4 de febrero de 2017

Carnet de la patria (1).




                Llegamos cuando todavía era de noche. Había una larga e irregular fila de gente apoyada contra la pared de la escuela. No sabíamos cómo interpretarlo: podía ser bueno, porque el barrio era peligroso y así nos refugiábamos en la multitud; o podía ser malo, porque eso indicaba que ya teníamos demasiadas personas por delante. José se estacionó junto a la acera, casi al final de la fila, y bajé el vidrio para preguntar si allí podíamos sacar el carnet de la patria. Un muchacho alto me miró con desdén y murmuró una respuesta afirmativa. Todos nos bajamos: José y yo de primeros, Carlos y Gigi después; ella se tardó un poco porque traía a la niña con ella, y eso significaba un bolso grande y un oso de peluche. Noté que había espacios en la fila, como si fuese un largo mensaje telegráfico con puntos y rayas. Al otro lado de la calle, la acera era un poco más alta; allí la gente estaba sentada formando pequeños grupos. Gigi preguntó si alguno de nosotros quería café y todos dijimos que sí.
                —Me levanté temprano —dijo ella— para hacer unas arepas y café.
                —Menos mal —dijo Carlos—, porque yo ando en blanco. Me levanté corriendo.
                —Tú siempre te levantas corriendo, marico —dijo José mientras reía.
                Me acuclillé junto a la pared y bebí un par de sorbos de café caliente. La noche era fría, justo antes del amanecer, pero eso iba cambiar en el transcurso de la mañana. El sol del trópico nos golpearía de frente. Resultaba inútil quejarse entonces por el frío, era mejor guardar esas lamentaciones para cuando arreciara el calor. La niña se sentó en la acera, cerca de mí, mientras Gigi le desenvolvía la arepa con cuidado, dejando la mitad dentro del envoltorio de servilletas para que no se ensuciara las manos. Una precaución estéril, pensé; los niños no están pendiente de esas cosas cuando tienen hambre.
                —¿Quedó café? —dijo Carlos.
                Me entretuve en fijar mentalmente el rostro del muchacho que nos precedía en la fila. Era importante prestar atención a estos detalles para evitar que se nos coleara algún improvisado. Vi sus botas sucias y la camisa de cuadros azules. El pantalón había pasado por muchas lavadoras. El muchacho conversaba con un par de amigos. Intuí que podían venir desde alguna población cercana porque tenían ese aspecto distintivo de la gente curtida del llano. Gente recia. Gente práctica. Gente sencilla. Gente pobre. Después el cielo comenzó a clarear por encima de las copas de los árboles. La mañana se nos echaba encima y ya la fila se había alargado detrás de nosotros. Quizás unas cincuenta o sesenta personas. Calculé que ocupábamos puestos rondando la centena. La entrada de la escuela donde tramitaríamos los carnets estaba casi al principio de la cuadra. Cuando el sol salió para iluminar la calle pude ver que la fila de personas ya alcanzaba el final de la cuadra y torcía en la esquina, perdiéndose de vista. Pensé que tal vez pudimos haber llegado más temprano, para tener un mejor puesto; pero la gente que estaba más allá de la esquina tenía menos posibilidades de entrar. Eso representó un triste consuelo. La hija de Gigi pidió agua con insistencia.
                —Bebe un poquito —dijo Gigi—; esto nos tiene que durar hasta que nos vayamos.
                —No estamos tan lejos —dijo Carlos—. Yo creo que antes de las diez deberíamos estar listos. Yo creo…
                Alargó el sonido de la “e” con un gesto entre pesimista y esperanzado. Todo era posible y dependía de la hora en que comenzáramos a ser atendidos. Una señora mayor, cruzada de brazos y parada detrás de José, dijo que el día anterior habían empezado a trabajar entre las ocho y media y las nueve de la mañana. José miró su reloj.
