2 de junio de 2018

Esperar lo inesperado.



El tiempo tiene una cualidad elástica cualquier sábado por la tarde. Y cuando uno vive solo tiende a reacomodar los minutos libres alrededor de lo que más disfruta; en mi caso: la lectura. Desde principios de la semana, me sentía bastante interesado por la trama de Bajo la red, la primera novela publicada por la inglesa Iris Murdoch en 1954. Se trata de una historia con matices filosóficos muy interesantes y los personajes me tenían atrapado. Decidí que leería hasta el final de la tarde, luego prepararía una cena ligera y me iría temprano a la cama para la noche de estrenos en el canal HBO. Sé que a muchos puede parecerles aburrido este plan de acción, pero también sucede que uno alcanza cierta edad en la que se le resta importancia a lo que opinen los demás en cuanto al uso del tiempo propio y se opta por la alternativa más estimulante. Así, pues, era sábado; tenía por delante una rica tarde de lectura y una noche de películas en la televisión. Pero el destino tenía otros planes tangenciales para mí.
Alrededor de las 5 pm sonó el teléfono. Era Gustavo, mi hermano, para avisarme que estaba en el pueblo, que andaba con su mejor amigo y querían verme, y preguntaba si podían venirse hasta mi apartamento para tomarse unos tragos conmigo. Dije que sí, por supuesto. Los esperé en la entrada del edificio y me concentré en los colores atenuados por el sol que ya se marchaba. En el aire había una mezcla atractiva de dorados, verdes, lilas y azules, empujados por una fuerte brisa vespertina bastante inusual. Ellos llegaron a los pocos minutos, pero no venían solos. Gustavo andaba con varios de sus amigos de Caracas. Una pandilla bulliciosa y entusiasta. Los recibí en el estacionamiento y subimos al apartamento después de los saludos y las presentaciones. Traían una bolsa grande de hielo, varias botellas de ron y la mejor disposición de festejar en un sábado por la noche. Era evidente que mi tarde había cambiado al levantar el auricular del teléfono.
Lo que llamó mi atención sobre estas personas fue su inmediata capacidad de adaptación y orientación dentro de mi apartamento. Se adueñaron de la cocina, quitaron los libros de la mesa de la sala, pidieron el baño prestado y habilitaron un dispositivo electrónico en uno de los anaqueles de la biblioteca para que sonara música desde uno de sus teléfonos celulares. Se los confieso: la tensión en mis músculos se fue acrecentando con la llegada de la noche y el aumento en el volumen de la música. Una de las mujeres preguntó dónde estaban los cuchillos afilados y se entretuvo en cortar algunos vegetales sobre la tabla de madera que le facilité. La mayoría se ubicó en el balcón, mientras Gustavo abría todos los ventanales y sonreía como un niño ante la visión expandida de los morros con el crepúsculo detrás. Unas siluetas dentadas llenas de tonos naranjas y azules alrededor. La mujer en la cocina preguntó por la sal y un sartén. Hice lo que pude.
Más adelante me quedé apoyado contra las puertas acristaladas del balcón, mirando en silencio a los amigos de Gustavo sentados frente a los ventanales y, si giraba un poco el torso y veía por encima de mi hombro derecho, observaba a los demás sentados en los muebles de la sala, agitando los dedos y los verbos con exquisita facilidad. La mujer de la cocina gritaba para que alguien recordara llenar su vaso de nuevo. Pensé en cuánto había cambiado mi tarde y mis planes nocturnos en un parpadeo. Las palabras leídas se habían transformado súbitamente en un rumor de voces, risas, tintineo de hielo en los vasos y distintas canciones en portugués. El silencio habitual de mi apartamento había sido suplantado por una algarabía de bromas y brindis y carcajadas que aún estaba intentando procesar. Mientras mi incomodidad inicial parecía encogerse, la espontaneidad de ellos se ensanchaba por todo el apartamento. Una de las mujeres regresó del baño y dijo que había dejado allí un rollo de papel sanitario que trajera con ella para casos de emergencia. Parecía que estaban preparados para todas las contingencias.
Desde la pequeña corneta sonaba una canción de Cesária Évora. Gustavo seguía acodado en el balcón, entretenido con una cámara fotográfica, con la atención puesta en la figura difuminada de los morros ya casi engullidos por la penumbra. El rostro radiante y la sonrisa inmóvil en su boca. Me echó una rápida mirada cuando me senté cerca de él. Los otros estaban reunidos en torno a la mesa de la sala, donde la mujer de la cocina había dispuesto diferentes platos llenos con vegetales salteados, pedazos de pizza, bollos picantes y algunas servilletas. Gustavo tomó un par de fotos antes de dirigirme la palabra:
—¿Te sientes bien? —dijo.
Ladeé la cabeza y asentí antes de responderle con una sonrisa. Por un momento pareció que iba a tomar otra fotografía, pero se detuvo antes de hacerlo y volvió a mirarme.
—Te sacamos de tu zona de confort, ¿verdad?
Me mostró una sonrisa ancha, una mezcla sugestiva de picardía y complicidad. Volví a asentir.
—¿Qué ibas a hacer? —dijo.
—Leer. Películas. Dormir.
Gustavo tomó una fotografía hacia la noche veloz tragándose los morros.
—¿Te molesta? —dijo—. ¿Te molestó que viniéramos?
Lo pensé un poco. No tenía razones para mentirle.
—No —dije.
Giré la cabeza por encima de mi hombro, arrojando la mirada hacia el grupo risueño en la sala de mi apartamento. Ahora sonaba una canción de Ana Moura desde la corneta. Me sentí de pronto relajado entre el sonido del fado portugués, las risas y el murmullo de las voces llenando el espacio. Volví a ver a Gustavo antes de sonreírle de nuevo.
—No —repetí—. Gracias.
Él bajó la cámara para verme con la incomprensión en sus pupilas.
—¿Por qué?
—Por esto —dije, extendiendo la mano para intentar abarcarlo todo—. Por venir hoy.
Gustavo bajó la cámara y chasqueó la lengua. Se acercó hasta una de las sillas, dejó la cámara fotográfica y extrajo un tabaco del estuche. Lo encendió con lentitud. Le dio varias caladas y se sentó a mi lado. El hielo se quejó con un tintineo agudo al deshacerse por efecto de la tibieza del ron a su alrededor. Entonces Gustavo me miró.
—Te voy a confesar una vaina —dijo—: lo hice adrede.
Sostuve su mirada y alcé las cejas. Era una pregunta muda.
—¿Más o menos?
—Coño —dijo—, es que tú te encierras demasiado. Yo sé, yo sé —detuvo mi intento de hablar—: a ti te gusta estar solo, disfrutas con eso, y tú sabes que yo soy igual. Somos muy parecidos en eso; pero, coño, marico, tienes que sacar la cabeza de la burbuja de vez en cuando. Respirar profundo. Hacer un contacto con la realidad. —Hizo una breve pausa para chupar de su tabaco—. Es mi opinión. No sé lo que piensas tú. Pero lo hice por ti.
Tardé un poco en responderle.
—Es difícil —le dije—. Uno se acostumbra. Es un vicio. Es un vicio placentero. Mientras pueda leer, no pido más. Tú sabes cómo soy yo, Gus.
—Yo sé, marico; pero tienes que sacar la cabeza de la tierra para ver lo que te rodea. Los viejos me advirtieron que podías molestarte, pero yo les dije: “No joda, tiene doble trabajo. Es mi hermano y no me puede decir que no”. ¿Entonces? ¿Te molestaste?
—No… Me obligaste a hacer algo diferente. Sacar la cabeza la burbuja.
Gustavo se rió.
—Y el roncito está bueno, ¿verdad? Di que no.
—Gafo.
—Además, coño, ve el lado positivo: ahora tienes material para escribir otra de esas pendejadas que publicas en Facebook… Pero no me vayas a tirar tan duro, coño… Eres filoso a veces.
—Pendejo —dije con un acento de culpabilidad—. Ya lo pensé.
—¿Ah, sí?
—De bolas. Desde que llegaron se ha estado escribiendo sola. Mañana la pulo.
Gustavo volvió a reír con una carcajada de gozo y anticipación.
—Eres un maldito. Yo sabía.
Entonces reímos los dos y juntamos los hombros.
—Bébete un ron, chico. Vamos a brindar.
Respiré profundo. Pensé que sí había muchas razones para brindar, para celebrar, porque mientras la vida pueda sorprendernos, desequilibrarnos, sacarnos de nuestra zona de confort, podremos encontrar razones para alzar el vaso y brindar por la vida. Sí, me dije, a pesar de las múltiples desilusiones y decepciones, el destino se reservaba algunas sorpresas inesperadas en la manga.
—Tienes que esperar lo inesperado —dijo él.
Volví a hacer otra profunda inspiración.
—Lo sé. Yo lo sé.

