27 de septiembre de 2020

Despedida.

 

 
 

Me cansé de decir sí cuando debí decir no.
Me cansé de quedarme callado.
Me cansé de sentirme inseguro por mi aspecto físico.
Me cansé de conformarme con migajas y quedar con hambre.
Me cansé de aplaudir a gente que me ignora.
Me cansé de caminar en círculos.
Me cansé de ser tan permeable. Está bien ser egoísta a veces.
Me cansé de pedir la luna, si quiero las estrellas (Bette Davis dixit).
Me cansé de sonreír cuando no me provoca.
Me cansé de llenar los silencios con cháchara inútil.
Me cansé de intentar complacer a los demás.
Me cansé de infravalorarme.
Me cansé de andar cabizbajo por la vida.
Me cansé de caminar en línea recta. Adoro los desvíos.
Me cansé de tocar puertas.
Me cansé de integrarme en el rebaño.
Me cansé de posponer mis propias páginas.
Me cansé de dar explicaciones a gente que ni siquiera escucha.
Me cansé del blanco y negro. Soy muchos colores.
Me cansé de las segundas oportunidades. Y las terceras. Y las cuartas.
Me cansé de los callejones sin salida.
Me cansé de decirlo, cuando debieron haberlo intuido.
Me cansé de ser el postre.
O el chiste de otros.
Y me cansé de los comentarios estériles.

No soy la guinda de la torta, pero tampoco soy la porción quemada del arroz.

22 de septiembre de 2020

Belleza.


 

¿Sería posible, Critón, que en nuestros años, las conversaciones más serias se hayan

hecho semejantes a las de los niños, sin que nos hayamos dado cuenta de ello?

Platón.

 

 

 De nuevo nos sentamos en el balcón, al atardecer, con dos tazas de café. Miro su perfil mientras él bebe con pequeños sorbos. Parece absorto en las líneas oscuras de los morros alzándose contra el crepúsculo. Me gusta la forma en que un mechón de su cabello rubio cae sobre sus ojos. La línea recta de la nariz. Los labios llenos. La piel de las mejillas como la superficie delicada de un durazno maduro. Yo también doy sorbos a mi taza, pero prefiero beberme los contornos de su rostro. Parece sentir el peso de mi mirada.

—¿En qué piensas? —dice.

—En lo atractivo que eres.

Él chasquea la lengua.

—No digas eso… Tú sí eres atractivo.

Me cuesta apartar la mirada.

—No —digo—. Te he dicho que mientes mal. Se te nota… No lo hagas.

—Ah, pues… Ya vas a empezar tú con tus cosas.

Reímos.

—Lo digo en serio —insisto—: eres muy atractivo. A veces me pregunto cómo podría sentirse ser así. Quisiera meterme debajo de tu piel. Mirarme en el espejo a través de tus ojos… ¿Qué sientes tú?

Él sonríe con nerviosismo.

—¿Qué siento de qué? No empieces, loco…

—Lo sé. Disculpa. Para ti debe ser muy natural. Creo que la gente como tú se acostumbra rápido a tener ese efecto en los demás. Lo dan por sentado.

Él me mira durante un momento antes de volver al café de su taza.

—Estás loco —dice.

—No, sólo estoy intentando imaginar lo que se sentiría ser como tú.

—¿Y cómo soy yo?

—Ya te lo dije: perteneces a esa selecta minoría agraciada por los dioses. Eres muy atractivo.

Él parece pensarlo un poco.

—Eso es porque te gusto —dice.

—Hmmm… Sí, pero hay algo más. No es sólo por eso. Tiene que ver con tus rasgos faciales, las líneas de tu cara, el cabello, la forma de tu nariz y tu boca; incluso tu mirada es hermosa. Es una mirada limpia.

Él vuelve a reír.

—Loco, bébete el café.

—¿Te molesta que lo diga? Deberías estar ya acostumbrado… —Lo miro fijamente—. Sí. Lo estás. Una parte de ti ya se ha acostumbrado a tener ese efecto en los demás… Me pregunto cuántas veces a la semana te lo dicen, o se te quedan viendo sin disimularlo… Aunque… —Lo pienso mejor—: Quizás todavía te asombra un poco… ¿Puede ser? Sí… Tal vez aún no te has acostumbrado del todo.

Él voltea a mirarme. Nos miramos sin parpadear durante algunos segundos.

—¿Qué es lo que ves cuando me miras?

El tono de su voz es diferente. Lo noto enseguida.

—Ya te lo dije: que eres atrac…

—No —me interrumpe—, más allá de eso.

Cada uno se concentra en sus propios pensamientos. Damos sorbos al café. Él sigue:

—No sé qué es lo que ven cuando me dicen eso. Yo me veo normal, pues. Pero…

La frase queda colgada de su labio inferior, como una gota.

—¿Te molestó lo que dije? —pregunto.