                —Son veinte para las siete —dijo—. Queda poco.
                —Primero dejan entrar a los de la tercera edad —dijo la señora, envuelta en un suéter amarillo—. Después pasan a los de este lado. Yo vine ayer. Hoy le estoy guardando el puesto a mi hijo.
                —¿Y el proceso es rápido, señora? —dijo Carlos.
                Ella torció los labios en un gesto afirmativo y dijo:
                —Sí… Lo que pasa es que se tardan más con las preguntas.
                —¿Con las preguntas? —dijo Carlos—. ¿Qué preguntas, señora?
                La mujer cambió el peso de su raquítico cuerpo hacia la otra pierna.
                —Ay, que si tienes perro, que si dónde vives, que con quién vives, que si perteneces a las misiones; lo de siempre, pues.
                Todos intercambiamos miradas de disimulado espanto, pero ninguno dijo nada porque la señora estaba muy cerca. José dejó caer su voluminoso peso contra la puerta del carro.
                —Ay, chiamo… —dijo.
                —Yo lo que quiero es café —dijo Carlos.
                El primero de muchos vendedores ambulantes apareció cerca de las siete de la mañana. Vendía café y cigarrillos detallados. Un vaso pequeño de café en 150 bolívares. Igual costo los cigarrillos. Otros vendían dulces o empanadas. Pensé en la facilidad que tiene el venezolano para resolver su situación económica a través de la informalidad. Hay que trabajar. Hay que producir. Pero una ayuda del gobierno nunca cae mal. Hay que estar con Dios y con el diablo, me dije en silencio. El sol se fue acercando a nosotros con lentitud, como una mano que se extiende palmo a palmo, y ya cerca de las 7:30 am nos alcanzó de lleno. Entonces comprendí por qué muchas de las personas estaban sentadas en la acera opuesta: desde allí guardaban su puesto en la fila sin permanecer bajo el sol fastidioso de la mañana. Nos unimos a ellos, siempre atentos al muchacho que iba delante de nosotros. Él y sus amigos.
                En la otra acera había menos formalidad en los lugares. Algunos se apoyaban contra las rejas de una casa. Otros se sentaban en el piso. La intuición general era que debíamos tener paciencia porque el proceso no sería rápido. Carlos se entretuvo haciendo unas llamadas por su teléfono celular. José fumaba. Gigi intentaba que su hija se mantuviera jugando cerca de ella. Saqué un libro de mi bolso y me puse a leer. Al fin, sobre las nueve de la mañana, apareció una camioneta con las siglas de la Guardia Nacional Bolivariana. Se apearon algunos uniformados y entraron en la escuela. La misma camioneta reapareció un par de veces más, trayendo algunas mujeres con un chaleco rojo. Eso es lo que pude ver desde donde estábamos. Al sacar la vista del libro presté atención a mi alrededor. Carlos volvía a hablar por su teléfono y le insistía a alguien para que fuese a buscarlo. La niña de Gigi jugaba con las hojas secas amontonadas junto a la acera. José deambulaba con las manos en los bolsillos de su pantalón. Y Gigi apretaba al oso de peluche contra su pecho y repetía una cantinela:
                —¡No juegues con tierra! ¡No te ensucies, coño!
                Esa misma frase se repitió a lo largo de la mañana hasta que pudimos entrar a la escuela. Pero antes, un agente de la GNB pasó caminando para informar que el sistema estaba caído y que debíamos tener paciencia. Paciencia. La larga espera. La espera eterna. Una burla pintada en la comisura de la boca. Me llené de preguntas tontas: ¿por qué no había sistema?, ¿cuál era el problema real con el sistema?, ¿por qué la deficiencia en una gestión tan básica? Pero eso me llevó a pensar en la supuesta ausencia de materiales para tramitar cédulas de identidad y pasaportes. Una negligencia generalizada, multiplicada, enquistada. ¿Por qué? ¿Por qué? Miré a la gente que nos rodeaba. De vez en cuando la multitud corría y ocupaba su lugar en la fila junto a la pared. Hicimos lo mismo las primeras dos veces, después nos quedamos sentados viendo cómo esa misma gente regresaba a la pared opuesta huyendo del sol. Eso se repitió muchas veces. ¿Qué los impulsaba a correr? ¿Cuál era el detonante sorpresivo que agilizaba sus pasos?