21 de mayo de 2018

Las cenizas del voto (o de cuántos palos aguanta una piñata sin caramelos).





                Miré el gesto lento de su mano al abandonar la taza sobre el platillo y luego apartarla a un lado. El tintineo agudo de la porcelana como una queja retrasada entre nosotros.
                    —Me siento tan mal —dijo—. Qué arrechera tan grande cargo. Voy a fumarme otro cigarro.
                La misma mano de antes extendió los dedos para sujetar el paquete de Belmont Switch, sacó un cigarrillo y lo encendió con rapidez. Hizo una profunda inhalación y después botó el humo azulado como si se tratara de una tóxica liberación, como si algún peso insoportable se convirtiera en algo vaporoso e intangible. Volvió a dar otra calada al cigarrillo antes de hablar.
                —Discúlpame que viniera a fastidiarte con esto. No sabía dónde más ir.
                —No te preocupes por eso —dije—. Tú sabes que yo entiendo. No es fácil.
           —¡Coño! —pareció agarrar energía de pronto—. Y mis primas que no pueden ser más atorrantes. ¡Verga! Me tienen arrecho con todos los mensajes que publican, que si votar es de traidores, que si el que vota no quiere a su mamá, que si de verdad quieres a Venezuela no deberías votar… ¡Claro! Qué sabroso es criticar desde lejos, con la nevera llena, sin las preocupaciones que uno tiene encima. ¡No me jodan! Te lo juro: he estado a punto de bloquearlas en el Facebook…
                —Yo sé, Negro… Pero recuerda que cada quien ve las cosas desde su punto de vista. Ellas tuvieron que mudarse y empezar desde cero, en otra ciudad, con otra gente…
               —¡No vengas tú a defenderlas! ¡Es el colmo!
              —No, chico; no se trata de eso. Es que a mí me gusta ver las cosas desde sus diferentes ángulos. Es una de mis debilidades. No todo es blanco y negro.
               Dio otra calada al cigarrillo y continuó:
               —Coño, vale, es que no se ponen en mi lugar. ¿Cómo hago, ah? ¿Cómo hago? Estoy solo con mi mamá. Eso es lo que nadie entiende. ¿Cómo hago para comprarle las medicinas? ¿La comida?
               Coloqué el brazo encima de la mesa, la mano extendida hacia él.
             —Negro, a mí no tienes que darme explicaciones. Yo te entiendo. Sé que desde que tu hermana se fue, no la has tenido fácil. Hay muchos matices de gris en todo esto.
              —¿Tú te imaginas que me boten? ¿Ah? ¿Cómo hago con mi mamá?
              Mi amigo rozaba la línea de la frustración, de la lástima, en la superficie, pero mucho más abajo hervía su cólera, una molestia demasiado grande para transformarla en ceniza con varias caladas de su cigarrillo.
          —Coño, mi mamá es una mujer enferma, chamo. Desde que mi papá se murió yo he tenido que encargarme de todo, y tú lo sabes, a ti te consta. Ya ni salgo. ¡Coño, ni siquiera tiro! ¿Con qué tiempo?
                Aparté la mano para beber un sorbo de café. Él sólo quería desahogarse, era evidente.
            —De quince que en teoría somos en la oficina, apenas quedamos cuatro. ¡Cuatro! Tengo el carro jodido. Ni te cuento lo que me dijo el mecánico. Pero igualito me voy todos los días en la mañana a abrir la puta oficina, a lidiar con mi trabajo, sin hora de salida. Tengo los pies escoñetados. Eso es lo peor: tan marico que soy con los pies. Tengo la piel muy sensible, y la caminadera me los terminó de joder. ¡Ah!, pero si no es por el pendejo que va y viene todos los días…
             —Yo sé, Negro; yo lo sé…
             —Yo sé que tú lo sabes, chico, pero estoy drenando… ¿No puedo drenar, coño?
             Ambos nos permitimos una débil sonrisa. La primera desde su llegada.
             —¿Quieres más café? —le pregunto.
             —Sí. ¿Tienes?
             —Aquí pueden faltar muchas vainas pero, ¿café?, nunca. Mientras haya café, aguanto la pela. Hay que tener…
               Él me interrumpió; o, mejor dicho, los dos lo dijimos al mismo tiempo:
               —¡Tolerancia!
               —Tolerancia…
               —Sí —siguió el Negro—, con eso me vives jodiendo. Hoy tengo la puta tolerancia en cero.
            Me levanté para buscarle más café. Le pregunté qué pasaría a continuación mientras iba hasta la cocina para llenarle la taza.
                —Ahora a esperar los malditos resultados. Eso es todo. Pasé por el punto rojo y les entregué el carnet. Lo escanearon y otra de las carajas anotó los datos de la cédula. Pero igualito no van a hacer nada con eso. Las tipas del CNE tienen esa vaina arreglada quién sabe desde cuándo. Los pendejos son los que siguen creyendo en pajaritos preñados.
                Volví a ocupar mi puesto frente a él y dejé la taza llena entre nosotros.
                —Todavía está tibio, Negro. ¿O quieres que te lo caliente?
                —No, tranquilo. Yo me lo bebo así.
                —Pero tu mamá no votó.
                Lo dije como una afirmación, pero era más una pregunta que otra cosa.
              —¡No! —abrió mucho los ojos—. Le conseguí un reposo con el médico y la dejé en la casa con la vecina. ¿Tú te imaginas? Ahí sí es verdad que termina de morirse la vieja, si la llevo obligada para que vote. ¡Coño!
                —Yo sé que es tonto repetírtelo, pero hay que tener paciencia, Negro.
                —Yo lo sé, coño, ¡yo lo sé! Abajo, bien abajo, yo lo sé; pero ¿cómo se lo explico a mi yo de arriba? ¡Ah!, pero espérate: lo mejor vendrá mañana, ya tú vas a ver. La tiradera de piedras no va a ser normal. ¡Verrrrrrga!, eso es lo que más me arrecha, chamo… —y aplastó la colilla del cigarrillo con violencia, haciendo saltar pequeñas chispas anaranjadas alrededor.
                —Bébete el café, antes de que te dé una vaina.
                Detallé su rostro mientras él bajaba la mirada para sujetar la taza. Estaba sudado, los rasgos faciales parecían a punto de disolverse, como si un prolongado efecto de derretimiento estuviese ya en su fase final. Ya no era el mismo hombre obeso que había conocido en un principio y si seguía diciéndole “gordo” de vez en cuando, creo, era por cariño o por efecto de la costumbre. Respiré profundo porque no me hubiese gustado estar en sus zapatos, debajo de esa pesada carga existencial.