Él hace un movimiento negativo con la cabeza.

—No es eso… Es que no lo entiendo. ¿Qué ves tú cuando me miras?

Sostiene mi mirada durante un par de segundos.

—Me parece que eres un chico muy atractivo. Eres interesante. Fuera de lo común. Tus manos. Cuando sonríes. Los diferentes tonos que tiene tu cabello rubio. La manera en que ladeas la cabeza para mirarme. Eres casi intoxicante. Sí, eso: eres casi intoxicante.

—Pero tú también eres atractivo…

Alzo las cejas y estiro el brazo para dejar la taza encima de la mesa.

—No. Ya hablamos de eso. Eres bello, pero no sabes mentir bien todavía.

—Claro que sí, loco… —insiste él.

—Claro que no, loco —digo, imitando su tono de voz juvenil.

Reímos.

—Yo nunca he sentido eso —le digo—. Nunca he experimentado ese tipo de mirada. Uno lo sabe.

—¿A qué te refieres?

—La belleza, supongo. No lo sé. Lo que sí sé es que no causo esa impresión en los demás. Tú sí.

Él bebe otro sorbo de café antes de responder.

—Claro que sí. Tú tienes muchas cualidades. Mira todo lo que haces, lo que has hecho…

—Pero eso no tiene nada que ver con ser atractivo. Créeme: yo lo sé.

—Estás equivocado —insiste él.

—No. Se es atractivo o no. Allí no hay confusiones… —Pienso en algo más—. A mí nunca me han mirado de esa forma. Lo sé. No tengo ese… ingrediente extra… Las relaciones que he tenido…

—¿Qué?

—Perdón. Estaba pensando en otra cosa… Quise decir que en las relaciones que he tenido nunca ha existido esa mirada de admiración y sorpresa. Uno se da cuenta. En estos días escribí algo sobre eso. Ese tipo de miradas. Esa… devoción visual.

—Pero eso es relativo…

Me toca el turno de chasquear la lengua.

—Ay, por favor… No me salgas con eso. La belleza es relativa. Ajá.

—No te entiendo.

—A ver… Yo he sentido que me miran con interés, con curiosidad, con indiferencia, con desagrado, pero nunca atraigo las miradas precisamente por ser atractivo… No, no me interrumpas; yo lo sé. No me lo discutas. Durante un tiempo eso me generó inseguridad. Me sentía feo… Ya va, espera; te dije que no me interrumpieras… Lo que intento decir es que llega un momento cuando haces las paces con lo que te muestra el espejo. Entonces puedes concentrarte en otras cualidades. Belleza no tengo, pero eso no es lo único que importa. Ahora lo sé.

—Estás loco. ¿Por qué dices eso?

—Porque tú sí eres atractivo, y me pongo a pensar en cómo debe sentirse ser así. Lo eres.

Él parece masticar un poco mis palabras.

—No sé. Creo que tengo la nariz muy grande. Y a veces soy muy torpe. No me gusta mi cabello… La gente me mira, y a veces se me acercan y me preguntan cosas, quieren conocerme, tener algo conmigo. Pero yo no entiendo por qué... Ajá, soy alto y blanco y esas cosas, pero de verdad que no entiendo por qué, loco. Yo no me siento diferente.

—Eres diferente, y tú lo sabes. Tal vez aún no comprendas bien el alcance de eso, experimentas con eso, pero tarde o temprano lo vas a asimilar. No puedes cambiarte el rostro. Ah… Te imagino cuando tengas treinta años. Vas a ser un hombre muy, pero muy hermoso. Esa es la edad ideal. Créeme. Ya lo verás.

—No sé… Quizás piensas eso porque te gusto. Si no te gustara pensarías distinto.

Giro esa idea entre mis dedos. Sus diferentes ángulos.

—Quién sabe. Tal vez tengas razón. Me gustas porque eres atractivo. Desde el primer momento en que te vi. Un flechazo. Un coñazo, mejor dicho. Pero me gustas no sólo por eso. Sólo digo que, en la repartición de belleza, tú estabas entre los elegidos. Yo no. Pero está bien. Como te dije, ahora sé que tengo otras herramientas a mi favor.

Él coloca la taza encima de la mesa, junto a la mía.

—Pero… —dice—. No pienses eso. Lo dices como si nunca pudiera pasar. Tú dices siempre que la vida da muchas vueltas… De repente mañana te consigues con alguien que te va a mirar así… No lo…

—A mi edad —lo interrumpí—, las ilusiones son un lujo que uno sólo puede permitirse de vez en cuando. —Me sumerjo en sus ojos—. Después de los cuarenta, la realidad aplasta cualquier intento de rebelión idealista.

Reímos al cabo de un momento.

—Te quiero mucho, ¿sabes?