                Me concentré en sus expresiones faciales. A media mañana, cerca de las nueve, ya los rostros de la gente mostraban un cansancio soportado con paciencia, como si no hubiese otra opción. Una dádiva. Una ayuda. Un trámite engorroso. Para obtener ¿qué? ¿Qué significaba el carnet de la patria? Una nueva propuesta del gobierno lanzada con bombos y platillos. Una treta para desviar la atención de lo que era importante. Me concentré en sus expresiones faciales. Me concentré en la gente que nos rodeaba. Gente humilde. Gente pobre. Gente que hacía malabarismos para llegar al final del mes. Gente que se formaba en largas filas para obtener unos beneficios que debían ser reglamentarios bajo cualquier otro gobierno. Una guerra informativa constante donde se afianzaba la idea de que gubernamentalmente no se podía hacer más porque distintos factores y personajes maliciosos lo impedían: el imperio, la oposición, los apátridas, la burguesía, los terroristas, el fenómeno de El Niño, la sequía, las lluvias, el precio del petróleo, las grandes corporaciones multinacionales; siempre uno o varios o todos juntos a la vez, pero nunca la culpa es del mismo gobierno, jamás la responsabilidad es de ellos.
                Giré la cabeza hacia la derecha y presté atención a lo que decía una mujer joven sentada cerca de nosotros. Hablaba con otra muchacha, de pie junto a ella. Le decía algo sobre su hijo. Entendí que el padre del chico era un hombre bastante mayor, pero que ese viejo la había sacado al fin de su casa y la proveía de lo básico. Su mamá no estaba de acuerdo, se quejaba cada vez que podía, «pero, bueno, chama, eso es lo que hay». El meollo del asunto, comprendí luego, no era la edad de su marido sino la situación del niño en la escuela, porque había estado llegando al mediodía con mucha hambre, hasta que ella descubrió que en la escuela sólo les estaban dando una porción de arroz y caraotas negras para comer al mediodía. La muchacha estaba indignada. Detallé su aspecto, el maquillaje en su rostro, el movimiento de sus manos, el tono de su voz. Una muchacha con limitaciones. Una muchacha conformista. Una muchacha que no veía más allá del techo de su cabeza. Estaba seguro de que como ella había muchas, quizás allí mismo en la fila de gente sentada en la acera. Muchachas jóvenes, con una educación deficiente, con una cultura inexistente, intuitivamente seguras de que sólo a través del sexo podrían conseguir una mínima ventaja. Sentí lástima por ellas. Podían ser y conseguir muchísimo más.
                Al fin, cerca de las diez, una mujer salió de la escuela y habló en voz alta a los que estaban al principio de ambas filas. Les pidió más paciencia y que guardaran silencio en la medida de lo posible porque las aulas estaban llenas de niños recibiendo sus clases y era mejor evitar las interrupciones, los gritos y las distracciones innecesarias. Nos movimos con rapidez cuando observamos que los ancianos comenzaban a entrar con agilidad. Cada quien retomó su lugar en la fila, bajo el sol, y esperamos por veinte minutos hasta que poco a poco fuimos llegando hasta la puerta de la escuela. Allí, dos uniformados de la GNB nos indicaban otra fila de personas cerca de unos salones vacíos. Esa fila se adentraba por un largo pasillo techado entre dos estructuras similares de aulas estudiantiles llenas de pupitres.
                —Coño —dijo José—, al menos aquí no nos pega el sol.