                —Lo siento, Negro —se me salió—. Lo siento mucho.
                —Nah… Qué más voy a hacer.
                Y dejó caer los hombros con la misma dejadez con la que abandonó la taza sobre la mesa.
                —¿Sabes algo? De repente es una pendejada, pero lo estaba pensando anoche: con todo y los peos que ellos tienen, las acusaciones y sanciones, si te pones a ver, parece que están más unidos que nosotros. Forman un solo bloque. Y nosotros, que tenemos años dándole palos a esta piñata, todavía seguimos peleándonos por el garrote. Y lo peor es que ya no quedan caramelos en esa verga. Hasta en eso fueron más inteligentes: en dividirnos hasta en lo más mínimo: los que se fueron, los que se quedaron, los que votan, los que no, los que critican a los que se fueron, los que critican a los que se quedaron y no hacen nada, los que cobran los bonos, los que estiran la quincena, los que se toman fotos, los que no. Es muy arrecho…
            —Es que son unos bichos, mi alma. Tú no tienes idea —dijo y movió la cabeza en un gesto negativo—. Lo que pasa es que tú no tienes que trabajar con ellos y batir el barro como lo hago yo todos los días. ¡No joda! Si yo te contara…
           —¿Por qué, Negro? —pero sentí de inmediato que mi pregunta tenía un acento de ingenuidad mal colocado.
              —¡No! —se sonrió—. ¡Estás como loco! Tú eres muy peligroso, no joda. Después sales y lo cuentas. Tú no te guardas nada. ¿Qué te crees? ¿Que no te he leído? El que se confiese contigo es porque se siente suicida en las redes sociales —y se echó a reír, aunque era una risa amarga.
          —Eso no es así. No hables pendejadas. Cualquiera que te oye va y cree que yo tengo una gran audiencia, carajo. Ay, sí, Nelson Bocaranda y tal.
                —Bueno, no Nelson Bocaranda, pero igual te leen, mi alma.
                Alcé las cejas y solté una larga exhalación.
               —No puedo evitarlo, Negro. Cada quien hace lo que puede, desde donde puede. Yo tengo que escribir. Es lo que me apasiona. Ojalá pudiera hacerlo mejor. Pero es lo que aporto. Ése es mi grano de arena; contar, decir las cosas, describirlas, para que otros traten de entender lo que pasa aquí. Aunque no lo creas, a mí me molesta mucho cuando hablan paja, cuando opinan sin saber, cuando tiran piedras sin mirar dónde caen…
              —¡No joda! ¿Y me lo dices a mí? ¿Ya te conté de mis primas? —pero lo dijo de una forma irónica que nos hizo sonreír.
              —No son las únicas, Negro. Recuerda que ahora todo el mundo siente una compulsión violenta de opinar, de juzgar, de señalar los errores del otro. Es una bola que corre cuesta abajo y nadie la va a detener. De vez en cuando esa vaina me deprime, pero trato de no prestarle tanta atención. Me limito a contar mi pedacito del rompecabezas y ya. Cada quien que saque las conclusiones que quiera, ¿sabes?
                —Coño, pero es que si las vieras cómo critican y lanzan puyas. Ellas creen que no me doy cuenta, lo que pasa es que me hago el pendejo. Pero ¿por qué no se vienen a echarle bolas como yo? Ajá, qué de pinga: renuncio porque no estoy de acuerdo con este gobierno, porque me parece que lo que hacen está mal, chévere, yo renuncio, ajá… ¿Y después? ¿Qué coño hago después? ¿Qué como y qué medicinas le compro a mi mamá? ¿De qué vivimos? En eso no piensan esas coñosdemadre. Eso no importa. El Negro y la vieja que se jodan…
                Estiré la mano para agarrar mi taza, pero desistí a medio camino. Dije:
           —Y lo peor es que hay mucha gente como tú, Negro… Gente ignorante. Gente que no sabe. Lamentablemente hay que caer en ese lugar común: somos un país muy, muy ignorante. Nos falta mucha cultura política. Y nos acostumbramos a los bonos y a las bolsas de comida.
                —No, mi alma. Qué te cuento. Si es que antes de venirme para acá pasé por donde el árabe a comprar los cigarros. ¡No joda! Para comprar cigarros sí había cola; para votar, no, pero para comprar el vicio, sí, no joda. ¿Puedes creer que la cola llegaba a la esquina? ¡Sólo para comprar cigarros! Esa vaina se cuenta y no se cree. Así de jodidos estamos. ¡Es el rancho! ¡El rancho en la cabeza!
                Apreté los labios, indeciso si arriesgarme o no. El Negro puede ser muy radical cuando se lo propone.
                —Bueno, chico… —dije—. A ver… También hay gente que no sabe, gente que no entiende todo lo que hay en juego. Son mentes a corto plazo. No miran más allá de sus narices, y mientras puedan fumar o comerse una arepa o beberse una cerveza, pues, qué carajo…
                —Coño, tú sí eres arrecho…
             —Pero es la verdad, Negro… Tú mismo lo has visto antes. Llevamos 20 años en esto. Tú no puedes cambiar esa mentalidad de un día para el otro.
                Su torso de convulsionó en una pequeña carcajada.
           —Como quieras que lo pongas —dijo—, estamos jodidos. El último que apague la luz, no joda. Recojan los platos. Bueno…
                Y se incorporó de la silla. Abrió los labios para decir algo, pero no dijo nada.
                —¿Seguro no quieres más café? —le dije.
              —No. Ya tengo sobredosis de cafeína y de arrechera por el día de hoy. Además, la caminata es larga hasta la casa y el café me da muchas ganas de orinar. ¡Ah! Porque te cuento que ya vamos para dos semanas sin agua. Una puta llave que se rompió y que no la consiguen. Yo no puedo comprar más cisternas. Yo le dije a mi mamá que viera a ver cómo hace con los baños. Estamos usando el agua de los pipotes. Estoy ligando que arranque a llover, para llenarlos; pero ni eso.
                —Estamos jodidos, Negro —dije, incorporándome también.
                —Por donde lo quieras ver, querido. Hoy, gane quien gane, perdemos todos. Así de sencillo.
                Sonreí y bajé la mirada. Asentí al digerir sus palabras.
                —Coño, sí: gane quien gane, salimos perdiendo todos.

