existen las variaciones, la sustitución de un fondo, la superposición de nuevos colores.

En la medida en que regreso a las páginas escritas pienso que es preciso agregar los nuevos capítulos con pinceladas sueltas, cuidando también la linealidad en la historia, pero entiendo que se asemeja a un trabajo en progreso. Intuyo que otros capítulos serán anexados con cuidado, incorporados a la labor creativa con atención a los detalles y las líneas hechas. Y de vez en cuando uno debe alejarse, dejar que la pintura fresca se seque sobre el lienzo, para regresar luego y comprobar si la mixtura resulta satisfactoria, si existe coherencia entre las partes; así, paso a paso, se podrá llegar a una posible conclusión que llene las expectativas. A lo largo del trayecto serán precisos unos retoques aquí y otros más allá, hasta que la visión entera casi se desborde del marco que hemos escogido, que adquiera esa vida propia que anhelamos transmitir y que en contadas ocasiones se logra.

Mis palabras de colores manchan el papel con imágenes maravillosas; esto es muy subjetivo, por supuesto. Por ahora apenas me contento en descifrar matices nuevos, experimentar con otras gradaciones, distintas tonalidades narrativas. Total, siempre se puede echar mano a la trementina y empezar otra vez. Nada es definitivo, ni siquiera sobre una tela tan rugosa.