9 de enero de 2017

Instrucciones para 2017.




1. Ver. Mirar. Prestar más atención a lo que me rodea.

2. Salir de la rutina. Tomar atajos o rutas alternativas.

3. Leer. Leer más.

4. Hacer preguntas. Ser curioso. Conocer.

5. Descubrirme en los demás.

7. Ver el vaso medio lleno. Siempre verlo medio lleno.

8. Ganar peso (ignoro cómo, pero lo intentaré).

9. Explorar mis límites. Puedo llegar más lejos.

10. Opinar menos. No existe la verdad absoluta.

11. Escribir. Reescribir. Volver a reescribir.

12.Vivir, en lugar de hacer listas tontas.

2 de enero de 2017

Resoluciones de Año Nuevo.




1 de enero, viernes
                        Que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado el interesarme por este mundo.

Alejandra Pizarnik, Diario de 1960.

29 de marzo de 2016

Yapascua (I).




                —Tengo 41 años, soy sedentario y soy homosexual —le dije a Gustavo—. Si no hay problemas con eso, puedes contar conmigo.
                Pude adivinar su sonrisa del otro lado de la línea del teléfono. El tono de voz efusivo, amable y cordial derribó mis reservas finales.
                Para nada estoy en contra de las personas con una orientación sexual distinta —dijo Gustavo—, todos somos diferentes y punto; debemos mostrar lo que sentimos y gracias por compartirlo. Para nada somos homofóbicos, tenemos claro que nuestra mente no se puede cerrar, tenemos que aceptar diferencias y eso es lo que me ha enseñado la vida con tan poco tiempo que llevo en ella.
                Gustavo Celis fue mi enlace con el grupo de bloggers mochileros. Leí sobre ellos en una cuenta de Instagram y me atrajo un guiño subrepticio hacia esos viajes que solía hacer en plena adolescencia con mis amigos. Bajo presupuesto, poca comida, comodidades mínimas y toda la naturaleza que pudiéramos absorber durante el paseo a nuestro antojo. Me llamó la atención que todavía se hiciera. Y por eso me animé a ponerme en contacto con él. Gustavo se mostró muy atento desde el principio, aclarando mis dudas y exponiéndome los parámetros del viaje. Yo no conocía Yapascua y él prometió que me encantaría. Algo chispeante en sus descripciones avivó mi curiosidad y decidí intentarlo. El resto de la semana busqué quien me prestara un bolso grande de viaje, un sleeping-bag y una carpa.
                La mañana del sábado llegué a Valencia con un amago de anticipación en la garganta. Pensé en la expectativa que sentía siendo un niño cuando sabía que al día siguiente iríamos a la playa. Una alegría contenida. Un gozo anticipado que no terminaba de nacer. Miré la hora en la pantalla de mi teléfono celular y supe que había llegado temprano. Compré un café en una cafetería cercana y fumé un cigarrillo en la parte externa del Terminal, viendo la gente que iba y venía con sus bolsos y maletas mientras una claridad lechosa y azulada manchaba el cielo desde el este. Boté la colilla del cigarrillo con una inspiración profunda y regresé al interior maloliente. Cerca de los cubículos de información se estaban congregando varios muchachos y muchachas. Hablaban entre ellos y cada uno reposaba un bolso grande contra sus rodillas. Una de las chicas rio por encima de los gritos de los hombres que anunciaban las salidas hacia Barquisimeto, Caracas, Ciudad Bolívar, Barinas y otros sitios lejanos. Me acerqué a ellos con cautela.
                —Buen día —dije—. Disculpen, ¿ustedes son el grupo de Yapascua?
                Algunos chicos asintieron y dos de las muchachas me respondieron que sí. Casi todos sonrieron. Dejé mi bolso en el piso, imitándoles, y presté atención a lo que decían. La charla se efectuaba en varios niveles superpuestos, pero el hilo conductor de las conversaciones eran otros viajes pretéritos que cada quien había realizado. Lo único que nos unía era que ninguno había estado antes en Yapascua. De pronto, unos y otros comenzaron a manipular sus teléfonos celulares. Supongo que la cohesión del grupo permitía cierta audacia para sacar los aparatos allí, entre tanta gente, con tantos robos y asaltos que se veía y leía y escuchaban a diario. Incluso mi teléfono vibró con insistencia. Era un mensaje de Gustavo para anunciar que había creado un grupo en WhatsApp y que todos estábamos agregados, también informaba que llegaría con un poco de retraso, porque venía acompañado por otra de las muchachas del grupo. Tuve tiempo para beber otro café y fumar un tercer cigarrillo conforme la mañana avanzaba sobre nosotros. Al cabo de media hora Gustavo llegó con el resto de los integrantes del grupo. Nos presentamos («Eres Luis, ¿verdad?», dijo con una sonrisa) y de inmediato Gustavo y sus amigos nos condujeron hacia los andenes de autobuses.