14 de mayo de 2018

Colección DeBolsillo Contemporánea.



Creo que fue en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo. Había un mesón enorme donde estaban expuestos los diferentes volúmenes. Muchos volúmenes, de acuerdo a mi golosa memoria. Pero no logro recordar cuál era la editorial que estaba encargada de aquella muestra. Toda mi atención estaba puesta en el arte de las distintas portadas que diferenciaban a un autor del otro. Era la primera vez que me fijaba en la Colección Contemporánea de la editorial DeBolsillo. No voy a engañarlos ni a engañarme a mí mismo al inventar nombres para llenar ese lejano mesón en mi memoria, pero me atrajo la portada de uno de aquellos libros. Era de Philip Roth: Zuckerman encadenado. Varias teclas calcinadas de una máquina de escribir. Un rectángulo amarillo con el nombre del autor y el título de la novela. Y ese pequeño rectángulo se repetía en todas las portadas, algunas veces más arriba y otras un poco más abajo. Parecía el sello distintivo de la editorial. Me parece que a partir de ese momento busqué con una mirada entrenada ese pequeño rectángulo en las portadas o el doble color (amarillo y negro) de los lomos de la colección. Con el paso del tiempo aprendí a identificar con un rápido vistazo cualquier título de DeBolsillo en medio de una torre de libros. Algunos títulos llegaron con facilidad. Ciertos autores también. Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar parecía repetirse bastante, o Boquitas pintadas de Manuel Puig. Relatos de mar y tierra de Álvaro Mutis o Tratado de las pasiones del alma de António Lobo Antunes. El viejo y el mar de Ernest Hemingway fue otro de los volúmenes que encontré durante mis primeras búsquedas. Más adelante comprendí que cada autor tenía su arte particular para las portadas. Así, por ejemplo, los libros de Lobo Antunes presentaban distintas series de azulejos portugueses detrás del rectángulo acostumbrado. Los títulos de Alberto Moravia explotaban en tonos amarillos con una figura central en blanco y negro. Los de Salman Rushdie y V. S. Naipaul utilizaban coloridas ilustraciones hindúes. Todos los de J. M. Coetzee eran en blanco y negro. Y todos los de Franz Kafka mostraban diferentes retratos del autor austrohúngaro. Sobre la marcha también descubrí una particularidad adicional. No se trataba solamente de uno o dos volúmenes por autor, sino que algunos de ellos parecían gozar del raro privilegio de que publicaran muchas de sus obras dentro de la colección. Con el paso de los años se desarrolló en mí una ansiedad obsesiva por estos libros. Algunas veces me sentía como un niño que gastaba lo que tenía y lo que no tenía en sobres de barajitas para llenar su álbum. Supongo que los que pertenecen a las generaciones pre-digitales pueden comprenderme mejor.
Un vicio literario. No pude parar. Y es que la gente de la editorial parecía haber escogido un abanico de autores imprescindibles para la colección Contemporánea: Gore Vidal, Cormac McCarthy, W. Somerset Maugham, Katherine Mansfield, Toni Morrison, César Aira, Elfriede Jelinek, F. Scott Fitzgerald, D. H. Lawrence, Elias Canetti, Iris Murdoch, Christopher Isherwood, Saul Bellow, Amos Oz, Hermann Broch, Javier Marías, Truman Capote, Susan Sontag, Cees Nooteboom, W. B. Yeats, Ambrose Bierce, Doris Lessing, Simone de Beauvoir, Dylan Thomas, Dorothy Parker, Graham Greene, Gabriel García Márquez e incluso los 7 tomos separados de la gran novela de Marcel Proust: En busca del tiempo perdido. Ahora los reto a ponerse en mi lugar. Por favor, ¿cómo podía evitar entregarme en cuerpo y mente a esta búsqueda silenciosa y entusiasta?
Visitar librerías, tiendas de libros de segunda mano, sitios web de venta de libros usados, asistir a cuanto cambalache de libros se atravesara, viajar en autobús a otras ciudades porque un amigo allá creyó haber encontrado una librería con muchos de “esos libros raros que tú buscas” (y estar en lo cierto y gastar incluso parte del pasaje de regreso porque era como haber encontrado la veta madre), prestar atención a las bibliotecas de los amistades literarias y rogar e insistir para que acepten algún intercambio o venta si poseen un título que yo no tuviera (me ha tocado mostrarme impertinente), fastidiar a mi padre porque viajaría a otro país y entregarle una lista con títulos y las direcciones de diferentes librerías; pero también las inesperadas sorpresas de que una amiga que vive en Nueva York te avise que vendrá al país y sin preámbulos te pregunte cuál título de la colección necesitas.
Debe ser por eso que me alegró muchísimo recibir el mensaje de mi querida amiga Olga Colmenares para avisar que estaría por poco tiempo en Caracas y para preguntarme (con foto de por medio) si tenía esos títulos en mi colección. Fue una sorpresa monumental porque a estas alturas ya tiendo a tirar la toalla. Lo que quiero decir es que dada la situación del país, el cierre de muchas librerías, la reedición de la colección en otro formato (porque la que me empeciné en reunir está descontinuada desde el 2007), y regresar con las manos vacías en cada intento, no ayuda mucho a mantener el entusiasmo burbujeante. Pero no me malinterpreten, sigo siendo un idealista empedernido y creyendo que una sorpresa se esconde detrás de cada esquina. Y la querida Olga me lo acaba de confirmar. Mi sonrisa fue mayúscula. De nuevo la sensación de sentirme como un niño en la mañana de Navidad. A ella se lo agradecí ya, pero aprovecho para reiterárselo por aquí, porque por más que insista, jamás podré agradecérselo lo suficiente. Es un hermoso gesto que ha significado mucho para mí, especialmente porque se relaciona de forma directa con mi colección DeBolsillo.
Yo supongo que a estas alturas, si han leído hasta aquí, entenderán mejor mi tornillo flojo en lo que se refiere a los títulos de la colección Contemporánea de la editorial DeBolsillo. Ahora, de vez en cuando, me siento frente a la pantalla de la laptop y busco en Google imágenes de las portadas de los libros que no tengo. Es como pararse frente a una vidriera de exhibición sin tener una moneda en el bolsillo. Sólo mirar y apoyar la frente contra el vidrio. La mayoría de los libros que veo están en oferta en otros países. Un amigo de Bogotá me comentó en una oportunidad que allá hay una librería vieja que se especializa en los títulos de esta colección, es decir, que sólo vende libros de DeBolsillo. Sentí que se me aguaron los ojos cuando me lo dijo. Pero yo insisto. Y aquí me tienen, echándoles un cuento enrevesado sobre un regalo literario que no esperaba y el desarrollo de una obsesión que se resiste a abandonarme a pesar de la crisis que me rodea. Como colofón de la historia, me animo a compartir con ustedes la dirección de una cuenta en Instagram que abrí para colgar las portadas de los libros que iba consiguiendo. Paré allí en 275, pero gracias a Olga alcanzo la cifra de 279 ejemplares. Y me parece que no es una cifra desdeñable. No, señor. Nada desdeñable.

2 de mayo de 2018

Naufragio.



