16 de marzo de 2018

Merienda.





                —Hola, Luis —dice Tibisay al otro lado del teléfono— Bonito día.
                —Hola, Tiby. Buen día.
                —Luis, dime algo: ¿estarás muy ocupado esta tarde?
                —Hmmm… Debo verme con alguien a media tarde, pero puedo jugar con el tiempo. ¿Por qué?
                —Porque preparé pan dulce. Es una prueba, y quiero compartirlo contigo. Y café con leche. ¿Te animas? Además, quiero que veamos un capítulo de una serie que me tiene enganchada, para que la comentemos luego. ¿Qué me dices?
                —Te digo que casi te quedas hablando sola. El auricular iba a quedar colgando en el aire por la carrera hasta tu casa. ¡Claro, querida! ¿Cómo decirte que no? ¿A qué hora te viene bien?
                —Pues, no sé; ¿te parece bien entre 3 y 4 pm? Así tendrás tiempo de regresarte temprano.
                —Excelente. Nos vemos entonces a las 3:30 pm.
                Lo curioso es que luego, mientras iba llegando a la entrada del edificio donde vive mi amiga, el sol de la tarde me daba sobre la cara, pero no se sentía tan caliente; y una brisa bastante fuerte aminoró mis pisadas. De pronto me provocó cerrar los ojos e imaginar que caminaba por alguna playa de Margarita. Y los cerré, seguro de que no tropezaría con algo en los siguientes cuatro o cinco pasos hasta la verja exterior del edificio. Tibisay me esperaba en la puerta interna, con su sonrisa habitual, su mirada atenta, y antes de abrazarme dijo:
                —Qué brisa tan rica, ¿verdad? Parece de playa.
                Sonreí. Sus palabras eran una muestra más de la complicidad que parece fluir entre nosotros sin proponérnoslo. Después, de camino hacia el ascensor, comentamos el tiempo que tenemos sin poder ir a una playa por el problema con el dinero o la enfermedad de su esposo; pero de nuevo, en silencio, hubo un tácito acuerdo de concentrarnos solo en la brisa de la tarde y la alegría de compartir otra merienda íntima. Todo lo demás tendría que esperar. En su apartamento, me senté con confianza en el sofá y ella me ofreció un pan pequeño, cuadrado, fragante a anís estrellado, aún tibio.
                —Es una muestra —dijo—. Todavía estoy probando. Quiero que me digas qué te parece.
                Jeroh apareció al poco rato, con un libro en las manos, me saludó con afecto y casi de inmediato se lanzó a comentar algunas impresiones que tenía sobre la lectura en curso. Sonreí de nuevo porque disfrutaba mucho con ese momento: el aroma del café recién colado que nos alcanzaba desde la cocina, la charla literaria con Jeroh, los colores terrosos de la decoración del apartamento, la brisa vespertina que entraba sin pedir permiso a través de los ventanales abiertos, el pan tibio entre mis manos, la inmediatez de un paréntesis nutritivo que enriquecería mi tarde mucho más de lo que podría describirlo aquí, ahora, ya diluido ese presente en pretérito. Hablamos sobre una multiplicidad de temas que no nos asombraba, ni siquiera cuando la parte femenina de mi mente daba saltos inesperados en la conversación con Tibisay. Y se lo dije:
                —Me maravilla esta facilidad que tenemos para unir las ideas o para concatenarlas sin que tengan que ver unas con otras y sin hacer pausas.
                Ella me sonreía de vuelta y Jeroh fruncía el ceño.
                —No entiendo —se quejaba—. ¿De qué hablan ustedes? ¿No estábamos hablando sobre el texto de…?
                Y la mano serena y afectuosa de Tibisay posándose en el antebrazo de su marido.
                —No, Jeroh; eso era hace un minuto. Luego recordamos algo más. Pero ya volvemos al cuento.
                —Ustedes me confunden.
                Tibisay y yo reíamos.
                —Es que la mente femenina —dije— está acostumbrada a los saltos cuánticos, inesperados; en cambio la mente masculina es lineal, de un punto fijo al otro. Los varones prefieren ir en línea recta. Las hembras adoran los circunloquios. Y yo avanzo entre tropiezos. Pero, ahí vamos.
                Y reímos los tres de nuevo. Entonces supe que mientras durara ese paréntesis vespertino, con el café con leche espumoso y caliente, los pedazos de una torta que Tibisay había preparado también, la charla literaria que unía y separaba nuestros puntos de vista alternativamente, la brisa de la tarde y los libros que nos rodeaban, todo estaría bien. Estábamos conscientes de lo que ocurría (y ocurre) afuera. No lo negábamos. No lo minimizábamos. No intentábamos restarle importancia. Pero de común acuerdo habíamos decidido presionar el botón de pausa para hablar sobre algo más, para dar brazadas lentas dentro de aquella piscina llena de lecturas en curso, para degustar los sabores de la cocina de Tibisay, para disfrutar con plenitud de una amistad que nos resulta (que me resulta) tan nutritiva, tan especial, tan fuera de lo común. Y pensé también que en la medida en que pueda seguir gozando de estas pequeñas burbujas de oxígeno, de estas bocanadas de aire limpio, siempre podré volver a sumergirme en la mediocridad cotidiana que fluye a mi alrededor. Sé que puede parecer una tontería, una nimiedad; pero cada uno tiene sus fórmulas y sus herramientas para enfrentarse a la dolorosa realidad. Esta es la mía. La nuestra.

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