                —En fila, muchachos —dijo Eduardo Monzón mientras sorteaba grupos de personas, maletas y perros callejeros—. No se distraigan. Vamos a ver si cabemos todos en un solo viaje.
                Estaba con ellos y estaba ausente. Los miraba sintiéndome parte del grupo y al mismo tiempo era un testigo omnisciente. Escuché a otro de los amigos de Gustavo, Miguel Ortega, decir que la gente de Puerto Cabello aún no respondía. Las palabras de Miguel se mezclaron con el hedor que emergía entre los autobuses, los gritos que anunciaban las salidas y el murmullo de mi propio grupo conforme intentábamos subir al transporte que Gustavo había escogido. El bolso pesaba en mi espalda e intentaba no separarme de los demás, cuyos rostros ya identificaba sin problemas. La mujer morena y de sonrisa fácil que iba con otra muchacha de menor estatura y pasos torpes. El muchacho de la gorra amarilla con talante ceñudo. La chica de piel pálida y gestos de actriz de Hollywood. Los cuatro guías. Las dos muchachas jóvenes que parecían hermanas y no lo eran, según supe luego. La pareja de novios que no se soltaban las manos. El chico trigueño con barba y cabello largo. Los dos muchachos similares a Laurel y Hardy que no paraban de reír. Las caras se superponían y se entrecruzaban entre sí, ya familiares a pesar de que no los había visto nunca.
                —No, aquí no entramos todos —dijo Gustavo retrocediendo por el pasillo del autobús—. Hay que buscar otro. Bájense, bájense.
                Obedecimos en silencio conforme Henry Aguiar, otro de los guías, hablaba con el conductor de otra unidad. Lo vi asentir y buscarnos con la mirada. Se comunicó en silencio con Gustavo y todos miramos la mano alzada de Miguel pidiéndonos seguirlo. Conseguí sentarme entre los primeros puestos, cerca de las puertas dobles que olían a aceite fresco. La música del autobús retumbaba con las cadencias de un reggaetón de moda. Los vi pasar junto a mí, seguir a lo largo del pasillo, reír, forcejear con sus bolsos, y pronto estuvimos listos para partir. Nadie se sentó a mi lado. No supe si interpretarlo como un regalo para sentirme cómodo o un desplante de las sonrisas que fingían no ser homofóbicas. Decidí sacar el libro que llevaba conmigo y concentrarme en la lectura. Ya estaba allí. Ya estaba con ellos. Ya el autobús arrancaba. Ya no podía regresarme sin sentirme tonto e infantil o temeroso ante lo desconocido. Miré a través de la ventana y respiré profundo mientras salíamos del Big Low Center y pensé cómo se sentirían los pasajeros del Titanic conforme se separaban del muelle en Southampton para adentrarse en las aguas oscuras del océano Atlántico.
                Creo que acabábamos de pasar el viejo peaje de salida de Valencia hacia Puerto Cabello cuando ella me habló. Era una voz melosa y suave, casi una caricia verbal. Tropecé con sus ojos cuando levanté la mirada. Era hermosa. Muy hermosa.
                —¿Qué lees? —dijo ella.
                Sonreí y le mostré la portada de mi libro: El gran bazar del ferrocarril de Paul Theroux. Se lo pasé y ella se entretuvo en leer la contraportada. Miré su rostro, la línea de su nariz, la palidez de sus facciones, la delicadeza de sus largos dedos de maniquí, el cabello recogido bajo un gran sombrero color naranja. Una muchacha atractiva. Iba sentada del lado de la ventana y otra muchacha estaba sentada a su lado, viéndonos en silencio, sin intervenir en un encuentro que parecía predestinado sin que nosotros lo supiéramos. Ella sonrió de nuevo y preguntó:
                —¿Es bueno?
                —Yo creo que sí. Se trata de un viaje largo a través de Europa y Asia, desde Londres hasta Tokio en todos los trenes posibles. Arranca en el Orient Express y se devuelve en el Transiberiano. Me gusta mucho.
                Ella me respondió con otra caricia de sus pestañas.
                —Yo también me traje un libro —dijo—. No puedo estar sin leer.