La mayoría de las mujeres llegó con abanicos. La junta de condominio había pautado una reunión para las 7 pm en el apartamento 1A y casi media hora después, estábamos sentados formando una U junto a los ventanales del balcón. Ni un soplo de brisa. El ruido de la calle fue amortiguándose hasta desaparecer al cabo de otra media hora. De vez en cuando sonaba la música que provenía de algún taxista errabundo o la bocina de alguien apresurado en el semáforo de la esquina. La charla dentro del apartamento se estimuló con la primera ronda de tazas de café, mientras se intercambiaban impresiones sobre el precio de la carne y los lugares recién descubiertos para conseguir huevos sin pagarlos en efectivo. El presidente de la junta de condominio repartió un grupo de hojas llenas de cuadros y números, y comenzó:
—Bueno, señores y señoras —dijo con su voz atronadora de militar retirado—, tenemos que tomar una decisión.
Hubo una pausa. Cierta porcelana indiscreta se quejó cuando la taza golpeó contra el plato y la cucharilla. Más abanicos se abrieron con un chasquido amortiguado. El hombre sentado a mi derecha en una amplia poltrona revisó las hojas impresas sin levantar la vista.
—Ustedes saben —siguió el presidente de la junta de condominio— que la conserje se va.
Otra pausa.
—Amanda está enferma y sus hijas prefieren llevársela a Ecuador. Allí no nos podemos meter. Es una decisión familiar que no nos compete.
La mirada del presidente de la junta de condominio se paseó por nosotros de ida y vuelta.
—Ellas dicen que allá las hermanas de Amanda la pueden atender mejor y eso tampoco lo podemos negar. Han tenido muchos problemas con las medicinas y es preferible que se vaya porque su salud está en riesgo. Eso lo sabemos todos.
Una de las señoras mencionó a su hijo en Perú. Otra le respondió. Una tercera dijo algo en voz baja sobre su hija en Colombia. La voz de trueno del presidente de la junta de condominio las redujo sin contemplaciones.
—Yo propongo que en lugar de conseguir otro conserje, se contraten los servicios de uno de esos equipos que trabajan tres veces a la semana. Vienen, limpian, arreglan y se van. Y así también reducimos costos. Vamos tomando notas.
Uno de los hombres bajó la vista para anotar algo en una hoja. La señora con el hijo en Perú preguntó qué se podía hacer. El presidente de la junta de condominio se lo repitió.
—Ajá —dijo él—. Preste atención, señora. No se distraiga. Al final votaremos por la mejor decisión que nos convenga a todos. Seguimos —e intercambió una mirada con el hombre que anotaba en una hoja blanca—: otro asunto importante es lo de los bombillos. Señores, no puede ser que se estén robando los bombillos de los pasillos. ¿Qué es esto?
Una de las señoras lo confirmó y el doctor del tercer piso intervino para recordarnos el precio de los diferentes bombillos. Otra mujer sugirió un puesto callejero donde ella había visto que reparaban los bombillos para reutilizarlos. Dijo que podía ser una opción. El presidente de la junta de condominio tronó que la mejor solución era no robarse los bombillos. Bajé la mirada para leer las hojas que tenía en el regazo. Todo estaba explicado allí. Una relación de gastos. Recordé mis viejas clases de contabilidad. Lo que entraba y lo que salía. Ingresos y egresos. Deudas acumuladas en los pagos de los recibos del condominio. Alcé la mirada, tropecé con los ojos de la dueña del apartamento y me preguntó con un gesto si quería más café. Respiré profundo y asentí. La reunión prometía alargarse bastante, pero había que tomar decisiones.
—Hay gente que sale en las mañanas —dijo el presidente de la junta de condominio— y no regresa sino hasta en la noche. Y no se preocupan por lo que sucede en el edificio. Aquí no vivo yo solamente, o mi mujer. Se supone que todos debemos estar pendientes si llegó el agua y se está botando en el estacionamiento, o si hay que comprar los bombillos, o las bolsas para la basura… ¿Ustedes saben cuánto está costando cada bolsa? ¿Ah? ¿Cada bolsa? Y lo que costó ayer no es lo mismo que va a costar la semana que viene.
Algunas mujeres lo confirmaron en un murmullo. La dueña del apartamento se acercó con la jarra del café y llenó mi taza. Se inclinó para decirme en un susurro que iba a preparar la cena y que si me provocaba luego comer con ellos. «Nada del otro mundo», dijo, «bollitos con mantequilla y queso, que es lo que les gusta a los muchachos. Y unos granos que quedaron del mediodía». La miré y asentí con discreción. Compartimos una sonrisa antes de que siguiera llenando otras tazas. El presidente de la junta de condominio nos dijo que la familia del piso 8 se iba y aún no se decidían sobre el apartamento: alquilarlo o venderlo, porque los hijos tenían opiniones divergentes. Él siguió hablando sobre la urgencia de que nos pusiéramos al día con las cuotas especiales del condominio para reparar el segundo ascensor y luego aparté los ojos de su voz ronca para mirar por las ventanas del balcón. En ese momento se me ocurrió por primera vez que nos enfrentábamos a un naufragio lento e irreversible, y que no había botes de salvamento para todos los pasajeros del barco. Tal vez los que habían saltado al agua, al principio, tuvieron mejor suerte; o los que abordaron esos botes con determinación mientras el resto insistía con que aún quedaba tiempo, que eran unos alarmistas, unos traidores y quién sabe qué otras pendejadas. Volví mi atención a lo que se decía.
—Allí tienen el estimado actualizado —y no pudo reprimir una sonrisita irónica— de la reparación del ascensor. Tenemos que resolverlo lo más pronto posible. Ustedes saben que para el mes que viene ese precio se puede duplicar.
—O más —acotó el doctor del tercer piso.
Otro sorbo de café. Un guarapo caliente y dulce, como a mí me gustaba. Regresé a las nubes anaranjadas del exterior. Ahora la conserje también se iba. Con sus hijas. Como la hija de la señora del sexto piso. O los hijos del presidente de la junta de condominio: uno en Estados Unidos y la otra en Costa Rica. Giré la cabeza para mirar a mis vecinos con discreción. El doctor del tercer piso acababa de despedir a su única hija, recién casada, con rumbo a Chile. Observé que estaba rodeado de muchas personas mayores, hombres y mujeres profesionales y con buena situación económica, pero renuentes a salir del país, aunque casi todos ya seguros de haber sacado a sus hijos a tiempo. ¿Quién se había ido primero? ¿Hace cuánto? Ya no vería la afable sonrisa de la conserje. Ellas subirían en el siguiente bote. Tenían puestos asignados. Podían respirar con cierta tranquilidad. Se iban. Abandonaban el naufragio. Quedábamos otros. Algunos estaban muy cerca de la banda que amenizaba el hundimiento con música de cámara, como en el Titanic, con canciones que hablaban de esperanza, de un futuro mejor, de resistencia, de perseverancia, de sacrificios necesarios; otros se amontonaban cerca de los botes restantes, peleando por un puesto, pagando por ellos con todo el dinero que habían podido recoger a bordo, lanzando la mirada hacia los miembros de su familia que saludaban desde el mar.
—Cada vez será peor —dijo el presidente de la junta de condominio—, y se pondrá mucho peor. Hay que ser realistas. Y mientras tanto, ¿qué hacemos? ¿Dejamos que se nos caiga el edificio encima? ¿Nos mudamos? ¿Adónde? ¿Ah?
Asentí con un movimiento lento y con pensamientos agridulces. Recordé que los hijos de mi prima deberían estar saliendo esa misma noche en un autobús rumbo a Quito, para después seguir hasta Buenos Aires. Más gente en los botes de salvamento. Pero al mismo tiempo menos botes de salvamento. ¿Qué pasaría cuando comenzaran a acabarse esas embarcaciones a través de negativas o filtros migratorios? ¿Adónde nos mudaríamos? ¿Adónde iríamos? Los que esperamos demasiado para abandonar el barco. Los que prefieren quedarse en el barco. Los que imaginan un futuro peor en alta mar y prefieren arriesgarse a bordo. Los que creen que algún buque milagroso nos alcanzará antes de que termine la madrugada. Los que nos miran desde una lejana orilla. Los que guardamos silencio y nos limitamos a ver a los demás. Los que aprietan los dientes y alzan el puño en medio de la desesperación. Los que lloran con lágrimas mudas porque saben algo que los otros ignoran. Los que han visto el fondo del mar con espanto en sus ojos. Los que se cruzan de brazos y piden a la orquesta que toque más canciones. Y los que miramos esos últimos botes alejarse con siluetas de mirada empañada y hombros temblorosos.
—Señores —dijo el presidente de la junta de condominio con su voz atronadora de militar retirado—, hay que arrimar el hombro, porque en este mar de la felicidad con que nos jodieron tenemos que remar todos juntos.

28 de abril de 2018

Ojos verdes.