—Yo también —respondo—, pero eso no va a llenar mi taza de nuevo. Anda… Busca más café, por favor. Y tráete los cigarros.

12 de septiembre de 2020

Las miradas rotas.

 

Lo mirabas. Lo hacías con discreción. De vez en cuando tus ojos se iban hacia la larga fila de vehículos que esperaban frente a la estación de servicio. Pero siempre volvías a él. Había una mezcla de curiosidad y de interés disimulado en tu mirada. Estuviste allí durante un rato largo; inmóvil, absorto en la figura de ese hombre apoyado contra la pared. Tu perfil. El rostro ladeado. Las líneas tensas de tu cuello. Me hubiese gustado que nuestras posiciones fuesen inversas; es decir, que él te mirara a ti mirándome a mí, pero ya el destino había decidido nuestras posiciones equidistantes durante esa mañana de domingo. El bullicio y las risas de nuestros amigos. El rumor de las motos. La tibieza del sol que avanzaba con rapidez. La ligera brisa que anunciaba el mediodía. Y tu vista fija sobre él. En algún momento se me escapó una sonrisa agridulce. Los tipos como tú están acostumbrados a observar, y rara vez se percatan de que son observados. Por eso, quizás, no sentiste el peso de mi mirada sobre la tuya. Toda tu atención estaba puesta en él. Lo supe de inmediato. Ese tipo de interés no se puede camuflar.

Más adelante recordé una escena similar. Ocurrió en París, muchos años atrás. Yo estaba de viaje con mi amiga Vanessa. Desayunábamos en un café pequeño cerca de la Place d’Italie. Detrás de Vanessa, en otra mesa, estaban sentados dos muchachos. El que nos daba la espalda hablaba y contaba algo, el otro chico lo miraba y asentía con lentitud. Nunca pude olvidar la intensidad de esa mirada que yo observaba por encima del hombro de mi amiga. Tampoco se lo comenté a ella. Ese descubrimiento me pertenecía, era mío, y si lo hubiese compartido tal vez habría perdido una parte de su sustancia. El muchacho que escuchaba ni siquiera se fijó en la atención que yo les prestaba. No escuché lo que decían, pero la visión de su mirada se ha quedado conmigo desde entonces. Había tanta entrega en esos ojos, tanta ternura mal disimulada, tanta devoción. Pensé que era imposible que el otro chico no se fijara en ello. Y sentí un aguijonazo de envidia porque sabía que a mí nadie me había mirado jamás de esa forma tan abierta, tan limpia, tan atenta. No lo hubiese recordado si no fuera por la manera con que tú veías a tu amigo. Era la misma mirada.

Aquello duró poco, pero el tiempo suficiente como para que yo comprendiera las escasas posibilidades que tenía de atraer tu atención. Para ti sólo existía ese cuerpo al otro lado de la acera. Las manos en los bolsillos. Un pie apoyado en la pared. Sus ojos escudriñando a la gente junto a la fila de vehículos. Él parecía tan ajeno a lo que había provocado en ti. Es probable que nunca llegue a saber lo que sucedió durante esa media hora. El efecto que produjo en tus sensaciones. Y yo me convertí en un reflejo de lo que tú sentías, porque me pasaba lo mismo, pero contigo. Yo te miraba a ti y tú lo mirabas a él. Formábamos una extraña cadena de miradas subrepticias. Eslabones solitarios de pupilas devotas. La linealidad de las miradas rotas. Porque ese hombre en ningún momento te devolvió la mirada, y tú jamás volteaste a verme a mí. Un paréntesis en medio del estruendo callejero. Después volvieron a acercarse y se sentaron a conversar en voz baja. Sea lo que fuese que había pasado antes, apenas si quedaba rastro de ello en tus ojos o en los míos. Me parece curioso: él no advirtió la forma en que lo observabas y tú tampoco percibiste la manera con la que yo te miraba.

Hay batallas que están perdidas incluso antes de comenzarlas. A partir de ese momento tuve la certeza de que no había nada que yo pudiera hacer para que me miraras así como lo mirabas a él. Fue un gesto espontáneo, involuntario, pasajero, y al mismo tiempo tan definitivo como el pavimento bajo nuestros pies. Intentarlo siquiera hubiese sido una locura. Me despedí de ti en silencio, me despedí de lo que pudiste haber significado si tus ojos se hubiesen girado en otra dirección. Mi mirada terminó de romperse en pequeños pedazos dispersos en la acera. Respiré profundo y te deseé la mejor de las suertes. ¿Qué más podía hacer a esas alturas de la escena? Tu amigo es un tipo afortunado. Ojalá lo sepa. Yo agradezco haber tenido la oportunidad de contemplar la fugacidad de tu mirada. Apenas eso. Otra sonrisa agridulce: quizás alguien más me miraba a mí observándote a ti viéndolo a él, pero eso sólo sucede en las novelas. ¿O no?