                Ambos sonreímos. El volumen de la música nos impidió avanzar, así que me concentré en las descripciones que el autor hacía sobre Estambul y Teherán antes de tomar el siguiente tren para atravesar Afganistán. Afuera, el día seguía siendo lechoso y lento, mostrando una mañana apacible de noviembre que no tenía nada que ver con la música que saltaba desde las cornetas y nos alejaba de Valencia. Llegamos al terminal de Puerto Cabello, según los guías, con buen tiempo, suficiente para reunirnos con los otros miembros del grupo que esperaban allí. Tres muchachos y una chica. Intercambiamos rápidos saludos y sonrisas antes de convertirnos en unos ágiles pollitos detrás de las cuatro gallinas que lideraban la caminata a través de otras maletas y gritos que anunciaban destinos diferentes al nuestro en medio de aquel gran corral cercano a la costa. Nos montamos en un autobús más pequeño y destartalado donde no sobraban puestos libres. Tuvimos que viajar con los bolsos encima de las piernas y las risas contagiosas de Laurel y Hardy en la parte de atrás.
                —¿Y ahora? —le pregunté a Miguel, sentado junto a mí.
                —Ahora vamos hasta Patanemo. Allí desayunaremos antes de agarrar los peñeros. Les tenemos una sorpresa.
                Viajábamos arracimados y ya sudorosos, pero algo en la energía que compartíamos dejaba intuir que cierta conexión se había establecido entre nosotros. Nos ayudábamos con los bolsos y las carpas mientras las risas aumentaban de intensidad y los comentarios se hacían en voz alta. Nadie se quejaba o ponía mala cara ante lo que se avecinaba. Avanzamos por una vía pavimentada a la orilla del mar. El pequeño transporte se llenó con el aroma salado de la espuma que reverberaba sobre la arena. Respiré profundo y sonreí en silencio. Luego atravesamos un caserío donde varios vendedores ambulantes saturaban el ambiente con los olores de sus pescados fritos y empanadas de diferentes sabores. Más adelante subimos una empinada cuesta desde la que miramos con embeleso las tonalidades entrecruzadas del azul y el verde que manchaban el Caribe allá abajo. Gustavo iba explicando dónde nos encontrábamos y qué debíamos ver desde los ventanales del autobús que saltaba entre curva y curva. Descendimos la cuesta y una hilera de palmeras nos recibió del otro lado. Y también una laguna casi seca donde se posaban en delicado equilibrio uno que otro flamenco como pinceladas de rosa sobre las tonalidades terrosas del fondo.
                —¡Mira! —dijo una de las muchachas—. ¿Qué es eso?
                De nuevo Gustavo, ayudado por Miguel, explicó que le hubiese gustado mostrarnos la laguna en su mejor temporada, llena de agua y de muchos flamencos para tomar las primeras fotografías. Todos sonreímos embobados ante la visión lejana de aquellas aves de patas largas y cuellos de cisne. El autobús se detuve frente a un enorme arco con letras desdibujadas por el salitre y descendimos uno por uno, ayudándonos, estirando las piernas, mirando en silencio lo que nos rodeaba. Una vez más Gustavo abrió la marcha y nos condujo hacia un quiosco solitario de metal corroído y pintura descascarada cerca de la orilla. Una vieja de piel curtida y agrietada salió a recibirlo con una sonrisa desdentada y luminosa. Gustavo nos presentó a la que sería nuestra anfitriona durante el breve desayuno.
                —Muchachos —dijo—: esta es Mamá Chita, y prepara las mejores empanadas de toda la playa de Patanemo. Vamos a desayunar aquí. Pasen y siéntense.
                Mamá Chita expandió aún más sus mofletudos cachetes y achinó sus ojos antes de abrazar a Gustavo con fuerza. Esa sonrisa nos incluyó a todos. Desde la cocina salieron dos negras de piel tensa y cabello trenzado para organizar varias sillas y mesas formando una ronda. Allí nos sentamos. Karla, la morena de risa fácil, y Laurel y Hardy gravitaron hacia un rincón lateral del quisco. Vi que armaban allí un improvisado salón de fumadores con las sillas blancas de plástico que sobraban de la ronda. Me les uní de inmediato y nos convertimos en cuatro afinidades llenas de nicotina a media mañana. Los demás se entretuvieron en comer, acomodar sus bolsos, beber café y conversar mientras los guías acordaban los detalles para subir a los peñeros lo más pronto posible. Creo que fue Gustavo, poco después, quien sugirió hacer las presentaciones en torno al círculo de comensales. Él habló primero, agradeciéndonos la confianza depositada en ellos y esperando que nuestras expectativas quedaran cubiertas al final del paseo. Habló en nombre suyo y de Miguel, Eduardo y Henry antes de cederle la palabra a la muchacha sentada a su izquierda.