—Bájate, Luis —dijo Mercedes.
Aparté los ojos de su cara para mirar la fachada del local a través del parabrisas del carro. Abrí la boca y la cerré de nuevo. Era una ferretería. ¿Qué se supone que iba a hacer yo allí? Mercedes insistió. Le dije que mejor me pondría a leer mientras ella compraba lo que necesitaba. Vi su espalda desaparecer por la amplia puerta y estiré el brazo hacia el asiento trasero para agarrar mi bolso. La novela de Virginia Woolf me tenía muy entusiasmado. Conforme buscaba la página donde había parado la lectura, me quedé pensando en lo poco solidario de mi actitud. Papá era quien solía encargarse de estos asuntos, pero en su ausencia nos tocó a nosotros; a ella, mejor dicho, porque yo me estaba limitando a llevarla. La idea volvió a formarse dentro de mi cabeza: ¿qué podía encontrar en una ferretería que me resultara interesante? Pero cerré el libro, lo devolví al interior del bolso y me bajé con una profunda inspiración. Mercedes estaba acodada sobre uno de los mostradores, a mi derecha. Al otro lado, en el mostrador izquierdo, un hombre intentaba decidirse entre distintos tipos de algo que se asemejaba a papel de lija.
—¿Listo? —dije.
—Sí —dijo ella—, sólo falta pagar.
Giré la cabeza para buscar a alguien que la atendiera. Había una mujer canosa detrás de un escritorio pequeño. Hablaba por el teléfono. A la derecha de la mujer, unos ojos verdes se alzaron de pronto para tropezar con los míos casi al mismo tiempo. Sostuvimos nuestras miradas por un segundo o dos, creo; pero estoy seguro de que retuve la respiración un poco más que eso. Fue como un golpe inesperado. Una respuesta visceral. Una reacción involuntaria. Mi cuerpo actuando sin el freno de la conciencia. El hombre apartó los ojos antes de levantarse. Mercedes buscó dentro de su cartera la tarjeta de débito y la cédula de identidad para tramitar el pago. Yo todavía intentaba recuperarme de la impresión.
—¿Va a pagar con la tarjeta?
El hombre se había acercado al mostrador sin que me percatara de ello. Confieso que aún estaba intentando digerir su mirada fija sobre mi rostro. Mercedes le entregó la tarjeta y él colocó sobre el mostrador el aparato para hacer la transacción electrónica. Sólo nos separaba la madera del mostrador. El hombre a mi derecha, Mercedes a mi izquierda, y yo en medio, inmóvil, mudo, con los ojos atrapados en la piel de sus manos, sus uñas limpias, el tono grave de su voz, y la mirada que de vez en cuando se alzaba para seguir tropezando con la mía. Al fondo de mi mente, como un eco lejano, los chillidos estridentes de mi sentido común tratando de arrojar algo de cordura sobre las respuestas adolescentes de mi cuerpo. Me resultaba difícil apartar la mirada de su cara. Los ojos tan verdes, los labios delgados, el cabello castaño y, para mayor suplicio, el remolino de vellos que parecían querer escaparse por el borde su camisa, en la base del cuello. Eso me intranquilizó más de lo que ya estaba.
—La tarjeta —dijo él— no pasa por el monto completo. ¿Lo divido en dos partes?
Su mirada se detuvo un momento en Mercedes antes de volver a fijarse en mí. Asentí varias veces. De nuevo la voz al fondo de mi cabeza gritaba: “¡No es tu tarjeta, idiota! ¿Por qué asientes como si lo fuera?”. Mercedes dijo algo que provocó una sonrisa en el hombre. Entonces vi la línea perfecta de sus dientes blancos, un gesto simple convertido en un efecto luminoso; era como si al sonreír, ese gesto tan sencillo lo hiciera más atractivo de lo que ya me resultaba. Me sentí intoxicado. En ese momento, en el destello de un relámpago mental, comprendí que a pesar de todas las desilusiones, todas las decepciones, todas las oportunidades perdidas, todas las despedidas y todos los desencuentros, aún quedaba un amago de esperanza en mí. Porque los que me conocen bien saben de mi tendencia natural al idealismo, al romanticismo, a las películas mentales con un final feliz. Entendí en ese súbito fogonazo que todavía la amargura no estaba extendida bajo mis pies, que de vez en cuando surgen las sorpresas y los tropiezos que encienden las más elementales respuestas emocionales del ser humano. Supe (o más bien recordé) lo fácil que resultaba enamorarse de una mirada, una sonrisa, la inflexión de una voz.
—Ahora sí —dijo él.
Me miraba. Estiré la mano para recibir la tarjeta de débito y la cédula de identidad de Mercedes. Ella le preguntaba a otro hombre sobre los precios de ciertos artículos exhibidos debajo del mostrador. Aparté los ojos con el temor de decir alguna tontería de la que pudiera arrepentirme luego. Mercedes quiso saber algo relativo al servicio de fletes. Respiré profundo. Alcé la vista y nos tropezamos una vez más. Un segundo. Poco más que eso. Él se encargó de la factura. Mercedes la recibió y dio las gracias. El hombre volvió a sonreír.
—¿Listo? —dijo Mercedes volteando hacia mí—. ¿Nos vamos?
Asentí y carraspeé antes de devolverle sus documentos. Ella se dirigió hacia la salida y yo me retrasé otro par de segundos para decir:
—Gracias. Feliz día.
Él respondió:
—De nada…
Casi pude sentir el peso de los puntos suspensivos antes de que continuara, bajando la voz:
—…Oye, en caso de cualquier inconveniente, si quieres, anota mi número.
Me deshice en un amasijo de torpezas. Metí la mano dentro del bolso para buscar mi teléfono celular y nunca lo encontré. Ni siquiera se me ocurrió sacar la agenda y el bolígrafo porque su mirada me aplastaba entre la realidad y la fantasía. Él sonrió de nuevo, como si a través de la distensión de sus labios excusara mi nerviosismo. Buscó una hoja de papel y anotó un nombre y un número con bastante agilidad.
—Aquí tienes —dijo—. Cualquier cosa, puedes llamarme o escribirme.
Alargué la mano con la mayor naturalidad que pude, pero sentí que todo sucedía en cámara lenta. Sé que imité su sonrisa en el último momento. Aparté los ojos porque había recobrado algo de mi desaparecida lucidez y temí que en el proceso de enrumbar mis pasos hacia la salida pudiera tropezar y caer de bruces por no fijarme en algún tope o escalón inadvertido al entrar. Respiré profundo una vez más. De camino hacia la salida me asaltó la idea de la rapidez con la que la mayoría de la gente suele menospreciar o enturbiar estas situaciones inesperadas, estas sorpresas del destino, como si cualquier gesto sentimental pudiera estar teñido con una mancha de estupidez o incredulidad. Alcancé a Mercedes en el carro y nos montamos en silencio. Ella buscó algo dentro de su cartera, encendió el acondicionar de aire y luego dijo, como al descuido:
—¿Por qué era que no te querías bajar?

21 de abril de 2018

Intimidad.



