6 de diciembre de 2011

Bajo la lluvia.


Llueve todavía cuando salgo del gimnasio, poco antes de las 7 pm. Llueve desde temprano. Abro el paraguas, me coloco los audífonos y me lanzo a caminar. Son pocas cuadras hasta mi nuevo hogar; además, la caminata ayuda a regularizar mi pulso acelerado. Casi no hay gente en la calle. Mi mente divaga. Pienso en diferentes escenarios nocturnos. Me agrada esta caminata después de la sesión de ejercicios. Poco antes de llegar al edificio donde vivo, quizás un par de manzanas, tropiezo con una pareja en una esquina. Es difícil cruzar con ellos en el medio, y el paraguas estorba. Mientras intento hacerles entender que obstaculizan mi paso, alcanzo a oír lo que dice la muchacha. Tiene el rostro levantado y las gotas rebotan y se deslizan por su cuello; permanece inmóvil, con los ojos cerrados y la mano del chico sujetando la suya. La voz de la muchacha es tenue.

―Gracias por la mejor tarde de mi vida ―dice ella.

Me quedo tan inmóvil como ellos. La chica sigue con los ojos cerrados, y él la mira. Yo los miro a ambos, impresionado. Nos mantenemos los tres allí, suspendidos, bajo la lluvia. Es una escena bizarra. Un trío de desconocidos que se detiene en una esquina mojada. Él sigue callado, se limita a observarla, y sonríe, aunque ella no lo sabe. Parece que no les importa que yo atestigua su paréntesis nocturno. Están ajenos a mi presencia, al movimiento torpe del paraguas, a los carros que pasan, al estruendo que cae del cielo ennegrecido. Creo que son felices, y siento un aguijonazo de envidia, lo confieso.

Todo dura, si acaso, algunos segundos, pero su esencia se diluye con parsimonia. Debo bajar a la calle, maniobrar con el paraguas, y volver a subir para continuar mi camino. Ahora soy yo quien sonríe. De pronto recuerdo una escena de la película Great Expectations, donde el personaje de Ethan Hawke rescata a Gwyneth Paltrow de una sofisticada cena con su prometido y otros amigos, y la saca a bailar, y después la conduce con calma hasta la calle, donde llueve, y entonces se lanzan a correr bajo la lluvia. Algunos pueden decir que es cursi, todo depende del grado de cinismo que haya anidado en sus vidas. A mí me parece muy romántico.

Luego, mientras subo en el ascensor, intento imaginar lo que pudo haber sucedido para que esa muchacha agradezca por la tarde que tuvo. ¿Está enamorada? ¿Se curó de una grave enfermedad? ¿Estaba en coma y volvió a la vida? ¿Hizo el amor durante horas con el muchacho que le sostenía la mano? ¿Por qué el rostro alzado bajo la lluvia? ¿Se sentía bien el contacto del agua fría sobre su piel? Pensé que no me hubiese costado mucho comprobarlo. Pensé en cuán acostumbrados estamos a la comodidad de la rutina. Pensé en cómo sería permanecer bajo la lluvia con la persona que amamos. Pensé que siendo adultos olvidamos la espontaneidad de la niñez. Pensé que me hubiese gustado seguir allí, con ellos, y saber cómo terminaba el momento. Pensé en muchas cosas. Y al final sólo me queda escribir sobre lo sucedido, sobre lo que pudo haber pasado, sobre lo que me gustaría que pasara, sobre lo que quiero que suceda entre mis páginas. Sólo eso.

Es noche cerrada. Y sigue lloviendo.