                —Hola, chicos —dijo ella—. Mi nombre es Kimberly y soy de Valencia. Soy esposa y mamá de dos príncipes hermosos… Después les muestro las fotos… Y estoy aquí para descansar y despejar la mente. No conozco Yap… ¿Yapuesta? ¡Ah, Yapascua! Ajá, bueno, y espero que todos lo pasemos bien, disfrutemos mucho y regresemos con las pilas cargadas de mucha buena vibra de este sitio que, según me cuentan, es maravilloso… ¡Ah! Y vine con mi prima Karla, que está allá llenándose de humo tan temprano. Gracias.
                Entre risas y otros comentarios intercalados, las presentaciones se fueron sucediendo en torno a las mesas llenas de platos plásticos de colores y vasos pequeños de café negro. Gustavo finalizó pidiendo que tuviéramos paciencia con ellos porque éramos el primer grupo, el grupo inaugural, y que nosotros pondríamos a prueba todo lo que ellos habían planificado durante varias semanas de antelación. Ese rasgo confesional nos llenó de confianza y camaradería sin que se lo hubiesen propuesto. En nuestro rincón, Karla nos explicó que venía de Caracas, Laurel dijo que trabajaba con su papá en un taller mecánico y Hardy agregó que estudiaba Psicología en la Universidad de Carabobo. Karla y yo entendimos que ellos eran amigos casi desde que eran niños y por eso se comunicaban con tanta facilidad a través de frases dejadas sin terminar y guiños cómplices en medio de las conversaciones.
                Gustavo se separó con discreción del grupo en medio de las presentaciones y regresó cerca del final. Cuando hubimos terminado, nos informó que las lanchas habían llegado y que podíamos seguir con el paseo. Nos despedimos de Mamá Chita con entusiasmo y caminamos hacia la playa. Dos lanchas pintadas con un rojo brillante oscilaban sujetas a la orilla con un largo y grueso mecate verde. Miguel y Henry se encargaron de dividir el grupo en dos porciones más pequeñas y abordamos como pudimos en dos conjuntos separados. Me senté entre la chica de piel lechosa que me hablara en el autobús hacia Puerto Cabello (se llamaba Gabriela) y el muchacho de cabello largo y barba oscura, llamado Fred.
                —Agárrense bien —dijo Gustavo, sentado frente a nosotros—. Es un viaje de veinte minutos aproximadamente.
                La lancha maniobró para salir de la playa con lentitud y después cobró fuerzas saltando entre las olas hacia mar abierto. Viajamos bordeando la costa rocosa y sintiendo la brisa que alborotaba los cabellos y provocaba sonrisas espontáneas, el agua salpicaba nuestros rostros  mientras intercambiábamos miradas de alegría y temor ante el vaivén del peñero. Gustavo se ofreció a tomarnos un par de fotografías y posamos con nuestra mejor actitud, disimulando entre salto y salto. Más adelante nos mostró la efigie de una virgen, adosada a la pared de roca, en medio de un nicho pedregoso, y nos dijo que los lancheros peregrinaban hasta allí en ciertas temporadas para agradecer por los favores concedidos y el cuidado prestado durante cada trayecto. Me pregunté cómo habrían hecho para colocar la estatua en un sitio tan difícil y me respondí que la fe podía hacer eso y muchas otras cosas más. Gabriela se sujetó a mi brazo y Fred nos explicó que también había una ruta alternativa para llegar a Yapascua, a pie, desde Patanemo; aunque con los bolsos a cuestas sería una caminata fatigosa de varias horas.
                —Estamos llegando, chicos —dijo Gustavo.
                La lancha aminoró la velocidad hasta casi detenerse en un suave balanceo sobre las olas, y entonces avanzó con precaución y lentitud sobre un mar calmado y transparente que dejaba ver figuras oscuras en el fondo. El lanchero maniobró con destreza a través del arrecife sobre una ruta que debía conocer ya de memoria, una ruta nacida de la experiencia y el conocimiento transmitido entre diferentes y sucesivas generaciones de pescadores y lugareños. La ensenada se abrió ante nosotros con una quietud sobrecogedora.