—El país de las luciérnagas —digo.
Extiendo la mirada ante la imagen silenciosa que tenemos al frente: las luces nocturnas de Caracas. Estamos sentados en el jardín de su casa, sobre un césped verde que desciende hasta un borde invisible y se pierde en uno de los precipicios traseros de algunas casas de la zona de Alto Prado. Imagino la sonrisa leve de Simón al escucharme, pero él se mantiene mudo. Luego miro por encima de mi hombro izquierdo, hacia la casa también callada detrás de nosotros. Amelia había dicho que quería ir al baño y, como si hubiesen estado de común acuerdo, el barman se levantó para acompañarla después de que Simón les ofreciera algunas indicaciones. Poco después, José Gregorio quiso saber dónde podía enchufar un cable para recargar la batería de su teléfono móvil, y Wilfredo mencionó un acoplador que había visto en la cocina, cuando buscaba más hielo. Los dos se alejaron hacia la casa con voces amortiguadas por las risas. Yo también sonrío sin decir nada y devuelvo la mirada hacia una ciudad adormecida.
—¿Te provoca otro trago? —dice Simón.
Lo veo. Me resulta un tanto increíble que esté allí con él. Hay una historia enrevesada que desconoce. Simón y yo habíamos estudiado en el mismo liceo hacía casi diez años. Lo que él ignora es que en esa época me sentí muy atraído por él, por su aspecto físico, porque se asemejaba bastante al muchacho con el que yo comenzara a salir durante mi adolescencia, mi primer amor juvenil. El parecido entre ellos era sorprendente. No se trataba de que parecieran gemelos, sino de algo elusivo en la actitud rebelde que desplegaban, los rasgos faciales, sus gustos musicales, la forma del cabello, el tono de sus voces. Eso lo recupero al escucharlo ofreciéndome otro trago. Me siento dubitativo.
—No lo sé —digo—. Creo que ya bebí suficiente.
Escucho la inspiración profunda que hace Simón. Luego dice:
—Otro trago y ya. Yo voy a servirme más vodka.
No puedo evitar una sonrisa. Su voz me hace sentir relajado.
—Está bien.
Agradezco en silencio que Simón se muestre tan comprensivo con las escapadas de mis amigos. Nos conocíamos de antes, por supuesto, pero que prestara su casa para la concreción de sus aventuras superaba mis expectativas. Amelia había estado flirteando con el barman durante gran parte de la noche, en la discoteca donde tropezáramos con José Gregorio y sus compañeros de la universidad. Y poco antes de que cerraran el local, ella logró salirse con la suya al invitar al barman a beber algo más en otra parte. Allí mismo, más temprano, José Gregorio había triunfado en convencer a uno de los muchachos que estudiaban con él para alargar la madrugada en otro lado. Por supuesto, mi amigo sospechaba de la oculta homosexualidad de su compañero de estudios y todo indicaba que no se había equivocado al respecto. Simón me entrega un vaso que se siente frío entre mis dedos. Mi pensamiento sigue concentrado en Amelia.
—Es el barman quien debería ocuparse de estos tragos —digo.
Simón ríe.
—¿Cómo se llama el barman?
Lo miro y alzo las cejas.
—Pues… —digo—. ¿Puedes creer que no lo sé? El barman, será.
Esta vez reímos los dos.
—Me da mucha pena contigo —digo—. No sé qué estarás pensando de mis amigos, pero no suelen ser siempre así. Gracias por ser tan comprensivo. De verdad.
Me agrada la sonrisa de Simón. Hay un vestigio difuso de nuestra época juvenil entre sus labios. Pero él siempre ha sido un tipo comprensivo. Inteligente y comprensivo. Muy mujeriego mientras estuvimos en el liceo, con varias novias al mismo tiempo. Una sonrisa siempre ante cada conflicto. Nunca un comentario desagradable para juzgar a los demás. Parece ser el mismo Simón de antes. Pienso que resultó agradable encontrarnos con él en la arepera donde nos habíamos parado para comprar cigarrillos al salir de la discoteca. Nos saludamos con afecto y casi de inmediato nos invitó a seguir la fiesta en su casa. Confieso que dudé ante lo que parecía una imposición, pero Amelia me lanzó una mirada penetrante para que aceptara sin quejarme. Y allí estábamos, en el jardín posterior de su casa, con una botella de vodka menos, media caja de cigarrillos fumados y mis amigos perdidos en la penumbra de la casa. Me fijo en las luces nocturnas de Caracas que titilan como un telón de fondo.
—Gracias —digo.
Simón me mira y sonríe de nuevo.
—¿Por qué?
—Porque sí —digo antes de bajar la vista hasta el vaso lleno—. Por ser tan comprensivo.
—No, vale; no tienes nada que agradecerme. Tus amigos se ven buena nota, y parecía que estaban pasando un momento bien de pinga. ¿Quién soy yo para interrumpirlos? Era más que evidente que ya estaban emparejados y querían seguir la rumba. Además, no quería que te sintieras incómodo con ellos. Al final, ibas a terminar de lamparita. Y no tenía sueño.
—¿Y ahora sí?
—No, tampoco; prefiero estar aquí, hablando contigo. Es raro encontrarse con un pana del liceo estando tan lejos. Qué nota, ¿no?
—Sí. Te confieso que lo último que podía esperar era encontrarme contigo en la arepera.
—Y ya ves: las sorpresas del destino.
Bebo un sorbo de vodka.
—Bueno, en todo caso: gracias, Simón.
Hay una pausa que se alarga entre nosotros, pero no me inquieta. Las luces a lo lejos, el ruido de los insectos nocturnos, el sabor del vodka frío, los viejos sillones de mimbre, el recuerdo de nuestra época estudiantil, el eco de un primer amor ya adormecido por la distancia y el tiempo. Todo es casi perfecto. Uno de esos momentos que uno querría que durara para siempre. Intento asirlo con una respiración profunda, porque intuyo que en cualquier momento pueden reaparecer mis amigos con sus sonrisas torcidas y satisfechas y el olor agrio de un sexo apresurado. Simón me interrumpe:
—¿Te puedo hacer una pregunta personal?
—Sí, claro.
Él bebe un sorbo de su vodka antes de seguir. Mira las luces más allá del jardín.
—Cuando los invité a venir para acá… ¿Tú pensaste que tal vez…? Digo, nosotros… Que tú y yo, de repente también…
—No te entiendo —digo, pero es una mentira que suelto sin pensar.
—Bueno… No sé… Que si pensaste que nosotros también estaríamos juntos.
—Ah, no… —vuelvo a mentir—. No lo pensé. Yo te respeto mucho para pensar en eso, Simón Nosotros somos amigos. Además, yo sé que a ti no te gustan los hombres. Estoy claro con eso. Si acepté fue por ellos —hice un gesto con la barbilla hacia la casa—, por ser solidario… o pendejo, como te parezca mejor.
Me llevo el vaso a los labios porque necesito una dosis fuerte de vodka. Simón sigue con la vista fija en el país de las luciérnagas.
—Además —sigo—, me siento demasiado bien aquí afuera. Lo disfruto mejor, ¿sabes? La noche, el silencio, las luces, el sabor del vodka, tu compañía; pero no tengo segundas intenciones contigo.
Bebo otro trago de vodka porque me siento envalentonado.
—No me creas tan básico, Simón —digo—. Pensé que me conocías mejor. Conozco bien tu debilidad por las vaginas…
Pero me quedo callado debido al peso de su mirada. La ciudad queda muy lejos.
—Yo también pensé —dice en voz baja— que me conocías mejor. A mí no me importaría, ¿sabes? Es algo que igual quedaría entre nosotros. Me siento bien contigo. De verdad, no tendría problema en hacerlo si tú quieres.
Los hielos tintinean cuando inclino el vaso para beber lo que queda de vodka. Paso la lengua por mis labios y aparto los ojos de su ofrecimiento. La visión periférica me permite ver su mano extendida. Respiro profundo. Ya no queda más vodka en el vaso. Giro la cabeza hacia él y bajo la mirada hacia sus dedos. Con un gesto tímido coloco mi mano sobre la suya. Simón aprieta los dedos.
—Me voy a copiar de ti —dice—. Yo tampoco soy tan básico, ¿sabes?
Me gusta la textura de su mano.
—El sexo —sigue— es mucho más que los genitales. Yo creo que tiene que ver con la piel, con la carne, con los aromas, el sabor de una respuesta. Hay mucho más que no sabemos.
En ese momento hubiese querido tener el vaso medio lleno. Beber algo.
—Yo nunca he estado con otro hombre. Tú sabes cómo soy con las mujeres. Pero tú eres diferente. No eres como los demás. Tienes algo distinto. Eres espectacular, ¿sabes? Eres un tipo muy atractivo. De verdad que no me importaría probarlo contigo, si quieres. Dicen que siempre hay una primera vez.
Me mantengo callado. Agradezco mucho su ofrecimiento, su permeabilidad, su disposición, la torpe oferta que me brinda; pero, no. Aunque por un breve instante sopeso lo que tengo al alcance de la mano, prefiero declinar la ventaja que me regala con los ojos abiertos. Significa tal vez complicar nuestra amistad, lo bien que nos hemos llevado desde que nos conocemos. Pero creo que ambos intuíamos la curiosidad, las ganas de explorar, de experimentar con otro cuerpo, el deseo de abrir una puerta cerrada hasta entonces; no obstante, por extraño que suene, me mantengo sensato. Escojo las mejores y más diplomáticas palabras para hacérselo saber; tampoco quiero herir su orgullo varonil. Simón se ha permitido mostrarse vulnerable conmigo, asequible. Otro en mi lugar quizás habría aprovechado la oportunidad, pero como bien lo ha expresado ya: no soy como los otros. Lo curioso es que al decirle que no, de una forma particular, me parece que termino ganándome parte de su respeto por ello.
—No —dice—, no te preocupes. Estamos bien. Sólo quería comentártelo. Que lo supieras.
Es la primera vez que levanto la vista hacia él desde que dejara de hablar. Dice:
—¿Sabes otra cosa? Ahora creo que te admiro más.
Aprieta mis dedos antes de soltarme la mano.
—Creo que ahora sí me provoca otro trago —digo.
—A mí también.
Ambos sonreímos e intercambiamos una mirada antes de que escuchemos la voz de Amelia, desde la casa:
—Chicos, ¿ustedes tienen hielo allá?


Fotografía: Daniel López.

15 de abril de 2018

Diferencias irrenconciliables.



Nos conocimos en una posada de Puerto La Cruz. Él estaba con su novio, un muchacho alto y de mirada atenta. Yo iba con mis amigas, de camino hacia Porlamar. Ellos eran de Caracas. Se trataba de una posada para gente gay y bastante pronto congeniamos lo suficiente como para atrevernos a salir en grupo. todos juntos, en las noches y pasar el día en alguna playa cercana. Al final, intercambiamos números de teléfono y una vaga promesa de reunirnos de nuevo en Caracas. Ellos incluso acudieron a despedirnos en el puerto, antes de que subiéramos al ferry, y reíamos jugando a que nos embarcábamos en una larga travesía por mar en un transatlántico de lujo. Pensé en Oscar varias veces, pero no se lo mencioné a mis compañeras de viaje. Me había impresionado su sonrisa fácil y el tono pálido de su piel. Cuando nos saludábamos, él solía retener mi mano tal vez algunos segundos más de lo debido, pero parecía que ninguno le daba importancia. Me dije que él tenía novio, para aplacar la ebullición de mi deseo. Ya había superado esa etapa caótica en la que uno se enreda sin pensárselo mucho con otro hombre comprometido en una relación ajena. Oscar tenía novio y yo debía respetar eso. Me lo repetí cada vez que el recuerdo de su cara emergía en los momentos menos esperados. Nos quedamos en Porlamar durante dos semanas más, visitando a la hermana de una de mis amigas, y después hicimos la lenta travesía de vuelta, sin quedarnos en Puerto La Cruz, pero dejando que el recuerdo de la sonrisa de Oscar mordisqueara mi memoria al descender del ferry en el puerto.
Oscar me llamó al cabo de quince días. Eso me sorprendió bastante, aunque confieso el regocijo que erizó mi piel al reconocer el tono de su voz al otro lado del auricular. Conversamos por espacio de una media hora, con fluidez, con espontaneidad, entre risas; y sólo al colgar la llamada comprendí que en ningún momento le había preguntado por su novio. Pero casi enseguida asimilé que Oscar tampoco lo había mencionado. Eso me hizo sentir incómodo y entusiasmado al mismo tiempo. Fue una de esas abruptas experiencias que te obligan a retroceder hasta la ambivalencia típica de los años adolescentes. Así, las llamadas de Oscar se repitieron a lo largo de todo el mes, siempre líquidas, siempre relajadas, hasta que surgió la idea de vernos en Caracas en uno de mis acostumbrados viajes para comprar libros.
—Luis —dijo él—, ¿qué te parece si vamos al cine?
—¡Excelente!
—Voy a revisar qué películas hay en cartelera. ¿Te interesa alguna?
—Pues… Sí. Ya que lo mencionas, me interesa mucho ver Callas Forever. ¿La conoces?
—Hmmm… No. No la conozco. ¿Compro las entradas?
—No, mejor no. Espérate.
Yo ignoraba cuánto tiempo me llevaría recorrer las librerías que pensaba visitar. Es algo que suele extenderse sin que me fije en el paso de las horas. Terminé acodado en la baranda de un centro comercial y llamé a Oscar desde mi teléfono móvil. Me dijo que llegaría al cabo de media hora. Aproveché para tomarme un café sin apresuramientos y pensar en lo que estaba a punto de hacer. Él todavía evitaba mencionar a su novio, y yo lo imitaba sin vergüenza. Me pregunté si habrían roto su relación, si tal vez habían discutido o estaban separados temporalmente. Mirando el fondo de la taza me atreví a especular si estaría haciendo lo correcto, porque soy muy quisquilloso con estas cosas del amor. Lo cierto es que me sentía muy atraído por Oscar, por su sonrisa, la textura de sus manos, el color de sus ojos, la atención que prestaba a mis palabras, la charla tan fluida que lográbamos compartir, pero ¿era eso suficiente para dar un salto de fe? ¿O estaba malinterpretando todo lo que pasaba entre nosotros? Se me ocurrió que quizás Oscar me apreciaba como un amigo y nada más; aunque pronto deseché esta idea. Este tipo de impresiones suele ser fulminante: tú reconoces cuando otra persona se siente atraída por ti. Oscar llegó con un ligero retraso, pero no me importó porque la película aún no había comenzado.
—¿Quieres tomarte algo? —dijo.
—No, gracias; ya me tomé un café. Además, tenemos el tiempo justo. Vamos.
Él compró las entradas y buscamos dos asientos en la penumbra del cine. Callas Forever era una película de Franco Zeffirelli sobre los últimos días de la cantante Maria Callas, interpretada por Fanny Ardant. Jeremy Irons interpretaba a un álter ego de Zeffirelli que buscaba a la Callas para grabar una versión fílmica de la ópera Carmen. Esto ocurría durante los años finales de la diva, cuando la tecnología musical permitía superponer las grabaciones de sus viejas óperas a las imágenes filmadas en la actualidad de 1977. Al principio, ya sentados, con las escenas iniciales en la pantalla, me atemoricé un poco por la proximidad de Oscar. Incluso sopesé la idea de cómo podía reaccionar si él decidía tomarme de la mano. Dentro de la sala no había mucha gente porque se trataba de una película artística, así que no me importó si el contacto físico sucedía. Pero no pasó mucho tiempo antes de que Oscar comenzara a mostrarse incómodo en su asiento. Cambiaba de posición, carraspeaba, miraba de reojo en mi dirección, se rascaba el brazo.
—¿Te sientes bien? —dije.
—Sí, sí —dijo él—. Tranquilo.
Pero no me tranquilicé. Resultó difícil que concentrara mi atención en la película cuando al mismo tiempo notaba la inquietud de Oscar. ¿Sería por mí? ¿Habría alcanzado el punto exacto de inconformidad allí a mi lado? ¿Tal vez hizo falta que nos metiéramos en un sitio oscuro y cerrado para que él comprendiera la tontería que estábamos a punto de hacer? ¿Estaba pensando en su novio? Oscar se removía en su puesto y permanecía silencioso. Al cabo de veinte minutos noté que se inclinaba hacia mí:
—Luis, disculpa, te espero afuera, ¿sí?
Lo miré atónito.
—¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Te sientes mal?
—No, nada de eso. Te espero afuera. Tranquilo.
—Pero…
Ya Oscar estaba en el borde de su silla, dispuesto a levantarse, y sentí que mi curiosidad era inútil en ese momento; pero quise insistir:
—¿Pasa algo malo?
Oscar se inclinó hacia mí y bajó la voz.
—No pasa nada —dijo—. Discúlpame. Es que la película no me gusta y me parece aburrida. Quédate aquí. Termina de verla. Yo te espero afuera. Voy a tomarme un café.
Se levantó de inmediato y me quedé con la boca abierta. Los engranajes de mi mente se pusieron en movimiento empujados por un aria de la Callas. ¿Cómo podía parecerle aburrida? ¿Cómo no podía gustarle? Maria Callas era, y es, una de mis artistas favoritas. A pesar de los que critican el filo rugoso de su voz, a mí me sigue conmoviendo como la primera vez. Además, la actuación de Fanny Ardant en la pantalla era deslumbrante. Me quedé allí sentado, incómodo, aturdido, sin entender bien lo que acababa de suceder. Cuando la película terminó, y salí, encontré a Oscar sentado frente a una mesa de un café cercan
Muchos años después, acostados en dos hamacas equidistantes en el corredor de su casa, mi amiga Rosamer pronunciaría unas palabras que sólo entonces me ayudaron a comprender lo sucedido con Oscar en Caracas. “Ay, amigo”, me dijo ella, “tienes que entenderlo: hay relaciones que nacen con fecha de caducidad. Algunas veces se transforman en abortos involuntarios. Nacen sin vida, pues”. Y yo me quedé callado, pensando en él, mirándonos de nuevo en aquella mesa del centro comercial, con el eco de la música todavía en mis oídos, compartiendo sendas sonrisas rotas y frases suplementarias para alargar el momento de la despedida. No volví a saber de él, por supuesto; y creo que los dos nos sentimos satisfechos de ese resultado. Quizás a él no le interesaba comenzar una relación con un gay que parecía una doña prematura aficionada a la ópera; pero lo cierto es que a mí tampoco me interesaba iniciar un romance con un tipo atractivo que despreciaba la voz más sublime que había cantado en todo el siglo XX.
—¿Soy muy exigente —le dije a Rosamer— por querer un novio que comparta mis gustos musicales?
—Sí, tal vez. Un poquito.
—Porque… Se supone que las diferencias enriquecen, ¿no?
—Ajá, querido —dijo ella—; pero en tu caso, parece que son diferencias irreconciliables.